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Sombras De Dragón

Sombras De Dragón

Status: En proceso
Genre:Pareja destinada / Superpoder / Época / Dragones
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.

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Capítulo 8: “¿Quién se cree que es?”

Apenas el Emperador Li Longjun se hubo retirado hacia el salón principal, rodeado de sus consejeros, el murmullo en la sala volvió a levantarse, pero ahora con un tono muy distinto. Ya no era admiración, ni asombro… Era envidia pura y dura. Las damas de la nobleza, esas mujeres que pasaban sus días cuidando solo apariencias y hablando de los demás, no podían soportar ver cómo aquella joven, que siempre habían considerado extraña y poco femenina, había captado la atención del hombre más poderoso del imperio, y encima demostrando saber más que todos los sabios juntos.

Un grupo de ellas, encabezado por las señoras Elvira, Mariana y Lucía, se había reunido en un rincón cercano, abanicándose con fuerza y hablando con voces lo bastante altas para que cualquiera que pasara pudiera escucharlas. Y por supuesto, tenían la mirada fija en Roxana, que estaba de pie junto a sus padres, hablando tranquilamente con unos funcionarios, como si no hubiera hecho nada extraordinario.

—¿Han visto alguna vez algo igual? —dijo la señora Elvira, con una sonrisa torcida y voz cargada de veneno—. Se mete donde no la llaman, corrige a los ministros, habla de cosas que no son asunto de mujeres… ¿Quién se cree que es? ¿Acaso piensa que es más sabia que todos nosotros, más sabia que los hombres que gobiernan este imperio?

—Se cree muy especial, sí —añadió la señora Mariana, con tono burlón—. Pero lo que hace es ridículo. Una dama debe saber bordar, tocar música, conversar con elegancia… no hablar de tierras, de agua y de semillas como si fuera una campesina. Da vergüenza ajena. El Emperador la escuchó por curiosidad, nada más. Seguro que en cuanto se alejó, se dio cuenta de que solo es una niña caprichosa con ideas raras.

—Y lo peor es la forma en que lo mira —intervino la señora Lucía, poniendo los ojos en blanco—. No baja la cabeza, no se sonroja, no muestra respeto… lo mira como si fuera su igual. ¡Qué falta de educación! Su padre es un buen hombre, pero está claro que no supo enseñarle cómo debe comportarse una mujer de bien.

Se reían entre ellas, tapándose la boca con el abanico, lanzando miradas de desprecio hacia Roxana, seguras de que nadie se atrevería a contestarles. Estaban acostumbradas a que todos las escucharan y asintieran, a que nadie las desafiara, porque eran esposas de hombres importantes, y sus palabras tenían peso en la corte.

Pero esta vez, se equivocaron.

No se habían dado cuenta de que, cerca de allí, vigilando como siempre, estaban los tres hermanos menores de Roxana: Wén Hào, Wén Lín y Wén Yǔ. Habían escuchado cada palabra, cada burla, cada crítica hiriente dirigida a la persona que más amaban en el mundo. Y para ellos, escuchar hablar mal de su hermana mayor era algo que no podían tolerar.

El primero en reaccionar fue Hào, el mayor de los tres, de catorce años, que ya tenía la estatura y la fuerza de un joven adulto. Sus ojos oscuros se llenaron de furia, sus puños se apretaron a los costados y, sin pensarlo dos veces, dio pasos largos y decididos hacia el grupo de damas, con el rostro rojo de rabia. Detrás de él, Lín y Yǔ lo seguían, igual de furiosos, dispuestos a defender a su hermana con todo lo que tenían, aunque fueran más pequeños.

—¡Cállense la boca! —gritó Hào con voz potente, que resonó en todo el rincón, haciendo que todas las mujeres se callaran de golpe y se giraran asustadas hacia él—. ¡No tienen ningún derecho a hablar así de ella! ¡No saben nada, no entienden nada, y solo hablan tonterías porque no tienen nada mejor en qué pensar!

Las damas se quedaron heladas, con los ojos muy abiertos, sin poder creer que un niño se atreviera a gritarles y a mandarlas callar. La señora Elvira, recuperándose rápido de la sorpresa, frunció el ceño y le habló con tono severo y ofendido:

—¿Cómo te atreves, muchacho? ¿Sabes con quién estás hablando? Nosotras somos mujeres de la nobleza, esposas de consejeros y generales. Y tú eres solo un niño maleducado que no sabe respetar a sus mayores.

—Yo respeto a quien se lo merece —respondió Hào sin titubear, plantándose frente a ellas, alto y firme, sin miedo—. Y ustedes no merecen ningún respeto. Hablan de mi hermana como si fuera algo malo, cuando ella es la más inteligente, la más buena y la más valiente de todas las personas que hay aquí. Ella sabe cosas que ustedes nunca podrían entender, cosas que ayudan a la gente, que ayudan al imperio. Y ustedes solo se burlan, solo critican, solo hablan de cosas sin importancia. ¡Debería darles vergüenza!

Lín dio un paso al lado de su hermano, con las manos apretadas y la cara seria, y añadió con voz clara:

—Mi hermana no tiene que ser como ustedes. Gracias a que es diferente, gracias a que piensa y habla y ayuda, todos estamos mejor. Y si dicen una palabra más contra ella, tendrán que responder ante nosotros, ante nuestro padre y ante todos los que saben la verdad.

Y el pequeño Yǔ, que apenas llegaba a la cintura de las damas, se puso delante de sus hermanos, levantó la cabeza todo lo que pudo y les gritó con toda la fuerza de su corazón:

—¡Ella es la mejor! ¡Y las odio por hablar mal de ella! ¡Lárgate de aquí!

La escena había llamado la atención de todos los que estaban cerca. La gente se acercaba poco a poco, mirando con asombro cómo tres niños defendían a su hermana contra las mujeres más orgullosas de la corte. Las damas chismosas, avergonzadas y furiosas al ver que todos las miraban, intentaron recuperar su dignidad.

—¡Es intolerable! —exclamó la señora Mariana, temblando de rabia—. ¡Estos niños están locos! ¡Y esa hermana suya es la culpable! Les ha enseñado a ser irrespetuosos, a no obedecer, a meterse en todo… ¡Es una mala influencia para todos!

Pero antes de que pudieran seguir hablando, una voz serena, profunda y llena de autoridad se escuchó detrás de ellas, una voz que hizo que incluso las damas más orgullosas se estremecieran y se giraran inmediatamente, inclinando la cabeza en una reverencia profunda y respetuosa.

—Perdonen, señoras… pero creo que aquí se equivocan de medio a medio.

Entre la gente se abrió paso una mujer mayor, de porte majestuoso, elegante, con una belleza que el tiempo había convertido en sabiduría y dignidad. Era la Emperatriz Viuda Zhāo, madre del Emperador Li Longjun, la mujer más respetada y poderosa de todo el palacio. Caminaba despacio, apoyada en un bastón de madera preciosa, rodeada de sus doncellas, y en sus ojos brillaba una inteligencia afilada que nadie podía engañar.

Se detuvo frente a las damas, las miró una por una con una calma que daba más miedo que cualquier grito, y habló con voz tranquila pero firme:

—He escuchado cada una de sus palabras. Y me da mucha pena ver cómo gastan su tiempo y su energía en criticar y burlarse de alguien que es mil veces mejor que ustedes.

Hizo una pausa, y el silencio era absoluto. Nadie se atrevía ni a respirar. La Emperatriz Viuda continuó, señalando hacia donde estaban los tres hermanos, que se habían quedado quietos, respetuosos pero todavía con los ojos brillantes de furia:

—Estos niños acaban de demostrar más honor, más lealtad y más inteligencia que muchos de los hombres que gobiernan este reino. Defienden a su familia, aman a su hermana y saben reconocer el valor cuando lo ven. Y ustedes… ustedes solo ven lo que les enseñaron que debían ver: reglas vacías, apariencias estúpidas y la creencia equivocada de que una mujer solo sirve para ser callada y bonita.

Se giró hacia la señora Elvira, que estaba pálida como la cera, y le dijo directamente:

—¿Critican a la señorita Wén por hablar de agricultura, de geografía, de cosas útiles? ¿La critican por ser inteligente, por tener voz propia, por no ser una muñeca sin cerebro? Pues yo les digo algo: yo desearía que hubiera más mujeres como ella en esta corte. Mujeres que piensan, que saben, que ayudan, que no tienen miedo a decir la verdad. Porque esas son las mujeres que cambian el mundo, las que hacen que un imperio sea grande y fuerte.

Luego, miró hacia Roxana, que se había acercado despacio, conmovida y sorprendida por lo que estaba pasando, y le sonrió con ternura, una sonrisa cálida y sincera que hizo que el corazón de Roxana se llenara de calor.

—Y en cuanto a quién se cree que es… —continuó la Emperatriz Viuda, con voz fuerte para que todos la escucharan—, ella es Roxana Wén. Una joven brillante, valiente, sabia y libre. Y les aseguro que es mucho más importante, mucho más valiosa y mucho más digna de respeto que todas ustedes juntas. Mi propio hijo, el Emperador, lo ha entendido ya. Y si ustedes son lo bastante sabias, aprenderán de ella en lugar de criticarla.

Se volvió de nuevo hacia las damas, que bajaban la cabeza, humilladas y avergonzadas, sin saber dónde meterse:

—Y ahora, les aconsejo que se vayan a sus casas y piensen bien lo que han dicho. Porque la próxima vez que hablen mal de ella, hablarán mal de alguien a quien yo protejo, a quien yo admiro y a quien yo considero como mi propia hija. Y nadie, absolutamente nadie, puede permitirse el lujo de ofender a alguien a quien la Emperatriz Viuda apoya públicamente.

Las damas asintieron con miedo, balbucearon disculpas que nadie escuchó y se marcharon rápidamente, desapareciendo entre la multitud, avergonzadas y sabiendo que nunca más podrían hablar mal de Roxana sin pagar las consecuencias.

Cuando se quedaron solos, la Emperatriz Viuda caminó hacia Roxana, le tomó las manos entre las suyas, cálidas y suaves, y la miró con ojos llenos de cariño y admiración.

—Hace mucho tiempo que no veo a alguien como tú, querida —le dijo con voz suave—. Alguien que no se deja dominar por las reglas estúpidas, que usa su mente para el bien, que es fiel a sí misma. Me gustas, Roxana. Tienes fuego, tienes luz, y sé que harás cosas grandes.

Roxana inclinó la cabeza, con los ojos brillantes de gratitud, y respondió con sinceridad:

—Gracias, Majestad. Nunca esperé que alguien de su posición me defendiera así.

—No te defendí por lástima, ni por obligación —respondió la anciana señora, sonriendo—. Te defendí porque te lo mereces. Y porque sé que, pronto, serás la persona más importante de este palacio. Mi hijo ya lo ha visto… y yo también.

Luego miró a los tres hermanos, que seguían allí, orgullosos y un poco serios, y les dio una palmadita en la cabeza a cada uno:

—Y ustedes son unos verdaderos guerreros. Proteger a su hermana es la mejor batalla que pueden librar. Nunca cambien.

Cuando la Emperatriz Viuda se marchó, rodeada de todo el respeto que se merecía, Roxana miró a sus hermanos, que la miraban con esa adoración de siempre. Se acercó a ellos, los abrazó con fuerza, sintiendo el amor inmenso que la rodeaba.

—Gracias —les susurró, con la voz entrecortada—. Gracias por defenderme siempre.

Hào se encogió de hombros, como si fuera lo más normal del mundo:

—Siempre lo haremos, hermana. Siempre.

Y mientras la gente seguía mirando a Roxana con nuevos ojos, con respeto, con admiración, sabían que esa noche había cambiado todo. Ya no era solo la hija de un funcionario, ni la joven extraña de ideas raras. Ahora, con el apoyo público de la Emperatriz Viuda y la atención del Emperador, Roxana Wén se había convertido en alguien que nadie se atrevería a tocar, ni a criticar, ni a ignorar.

Y lo mejor de todo: ella seguía siendo exactamente la misma. Libre, inteligente, valiente… y con el corazón lleno de amor por su familia, que era su mayor fuerza y su mayor tesoro.

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Marisela Morales
los hijos son el tesoro más grande ❤️❤️❤️ de la vida 🤩❤️🤩❤️🤩❤️🧬🤩
Marisela Morales
❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️. felicidades 🥳🥳🥳🥳
Marisela Morales
omg esto está de comerce las uñas/Grimace//Grimace//Grimace//Grimace//Grimace//Grimace/
Marisela Morales
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/ te perdimos emperador te enamoraste obsesiva mente
Marisela Morales
corre,corre y alcanzala si puedes🤣🤣🤣🤣
Penelope
Excelente, trama. Gracias
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