Alexander Sterling Blackwood lo tiene todo: poder, una fortuna incalculable y el control absoluto de un imperio empresarial. Es el Alfa dominante más poderoso del país, pero también el más solitario. Desde la noche en que su esposo murió en un trágico accidente de tránsito, su mundo se tiñó de gris. Para sobrevivir al dolor, Alexander congeló sus instintos, sepultó su aroma a madera de sándalo quemada y whisky, y se escondió detrás de una armadura de hielo y supresores, convirtiéndose en una “sombra" fría que mantiene a todos a distancia… incluido a su hijo Alistair, de apenas cinco años, un cachorro omega que crece en el silencio de una mansión vacía, ansiando desesperadamente un abrazo de su padre.
Liam Miller es un Omega puro que solo busca un empleo estable para reconstruir su vida. Tras sufrir la dolorosa traición de su exnovio, quien lo engañó con su mejor amigo, Liam llega a la imponente Mansión Sterling con el corazón lastimado, pero con la firme intención de salir adelante.
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Capítulo 9: Un sutil cambio en el viento.
El atardecer tiñó de tonos violáceos los grandes ventanales de la Mansión Sterling. Liam se encontraba en la cocina de la planta baja, preparando un biberón de leche tibia con miel para Alistair antes de llevarlo a dormir. El regreso de la señora Greyson esa tarde había aliviado gran parte de la carga doméstica, pero Liam seguía sintiendo un peso invisible sobre los hombros. Aunque las palabras del doctor Harrison lo habían reconfortado, el muro de hielo que Alexander había levantado esa mañana seguía grabado en su memoria.
Liam suspiró, revolviendo la leche en silencio. Se prometió a sí mismo que mantendría la cabeza en alto. No permitiría que el humor de un Alfa amargado interfiriera con el amor que le brindaba al cachorro.
El sonido sordo de la pesada puerta principal abriéndose anunció el regreso del dueño de la casa. Liam se tensó de inmediato, agudizando el oído. Esperaba escuchar los pasos rápidos y firmes de Alexander dirigiéndose directamente a su despacho, como era su estricta rutina de todas las noches. Sin embargo, los pasos se detuvieron en el vestíbulo y luego cambiaron de dirección, avanzando de manera pausada hacia la cocina.
Liam apretó el borde de la encimera, obligándose a respirar con tranquilidad mientras liberaba un aroma neutro.
Alexander apareció bajo el umbral de la cocina. Seguía luciendo imponente con su traje de diseñador, pero se había quitado la corbata y el primer botón de su camisa estaba desabrochado, dándole un aspecto sutilmente menos rígido. Su aroma a sándalo quemado y whisky flotó en el aire; esta vez no estaba alterado por la furia ni rancio por el dolor, sino extrañamente calmado, con una nota limpia que Liam no había percibido antes.
Alexander se detuvo a un par de metros de distancia, manteniendo las manos dentro de los bolsillos de su pantalón. Miró a Liam, y aunque sus ojos gélidos seguían analizando todo a su alrededor, la agresividad de la mañana había desaparecido.
—Buenas tardes, Miller —habló Alexander. Su voz seguía siendo profunda y formal, pero carecía del filo cortante que había usado en el comedor.
—Buenas tardes, señor Sterling —respondió Liam, girándose por completo para enfrentarlo, sosteniendo la mirada con cortesía profesional—. Alistair ya cenó y está en su habitación terminando de ver un libro. En un momento subiré a dejarle esto.
Alexander asintió una sola vez, de manera casi imperceptible. Metió la mano en su saco y extrajo un pequeño sobre negro de alto gramaje, extendiéndolo hacia el omega.
—El doctor Harrison me envió su informe médico detallado esta tarde —explicó el Alfa, manteniendo el tono neutral—. Mencionó que Alistair está respondiendo excepcionalmente bien a sus cuidados y que su salud emocional ha mejorado de manera notable. Esto de aquí es una tarjeta médica de acceso prioritario y una autorización firmada por mí. A partir de ahora, si el niño vuelve a tener una crisis nocturna, usted tiene la autoridad total para solicitar la ambulancia privada de la familia o el traslado inmediato sin esperar mi aprobación.
Liam parpadeó, sorprendido. Dio un paso al frente y tomó el sobre. Sus dedos rozaron accidentalmente los de Alexander por una fracción de segundo, provocando que una chispa de calor estallara en el aire, inundando el espacio con un sutil e involuntario destello de lavanda y miel que hizo que las fosas nasales del Alfa se movieran levemente.
—Muchas gracias, señor . Esto me dará mucha más tranquilidad —dijo Liam, guardando el sobre contra su pecho—. Agradezco que confíe en mi criterio para la seguridad de su hijo.
Alexander mantuvo la mirada fija en él. El olor a lavanda estaba calmando la fatiga de su larga jornada laboral de una forma que el whisky jamás lograba. Sintió la punzada de culpa por la forma en que lo había tratado horas antes, y aunque su orgullo le impedía disculparse abiertamente, su Alfa le exigió dar un paso atrás en su hostilidad.
—No es una cuestión de confianza ciega, Miller, sino de reconocer los hechos —declaró Alexander, cruzando los brazos sobre su pecho, un gesto que pretendía marcar distancia pero que delató su vulnerabilidad—. Harrison no elogia a nadie con facilidad. Si él dice que usted es lo mejor que le ha pasado a la salud de mi hijo en años, tiendo a creerle. Quería... asegurar las herramientas necesarias para que continúe haciendo su trabajo.
Liam suavizó la expresión de su rostro. Una pequeña y sutil sonrisa apareció en la comisura de sus labios al notar el enorme esfuerzo que el gran magnate estaba haciendo para ser civilizado sin romper su fachada de hombre de hierro.
—Lo aprecio. Y le aseguro que seguiré dando lo mejor de mí para que Alistair crezca feliz.
Alexander se quedó estático un segundo más, contemplando esa sonrisa que parecía iluminar la fría cocina de la mansión. Se obligó a aclarar la garganta, rompiendo el contacto visual antes de que su lobo interno hiciera algo imprudente.
—Bien. Eso es todo. Que tenga una buena noche, Miller —concluyó Alexander, dándose la vuelta para caminar hacia su despacho.
—Buenas noche, señor Sterling —respondió Liam, viéndolo alejarse.
Mientras subía las escaleras con el biberón de Alistair, Liam sintió que el aire de la mansión se sentía un poco menos pesado. El invierno no había terminado, y Alexander Sterling seguía oculto detrás de su armadura, pero al menos la hostilidad se había transformado en un respeto mutuo y silencioso. Las grietas en el hielo seguían abriéndose, y por primera vez, ambos habían logrado coexistir en el mismo espacio sin que las heridas del pasado provocaran una tormenta.