Somos seres divinos, dicen.
Pero la divinidad no es luz eterna. Es resistencia.
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CAPITULO 9: "EL MUNDO BLANCO"
El frío fue lo primero que conocí de aquel mundo.
No el miedo.
No la oscuridad.
No las criaturas.
El frío.
Desperté boca abajo sobre la nieve, incapaz de respirar durante varios segundos mientras el hielo golpeaba mi rostro como agujas diminutas. El aire me quemó los pulmones cuando intenté inhalar y por un instante creí que seguía dentro del tren.
Dentro de aquel maldito tren.
Escuché el eco distante de ruedas chirriando sobre rieles retorcidos.
Gritos.
Metal doblándose.
Después… silencio.
Abrí los ojos lentamente.
Blanco.
Todo era blanco.
El cielo gris estaba cubierto por una tormenta lenta que parecía caer eternamente sobre aquellas colinas congeladas. El viento arrastraba nieve entre árboles oscuros y deformes. El bosque se extendía hasta donde mi vista alcanzaba.
No había vías.
No había tren.
No había personas.
Me incorporé de golpe.
—¡¿Hola?!
Mi voz murió enseguida.
Nadie respondió.
El miedo me atravesó tan fuerte que sentí náuseas.
Di vueltas buscando algo. Cualquier cosa.
Equipaje.
Humo.
Sangre.
Sobrevivientes.
Nada.
Solo nieve.
Solo el viento.
—¡¿HAY ALGUIEN?!
Corrí unos metros tropezando constantemente. Mis piernas apenas respondían. El frío me entumecía tan rápido que sentía los dedos rígidos dentro de mis guantes mojados.
Entonces lo entendí.
Estaba sola.
Recuerdo exactamente cómo se sintió aquel momento.
Mi mente simplemente se negó a aceptarlo.
Porque el cerebro humano siempre espera encontrar a alguien.
Aunque sea un cuerpo.
Aunque sea un cadáver.
Pero allí no había nadie.
Y eso era peor.
Mucho peor.
Seguí caminando durante horas que parecieron días. El viento me cortaba el rostro mientras avanzaba entre árboles cubiertos de hielo. A veces juraba escuchar voces detrás de mí y giraba desesperadamente esperando encontrar personas.
Pero solo veía el bosque.
Siempre el mismo bosque.
El hambre llegó rápido.
Más rápido que el miedo.
Mi estómago comenzó a doler mientras la nieve se acumulaba sobre mis hombros. Intenté recordar cuánto tiempo había pasado desde la última vez que comí en el tren.
No podía pensarlo bien.
Mi cabeza dolía demasiado.
Caí de rodillas varias veces.
Lloré.
Seguí caminando.
Volví a llorar.
No podía detenerme porque sentía que si me detenía… moriría allí.
Congelada.
Olvidada.
Como si jamás hubiese existido.
La noche fue peor.
Mucho peor.
Cuando el sol desapareció detrás de las montañas nevadas el mundo entero se transformó.
Los árboles parecían moverse.
El viento comenzó a sonar como susurros.
Y entonces escuché el primer aullido.
Me congelé.
No sonaba como un lobo.
Era algo más grave.
Más profundo.
Un sonido húmedo.
Otro respondió en la distancia.
Y después otro.
Mi respiración empezó a quebrarse.
Corrí.
No sabía hacia dónde.
Solo corrí.
Las ramas golpeaban mi rostro mientras atravesaba la nieve hasta las rodillas. Escuchaba cosas moviéndose detrás de mí.
Pesadas.
Rápidas.
Demasiado rápidas.
Una sombra cruzó entre los árboles.
Vi ojos.
Muchos ojos.
Brillando entre la tormenta.
Las criaturas emergieron lentamente del bosque.
Tenían forma de lobos.
Pero ningún lobo podía verse así.
Sus cuerpos eran demasiado largos. La piel colgaba en algunas partes dejando ver huesos negros debajo. Sus patas delanteras eran enormes, deformes, y sus mandíbulas parecían abrirse demasiado.
Uno de ellos olfateó el aire.
Yo retrocedí temblando.
La criatura sonrió.
Todavía recuerdo eso.
Los dientes.
Demasiados dientes.
Corrí otra vez.
La nieve me hacía caer constantemente. Sentía las piernas destruyéndose de cansancio. Los aullidos comenzaron a acercarse más y más.
Uno apareció delante de mí.
Tropecé hacia atrás.
La bestia avanzó lentamente observándome como si ya supiera que no podía escapar.
Recogí una piedra desesperadamente.
Mis manos temblaban tanto que apenas podía sostenerla.
—No… no…
La criatura abrió la boca.
Y entonces escuché agua.
Giré la cabeza.
Una abertura entre las rocas.
Oscura.
Una cueva.
Corrí hacia ella justo cuando la bestia saltó.
Sentí sus garras rozar mi espalda antes de lanzarme dentro de la oscuridad. Rodé cuesta abajo golpeándome contra piedras húmedas hasta chocar violentamente contra el suelo.
El dolor me dejó sin aire.
Escuché gruñidos afuera.
Las criaturas caminaban alrededor de la entrada.
Esperando.
Me quedé completamente quieta.
Temblando.
Llorando en silencio.
Pasaron horas hasta que finalmente se marcharon.
Y yo seguía allí.
Sola.
Aquella cueva que se convirtió en mi hogar.
O mi prisión.
No estoy segura.
Los primeros días apenas sobreviví.
Dormía abrazándome las piernas intentando conservar calor. El hambre era tan fuerte que me despertaba llorando. Derretía nieve entre mis manos para beber agua y me obligaba a salir durante el día aunque supiera que algo podía matarme afuera.
Porque quedarse quieta también significaba morir.
Aprendí lentamente.
A romper piedras.
A sacar filo.
A usar ramas secas.
El primer fuego tardó días enteros.
Recuerdo haber gritado cuando vi la primera chispa.
Lloré frente a aquellas pequeñas llamas como si estuviera viendo un milagro.
Porque lo era.
El fuego se convirtió en compañía.
En ruido.
En algo vivo.
Me sentaba frente a él durante horas escuchando cómo la madera crujía mientras afuera el viento rugía entre los árboles.
A veces hablaba sola.
Solo para escuchar una voz humana.
Aunque fuera la mía.
Comencé a marcar los días en una pared de piedra usando otra roca afilada.
Uno.
Dos.
Cinco.
Diez.
Veinte.
Treinta.
Perdí la cuenta varias veces.
El tiempo allí no se sentía normal.
Había noches larguísimas.
Días que parecían durar minutos.
Pero algo peor comenzó a perseguirme lentamente.
Yo no cambiaba.
El frío destruía mi cuerpo.
El hambre me debilitaba.
Pero no envejecía.
No enfermaba.
Las heridas desaparecían demasiado rápido.
Recuerdo la primera vez que lo noté.
Había usado una piedra filosa para cortar carne de una criatura muerta que encontré despedazada en el bosque. La hoja improvisada resbaló y me abrió la palma de la mano.
La herida era profunda.
Mucho.
Me dormí pensando que probablemente se infectaría.
Al despertar…
había desaparecido.
Solo quedaba una línea blanca.
Me observé la mano durante horas.
Asustada.
Confundida.
Quería creer que era mi imaginación.
Pero los días siguieron pasando.
Y yo seguía igual.
Exactamente igual.
El hambre empezó a volverme cruel.
A veces encontraba restos de animales muertos entre la nieve. Cosas destrozadas por otras bestias más grandes. Aprendí a cocinar trozos de carne sobre el fuego aunque el olor me revolviera el estómago.
Porque morir de hambre era peor.
Siempre peor.
El bosque me aterraba.
Pero también comenzó a enseñarme.
Aprendí qué sonidos significaban peligro.
Qué zonas evitar.
Qué árboles usar como guía para regresar.
Empecé a marcar piedras y troncos para no perder el camino hacia la cueva.
Hice pequeños mapas torpes usando carbón.
Porque tenía miedo.
Un miedo horrible.
El miedo de salir un día… y jamás volver a encontrar mi refugio.
Porque la cueva era lo único que tenía.
Lo único mío.
Y entonces la encontré.
Aquella mañana el viento era más suave. Caminaba entre los árboles buscando restos de comida cuando escuché algo moverse debajo de la nieve.
Me agaché lentamente sosteniendo una piedra afilada.
Pensé que era una trampa.
Otra bestia.
Pero entonces la vi.
Era pequeña.
Muchísimo más pequeña que las criaturas del bosque.
Su piel era oscura, casi negra, cubierta por un pelaje corto empapado de sangre. Su cuerpo temblaba violentamente mientras respiraba con dificultad.
Tenía heridas profundas en el costado.
Marcas de mordidas.
Una de sus pequeñas patas estaba rota.
Sus ojos apenas podían abrirse.
Aurora boreal.
Eso pensé cuando los vi.
Porque brillaban con colores suaves en medio de aquella nieve gris.
La criatura intentó arrastrarse al verme.
Un sonido débil salió de su garganta.
Miedo.
Me estaba viendo igual que yo veía a las bestias.
Como algo peligroso.
Y tenía razón.
Porque durante un instante…
pensé en comerla.
Recuerdo el horror que sentí al darme cuenta.
Mi estómago dolía tanto que miré aquel pequeño cuerpo herido imaginando fuego.
Carne.
Calor.
Sobrevivir.
La criatura apenas respiraba.
Podría haber terminado rápido.
Solo necesitaba una piedra.
Apreté la mandíbula.
Me odié en ese momento.
Porque una parte de mí realmente quería hacerlo.
Pero entonces ella levantó apenas la cabeza.
Y me miró.
No había odio en sus ojos.
Solo dolor.
Solo miedo.
El mismo miedo que yo sentía cada noche.
Y no pude.
Simplemente no pude.
—Maldita sea…
Mi voz se quebró.
Me acerqué lentamente mientras la criatura intentaba retroceder inútilmente.
—No voy a hacerte daño…
Mentira.
Yo misma ya no sabía si podía confiar en mí.
La nieve comenzaba a cubrirla otra vez.
Si la dejaba allí moriría.
Y aun así dudé.
Porque también podía matarme.
Todas las criaturas de aquel mundo podían hacerlo.
Finalmente me arrodillé junto a ella.
Su cuerpo estaba helado.
Demasiado liviano.
Me quité el pantalón rápidamente ignorando el frío brutal que golpeó mis piernas. Mi camisa larga apenas alcanzaba para cubrirme mientras envolvía cuidadosamente a la pequeña criatura con la tela.
Ella se estremeció al tocarme.
Intentó morderme débilmente.
Ni siquiera tuvo fuerza suficiente.
—Lo sé… lo sé…
La cargué contra mi pecho y corrí hacia la cueva.
El viento me golpeaba las piernas desnudas como cuchillas. Sentía la piel endurecerse mientras avanzaba torpemente entre la nieve.
Varias veces creí que ambas íbamos a morir congeladas antes de llegar.
Pero llegamos.
Caí dentro de la cueva jadeando.
El fuego seguía vivo.
Gracias a Dios.
Me acerqué rápidamente dejando a la criatura cerca del calor. Ella apenas reaccionó.
Sus heridas eran horribles vistas de cerca.
Mordidas profundas.
Carne arrancada.
No sabía qué hacer.
No tenía medicinas.
No tenía vendas.
No tenía nada.
Solo mis manos.
Y miedo.
Mucho miedo.
Salí nuevamente al bosque buscando cualquier cosa útil. Hojas. Ramas. Nieve limpia para derretir agua. Cada salida era corta porque el frío comenzaba a dormirme las piernas demasiado rápido sin el pantalón.
Treinta minutos afuera.
Volver.
Entrar en calor.
Salir otra vez.
Así sobrevivíamos.
O al menos lo intentábamos.
Intenté cubrir sus heridas con hojas húmedas.
No funcionó.
La sangre seguía manchando todo.
Algunas noches pensé que moriría mientras dormía.
Me quedaba observándola junto al fuego esperando dejar de escuchar su respiración débil.
Pero seguía allí.
Pequeña.
Frágil.
Viva.
Y poco a poco…
comenzó a importarme.
Empecé a hablarle aunque no entendiera mis palabras.
Le contaba cosas del tren.
Del sol.
Del mundo antes de la nieve.
Porque el silencio me estaba destruyendo.
Y porque quizá necesitaba creer que ya no estaba sola.
Compartíamos la comida.
Pequeños trozos de carne cocida encontrados entre cadáveres abandonados por otras bestias.
Ella comía lentamente.
Desconfiando siempre.
A veces despertaba sobresaltada mirando la entrada de la cueva aterrorizada.
Yo entendía esa mirada.
La entendía demasiado bien.
Los días siguieron pasando.
Sus heridas comenzaron a cerrar.
La pequeña pata rota dejó de temblar.
Incluso empezó a moverse un poco cerca del fuego.
Yo sonreí por primera vez en muchísimo tiempo.
Una sonrisa real.
Pequeña.
Pero real.
Pensé que quizá cuando sanara simplemente se iría.
Y estaba bien.
Eso hacían las criaturas salvajes.
No pertenecían a nadie.
Aquella mañana salí temprano al bosque buscando comida. La tormenta era más fuerte y regresar me tomó mucho más tiempo. Varias veces pensé que había perdido el camino incluso siguiendo las marcas que dejaba sobre las piedras.
Cuando finalmente llegué a la cueva mis manos estaban tan frías que apenas podía moverlas.
Entré jadeando.
—Volví…
Silencio.
El fuego seguía vivo.
Pero ella no estaba.
Sentí el corazón caerme al vacío.
Miré alrededor rápidamente.
—¿Hola…?
Nada.
La cueva estaba vacía.
Y entonces pensé lo peor.
Que algo había entrado.
Que se la había llevado.
Que había muerto sola mientras yo no estaba.
Un dolor extraño me atravesó el pecho.
Mucho más fuerte de lo que esperaba.
Porque aquella pequeña criatura…
era lo único cercano a compañía que había tenido en muchísimo tiempo.
Me acerqué lentamente a las rocas del fondo.
Y entonces lo vi.
Dos ojos.
Aurora boreal.
Brillando entre la oscuridad.
La pequeña criatura estaba escondida detrás de unas piedras observándome inmóvil.
Asustada.
Como si todavía no supiera si confiar en mí.
Y yo…
sentí ganas de llorar otra vez.
Porque entendí algo horrible en ese instante.
No éramos tan diferentes.
Dos criaturas heridas escondiéndose del mundo.
Esperando que algo nos devorara antes de aprender cómo seguir viviendo.