A sus veintiocho años, Damiano Serrano lo tiene todo... o eso cree el mundo. Es el brillante y millonario fundador de una de las empresas automotrices más prestigiosas del mercado, un hombre hecho a sí mismo a base de sudor, rabia y un pasado oscuro que prefiere mantener bajo llave. Pero detrás de los motores de lujo y las portadas de revistas, Damiano arrastra las secuelas de una adolescencia perdida en las adicciones y un rencor asfixiante hacia su padre. Está solo, atormentado por una esterilidad que hiere su orgullo, y con un vacío en el pecho que ninguna cantidad de dinero puede llenar.
Scarlett Moreno tiene veintidós años, una meta clara y las reglas muy bien definidas. Para ella, trabajar en la aplicación más exclusiva de acompañantes íntimas es solo un negocio; un intercambio frío de tiempo por dinero que le permite asegurar su futuro. No hay espacio para los sentimientos en su agenda.
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Capitulo 2
El silencio en el interior del ascensor privado de la clínica *Génesis* era denso, casi clínico, un contraste absoluto con la calidez del penthouse que habían dejado atrás hacía una hora. Para Damiano Serrano, el olor a desinfectante, el minimalismo aséptico de las paredes de porcelana blanca y el sutil zumbido de los sistemas de ventilación eran detonantes de una de sus peores pesadillas. Odiaba los hospitales, odiaba los diagnósticos y, por encima de todo, odiaba la fría e inapelable mirada de los médicos que, años atrás, le habían entregado un papel que determinaba que su cuerpo era una vía muerta.
Damiano vestía unos vaqueros oscuros y una cazadora de cuero negro sobre una camiseta de algodón gris, una armadura informal que no lograba ocultar la rigidez de su imponente silueta de más de un metro ochenta y cinco. Su mandíbula estaba tan apretada que la barba de tres días se tensaba sobre su piel. Tenía las manos metidas en los bolsillos, pero sus nudillos delataban la fuerza de su tensión.
Sintió un roce suave, cálido y familiar en su antebrazo.
Scarlett se deslizó a su lado, acortando la distancia en el cubículo de metal. Vestía unos pantalones de lino de tiro alto color crema y un top ajustado de punto fino en tono teja que dejaba al descubierto sus hombros de piel canela. Su cabello castaño caía suelto, perfumado con ese aroma dulce a vainilla y ámbar que a él siempre le devolvía el eje. Scarlett no le habló con condescendencia; simplemente deslizó su mano pequeña y suave dentro del bolsillo de la cazadora de Damiano, entrelazando sus dedos con los de él.
La calidez del contacto funcionó como una descarga de tracción directa en el pecho del magnate. Damiano exhaló un suspiro pesado, liberando parte del aire que contenía en los pulmones, y apretó la mano de su esposa con una mezcla de gratitud y desesperación silenciosa.
—Todavía podemos dar la vuelta, Scar —murmuró con su característica voz ronca, sin mirarla directamente, aunque la posesividad de su agarre desmentía sus palabras—. El papeleo de la adopción ya está en marcha. No necesitamos pasar por esta mierda de nuevo. Yo sé lo que van a decir. Ya lo escuché cuando tenía veinte años.
—Aquello fue hace ocho años, Damiano, en un hospital público del extrarradio y con médicos que solo te vieron como un número —Scarlett se giró, obligándolo a detenerse justo cuando las puertas del ascensor se abrían en el piso de consultas privadas. Le puso la otra mano sobre el pecho, sintiendo el latido acelerado y errático de su corazón bajo la camiseta gris—. No venimos aquí buscando un milagro obligatorio. Venimos a buscar respuestas con la tecnología actual. Y no estás solo. Si el resultado es el mismo, saldremos de aquí de la mano, exactamente como entramos. Pero no quiero que sigas cargando con esa culpa silenciosa que tu padre te grabó a fuego.
La firmeza en sus ojos avellana, cargados de una madurez ardiente y de un amor inquebrantable, desarmó la última línea de defensa de Damiano. Él se inclinó, apoyando su frente contra la de ella por un segundo, inhalando su perfume como si fuera oxígeno puro en mitad de una mina colapsada.
—Eres mi debilidad y mi fuerza, ¿lo sabes? —susurró él contra sus labios, dándole un beso corto pero profundamente sensual que le devolvió el color a sus mejillas.
—Ese es mi trabajo, señor Serrano —respondió ella con una sonrisa coqueta, guiándolo hacia la recepción de la clínica boutique.
La consulta del doctor Albert, un renombrado especialista en fertilidad y terapias génicas avanzadas, no parecía la oficina de un médico común. Era un espacio amplio, con paneles de madera clara, ventanales con vista a los jardines privados de la clínica y sillones de diseño de cuero color tabaco.
El médico, un hombre de mediana edad con una mirada sumamente humana, repasó el antiguo historial que Damiano le había proporcionado a regañadientes. Scarlett se sentó al lado de su esposo, manteniendo su muslo pegado al de él, una transferencia constante de calor y soporte que mantenía a Damiano anclado a la realidad.
—Señor Serrano, he estado analizando los exámenes de su juventud —comenzó el doctor Albert, cruzando las manos sobre el escritorio—. Entiendo el diagnóstico inicial de azoospermia debido a los traumatismos y los periodos de estrés severo y toxicidad en su adolescencia. Sin embargo, la medicina reproductiva de 2026 está a años luz de la de hace una década. Hoy en día no nos limitamos a los análisis tradicionales.
Damiano se reclinó en el sillón de cuero, su brazo tatuado descansando sobre el hombro de Scarlett, acariciando sutilmente su hombro expuesto, un gesto de posesión física que también era su refugio.
—¿Está diciendo que hay una posibilidad? —la voz de Damiano sonó áspera, cautelosa. El miedo a la esperanza era más doloroso que la resignación.
—Hay un protocolo experimental —explicó el doctor, proyectando un holograma tridimensional de estructura celular en la pantalla de cristal del escritorio—. Se trata de un tratamiento de bioestimulación celular y terapia hormonal dirigida. No es invasivo en su primera etapa, pero requiere una disciplina estricta: inyecciones semanales, un control riguroso del estrés y, sobre todo, una estabilidad emocional absoluta. El objetivo es regenerar los tejidos y estimular la producción celular que su cuerpo bloqueó debido al trauma físico y al estrés crónico del pasado. No hay garantías, pero su estado de salud físico actual es impecable. Su sistema cardiovascular y su musculatura son los de un atleta de alto rendimiento. Su cuerpo está listo para el desafío, si su mente también lo está.
Damiano guardó silencio, contemplando la compleja estructura molecular que flotaba en el aire. Su mente viajó por un segundo a los días de su infancia rota, a los gritos de su padre llamándolo inservible. Scarlett sintió la tensión en la mano de su esposo y intervino con esa agudeza que la caracterizaba.
—¿Cuáles son los efectos secundarios, doctor? —preguntó ella, acariciando la nuca de Damiano, enredando sus dedos en su cabello oscuro.
—Fluctuaciones en el estado de ánimo, fatiga ocasional y un incremento notable en los niveles de testosterona —el médico sonrió con tacto—. Lo que se traduce en un aumento de la energía física y, posiblemente, de la libido. Necesitará un entorno de apoyo muy fuerte en casa para gestionar esa energía.
Scarlett miró de reojo a Damiano, un brillo travieso y sumamente sensual encendiéndose en sus ojos avellana.
—Creo que de la energía física y el entorno de apoyo me puedo encargar yo sin problemas, doctor —dijo con una picardía juvenil que hizo que la mandíbula de Damiano se relajara en una media sonrisa de lado, sintiendo un tirón de deseo inmediato en el bajo vientre.
El magnate miró a su esposa, viendo en ella no solo a la mujer que amaba, sino a su compañera de escudería, la que estaba dispuesta a correr el riesgo de la pista con él sin importar las curvas. Tomó aire, enderezó sus hombros y miró directamente al especialista.
—Hagámoslo —sentenció Damiano con firmeza—. Inicie el tratamiento.
El regreso al penthouse fue diferente. La pesadez en el pecho de Damiano se había transformado en una vibración eléctrica, una mezcla de adrenalina por el desafío y un deseo desbocado que se había ido acumulando durante toda la consulta.
En cuanto la puerta del ascensor privado se abrió directamente en el salón de su apartamento, Damiano no esperó. Tomó a Scarlett de la cintura con una fuerza imponente, acorralándola contra la pared de madera texturizada que vestía el recibidor. El impacto de sus cuerpos fue seco, caliente y lleno de una fricción deliciosa.
—¿Así que te vas a encargar de mi exceso de energía, señora Serrano? —murmuró él, con los ojos grises oscurecidos por un deseo salvaje. Sus manos grandes subieron por sus muslos, levantando ligeramente el lino de sus pantalones hasta encontrar la calidez de su piel desnuda.
—Es mi deber como tu esposa, ¿no? —respondió Scarlett con la respiración ya entrecortada, echando la cabeza hacia atrás para darle acceso libre a su cuello—. No tienes que tener miedo de la ciencia, Damiano. Tu cuerpo no está roto. Solo necesitaba el combustible correcto.
Damiano soltó un gemido ronco y la besó con una pasión devoradora, salvaje y cargada de una ternura que le oprimía el pecho. Las lenguas se buscaron con desesperación, sellando el pacto de su nueva batalla. Sus manos tatuadas desabrocharon con rapidez el top teja de Scarlett, dejando que la prenda cayera al suelo y revelara la perfección canela de sus pechos bajo la luz de la tarde.
La entregó al placer sobre el sofá de cuero del salón, uniendo sus cuerpos con una lentitud tortuosa y erótica que les hizo olvidar el frío de la clínica y las sombras de su pasado. En cada roce, en cada gemido y en cada mirada compartida en la penumbra del penthouse, quedó claro que la ciencia podía ofrecerles un camino, pero el verdadero motor de su milagro era la atracción absoluta y el amor incondicional que se profesaban, listos para enfrentar cualquier desafío que el destino les pusiera en la pista de salida.