En un mundo dominado por hombres, la legendaria maestra de artes marciales Mei Ling reencarna como un joven en la antigua Dinastía del Dragón. Ocultando su verdadera identidad femenina y su vasta experiencia, Mei Ling, ahora Huang Yi, debe navegar en una sociedad machista mientras se enfrenta a un carismático y sarcástico General, librando batallas internas y externas para sobrevivir, honrar a su familia y forjar un camino hacia la igualdad, todo mientras guarda un secreto que podría costarle la vida.
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9 El Viaje al Despertar de la Guerra y la Sutil Maestría
Los días de felicidad y relativa paz habían terminado abruptamente. La declaración de guerra había teñido el horizonte de una inminente sombra. La partida hacia el campo militar fue un espectáculo lúgubre: una serpiente de hombres y caballos avanzando por el camino de tierra, dejando atrás el pueblo y la relativa seguridad de sus hogares. Los soldados enemigos aún no habían llegado, la carta anunciaba su llegada en tres meses, un plazo que se sentía a la vez demasiado corto para prepararse y demasiado largo para la ansiedad que carcomía a todos. Mi lugar estaba en esta marcha, como un soldado más, listo para entrenar a los nuevos reclutas, o al menos, eso creían.
Me coloqué mi traje de soldado, un uniforme tosco que picaba y olía a sudor ajeno, y tomé una lanza que apenas parecía una extensión de mi brazo. El General Feng Shang cabalgaba al frente, su armadura reluciente bajo el sol, su figura imponente. Yo iba detrás, mi pequeña estatura enmascarada por el bullicio de los hombres a caballo, mis ojos fijos en la espalda rígida del General. Para llegar al campamento militar se necesitaban tres días y tres noches de viaje ininterrumpido. El aire se volvía cada vez más frío a medida que avanzábamos hacia el norte, un frío que se colaba hasta los huesos y anunciaba la proximidad de las tierras fronterizas.
Hang Yi :
Mientras avanzábamos, un silencio tenso se apoderaba de la columna. El General, aunque parecía concentrado en la ruta, se notaba pensativo. Sus ojos de águila escudriñaban el horizonte, pero su mente, lo sabía, estaba en otro lado. Seguramente cavilaba sobre esa "feroz mujer" que lo había "torturado", esa "gatita salvaje" que le había mordido el cuello y que, sin saberlo él, iba justo detrás, disfrazada de su vicegeneral.
Al caer la noche del primer día, agotados por el viaje, nos detuvimos en una posada de mala muerte a un lado del camino. El lugar estaba abarrotado de soldados, el aire espeso con el olor a carne asada, vino de arroz y el inconfundible hedor a hombres sin lavar. Para mi desgracia (o fortuna, según se mirara), al General y a mí nos tocó compartir la única habitación decente disponible.
Una vez dentro, el General se deshizo de su armadura pesada, revelando una camisa interior que aún marcaba los contornos de sus impresionantes músculos. Se sentó en la única silla, su mirada fija en mí, que luchaba por quitarme las botas llenas de barro sin perder el equilibrio.
"Oye, mocoso," comenzó, su voz grave interrumpiendo el silencio. "¿Cómo es posible que con un cuerpo tan delgado y pequeño tengas tanta fuerza? Te he visto levantar troncos que harían sudar a dos de mis hombres."
Me enderezé, resoplando por el esfuerzo. "Hasta mañana no eres todo un sabio, General. Es que estoy acostumbrado desde pequeño. Cazar animales, cargar jabalíes, luchar contra osos, cargar rocas y leña... ¡Cortar leña con hacha es lo más normal del mundo para mí! Usted es un blandengue de ciudad, General, no está acostumbrado al trabajo de verdad." Le miré con una sonrisa condescendiente.
El General gruñó, ignorando mi provocación, o al menos intentándolo. "Mocoso, ya que mis hijos te quieren y te respetan tanto, y pareces tener más cerebro que muchos de mis consejeros... ¿qué opinas de que consiga una madrastra? El emperador insiste en que debo casarme para continuar mi linaje y asegurar mi posición."
"Bueno, señor General," dije, sentándome en el borde de la cama, "creo que la idea de que los niños tengan una madrastra es, en teoría, perfecta. Siempre y cuando sea la mujer adecuada, claro. Una mujer que los quiera, que los guíe y que, sobre todo, no sea una arpía de cuento de hadas."
Él asintió, su mirada fija en el fuego crepitante en la chimenea. "El emperador dijo que si quiero buscar una mujer, no importa si es del pueblo o de la nobleza, siempre y cuando sea una mujer sumisa que cumpla su rol. Además, los niños deben ir a la escuela, mientras que mi hija debe quedarse en casa y ser lo menos culta posible."
Mi sangre hirvió. ¿Sumisa? ¿Inculta? No pude contener mi indignación. Me levanté de golpe, mi voz, aunque contenida, resonaba con una furia helada. "General, permítame ser franco. Eso no es solo una excusa estúpida, es una cadena. ¿Acaso quiere criar a una hija que se deje maltratar, que tenga que bajar la cabeza ante su esposo como si fuera una esclava sin voz ni voluntad? ¡No estoy de acuerdo, señor General! Y no estoy de acuerdo con estas ideas absurdas que encadenan a las mujeres desde su nacimiento. Una mujer no es un objeto que deba cumplir un rol preestablecido. Una mujer es un ser humano, capaz, fuerte, inteligente. Si se lo propone, puede lograr cosas que superen la imaginación de muchos hombres de esta corte que solo saben fanfarronear y disfrutar de los privilegios que les fueron otorgados por el azar de su nacimiento." —Mi voz, aunque susurre, resonará con la fuerza de mil guerreras. La sumisión es una elección, no una condena. Y el silencio de las mujeres, su mayor poder, se está desatando.—
Caminé por la habitación, mi voz elevándose con cada palabra, transformándose en un discurso apasionado. "Privar a tu hija de los estudios no es solo una estupidez monumental, es un crimen. Es cortar sus alas antes de que aprenda a volar. ¡Hay que dejar atrás esta mentalidad machista que busca mantener a la mitad de la población en la ignorancia! Que una mujer sea inculta es el deseo secreto de muchos hombres para así tenerlas sometidas, dóciles, y fáciles de manipular. ¡Por supuesto que no! Considero que debe estudiar, leer, aprender de estrategia, de ciencias, de filosofía, de lo que su mente anhele. Mientras más preparada esté una mujer, más horizontes tendrá por explorar, más herramientas para defenderse, para prosperar, para construir un mundo mejor. No necesita ser alguien 'por otros', General, necesita ser alguien 'por sí misma'. ¡Enséñale a ser la heroína de su propia historia, a tomar sus propias decisiones, a forjar su propio destino! ¡Que sea una guerrera en el campo de batalla de la vida, no una prisionera en una jaula de oro!"
El General me miró fijamente, con los ojos entrecerrados, pero para mi sorpresa, no había enojo en ellos, sino una extraña mezcla de asombro y una admiración que apenas podía disimular. "Vaya, mocoso. Tienes una mente... sorprendente. Y un espíritu que no se doblega. Aunque no lo creas, estoy de acuerdo contigo en muchos puntos. Lamentablemente, esta sociedad exige que las mujeres sean... dóciles. Pero mi madre era todo lo contrario. Era una mujer rebelde, una maestra de la espada y el arco, una estratega nata, y precisamente por eso, mi padre la amaba y la respetaba. Y sabes... conocí a una mujer hace poco, igualita a mi madre. Rebelde, astuta, inteligente y feroz. Incluso se atrevió a golpearme en la cara y humillarme de la manera más ingeniosa. Creo que ella es la indicada para ser la madre de mis hijos. Una mujer que no se deje pisotear, que les enseñe a ser fuertes y a pensar por sí mismos." Su voz se perdió en un suspiro, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios, una sonrisa que no había visto antes, cargada de una extraña picardía.
"Vaya, General," dije, con una ceja levantada y una sonrisa forzada, incapaz de ocultar mi satisfacción ante su comentario. "Una mujer se atrevió a ponerte en tu lugar. Qué interesante. Supongo que tiene buen ojo para la 'gatita salvaje' adecuada. ¡Me pregunto quién será la afortunada!" Le dediqué una mirada cargada de ironía. —Oh, la dulzura de la ignorancia. Mientras él busca a su "gatita salvaje" sin saber que la tiene frente a sus narices, vestida con ropas de hombre y un látigo oculto.
Nuestra conversación fue interrumpida abruptamente por un estruendo metálico en el piso de abajo. La puerta de la posada se abrió de golpe, y un grupo de asesinos, vestidos de negro y armados hasta los dientes, irrumpió en el lugar. Eran claramente profesionales, sus movimientos eran silenciosos y coordinados. Antes de que los demás soldados pudieran reaccionar, el General y yo nos miramos. Era una señal tácita, un entendimiento instantáneo. En un instante, sacamos nuestras armas: su poderosa espada brilló en la tenue luz de la posada, y mi espada, que siempre llevaba oculta, se desenvainó con un silbido.