Noah Sullivan lleva años preparándose para obtener la beca internacional más prestigiosa de la universidad. Cada examen, cada trabajo y cada sacrificio han tenido un único objetivo: ganar.
Todo parece ir según lo planeado hasta que aparece Leo Moreau.
Popular, talentoso y desesperadamente encantador, Leo se convierte en el único rival capaz de disputarle la beca. Desde el primer encuentro, la tensión entre ambos es inmediata. Cada clase se transforma en una competencia y cada conversación en un desafío.
Cuando el director del programa anuncia que los dos candidatos finales deberán colaborar en un proyecto conjunto para demostrar sus capacidades de liderazgo, Noah siente que es una condena.
Sin embargo, cuanto más tiempo pasan juntos, más difícil resulta ignorar lo que hay detrás de las máscaras que ambos han construido.
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17
El mundo exterior celebraba con ellos. Un correo electrónico de Sarah llegó a los teléfonos de ambos casi de inmediato, con el asunto: "¡LO SABÍA! ¡FIESTA EN MI APARTAMENTO ESTA NOCHE!". Maya envió un simple mensaje a un grupo de chat que incluía a todo el equipo: "Maldita sea. Supongo que los dos genios se lo merecen. No hay excusas. Estoy ahí".
Pero Noah y Leo, caminando de vuelta al apartamento de Leo, se movían en una burbuja silenciosa. Las felicitaciones, el futuro en Cambridge, la victoria compartida, todo se sentía lejano, como el eco de una canción que terminó hace mucho tiempo. Lo único real era el peso de la mano de Noah en la de Leo, el ritmo sincronizado de sus pasos, el espacio cargado entre ellos.
—No me lo puedo creer —dijo Noah finalmente, su voz baja mientras subían las escaleras hacia el apartamento de Leo—. Todos mis planes, todas mis proyecciones... ninguno incluyó esto. Esto es... una anomalía estadística. Un punto de datos fuera de la curva.
Leo sonrió, abriendo la puerta. —O es la única conclusión lógica, Sullivan. Si dos variables son lo suficientemente fuertes, no se anulan. Se fusionan para crear una nueva constante.
Dentro del apartamento, la luz del mediodía llenaba el espacio, revelando el caos ordenado de la vida de Leo. Fue en ese preciso momento, con la puerta cerrada y el mundo exterior mantenido a distancia, cuando la realidad de la victoria se desvaneció y la realidad de su elección se hizo abrumadoramente presente.
La euforia se desvaneció, dejando un vacío tembloroso. Se quedaron de pie en medio de la sala, mirándose, y por primera vez, no había rivalidad, no había competencia, no había un proyecto. Solo estaban ellos dos. Y el silencio era ensordecedor.
Leo fue el primero en moverse. Se acercó a Noah, no con una sonrisa, sino con una intensidad que le quitó el aliento. Tomó el rostro de Noah entre sus manos, sus pulgares acariciando sus mejillas.
—Ahora no hay excusas —dijo Leo, su voz un ronco susurro—. No hay más becas por las que competir. No hay más proyectos que nos mantengan unidos. Solo hay esto. Solo hay nosotros. ¿De verdad es esto lo que quieres, Noah? Porque yo... yo no puedo fingir que esto fue solo para el festival. No puedo fingir que el viernes por la noche fue un momento aislado. Para mí, fue... todo.
El corazón de Noah latía con una fuerza casi dolorosa. Vio el miedo en los ojos de Leo, el mismo miedo que sentía él: el miedo a que esta magia, esta conexión, estuviera atada a las circunstancias, al estrés, a la competencia. El miedo a que, sin un enemigo común, no tuvieran nada que los mantuviera unidos.
—¿Crees que soy un cobarde, Moreau? —preguntó Noah, su voz apenas audible—. ¿Crees que pasaría todo este tiempo, toda esta lucha, construyendo esto entre nosotros, solo para dejarlo ir cuando la presión desaparece?
—No sé —dijo Leo, honestamente—. Solo sé que te quiero. Y que estoy aterrorizado de despertarme mañana y darme cuenta de que fue un sueño. Un hermoso, caótico, imposible sueño.
—No fue un sueño —dijo Noah, sus manos encontrando la cintura de Leo, acercándolo hasta que no quedaba espacio entre ellos—. Fue la única verdad real que he encontrado nunca. Mi vida ha sido una serie de ecuaciones resueltas, de problemas con soluciones claras. Eres la única variable impredecible que he encontrado que no quiero resolver. Eres el caos que elige mantener.
Y entonces, Noah lo besó.
Este beso fue diferente al del amanecer. No fue tierno ni vacilante. Fue desesperado, hambriento, lleno de semanas de tensión no dicha, de deseo reprimido, de amor negado. Fue un beso que reclamaba, que afirmaba, que prometía. Sabía a promesas rotas, a segundos chances, a un futuro que empezaba ahora.
Las manos de Leo se enredaron en su cabello, y Noah lo atrajo más cerca, su cuerpo respondiendo a la familiaridad de una intimidad que nunca habían permitido explorar completamente. El mundo se redujo a la sensación de los labios de Leo contra los suyos, al calor de su cuerpo, al sabor de su aliento.
—Noah —jadeó Leo, rompiendo el beso, su frente apoyada en la de Noah—. Noah, si no me llevas al dormitorio ahora mismo, te lo haré aquí mismo, contra esta pared.
La crudeza de sus palabras, la urgencia en su voz, envió una descarga eléctrica a través de Noah. Asintió, incapaz de hablar, y dejó que Leo lo guiará hacia su dormitorio.
La habitación de Leo era como el resto de su vida: un desorden controlado. Unos cuantos libros en el suelo, el jersey del equipo tirado en una silla, pero la cama estaba hecha, las almohadas ordenadas. Era un espacio privado, íntimo, y Noah sintió una punzada de emoción al ser permitido dentro.
Leo cerró la puerta, y el sonido del cerrojo al accionarse sonó como un punto de no retorno. Se volvió hacia Noah, y la intensidad en sus ojos era casi abrumadora.
—Estoy seguro —dijo Noah, anticipando la pregunta no formulada—. Nunca he estado tan seguro de nada en mi vida.
Leo no dijo nada. Simplemente se acercó y comenzó a desabotonar la camisa de Noah, sus dedos temblando ligeramente. Noah hizo lo mismo, sus manos encontrando el calor de la piel de Leo bajo el suave algodón de su camiseta.
Se quitaron la ropa lentamente, revelando cada centímetro de piel como si fuera un territorio por descubrir. Noah vio la pequeña cicatriz sobre la ceja de Leo, un recuerdo de un partido de hockey. Vio la fuerza de sus hombros, la delgadez de su cintura. Leo, a su vez, exploró el torso de Noah, sus dedos trazando los contornos de sus músculos, aprendiendo la geografía de su cuerpo.
Cuando finalmente quedaron desnudos, bajo la luz suave de la tarde, no hubo vergüenza, no hubo timidez. Solo había un profundo, abrumador respeto. Un reconocimiento de la vulnerabilidad que estaban compartiendo.
Leo guio a Noah hacia la cama, y se tumbaron juntos, sus cuerpos encajando como si hubieran sido diseñados el uno para el otro. El beso inicial se convirtió en una exploración lenta, en un aprendizaje de sabores y texturas. Las manos de Leo recorrían la espalda de Noah, mientras las de él se enredaban en el pelo de Leo.
—He querido esto desde que te vi en el laboratorio —confesó Leo, su voz un murmullo contra el cuello de Noah—. Incluso cuando eras arrogante e insufrible. Quizás especialmente entonces.
—Yo también —admitió Noah, sus ojos cerrados, perdiéndose en la sensación—. Te odiaba por lo fácil que te lo parecía todo. Por tu sonrisa. Por la forma en que la gente gravitaba hacia ti. Odiaba que pudieras controlar el mundo con solo... existir. Y al mismo tiempo, estaba fascinado. Envidioso.
—No es tan fácil como parece —dijo Leo, su mano deslizándose hacia el abdomen de Noah—. Siempre estoy actuando. Siempre estoy tratando de ser el chico que todos esperan que sea. Contigo... no tenía que actuar. Podía ser yo. El chico asustado que no quiere decepcionar a su familia. El chico que solo quiere ser amado por quién es, no por lo que puede hacer.
Las palabras de Leo, tan crudas, tan honestas, rompieron algo en Noah. Sintió una oleada de amor, tan intensa, tan pura, que casi le dolió. Volvió a besarlo, y este beso fue diferente. Era un beso de consuelo, de aceptación, de amor incondicional.
Hicieron el amor con una lentitud solemne, como si estuvieran realizando un ritual sagrado. No fue apasionado ni frenético. Fue un acto de descubrimiento, de revelación. Cada movimiento, cada toque, cada suspiro era una conversación, una promesa. Noah aprendió los sonidos que Leo hacía cuando le besaban el cuello, la forma en que su espalda se arqueaba cuando le acariciaban la columna vertebral. Leo aprendió la fuerza de las manos de Noah, la forma en que sus ojos se cerraban cuando el placer era casi insoportable.
Cuando finalmente alcanzaron el clímax, fue juntos, en una cascada de luz y calor, con los nombres de cada uno en los labios del otro. Fue un momento de perfecta simetría, de equilibrio alcanzado, de dos variables que finalmente se fusionaban en una sola, hermosa ecuación.
Después, yacieron en la oscuridad creciente, sus cuerpos entrelazados, el sudor secándose sobre su piel. El silencio no era incómodo. Era pacífico. Completo.
—Esto cambia todo —dijo Noah finalmente, su voz soñolienta—. ¿No es así?
—Sí —dijo Leo, su cabeza descansando en el pecho de Noah—. Cambia todo. Y eso está bien. Más que bien. Es perfecto.
Noah acarició el pelo de Leo, sintiendo una paz que nunca había conocido. No había más competencia. No había más muros. No había más miedo. Solo había esto. El espacio entre los números. La belleza del caos. El amor.
Y mientras se quedaban allí, en la intimidad del dormitorio de Leo, Noah se dio cuenta de que la beca Richardson, Cambridge, el futuro... todo eso era secundario. El verdadero premio, la verdadera victoria, estaba aquí, en sus brazos. Y no había ninguna ecuación, ningún plan, ninguna proyección que pudiera haberlo predicho. Era, simplemente, real. Y era suyo. Para siempre.