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Pensamientos A Un Amor Prohibido

Pensamientos A Un Amor Prohibido

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / Amor eterno
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Paula Nuñez

Esta es una intensa novela psicológica y dramática para adultos que explora la compleja y prohibida transición emocional entre dos hermanastros que, tras años de convivencia, deben enfrentarse a sus crecientes deseos en medio de una tensión familiar ineludible

NovelToon tiene autorización de Paula Nuñez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El umbral de lo prohibido

​La temperatura en aquella pequeña habitación del segundo piso parecía haberse disparado hasta niveles insoportables. El aire estaba viciado, cargado con el perfume de la urgencia y el deseo acumulado durante dias de silencios forzados y miradas de soslayo. Ji-hoon me tenía contra la pared, su cuerpo siendo el peso perfecto, la única ancla que me impedía salir volando en ese torbellino de sensaciones. Mis sentidos estaban completamente saturados; cada vez que sus manos, grandes y ásperas, investigaban los contornos de mi cuerpo, sentía una electricidad que me recorría la piel de una manera que ninguna descripción humana podría hacerle justicia.

​Mis jadeos no eran voluntarios; escapaban de mis labios como una confesión desesperada. Ji-hoon, ajeno ya a cualquier rastro de duda o autocontrol, comenzó a frotar su intimidad contra la mía con un ritmo pausado pero devastador. A través de la tela de mi vestido y mis bragas, pude sentir cómo él se endurecía aún más, una respuesta física directa a la humedad que, sin pedir permiso, comenzaba a empapar mi ropa interior. Su rostro estaba completamente transformado por la pasión; ya no era el hermano protector, ni el joven distante del instituto. Era un hombre entregado a una necesidad primitiva. Sus labios descendieron, trazando una línea de fuego desde la curva de mi mandíbula, bajando por mi cuello y marcando su territorio con una serie de besos húmedos y succiones que descendían peligrosamente hasta el escote de mi vestido.

​Sentía cómo sus dedos buscaban el cierre en mi espalda, cómo la tela cedía bajo su insistencia. Sus manos, impulsadas por un hambre que ya no podía contener, se cerraron sobre la parte superior de mi vestido, listas para liberar mis pechos al aire, para reclamar el derecho que sentía tener sobre cada centímetro de mi piel. El mundo exterior era un concepto inexistente, hasta que el destino decidió interrumpirnos con la brutalidad de unos golpes en la puerta.

​—¡Mierda! —gruñó Ji-hoon, su voz un rugido de frustración contenida—. ¡¿Quién demonios es?!

​Antes de que pudiera siquiera ajustar mi postura, la puerta se abrió de golpe. Ji-hoon, con una agilidad felina, me soltó y me bajó al suelo, acomodando el vestido con una rapidez que delataba su pánico. Mis amigas estaban allí, estáticas, observándonos con los ojos como platos. Sentí cómo la sangre me subía al rostro, una vergüenza caliente que me nublaba la vista, pero antes de que él pudiera intentar una explicación incoherente o tratar de esconder lo evidente, puse una mano sobre su pecho.

​—Tranquilo —le susurré, con el aliento aún corto—. Ellas ya saben todo.

​Él se giró, mirándolas con una mezcla de desconcierto y cautela. Mis amigas, sin embargo, no parecían horrorizadas. Al contrario, una de ellas soltó una risita nerviosa y me guiñó un ojo, mientras la otra simplemente sonreía con una complicidad que me dejó atónita.

—Tranquilo, Ji-hoon —dijo una de ellas—. No diremos ni una palabra. Estamos de su lado.

​El alivio que sentí fue breve. Miré a mi hermano, sintiendo la intensidad de lo que acababa de ocurrir y el peligro real de que alguien más entrara en esa habitación.

—Es mejor irnos a casa —le dije, sintiendo que mis piernas aún temblaban—. Aquí es demasiado peligroso. Nos van a pillar.

​Él me observó, viendo la seriedad en mis ojos, y asintió con una determinación que me hizo estremecer.

—Tienes razón. Vamos a casa. Ahora.

​Salimos de la fiesta escondidos, evitando cualquier mirada indiscreta, y subimos a su moto. El frío de la noche me golpeó la cara, pero yo no sentía el aire, solo el calor del cuerpo de Ji-hoon mientras me aferraba a su cintura con una fuerza desesperada. Cada vez que la moto se detenía en un semáforo, sentía su cuerpo vibrar contra el mío. De pronto, sin previo aviso, se detuvo frente a una farmacia con luces de neón que parpadeaban con un zumbido constante.

​—Tengo que comprar... bueno, ya sabes —murmuró él, evitando mi mirada por primera vez en toda la noche.

​Me quedé allí, sentada en la moto, con el corazón martilleando contra mis costillas. Cuando regresó y guardó una pequeña caja cuadrada en el bolsillo de su chaqueta, supe exactamente lo que contenía. El aire se volvió espeso; el destino de aquella noche estaba sellado.

​El camino a casa fue un susurro de llantas sobre el asfalto. Al cruzar la puerta de nuestra casa, todo estaba en silencio. Él encendió la luz del pasillo y, antes de que pudiera decir una palabra, tomó mi rostro entre sus manos. Sus dedos eran suaves, un contraste marcado con la ferocidad de hace unos minutos. Me besó con una ternura infinita, una caricia que me llegó al alma antes de soltar la frase que había estado esperando toda mi vida.

​—TE AMO —dijo, con una claridad que me cortó la respiración.

​Mi corazón dio un vuelco, más fuerte que cualquier otra cosa que hubiera sentido antes.

—Yo a ti —respondí, con una entrega absoluta, besándolo con un entusiasmo que no conocía límites.

​Sin dejar de besarme, me alzó en sus brazos como si no pesara nada, caminando con paso firme hacia su habitación. En ese momento, las barreras habían caído definitivamente. Ya no éramos hermanos, ya no éramos figuras públicas en un juego de apariencias. Éramos dos almas que, tras mucho tiempo de negar la realidad, se disponían a cruzar el último umbral de lo prohibido. Al cruzar la puerta del dormitorio y sentir el eco de la cerradura cerrándose tras nosotros, supe que no había vuelta atrás, que a partir de ahora, solo existiríamos él y yo, perdidos en el laberinto del otro, en una noche que cambiaría el resto de nuestras vidas.

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