NovelToon NovelToon
Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Status: Terminada
Genre:Venganza / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.

Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.

A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.

Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

En una cafetería pequeña y poco concurrida, Valentina se sentó frente a Santiago. La taza de té que tenía delante llevaba largo rato sin que la tocara. El vapor ya casi había desaparecido, igual que la calidez que alguna vez albergó en el pecho: se esfumó despacito, sin que se diera cuenta.

—Santiago —lo llamó en voz baja, pero con firmeza.

Él, que la observaba desde hacía rato, alzó la vista de inmediato.

—¿Sí, Valentina?

Ella inspiró profundo. Los ojos ya no le brillaban vidriosos como el día anterior. Algo había cambiado en ellos. Algo más duro.

—Quiero divorciarme. —La frase le brotó de golpe, sin titubeos, aunque no dejó de pesarle.

Santiago guardó silencio unos segundos. No porque lo tomara desprevenido, sino porque sabía que esa decisión no había nacido de un arrebato.

—¿Estás segura? —preguntó con cautela.

Valentina esbozó una sonrisa tenue. No era una sonrisa alegre; más bien la de alguien demasiado agotada para seguir resistiendo.

—Si me quedo ahí, solo van a seguir destruyéndome —dijo quedo—. Ahora ya lo sé todo. No puedo seguir fingiendo.

Bajó la mirada un instante; los dedos se le entrelazaron sobre la mesa.

—Santiago, no solo quiero irme y hacer mi vida en paz —prosiguió, la voz un grado más baja—. Quiero que asuman las consecuencias de todo lo que hicieron.

Santiago asintió despacio.

—Entonces hay que prepararlo todo desde cero. Pruebas, testigos y los delitos que podamos acreditar.

Valentina asintió.

—Estoy lista.

Santiago tomó aire brevemente y comenzó a explicar con voz serena, como quien traza un camino paso a paso sobre un terreno minado.

—Si usted va a presentar una demanda de divorcio, necesitamos varias cosas. Primero, pruebas. Las pastillas y el análisis del laboratorio ya son contundentes. Segundo, si hay más evidencia —flujo de dinero, fotografías, videos, la relación con un tercero—, eso fortalecerá todavía más su posición.

Valentina se quedó callada. Las palabras "flujo de dinero" le dispararon algo en la mente. Levantó el rostro poco a poco.

—Santiago —murmuró—. La granja avícola se construyó sobre un terreno heredado de mis padres.

Él la miró con seriedad de inmediato.

—El capital inicial también salió en gran parte de mí —continuó Valentina—. Adrián solo se encargó de administrarla.

La respiración se le entrecortó un instante.

—Si usó el dinero de la granja para esa mujer… —dejó la frase suspendida, pero el sentido era nítido.

Santiago asintió.

—Eso podría configurar un desvío de bienes gananciales. Incluso algo más grave.

Valentina volvió a bajar la vista. Esta vez no por debilidad, sino porque estaba pensando. Todo ese tiempo se había sentido despojada de todo. Resultó que lo que ella misma levantó le fue arrebatado poquito a poco y usado para aniquilarla.

Los puños de Valentina se cerraron lentamente sobre la mesa.

—Santiago, no quiero salir de esto con las manos vacías.

Él la observó y asintió con resolución.

—Voy a diseñar un plan para usted.

* * *

Esa tarde llovía a cuentagotas. El cielo llevaba encapotado desde el mediodía y el pueblo se sentía más silencioso que de costumbre. Valentina estaba sentada en el corredor de la casa, acompañada por el repiqueteo del agua que escurría de las tejas. Sostenía una carpeta marrón con varios documentos que no dejaba de hojear sin leer de verdad. La cabeza le daba demasiadas vueltas.

El celular vibró a su lado. En la pantalla apareció el nombre de Santiago.

Lo contempló unos segundos y luego contestó.

—Hola, Santiago. —La voz le salió tranquila, pero arrastraba un cansancio que no lograba disimular.

—Valentina, ¿está en casa? —preguntó él desde el otro lado.

—Sí.

—Si no es inconveniente, estoy cerca de la alcaldía del pueblo. Vine a resolver un asunto rápido. ¿Podría salir un momento?

Valentina se quedó en silencio un instante. Le echó un vistazo hacia el interior de la casa. El televisor seguía sonando en la sala; doña Carmen, como siempre, absorta en su programa de chismes.

—Nos vemos afuera, Santiago. En la fonda de doña Sara —respondió al fin.

—Perfecto. La espero ahí.

Colgó. Valentina respiró hondo, se puso de pie, se alisó la ropa, tomó la carpeta y salió a paso largo y apresurado.

La fonda de doña Sara quedaba a unas cuantas casas. Era un punto de encuentro habitual entre los vecinos: abierta, concurrida a ciertas horas.

Santiago ya estaba sentado en una banca larga cuando Valentina llegó. Llevaba una camisa sencilla y se veía distinto de aquella primera impresión de "hombre de ciudad" que Valentina se formó al conocerlo.

—¿Esperó mucho? —preguntó ella en voz baja.

Santiago se incorporó a medias.

—No, acabo de llegar.

Se sentaron uno frente al otro. Entre ellos, una mesita con dos vasos de té caliente que doña Sara acababa de servir.

Otros vecinos andaban por ahí, charlando despreocupados. Nadie les prestaba demasiada atención.

—¿Cómo se siente hoy? —preguntó Santiago, bajando la voz.

Valentina asintió apenas.

—Mejor.

Santiago no insistió. Abrió su portafolios y sacó unos papeles.

—Ya empecé a armar el esquema. Esto es un resumen de lo que va a necesitar si quiere seguir adelante con la demanda.

Valentina tomó la hoja. Los ojos le recorrieron el texto con rapidez, aunque algunos términos le resultaron ajenos.

—Es… bastante —murmuró.

—Sí —admitió Santiago con franqueza—. Pero no tiene que ser todo de golpe. Paso a paso.

Valentina asintió. Los dedos se le detuvieron en un apartado.

—"Bienes prenupciales" —repitió en voz queda.

Santiago confirmó con la cabeza.

—El terreno de la granja, ¿verdad? Está a nombre de usted.

—Sí —contestó Valentina—. Era de mis padres.

—Entonces es sólido —prosiguió él—. Y si efectivamente el capital semilla del negocio provino de usted, eso también se puede rastrear.

Valentina se quedó callada. Los dedos le rozaron el borde de la hoja con suavidad.

—Nunca se me ocurrió pensar en esas cosas —confesó en un hilo de voz—. Confiaba en que todo lo que él hacía era por el bien de los dos.

Santiago no replicó enseguida. Dejó que aquellas palabras se asentaran.

Valentina tomó aire.

—Y si resulta que ese dinero se usó para otra cosa… —La frase quedó en suspenso.

Santiago la miró; los ojos, más firmes.

—Por eso vamos a reunir todas las pruebas. Para que todo quede claro, no solo en suposiciones.

Valentina asintió. Abrió su propia carpeta y sacó unas hojas que ya tenía recopiladas.

—Encontré esto en el armario —dijo quedo.

Santiago las recibió. Los ojos le pasaron rápido por el contenido: fotografías y comprobantes de transferencias. La mandíbula se le tensó ligeramente.

—Esto tiene peso suficiente para usarse como evidencia —dictaminó al fin.

Valentina clavó la vista en la mesa.

—No necesito que él lo admita, Santiago —la voz le salió casi en un susurro—. Solo necesito que todo lo que hizo quede probado.

Santiago asintió despacio.

—Y eso es exactamente lo que vamos a hacer.

La reunión no se prolongó demasiado. Antes de separarse, Santiago le dijo:

—Cualquier cosa que surja, avíseme. No hace falta que nos veamos en persona. Podemos hablarlo por teléfono.

Valentina asintió.

—Sí, Santiago.

De regreso a la casa, los pasos de Valentina se sintieron más ligeros. Aunque el dolor y las heridas seguían ahí, ahora había un rumbo dentro de su silencio, sin que nadie lo supiera. Valentina ya no solo estaba aguantando. Estaba armando algo. Despacio, con método y con certeza.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play