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LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

Status: En proceso
Genre:Casos sin resolver / Maldición / Terror
Popularitas:368
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Valeria Salvatierra ha aprendido a desconfiar de los misterios. Como periodista, sabe que detrás de cada leyenda existe una explicación y que incluso los casos más extraños pueden resolverse siguiendo las pistas correctas.
Hasta que una mañana recibe una caja sin remitente.
Dentro encuentra una fotografía antigua de cinco personas frente a una mansión abandonada. El rostro de una de ellas ha sido borrado con tinta negra. También hay un recorte de periódico sobre la desaparición de una joven ocurrida treinta años atrás... y una llave marcada con un número:
17.
En el reverso de la fotografía hay una advertencia:
«Ella murió hace treinta años. Pero anoche volvió a llamar a mi puerta.»
Valeria comienza a investigar y descubre que la desaparición está relacionada con una habitación que la policía nunca pudo registrar.
La habitación 17.
Mientras sigue las pistas, nuevos asesinatos comienzan a ocurrir y personas relacionadas con aquella antigua tragedia empiezan a morir una tras otra.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2 — La voz detrás de la puerta

Valeria permaneció inmóvil frente a la puerta de su apartamento, incapaz de decidir qué debía hacer. El teléfono seguía en el suelo, conectado a la llamada, y desde el otro lado llegaba únicamente una respiración débil. Afuera, alguien esperaba.

Toc.

Toc.

Toc.

Tres golpes más.

Valeria retrocedió lentamente.

No podía ser su padre.

Había visto su cuerpo.

Había asistido a su funeral.

Había guardado durante once años una fotografía de él dentro de un cajón que casi nunca abría porque todavía le resultaba doloroso mirarla.

Su padre estaba muerto.

Entonces, ¿quién estaba detrás de la puerta?

—Valeria...

La voz volvió a pronunciar su nombre.

Era exactamente igual.

El mismo tono grave.

La misma pausa antes de decirlo.

Incluso aquella ligera aspereza que aparecía en su voz cuando estaba preocupado.

Valeria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Papá...

La palabra escapó de sus labios antes de que pudiera contenerla.

Desde el teléfono, la mujer gritó:

—¡No abras!

Valeria dio un salto.

—¿Quién eres? —preguntó, acercándose al teléfono.

La respuesta llegó en un susurro.

—No es él.

Valeria miró nuevamente la puerta.

—¿Cómo sabes quién está ahí?

La mujer respiró profundamente.

—Porque yo también escuché esa voz.

La llamada se cortó.

Valeria tomó el teléfono inmediatamente.

Intentó devolver la llamada.

Número desconocido.

No disponible.

Volvió a intentarlo.

El resultado fue el mismo.

Durante varios segundos permaneció mirando la pantalla.

Después escuchó algo.

Un sonido suave.

Como unas uñas arrastrándose lentamente sobre la madera.

Valeria levantó la cabeza.

El ruido venía de la puerta.

No se acercó.

No respiró.

Solo observó.

El sonido continuó durante unos segundos y luego desapareció.

Silencio.

Valeria esperó.

Un minuto.

Dos.

Cinco.

Finalmente se acercó a la mirilla.

No vio a nadie.

El pasillo estaba vacío.

Encendió la luz exterior.

Nada.

Abrió la aplicación de seguridad de su teléfono y revisó la cámara instalada frente a la puerta.

La grabación mostraba el pasillo vacío.

Sin embargo, cuando retrocedió unos minutos, encontró algo que hizo que su estómago se contrajera.

A las ocho y cincuenta y siete de la mañana, una persona había aparecido frente a su puerta.

Era un hombre.

Vestía un abrigo negro y llevaba un sombrero que ocultaba parcialmente su rostro.

Había permanecido allí durante casi cuatro minutos.

Después se había marchado.

Valeria congeló la imagen.

Amplió el rostro.

No podía verlo con claridad.

Pero había algo más.

El hombre había dejado un objeto frente a la puerta.

Valeria miró hacia el suelo.

Ahora comprendía por qué no lo había visto.

Estaba debajo del mueble donde guardaba los zapatos.

Un sobre blanco.

Lo recogió utilizando los guantes.

No tenía nombre.

Solo una palabra escrita en el centro.

VALERIA.

Abrió el sobre.

Dentro había una fotografía.

Su respiración se detuvo.

Era una fotografía reciente.

No antigua.

En ella aparecía ella misma.

Valeria estaba sentada frente a su escritorio.

La fotografía había sido tomada desde el otro lado de la ventana.

Sintió un escalofrío.

Miró hacia el cristal.

Las cortinas estaban cerradas.

La fotografía mostraba claramente la hora.

8:31 a. m.

La misma hora en que ella estaba dentro del apartamento.

Eso significaba que alguien había estado observándola.

Muy cerca.

Valeria volvió a mirar la imagen.

Había algo escrito detrás.

«Ya comenzaste a recordar.»

Se quedó quieta.

Ella no recordaba nada.

Nada relacionado con aquella casa.

Nada relacionado con la mujer desaparecida.

Nada relacionado con la habitación 17.

Entonces recordó algo.

Una imagen.

Pequeña.

Confusa.

Un recuerdo de su infancia.

Una puerta.

Una puerta de madera oscura.

Y un número.

17.

Valeria cerró los ojos.

La imagen desapareció.

Intentó recuperarla.

Nada.

Se llevó una mano a la frente.

—¿Qué demonios está pasando?

El teléfono vibró.

Un mensaje.

Número desconocido.

NO BUSQUES LA CASA.

Llegó otro.

NO PREGUNTES POR LA MUJER.

Y después uno más.

Y, POR LO QUE MÁS QUIERAS, NO UTILICES LA LLAVE.

Valeria miró la llave que había dejado sobre la mesa.

Durante varios segundos no hizo nada.

Después tomó una decisión.

Si alguien estaba intentando impedir que investigara, entonces había encontrado exactamente lo que debía investigar.

Dos horas después, Valeria estaba en el archivo municipal.

El edificio era antiguo y olía a papel húmedo.

Había pasado buena parte de su carrera buscando información en lugares como aquel. Sabía que los documentos más importantes rara vez aparecían en internet.

Solicitó los archivos relacionados con la desaparición ocurrida el 14 de octubre de 1996.

El empleado buscó en el ordenador.

Frunció el ceño.

—¿Está segura de la fecha?

—Completamente.

—¿Nombre de la desaparecida?

Valeria colocó la fotografía sobre el mostrador.

—No lo sé.

El empleado la observó.

Cuando vio la imagen, su expresión cambió.

—¿Dónde consiguió esto?

—¿La reconoce?

El hombre no respondió.

—Necesito el expediente —insistió Valeria.

Él bajó la mirada.

—Ese caso no está disponible.

—¿Por qué?

—Fue retirado.

—¿Por quién?

El hombre levantó los ojos.

—No lo sé.

Valeria cruzó los brazos.

—Entonces dígame dónde puedo encontrarlo.

El empleado permaneció en silencio.

Finalmente escribió algo en un papel y se lo entregó.

Era una dirección.

—¿Qué es esto?

—La antigua propiedad.

Valeria miró el papel.

El hombre se inclinó ligeramente hacia ella.

—Si yo fuera usted, no iría.

—¿Por qué?

Él miró la fotografía.

—Porque algunas personas desaparecieron después de entrar allí.

Valeria sintió un nudo en el estómago.

—¿Cuántas?

El hombre tardó en responder.

—No las suficientes para que alguien quisiera hablar de ello.

Valeria guardó la dirección.

—¿Y la mujer de la fotografía?

El empleado palideció.

—Nunca diga ese nombre dentro de este edificio.

—¿Por qué?

El hombre negó con la cabeza.

—Porque la última persona que preguntó por ella recibió una visita esa misma noche.

—¿Qué le ocurrió?

El empleado miró hacia la puerta.

—Al día siguiente apareció muerta.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Quién era?

El hombre bajó la voz.

—Un policía.

Antes de que Valeria pudiera hacer otra pregunta, escucharon un ruido al fondo del archivo.

Una carpeta había caído al suelo.

Ambos se volvieron.

No había nadie.

Valeria caminó hacia ella.

La carpeta estaba abierta.

En la primera página había una fotografía.

La misma casa.

La misma fotografía que había recibido aquella mañana.

Pero esta vez había una diferencia.

En la imagen aparecían seis personas.

Valeria acercó el rostro.

Sintió que la sangre abandonaba su cuerpo.

La sexta persona era una niña.

Una niña de aproximadamente ocho años.

Y estaba parada frente a la mujer cuyo rostro había sido tachado.

Valeria reconoció el vestido.

Reconoció el cabello.

Reconoció incluso la pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.

Era ella.

La niña de la fotografía era Valeria.

—No...

Retrocedió.

La carpeta cayó de sus manos.

El empleado llegó corriendo.

—¿Qué encontró?

Valeria levantó la fotografía.

—¿Quién es esta niña?

El hombre la miró.

Después la miró a ella.

Su rostro perdió completamente el color.

—Usted.

Valeria sintió que el mundo comenzaba a girar.

—Yo nunca estuve aquí.

—Sí estuvo.

—No.

—Valeria...

—¡Yo nunca estuve aquí!

El empleado dio un paso atrás.

—Entonces tendrá que explicarme por qué aparece en el expediente de una desaparición ocurrida treinta años atrás.

Valeria abrió la boca.

No pudo responder.

Porque en ese momento vio la fecha de nacimiento escrita debajo de la fotografía.

Valeria Salvatierra.

Y debajo de su nombre había una anotación hecha con tinta roja:

«Testigo encontrada con vida.»

Valeria tomó la carpeta.

En la última página había una declaración.

Solo una frase.

Una frase escrita por una niña de ocho años.

«La mujer no murió. Ella está esperando dentro de la habitación.»

Valeria sintió que algo se quebraba dentro de ella.

No recordaba aquella noche.

No recordaba la casa.

No recordaba a aquella mujer.

Pero alguien había estado esperando treinta años para que ella regresara.

Y ahora sabía dónde encontrarla.

Habitación 17

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