La noche en que mataron a sus padres, Vanessa de la Vega dejo de ser una niña.
Criada a golpe de disciplina por su abuelo, un hombre con más sangre en las manos que perdón en el alma aprendió que el poder no se mendiga: se arranca. Hoy es la Reina de la mafia. Inteligente, seductora y letal, gobierna un imperio donde la lealtad es todo y la traición se paga con la vida.
Pero la venganza que la sostiene también amenaza con destruirla. Porque en su mundo, las alianzas son frágiles, los enemigos tienen rostros ocultos y el amor es un lujo más peligroso.
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Capitulo 9
La promesa quedó suspendida en el aire como una verdad que aún no encontraba forma, y la casa vieja, silenciosa, cómplice la absorbió entre sus muros. Afuera, la lluvia golpeaba con insistencia, arrastraba polvo, huellas, secretos que la ciudad prefería olvidar. Pero dentro de Vanessa nada se borraba. La memoria era un animal vivo, latiendo, arañando por salir... Vanessa no lloraba.
Había aprendido a no hacerlo mucho antes de que el mundo empezara a observarla.
—No muestres debilidad —le dijo su abuelo una vez, con la voz firme y los ojos clavados en los suyos—. El mundo no perdona al que duda... Y ella no dudaba.
A los dieciocho años, cuando su abuelo la presentó ante la sociedad, Vanessa dejó de ser una niña. Aquella noche, envuelta en un vestido oscuro que parecía absorber la luz, caminó entre hombres que sonreían con demasiados dientes y mujeres que la medían con la precisión de quien calcula una amenaza.
El recuerdo de esa noche le llenó la mente de estrategias.
—Ella es mi nieta —anunció él—. Y será quien continúe con todo esto.
No hubo aplausos. Solo silencio. Un silencio cargado de expectativas, de evaluación.
Vanessa sostuvo la mirada de cada uno. No bajó la cabeza.
Esa noche entendió algo: el poder no se otorga, se toma.
Los negocios legales fueron su primer campo de batalla. Aprendió rápido.
—Este contrato está mal estructurado —dijo una mañana, arrojando una carpeta sobre la mesa.
El abogado, un hombre que le doblaba la edad, la miró con molestia contenida.
—Señorita, llevo años en esto…
—Y por eso debería saber que la cláusula siete abre una puerta para demandas —lo interrumpió, sin alzar la voz—. ¿Quiere que nos demanden o que ganemos dinero?
El silencio cayó pesado. El hombre tragó saliva.
—Lo revisaré.
—No —corrigió Vanessa—. Lo corregirá.
Era fría. Precisa. No dejaba espacio para el error.
Pero fue en los negocios ilegales donde su verdadera naturaleza encontró terreno fértil.
Ahí no bastaba con ser inteligente. Había que ser implacable.
—No confío en él —dijo uno de los hombres del círculo interno, mientras encendía un cigarro.
Vanessa estaba de pie frente a la ventana, observando la ciudad.
—No tienes que confiar —respondió—. Solo tienes que saber cómo usarlo.
—Ese tipo ha traicionado antes.
—Y lo volverá a hacer.
El hombre frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué trabajar con él?
Vanessa giró lentamente.
Sus ojos eran dos puntos oscuros, sin titubeos.
—Porque sé exactamente cuándo lo hará.
Y cuando lo hizo, Vanessa ya estaba lista.
El golpe fue limpio, definitivo. Sin ruido innecesario.
Pero nada de eso era suficiente.
Porque había un nombre que aún no había sido tachado: Román Ortega.
El hombre que se movía entre sombras como si perteneciera a ellas. Escurridizo. Intocable. Siempre un paso adelante.
Vanessa no creía en fantasmas. Creía en patrones.
Y Román Ortega tenía uno.
—Quiero todo sobre él —ordenó una noche, dejando caer una carpeta vacía sobre la mesa—. Movimientos, contactos, negocios. Todo.
—Ya hemos intentado rastrearlo —respondió uno de sus hombres—. Desaparece.
—Nadie desaparece —dijo ella con calma—. Solo hay gente que no sabe mirar.
El hombre dudó.
—Esto es diferente.
Vanessa inclinó la cabeza, apenas.
—No —susurró—. Tú eres diferente. Él solo es más cuidadoso.
Se hizo el silencio.
—Empiecen de nuevo —añadió—. Y esta vez no busquen dónde está. Busquen quién lo necesita. Esa era la clave.
Román no se mostraba, pero dejaba rastros en otros.
Pagos indirectos. Movimientos pequeños. Personas que cambiaban de vida de la noche a la mañana.
Vanessa los observó a todos. Uno por uno.
—Este nombre aparece tres veces —dijo señalando una pantalla.
—Es irrelevante —respondió su analista—. Un intermediario menor.
Vanessa negó con la cabeza.
—No existen intermediarios menores cuando se repiten. —El hombre dudó.
—Podría ser coincidencia. —Vanessa lo miró fijamente.
—No creo en coincidencias.
—Entonces, ¿qué cree?
—En errores —se acercó más a la pantalla—. Y alguien cometió uno.
El nombre era Daniel Rivas. Un hombre gris. Invisible. Perfecto para pasar desapercibido.
Pero no para Vanessa.
—Quiero saber todo de él —ordenó.
—Eso tomará tiempo.
—Entonces empiecen ayer.
Mientras la investigación avanzaba, Vanessa comenzó a moverse por su cuenta.
No confiaba del todo en nadie, nunca lo había hecho. La noche era su aliada.
Caminaba por calles donde la ciudad mostraba su verdadero rostro: crudo, sin maquillaje.
Ahí, en los rincones olvidados, las verdades salían a flote.
—No deberías estar aquí —le dijo una voz desde la penumbra. —Vanessa no se sobresaltó.
—Y sin embargo, estoy.
El hombre salió de las sombras.
—Este lugar no es para alguien como tú.
Vanessa lo recorrió con la mirada.
—¿Y cómo es alguien como yo?
El hombre sonrió, pero no había humor en ello.
—Demasiado limpia. —Ella dio un paso adelante.
—Eso es lo que quieres creer.
El silencio se tensó.
—Busco información —continuó—. Y sé que tú la tienes.
—La información cuesta.
—Todo cuesta.
El hombre la observó con atención.
—¿Qué ofreces? —Vanessa sonrió apenas.
—Depende de lo que valga.
Así empezó a tejer su red. Pasos pequeños. Silencios calculados.
Nombres que iba guardando como piezas de un rompecabezas. Cada conversación era un hilo. Cada hilo, una posibilidad.
—Daniel Rivas no es quien parece —le informaron días después.
Vanessa no levantó la vista de los documentos.
—Nadie lo es.
—Tiene conexiones con varias empresas fantasma.
—Sigue.
—Y todas están relacionadas con movimientos de dinero que coinciden con… él. —Vanessa alzó la mirada.
—Román Ortega.
—Sí.
El aire se volvió más denso.
—Entonces ya no es un fantasma —murmuró ella—. Es una sombra con forma.
Pero no era suficiente. Vanessa quería más. Necesitaba verlo, sentir su presencia, entender cómo pensaba. Porque para destruir a alguien, primero hay que comprenderlo.
—Es peligroso acercarse tanto —le advirtió su mano derecha.
—Siempre lo es.
—Podrías exponerte.
Vanessa lo miró con una calma que inquietaba.
—Ese es el punto.
—No lo entiendo.
—No tienes que hacerlo. —Se levantó.
—Román Ortega cree que nadie puede alcanzarlo. Quiero que empiece a sentir lo contrario.
—¿Cómo?
Vanessa sonrió, apenas.
—Haciéndole saber que lo estoy buscando.
Y en algún lugar de la ciudad, Román Ortega estaba despierto.
Pensando en ella. En esa niña que se le había escapado. Que no sabía que él había sobrevivido.
—Interesante —murmuró en la oscuridad.
Porque por primera vez en mucho tiempo…
alguien lo estaba siguiendo.
Y Vanessa ya no era una niña. Era la sombra que aprendía a ser más oscura que la noche.