Una antigua promesa. Dos reinos unidos por el destino. Una mujer que jamás debió formar parte de la historia… y un emperador que estaba destinado a amar a otra.
Pero el destino rara vez respeta los planes de los hombres.
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Una mujer con muy buenas intenciones 1
La noticia llegó hasta Lucrecia antes que yo a mi habitación.
No porque hubiese hecho nada extraordinario.
Simplemente había entrado en el estudio de mi esposo.
Al parecer, en Draken aquello bastaba para provocar una crisis política.
Yo, por supuesto, no lo sabía.
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—¿Estás segura de lo que viste?
La joven cerró la puerta antes de responder.
—Completamente.
Lucrecia permaneció sentada frente al espejo mientras una doncella terminaba de colocar uno de sus pendientes.
—Salió del estudio de Kael —continuó su hija—. Estuvo dentro bastante tiempo.
La emperatriz no reaccionó inmediatamente.
Extendió la mano.
—Déjanos.
La doncella inclinó la cabeza y abandonó la estancia.
Solo cuando la puerta se cerró, Lucrecia se volvió hacia su hija.
—¿Entró sola?
—Él la llevó.
Eso sí provocó una reacción.
Pequeña.
Pero suficiente.
—¿Kael?
—Lo vi con mis propios ojos.
Lucrecia guardó silencio.
Su hija caminó hacia ella.
—Pensé que habías prohibido que Emilia entrara allí.
—Lo hice.
—Entonces tu prohibición parece haber durado bastante poco.
La mirada que Lucrecia le dirigió consiguió borrar cualquier intención de burla.
—No vuelvas a hablarme de esa manera.
—Solo digo lo evidente.
Lucrecia se levantó.
—Lo evidente es que tu hermano ha descubierto una orden que yo di sin consultarlo.
—¿Crees que está molesto?
—Kael siempre está molesto por algo.
—No hablo de eso.
La joven cruzó los brazos.
—Hablo de Emilia.
Lucrecia la observó.
—¿Qué quieres decir?
—Ha permitido que entre en su estudio.
—Es su esposa.
—Una esposa que hace unos días ni siquiera podía sentarse a nuestra mesa sin causar un escándalo.
Aquello hizo que Lucrecia guardara silencio.
Su hija continuó:
—Además, cuando pasé más tarde por el corredor, vi a dos sirvientes entrando con una tela enorme.
—¿Una tela?
—Sí.
—¿Para qué?
—No lo sé.
Lucrecia sí.
O al menos lo sospechó.
El retrato.
Anelis.
Aquella pintura había ocupado una pared completa del estudio.
Kael jamás había ordenado retirarla.
Nunca.
Ni siquiera después de la humillación.
Lucrecia caminó lentamente hacia la ventana.
—Interesante.
—¿Qué?
—Nada.
Su hija la observó con atención.
—No te preocupa, ¿verdad?
Lucrecia sonrió.
—¿Una bastarda que estará aquí dos años?
Se volvió hacia ella.
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido.
—Entonces ¿por qué tienes esa expresión?
Lucrecia acomodó con calma una pulsera alrededor de su muñeca.
—Porque no me gusta que las cosas cambien sin que yo lo haya decidido.
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Mientras tanto, yo tenía preocupaciones mucho más importantes.
Como intentar comprender por qué alguien necesitaba dieciséis almohadas para decorar una cama.
—Elara.
—¿Sí, señora?
Sostuve una de ellas frente a mí.
—¿Para qué sirve esto?
La joven miró la almohada.
—Para decorar.
—¿Y las otras quince?
—También.
La observé.
—Este imperio tiene demasiado dinero.
Elara soltó una pequeña risa.
—¿Desea que retire algunas?
—Deseo saber quién decidió que dormir debía convertirse en una expedición.
Dejé la almohada a un lado.
Habían pasado apenas unas horas desde mi conversación con Kael en el estudio y, aunque no quería admitirlo, seguía pensando en ella.
No por el interrogatorio.
Eso podía soportarlo.
Era otra cosa.
¿Te trataban mal en Liria?
Nadie me había preguntado algo así.
No de aquella manera.
No buscando una respuesta verdadera.
Y luego estaba lo otro.
A partir de ahora puedes entrar aquí.
Aquello tampoco tenía por qué significar nada.
Era simplemente una corrección a una orden que Lucrecia no tenía derecho a dar.
Nada más.
Decidí que era exactamente eso.
Y cerré el asunto dentro de mi cabeza.
O lo intenté.
—Señora —dijo Elara mientras acomodaba uno de mis vestidos—, esta tarde habrá visitas.
—¿Otra fiesta de té?
—Creo que sí.
—Empiezo a pensar que este imperio se sostiene gracias a las infusiones.
Elara sonrió.
—Vendrá el Anciano Severin con su sobrina.
El nombre no me decía nada.
—¿Debería conocerlos?
—El Anciano Severin pertenece al Consejo del Trono.
Eso sí despertó mi interés.
—¿Uno de los hombres que decidió mi matrimonio?
Elara pareció incómoda.
—Supongo que podría decirse así.
—Entonces ya tenemos algo en común. Ninguno me preguntó mi opinión.
—Su sobrina viene con frecuencia al palacio.
—¿También forma parte del consejo?
—No.
Elara bajó ligeramente la voz.
—Lady Evelyne es muy cercana a la familia imperial.
La miré.
Había algo en el tono.
—¿Qué significa “muy cercana”?
—Nada.
—Elara.
—No debería hablar de esas cosas.
—Eso significa que definitivamente hay algo que contar.
La joven apretó los labios.
Me senté frente a ella.
—No voy a pedirte que traiciones secretos imperiales. Solo quiero saber si debo esperar que esa mujer intente envenenarme durante el té.
Elara abrió los ojos.
—¡No!
—Excelente. Ya hemos descartado una posibilidad.
—Lady Evelyne…
Vaciló.
—Ha estado interesada en el emperador desde hace muchos años.
Ah.
Eso sí era interesante.
—¿Interesada cómo?
Elara me miró como si la respuesta fuese evidente.
—Como mujer.
—Comprendo perfectamente qué significa la palabra, gracias.
Intentó contener una sonrisa.
—Su familia siempre consideró que podría haber sido una buena unión.
—¿Y Kael?
—Nunca mostró interés.
—Porque estaba comprometido con la princesa Anelis.
—Eso dicen.
Me quedé pensando.
Una mujer noble.
Bien relacionada.
Sobrina de un Anciano del Trono.
Interesada en Kael desde hacía años.
Y mi matrimonio duraba exactamente dos.
Una idea comenzó a tomar forma.
Elara debió notarlo porque su expresión cambió.
—Señora…
—¿Qué?
—Esa cara.
—¿Qué tiene mi cara?
—Parece que está planeando algo.
—Qué imaginación.
—La misma expresión puso antes de entrar al comedor con su ropa de dormir.
La miré, ofendida.
—Aquello fue una excelente idea.
—Casi provoca una tragedia.
—Pero recuperé mis maletas.
Elara cerró los ojos.
—¿Qué está pensando?
Sonreí.
—Nada.
—Eso me preocupa todavía más.