Un amor de adolescentes que a pesar de los años sigue pendiente
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La despedida
El último año de escuela comenzó a sentirse diferente para Valeria y Mateo.
Hasta entonces habían conseguido vivir su amor como si el mundo exterior no existiera. Se encontraban a escondidas, compartían pequeños secretos y aprovechaban cada minuto que podían estar juntos.
Pero ahora ambos sabían que el tiempo estaba en su contra.
Los padres de Mateo habían decidido enviarlo a otra ciudad al terminar el año escolar.
Los padres de Valeria también estaban considerando mudarse.
Y ninguno de los dos sabía cuál de las dos cosas ocurriría primero.
Una mañana, Valeria llegó a la escuela y encontró a Mateo esperándola en la entrada.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días.
Mateo la observó unos segundos.
—¿Dormiste bien?
—No mucho.
—Yo tampoco.
Valeria sonrió.
—¿Por qué?
—Porque estuve pensando.
—Eso es peligroso.
Mateo se rio.
—Pensaba en nosotros.
La sonrisa de Valeria desapareció lentamente.
—Yo también.
Caminaron juntos hasta el salón.
Cuando llegaron, Mateo sacó de su mochila un pequeño sobre.
—Esto es para ti.
Valeria lo tomó.
—¿Qué es?
—Ábrelo después.
—¿Por qué después?
—Porque me da vergüenza verte leerlo.
Valeria sonrió.
Guardó el sobre dentro de su cuaderno.
Durante las clases intentó concentrarse, pero no podía dejar de pensar en él.
Al llegar el recreo, buscó un lugar tranquilo y abrió el sobre.
Dentro había una carta.
Valeria:
No sé cómo explicar todo lo que siento. Desde que llegué a este pueblo, tú fuiste la primera persona que hizo que no quisiera irme.
Me enseñaste los lugares que para ti eran importantes y terminaste convirtiéndote en el lugar más importante para mí.
No sé qué va a pasar cuando termine la escuela. Tal vez mis padres consigan llevarme lejos. Tal vez tú también te vayas.
Pero quiero que sepas algo.
No importa cuánto tiempo pase. Nunca voy a pensar que nuestro amor fue un error.
Valeria tuvo que detenerse.
Las lágrimas comenzaron a caer sobre la hoja.
Siguió leyendo.
Si algún día estamos lejos, recuerda el árbol detrás de la escuela, el río, la casa abandonada y aquella tarde en que prometimos no olvidarnos.
Yo voy a cumplir mi promesa.
Mateo.
Valeria dobló cuidadosamente la carta.
Cuando regresó al salón, Mateo estaba esperándola.
Ella no dijo nada.
Simplemente se acercó y lo abrazó.
Él la rodeó con sus brazos.
—¿Te gustó?
—Muchísimo.
—Entonces guárdala.
—La voy a guardar toda mi vida.
Mateo sonrió.
—Eso espero.
Aquellos pequeños momentos se hicieron cada vez más importantes.
Porque mientras se acercaba el final del año, también se acercaba la separación.
Una tarde, Valeria recibió finalmente la noticia que tanto temía.
Su madre la llamó a la cocina.
—Ya tomamos una decisión.
Valeria sintió que el corazón le latía con fuerza.
—¿Nos vamos?
Su madre asintió.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando termine el año escolar.
Valeria cerró los ojos.
Era la misma fecha en la que Mateo también tendría que marcharse.
—¿Tan pronto?
—Tu padre ya aceptó el trabajo.
Valeria intentó contener las lágrimas.
—¿Podemos quedarnos?
—Lo siento, hija.
—No quiero irme.
Su madre se acercó.
—Sé que tienes amigos aquí.
Valeria bajó la mirada.
No podía decirle que tenía algo más que amigos.
—No es solamente por mis amigos.
Su madre comprendió.
—Es por Mateo.
Valeria permaneció en silencio.
—Te duele porque lo quieres.
Ella asintió.
—Mucho.
Su madre la abrazó.
—Quizá la distancia no sea el final.
Valeria lloró contra su hombro.
—Tengo miedo.
—¿De qué?
—De que me olvide.
—Si realmente te quiere, no será tan fácil.
Pero Valeria no estaba convencida.
Esa tarde fue a buscar a Mateo.
Lo encontró detrás de la escuela.
Solo bastó una mirada para que él entendiera que algo había ocurrido.
—¿Qué pasa?
Valeria se acercó.
—Nos vamos.
Mateo se quedó inmóvil.
—¿Cuándo?
—Cuando termine el año.
Él bajó la mirada.
—Yo también.
Valeria comenzó a llorar.
—Entonces nos vamos los dos.
Mateo la abrazó.
—No llores.
—No quiero irme.
—Yo tampoco.
—¿Qué vamos a hacer?
Mateo la separó suavemente para poder mirarla.
—Vamos a mantenernos juntos.
—¿Cómo?
—Por teléfono. Por cartas. Como sea.
Valeria negó con la cabeza.
—No será igual.
—Lo sé.
—Y puede que conozcas a alguien.
—No quiero a nadie más.
—Eso dices ahora.
Mateo tomó su rostro entre las manos.
—Te lo estoy diciendo porque es verdad.
Ella cerró los ojos.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Se quedaron abrazados durante mucho tiempo.
Los siguientes meses fueron una mezcla de felicidad y tristeza.
Querían aprovechar cada día, pero cada día también les recordaba que quedaba uno menos.
Fueron juntos al río.
Regresaron a la vieja casa.
Volvieron al árbol.
Tomaron fotografías.
Escribieron cartas.
Incluso escondieron una pequeña caja debajo de una piedra junto al río.
Dentro colocaron dos fotografías, una pulsera y varias notas.
—Para cuando seamos mayores —dijo Mateo.
—¿Y si alguien la encuentra?
—Entonces tendremos que esconderla mejor.
Valeria sonrió.
—Siempre piensas en todo.
—No quiero olvidar nada.
Ella lo miró.
—Yo tampoco.
Pero no todo era felicidad.
Una tarde, Mateo regresó a casa y encontró a su padre esperándolo.
—¿Sigues viendo a Valeria?
Mateo no respondió.
—Te hice una pregunta.
—Sí.
Su padre respiró profundamente.
—Te irás en unas semanas.
—Lo sé.
—Y cuando te vayas, quiero que cortes esa relación.
Mateo sintió una oleada de rabia.
—No.
—Mateo.
—No voy a hacerlo.
—Algún día entenderás que estamos intentando protegerte.
—No necesito que me protejan de ella.
—Es una relación de adolescentes.
—La amo.
La habitación quedó en silencio.
Su madre levantó la mirada.
Era la primera vez que Mateo pronunciaba aquella palabra delante de ellos.
La amo.
Su padre apretó la mandíbula.
—Precisamente por eso tenemos que separarlos.
Mateo lo miró con incredulidad.
—¿Cómo pueden hablar de mi vida como si fuera una decisión de ustedes?
—Porque todavía eres muy joven.
—Pero algún día creceré.
—Y cuando crezcas agradecerás que te hayamos alejado de ella.
Mateo subió a su habitación sin responder.
Esa noche escribió otra carta para Valeria.
No se la entregó inmediatamente.
Quería esperar hasta el último día.
Pasaron las semanas.
Finalmente llegó el último día de clases.
El salón estaba lleno de despedidas.
Algunos compañeros lloraban.
Otros prometían mantenerse en contacto.
Los profesores daban sus últimos consejos.
Valeria apenas podía escuchar.
Miraba a Mateo.
Él también la miraba.
Cuando terminaron las clases, caminaron juntos hasta el árbol.
Ninguno quería decir que era la última vez.
—¿Recuerdas cuando te conocí? —preguntó Mateo.
—Sí.
—Yo estaba perdido.
—Lo estabas.
—Y tú me ayudaste.
Valeria sonrió entre lágrimas.
—Y tú terminaste complicándome la vida.
Mateo se rio.
—Lo siento.
Ella lo abrazó.
—No te perdono.
—¿No?
—No.
—Entonces tendré que hacer algo para que me perdones.
—¿Qué?
Mateo sacó la carta que había preparado.
—Esto.
Valeria la tomó.
—¿Otra carta?
—La última por ahora.
Ella lo abrazó nuevamente.
—No quiero que sea la última.
—No lo será.
Llegó la hora de separarse.
Valeria caminó unos pasos, pero regresó corriendo.
—¡Mateo!
Él se volvió.
Ella lo abrazó con todas sus fuerzas.
—No me olvides.
—Nunca.
—Aunque conozcas a otra persona.
Mateo la miró.
—No quiero conocer a nadie.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Valeria se separó lentamente.
Caminaron en direcciones opuestas.
Después de unos metros, ambos se dieron la vuelta.
Se miraron una última vez.
Ninguno sabía cuánto tiempo pasaría antes de volver a verse.
Ninguno sabía que sus vidas estaban a punto de cambiar por completo.
Y ninguno podía imaginar que aquella despedida, que parecía solamente temporal, terminaría convirtiéndose en una separación de muchos años.
Valeria llegó a casa con la carta de Mateo apretada contra el pecho.
Al día siguiente abandonaría el pueblo.
Mateo también prepararía sus maletas.
Dos adolescentes enamorados estaban a punto de comenzar una vida lejos el uno del otro.
Y mientras el autobús de Valeria esperaba en la terminal, ella miró por última vez las calles que habían sido su mundo.
Se llevó sus recuerdos.
La pulsera.
Las cartas.
Las fotografías.
Y un amor que estaba convencida de que nunca moriría.
Pero la distancia estaba a punto de poner a prueba aquella promesa.