TEMPORADA 2 DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 9
En aquel entonces… él no tenía ese poder.
Mientras lo observaba tan de cerca, quedé maravillada por su asombrosa habilidad y por la profunda conexión que parecía tener con la naturaleza. El Árbol del Mundo respondía a su presencia como si lo reconociera como uno de los suyos.
A nuestro alrededor, la luz turquesa del árbol iluminaba todo con un brillo suave y mágico.
Pequeñas criaturas espirituales comenzaron a aparecer entre las hojas y el aire, diminutos seres de luz que revoloteaban alrededor de nosotros como luciérnagas encantadas. Algunas se posaban sobre las ramas, otras danzaban lentamente en el aire, llenando el lugar de una belleza casi irreal.
La escena se volvió extrañamente romántica.
La luz del árbol, las criaturas espirituales… y la imponente figura de Aethon avanzando entre las ramas como si perteneciera a aquel mundo mágico.
Todo en él tenía un aire hipnotizante.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
En un momento, Aethon bajó ligeramente la mirada hacia mí.
La luz del Árbol del Mundo iluminaba su rostro desde arriba, haciendo que su cabello rubio pareciera hilos de oro y que sus ojos verdes brillaran con una intensidad suave.
Durante unos segundos, simplemente me miró.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
Las pequeñas criaturas espirituales flotaban alrededor de nosotros como diminutas estrellas vivas, y la brisa movía suavemente su cabello.
Por un instante, el tiempo pareció detenerse.
Y yo, aún sostenida en sus brazos, no podía apartar la mirada de él.
Entonces, cuando parecía que nuestros rostros se acercaban cada vez más…
y que en cualquier momento nuestros labios se tocarían…
Una voz profunda, antigua y cargada de siglos resonó alrededor de nosotros.
—Si se van a besar, háganlo en otra parte… —gruñó la voz—. Par de tórtolos irrespetuosos.
El ambiente romántico se hizo añicos al instante.
Las criaturas espirituales siguieron flotando alrededor, pero el momento que parecía sacado de un sueño… desapareció.
Yo aparté el rostro rápidamente, completamente avergonzada.
Era como si alguien nos hubiera pillado en medio de algo indebido.
No supe dónde mirar, así que simplemente volteé hacia otro lado mientras sentía cómo el calor subía a mi rostro.
Aethon, en cambio…
se molestó.
Pero no conmigo.
Sus ojos verdes se entrecerraron ligeramente mientras miraba hacia la enorme presencia frente a nosotros.
Entonces habló con un tono que mezclaba respeto… y una clara irritación.
—Oye, viejo… —dijo Aethon Sylvariel.
—Necesito que me hagas un favor —dijo Aethon Sylvariel con total naturalidad.
La reacción no tardó en llegar.
El enorme Árbol del Mundo soltó un largo suspiro que hizo temblar suavemente sus ramas, como si el viento hubiera pasado a través de siglos de hojas.
Entonces habló con una voz lastimera y exageradamente dramática:
—Pobre de mí… —se quejó—. Ni un ápice de respeto muestras hacia este pobre y venerable señor árbol.
Sus ramas se agitaron ligeramente, dejando caer pequeñas partículas de luz que flotaron lentamente en el aire.
—Miles de años viviendo… sosteniendo el equilibrio de este mundo… y ahora me llaman “viejo” sin siquiera un saludo apropiado…
Fue entonces cuando me di cuenta.
Aquella voz…
venía del árbol.
Giré lentamente la cabeza hacia el enorme tronco.
Y lo que vi me dejó completamente sorprendida.
En la superficie del antiguo tronco se había formado un rostro.
Las vetas de la madera se curvaban formando arrugas profundas, como si fueran las marcas del tiempo. Dos cavidades brillaban con una luz suave, simulando ojos llenos de sabiduría… y una gran grieta curvada formaba lo que parecía una boca anciana.
Era el rostro de un viejo muy viejo.
El Árbol del Mundo nos estaba mirando.
Después de todo el drama que había hecho, el árbol finalmente suspiró con resignación.
Sus enormes ramas se movieron lentamente, haciendo caer pequeñas luces brillantes como polvo de estrellas.
—Está bien, está bien… —gruñó con voz anciana—. Habla. ¿Qué necesitas?
Entonces Aethon Sylvariel habló con seriedad.
—Quiero que veas a través de ella —dijo—. Necesito que encuentres el rastro de un colgante… uno que le permitía reencarnar en varios mundos.
Por un momento, el árbol quedó completamente en silencio.
Y luego…
—¡Imposible! —exclamó con evidente sorpresa.
Sus ramas se estremecieron, haciendo vibrar las hojas luminosas.
Aethon frunció ligeramente el ceño.
—¿No puedes hacerlo?
El árbol respondió de inmediato.
—No es eso —dijo con tono grave—. Pero lo que dices no tiene sentido.
Las líneas de su rostro de madera parecieron tensarse.
—¿Un colgante que puede hacer que alguien reencarne? Eso desafiaría las leyes del universo. De la existencia misma.
Su voz se volvió más profunda.
—Eso sería imposible incluso para un Dios.
Hubo un pequeño silencio.
Luego el árbol habló otra vez, esta vez con un tono más pensativo.
—A menos que…
Sus ojos de luz se movieron lentamente hacia mí.
—Niña… ven, acércate.
Una enorme rama descendió suavemente desde el tronco.
Antes de que pudiera reaccionar, la rama se deslizó con cuidado alrededor de mi cintura, envolviéndome con suavidad, mientras yo sostenía la cesta donde dormían mis pequeños.
El movimiento fue firme… pero sorprendentemente gentil, como si el propio bosque me estuviera tomando entre sus brazos.
Entonces una rama delgada descendió lentamente desde el enorme tronco del árbol.
Se acercó con suavidad hasta tocar mi pecho, justo sobre mi corazón.
En el instante en que la madera rozó mi piel…
Un torrente de energía pura recorrió todo mi cuerpo.
Sentí como si una corriente tibia y luminosa atravesara cada parte de mi ser. Era una energía antigua, profunda, como si la propia esencia del mundo estuviera explorando mi alma.
Mi cabello azul celeste se elevó de repente.
Los mechones comenzaron a flotar alrededor de mí, moviéndose lentamente en el aire mientras brillaban con una tenue luz.
Las pequeñas criaturas espirituales se dispersaron a nuestro alrededor, como si también hubieran sentido aquella energía.
Pero entonces…
El árbol retiró su rama de golpe.
Tan abruptamente que incluso las hojas se estremecieron.
—Tú… —dijo con una voz llena de sorpresa.
Su tono ya no era dramático ni burlón.
Era… alarmado.
Mi corazón se agitó.
¿Por qué reaccionaba así?
¿Había algo malo?
Pensé confundida.
Entonces el árbol habló nuevamente.
—Niña… ¿a quién ofendiste?
—¿Eh? —respondí sin entender—. ¿A quién ofendí?