Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?
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capitulo 10
La luz de la luna se filtra por la persiana de mi oficina, dibujando rayas blancas sobre la alfombra. Son las nueve de la noche de un miércoles y acabo de terminar una revisión de activos que me ha dejado la mente seca. Pero no me importa. Porque en mi cabeza, ya estoy subiendo esa escalera de caracol. Ya estoy sintiendo el olor a sándalo.
He pasado toda la semana siendo la "Alicia Impecable". He almorzado con mi madre, que pasó una hora criticando el corte de mi nuevo traje. He ganado una apelación difícil. He sido la roca, el pilar, la abogada que no parpadea. Pero aquí, en la soledad de mi despacho, me quito el moño y dejo que mi pelo castaño caiga. Me miro las manos. Mis dedos parecen extraños bajo la luz fluorescente; parecen pedir a gritos el contacto de otra piel.
El deseo ya no es solo una idea. Es una presión constante en la parte baja de mi vientre. Es el motor que me hace soportar las voces monótonas de los clientes y la mirada gélida de mi padre.
Cuando llega el viernes, la transformación es casi violenta. Me despojo de la seda blanca y el algodón azul marino con una urgencia que me asusta. Me pongo la peluca roja. El color carmesí es mi única verdad. Me miro al espejo y veo a la mujer que Alicia Vázquez oculta con tanto esmero. Una mujer de ojos brillantes y labios que no temen pedir lo que quieren.
Entro en el club y el ruido del mundo exterior se apaga. Él ya está allí. No me espera en la barra hoy; me espera directamente en la puerta de la habitación 402.
Al llegar frente a él, me detengo. Su máscara de cuero brilla con una luz peligrosa. No dice nada. Simplemente abre la puerta y me invita a pasar con un gesto de su mano. Al entrar, el sonido del cerrojo encajando es como una música para mis oídos. Estamos a solas. Sin nombres. Sin pasado.
Él se acerca. Siento su calor antes de que me toque. Sus manos, esas manos de dedos largos y seguros, se posan en mi cintura. Me atrae hacia su cuerpo y yo me abandono. Me pego a su pecho, escuchando el latido de su corazón, un ritmo que es mucho más honesto que cualquier palabra que hayamos intercambiado.
—Estás temblando —susurra contra mi máscara.
—Es el contraste —respondo, y mi voz suena ronca—. El mundo de fuera es demasiado frío.
Él suelta un suspiro y sus manos viajan por mi espalda, reconociendo cada curva, cada tensión que traigo de la oficina. Sus dedos se entierran en la base de mi peluca roja, inclinando mi cabeza hacia atrás. Su boca busca mi cuello. El contacto de sus labios contra mi piel me hace soltar un gemido que se pierde en la seda de las paredes.
—Olvídalo todo —dice él—. Aquí solo existe este momento. Solo existes tú, roja.
Me gira y me empuja suavemente hacia la cama. Se coloca sobre mí, apoyando su peso en sus antebrazos. Sus manos toman las mías y las entrelazan sobre mi cabeza, sujetándome con una firmeza que me hace sentir, por primera vez, que puedo soltar las riendas. El lenguaje de sus manos es una declaración de intenciones. Sus pulgares acarician el dorso de mis palmas, un gesto tan tierno como cargado de una sensualidad que me quema.
Nuestros labios se encuentran. Es un beso lento, profundo, que sabe a espera y a secreto. Siento su lengua explorando la mía, un diálogo en la oscuridad que es más profundo que cualquier conversación que haya tenido en mi "vida real".
Mis piernas se enredan con las suyas. El roce de las telas, el calor de la piel, la urgencia del deseo contenido durante siete días... todo estalla en esa pequeña habitación. Aquí no hay protocolos. No hay leyes que valgan. Solo hay dos cuerpos que se buscan con la desesperación de quienes saben que el amanecer les devolverá sus máscaras de día.
—No te vayas nunca —susurro, aunque sé que es una promesa imposible.
—Siempre volveré el viernes —responde él, mientras sus manos bajan por mis caderas, reclamando cada centímetro de mi piel.
Me dejo llevar por la marea de sensaciones. En la habitación 402, Alicia la abogada ha dejado de existir. Solo queda la mujer de rojo, la que se entrega al tacto de un extraño porque ese extraño es el único que la hace sentir viva. El viernes es mi religión, y él es mi único altar.
Mañana volveré al gris. Mañana volveré al moño tirante y a los expedientes. Pero ahora, bajo el amparo de la noche, soy fuego. Soy suya. Y el resto del mundo puede arder en su propia perfección.
El sonido del despertador el lunes por la mañana es como un martillo golpeando un cristal fino. Me quedo inmóvil bajo las sábanas, sintiendo el peso de mi cuerpo, una pesadez que no tiene nada que ver con las horas de sueño y todo que ver con la máscara que estoy a punto de ponerme.
Anoche fui fuego. Anoche, en la habitación 402, mis manos conocieron cada relieve de su espalda y mis oídos se llenaron con el sonido de su respiración entrecortada. Pero ahora, mientras el sol de la mañana se filtra por las persianas de mi habitación gris, me siento como un náufrago que ha sido devuelto a una isla desierta tras un banquete inolvidable.
Me levanto y el ritual comienza. El moño tirante, el traje azul oscuro, el maletín. Cada prenda es un ladrillo que vuelvo a colocar en el muro que me separa del mundo.
—Buenos días, Alicia —le digo a mi reflejo. Pero la mujer que me mira desde el espejo tiene los labios ligeramente más hinchados y una chispa en la mirada que intento apagar con corrector y determinación.
En el bufete, el aire está cargado con la tensión de un nuevo caso de alto perfil. Mi padre me espera en la puerta de su despacho. No hay un "¿cómo estás?", solo una orden directa sobre una auditoría que debe estar lista para el miércoles. Lo miro y, por un segundo, me pregunto qué diría si supiera que su "roca" pasó la noche del viernes gimiendo el nombre que no conoce de un extraño. El pensamiento me produce una punzada de placer prohibido que me obliga a bajar la mirada hacia mis zapatos impecables.