Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.
En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.
Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...
Novela extensa...
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Vergüenza...
...16...
El sol ya ardía con fuerza sobre los tejados de la mansión cuando Ophelia terminó de ajustar los botones de su vestido de crepé negro. El diseño, sencillo pero sofisticado, ceñía su figura delgada con elegancia, con mangas tres cuartos y un corte en A que caía fluidamente hasta sus tobillos. Un cinturón de cuero negro fino realzaba su talle, mientras que unos zapatos de tacón alto de ante negro completaban el atuendo. Se pasó los dedos por su cabello rubio ceniza, recogido en un moño bajo y despeinado que dejaba algunos mechones sueltos sobre su nuca y sus hombros.
Al salir de su habitación, sintió cómo sus manos temblaban ligeramente. Sabía que hoy tendría que salir de la mansión para asistir a una reunión en la sede central de la fundación de arte que dirigía junto con un equipo de curadores. Y sabía también que él estaría ahí.
Descendió las escaleras principales con paso cuidadoso, tratando de mantener la compostura que siempre caracterizaba sus movimientos. Al llegar a la puerta principal, vio al chófer, Mr. Henderson, dirigiéndose hacia el garaje subterráneo por el camino de servicio. La voz de su abuelo aún resonaba en su mente: “La seguridad nunca es exageración, hija. En este mundo, hay demasiadas personas que buscarían aprovecharse de ti.”
Al cruzar el vestíbulo y salir al porche de entrada, su vista se encontró con él.
Luke Easton estaba de pie junto a la puerta trasera del SUV negro blindado, su figura imponente contrastando con el brillo del sol sobre el metal del vehículo. Vestía un traje negro pulcro, perfectamente ajustado, con una camisa negra que parecía absorber la luz y una corbata negra anudada con precisión. Todo en él gritaba masculinidad contenida: la firmeza de sus hombros, la rectitud de su postura, la impecable pulcritud de su apariencia. Incluso sus zapatos de cuero negro parecían pulular con una intensidad que Ophelia encontró a la vez intimidante y fascinante.
La sangre subió rápidamente a sus mejillas, calentándolas con un rubor que le hizo sentir patética y avergonzada a partes iguales. ¿Cómo podía un hombre que apenas conocía afectarla de esa manera? ¿Por qué simplemente verlo de pie ahí, tan serio y concentrado, le producía esa mezcla de nerviosismo y calma que parecía desarmarla por completo?
Bajó los escalones de tres en tres, moviendo con elegancia el vestido para no tropezar, aunque su mente estaba tan nublada por la presencia de Luke que casi perdió el equilibrio en el último peldaño. Se recompuso con gracia, caminando hacia el auto con una compostura que sentía completamente fingida.
Luke se adelantó silenciosamente, abriendo la puerta trasera con un movimiento fluido y preciso. Sus ojos oscuros la observaron con calma, sin una sola emoción visible en su rostro sereno, pero Ophelia sintió como si pudiera ver hasta lo más profundo de su ser.
—Señorita —dijo, su voz profunda y controlada.
—Gracias, Luke —susurró, inclinándose para entrar en el auto. Sintió cómo el aroma masculino que ya conocía —cedro, bergamota y un toque de café— envolvía sus sentidos, haciéndola suspirar casi en silencio una vez que se sentó en el asiento de cuero oscuro.
Al fin, no estaba expuesta ante su mirada inquisitiva. Cerró los ojos por un instante, sintiendo cómo el aire acondicionado refrescaba su rostro caliente. Luke cerró la puerta con cuidado y subió al asiento de copiloto, mientras el chófer encendía el motor con un rugido suave pero potente.
Para Ophelia, aquello era una exageración. Sabía que su abuelo solo buscaba protegerla, pero la idea de circular por la ciudad con un vehículo blindado, un chófer y dos guardaespaldas la hacía sentir como si fuera una figura pública de la que todos quisieran aprovecharse. Pero Matthew Montgomery era terco cuando se trataba de la seguridad de su familia, así que no había más remedio que aceptar ese estricto anillo de protección.
El auto avanzó por las calles calientes de Los Ángeles, donde el asfalto parecía humear bajo el sol abrasador. Ophelia observó por la ventana cómo los edificios se sucedían a su paso, desde las mansiones de Beverly Hills hasta los rascacielos del centro. Luke permanecía inmóvil en el asiento de copiloto, sus ojos escaneando el entorno con la atención de un depredador, registrando cada movimiento, cada vehículo que los acompañaba por más de dos cuadras, cada persona que se acercaba demasiado al auto.
Llegaron a la sede de arte —un edificio moderno de hormigón y cristal que se alzaba en medio de un barrio de galerías y estudios creativos. El chófer detuvo el auto frente a la entrada principal, y Luke se bajó primero, revisando el perímetro con eficiencia antes de abrir la puerta a Ophelia.
—Solamente iré yo y el compañero Rico hasta la entrada —anunció Luke, cerrando la puerta tras ella con cuidado—. El resto del equipo se posicionará en puntos estratégicos alrededor del edificio.
Ophelia asintió, ajustándose el bolso de mano de cuero negro mientras caminaba hacia la entrada. Luke permanecía dos pasos detrás de ella, su presencia constante pero nunca intrusiva. Era el único que la seguía de cerca, el único cuyo ojo entrenado parecía estar siempre atento a cualquier posible amenaza.
Dentro de la fundación, el ambiente era cálido y acogedor. Las paredes blancas mostraban obras de arte contemporáneo, mientras que el suelo de madera clara daba una sensación de ligereza al espacio. Ophelia saludó a los empleados con sonrisa amable, deteniéndose a hablar con algunos de los curadores sobre los próximos proyectos. Su timidez se desvanecía cuando hablaba de arte, encontrando en esa conversación un refugio seguro de sus propios pensamientos.
Fue entonces cuando vio a tres figuras conocidas en el extremo de la sala principal.
—Ophelia, cariño! —una voz alegre la llamó. Caroline, su mejor amiga desde la universidad, se acercó con los brazos abiertos. Tenía el cabello castaño rizado recogido en una coleta alta y llevaba un traje de colores vivos que contrastaba con la sobriedad de su vestido. Junto a ella estaban Marta, otra amiga del círculo de arte, y David, un pintor con quien habían trabajado en varias exposiciones.
—¡Caroline! ¡Marta! ¡David! —exclamó Ophelia, sintiendo cómo su rostro se iluminaba con una sonrisa sincera—. No sabía que vendrían hoy.
—Nos enteramos de que ibas a estar aquí y no pudimos perder la oportunidad de verte —dijo Marta, abrazándola con ternura—. Hace demasiado tiempo que no nos reunimos.
David la saludó con un beso en la mejilla, sus ojos curiosos recorriendo el espacio hasta detenerse en Luke, quien permanecía a unos pasos de distancia, impasible pero atento.
—Y quién es ese galán tan serio que te acompaña? —preguntó Caroline con una sonrisa coqueta, inclinándose hacia adelante como si quisiera descubrir un secreto—. No creo que haya visto a nadie así en tu entorno antes.
Ophelia sintió cómo el rubor regresaba a sus mejillas con fuerza. Se volvió hacia Luke por un instante, viéndolo allí, tan impecable y distante, y luego volvió la mirada hacia sus amigos con una sonrisa un poco nerviosa.
—Es Luke Easton —explicó con voz suave—. Mi nuevo guardaespaldas.
—Guardaespaldas, ¿eh? —comentó David, sonriendo con complicidad—. Parece más bien un agente secreto de película. Te queda muy bien la protección de lujo, Ophelia.
Ophelia rió con timidez, moviendo un mechón de cabello detrás de su oreja. Sabía que sus amigos se burlaban con cariño, pero la presencia de Luke en medio de su círculo íntimo la hacía sentir más vulnerable de lo que habría querido. Mientras tanto, Luke mantenía su posición, sus ojos escaneando la sala con la misma atención que siempre, como si la conversación no fuera más que un fondo sonoro en su misión de protección.
Sabía que el resto de la mañana estaría así: entre reuniones de trabajo, conversaciones con colegas y la constante sensación de que Luke la observaba, de que su presencia la rodeaba como un manto invisible. Y aunque tratara de negarlo, una parte de ella se alegró de que fuera así.