"El Frágil Lazo de Ciela" es una historia conmovedora sobre la identidad, el perdón y la valentía de amar cuando el tiempo corre en contra. Una novela que demuestra que, a veces, para sanar el cuerpo, primero hay que reconstruir el alma.
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Capítulo 17: El Peso de la Llave y el Fin del Invierno
La mansión de Beatriz se había convertido en una olla a presión. La noticia de las amenazas a los padres de Diego y a su ex, Valeria, había puesto a todos en estado de alerta máxima. Mientras Diego coordinaba con Miriam el traslado de su familia a un refugio seguro, un grito de Elena rompió el silencio del ala este.
—¡Fueron ellos! ¡Uno de tus criados me robó! —chillaba Elena, señalando a la ama de llaves de Beatriz—. ¡Mi collar de perlas no está, pero dejaron esta porquería en mi cama!
Elena sostenía la pequeña llave de latón. Beatriz se acercó y la tomó con manos temblorosas. Sus ojos se abrieron de par en par al reconocerla.
—Esta llave no es de un criado, Elena —dijo Beatriz con voz hueca—. Es la llave del joyero secreto de mi padre, el que está en la biblioteca. El mismo que Valenzuela me obligó a abrir mil veces para robar los documentos de las caleras mientras me tenía cautiva.
Bajaron a la biblioteca. Al abrir el panel, no había joyas. Había un teléfono satelital encendido con una señal de GPS activa. Valenzuela, en su arrogancia, había dejado el rastreador encendido para que ellos lo vieran y se desesperaran, creyéndose intocable en los límites del bosque.
—¡Está en las caballerizas viejas! —rugió Diego, tomando el arma de un guardia—. ¡Está dentro de la propiedad!
El enfrentamiento final
Diego corrió por el jardín, seguido de los hombres de seguridad. Ciela ignoró el dolor de su cirugía y corrió tras ellos hasta el porche, con Lucía apretándole la mano.
En las caballerizas, envueltas en niebla, Valenzuela salió a la luz de la luna con un arma. Tenía esa sonrisa torcida que tanto odio generaba.
—Diego... el héroe. ¿Cómo están tus padres? Espero que hayan disfrutado el mensaje.
—Mis padres están a salvo, pero tú no —respondió Diego con una frialdad absoluta.
Valenzuela intentó levantar su arma, pero cometió su último error: subestimó a los guardias de Beatriz. Un disparo seco resonó en el bosque, seguido de dos más. El hombre que había secuestrado a una mujer por veinte años, que había entregado a su propia hija (Lucía) a un abuelo cómplice y que había vendido a la hija de otro (Ciela) para financiar su red de extorsión, cayó de rodillas.
Sus ojos buscaron a lo lejos la figura de Lucía. No hubo palabras finales, solo un estertor ahogado antes de que su cuerpo se desplomara sobre la paja seca. El monstruo estaba muerto.
El Silencio tras la Tormenta
Diego bajó el arma, temblando. Ciela se acercó lentamente y lo abrazó con una fuerza desesperada. El asedio físico había terminado, pero las cicatrices estaban más vivas que nunca.
En la mansión, Elena observaba desde la ventana. Lejos de sentir alivio, sintió un terror nuevo. Con Valenzuela muerto, ya no había un enemigo común. Ahora, solo quedaba la verdad: ella vivía en la casa de la mujer a la que le compró la hija, y el hombre que amaba a Ciela acababa de convertirse en un ejecutor.
Elena apretó el marco de la ventana con una mezcla de envidia y resentimiento.
—Se acabó, Roberto. Ahora que ese hombre no está, Beatriz se va a quedar con todo. Con la casa, con la seguridad... y con mi hija. Ella tiene la sangre, nosotros solo tenemos el recuerdo de un contrato que ya no vale nada.
El capítulo cierra con el cuerpo de Valenzuela siendo retirado bajo la lluvia, mientras Beatriz quema la llave de latón en la chimenea, cerrando su pasado pero abriendo una guerra de convivencia bajo su propio techo.