A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.
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Capítulo 3
Pov Raquel
Desperté sintiendo el calor de un cuerpo detrás de mí. Por unos instantes, no supe dónde estaba. Ni con quién. Solo podía sentir el calor de su piel, el aliento pausado rozando mi nuca, el peso de una mano posesiva sobre mi cintura.
Entonces lo recordé. Todo.
La habitación diseñada para el pecado. Las sábanas de seda negras. El columpio que aún colgaba del techo como testigo silencioso. Su lengua devorándome. Mis gritos desgarrándome la garganta. El estremecimiento de mi cuerpo rompiéndose después de tanto tiempo reprimido.
Abrí los ojos despacio. La luz del amanecer se filtraba entre las cortinas de lino, tiñendo todo de un dorado suave que hacía que la habitación pareciera irreal. El lujo que anoche fue un sueño ahora me oprimía el pecho como una losa.
Giré la cabeza con cuidado.
Él seguía dormido. Julian Harrington. El hombre más rico del país. Veintiséis, tal vez veintisiete años. La misma edad de mi hijo mayor.
Dios mío.
Su rostro tenía una expresión serena, casi inocente. El cabello revuelto. Los labios ligeramente entreabiertos. Su torso desnudo subía y bajaba con cada respiración tranquila.
Tan joven. Tan seguro de sí mismo. Tan alejado de mi realidad de mujer destruida.
¿Qué diablos había hecho?
La culpa me golpeó con la fuerza de un maremoto. No por haberme acostado con él. Sino porque una parte de mí no se arrepentía. Porque mi cuerpo todavía vibraba con el recuerdo de sus manos, de su boca, de cómo me había hecho sentir viva después de tanto tiempo muerta.
Me deslicé fuera de la cama con movimientos sigilosos, como una ladrona escapando de la escena del crimen. Busqué mi ropa en la penumbra, sintiéndome patética.
La tanga negra estaba tirada junto a la cama. El vestido colgaba del respaldo de una silla. Los tacones dispersos por el suelo como prueba de mi rendición.
Cada prenda era un recordatorio de lo que había sucedido.
Y lo peor era que lo disfruté. Cada maldito segundo.
No solo el sexo. Lo prohibido. La forma en que me miró como si fuera un tesoro y no un desastre. La sensación de ser deseada, de ser mujer y no solo madre. No solo "la viuda del escándalo". No solo la responsable de salvar a cinco personas de la ruina.
Me vestí con manos temblorosas, luchando contra las ganas de volver a la cama, de despertarlo con besos y pedirle que me hiciera olvidar mi vida solo una vez más.
Pero no podía.
Tomé un papel del escritorio y escribí con letra temblorosa:
"Gracias por la noche. —R"
Sin apellido. Sin número. Sin promesas.
Salí de la habitación sin mirar atrás, aunque cada fibra de mi ser me gritaba que me quedara.
El pasillo estaba desierto. La música había cesado. Ya no había risas ni cuerpos entrelazados entre sombras. Solo quedaban ecos, el olor persistente a sexo y velas aromáticas, y mi conciencia destrozándome por dentro.
Ana me esperaba en la entrada. Despeinada, con el maquillaje corrido, pero con una sonrisa satisfecha que no necesitaba palabras.
—¿Durmió bien la diosa? —preguntó con complicidad.
—No empieces —susurré, tragándome el nudo en la garganta.
—No te voy a juzgar, Raquel. Solo dime... ¿lo disfrutaste?
No respondí. Porque si lo hacía, me quebraría ahí mismo.
El viaje de regreso fue en silencio. La ciudad despertaba con su rutina implacable, ajena a mi tormento interno. Miré por la ventana sin ver realmente nada. Mi mente repetía como un disco rayado:
"Tiene menos de treinta años. Es el jefe de Ana. Probablemente tiene la misma edad que Ángel. La misma edad que yo tenía cuando di a luz a mi primer hijo."
Cuando la limusina se detuvo frente a mi casa, la fachada se veía más deteriorada que nunca. La pintura descascarada. El jardín descuidado. Las ventanas opacas. Ya no tenía empleados. No tenía cómo pagarlos.
—Gracias —le dije a Ana sin mirarla.
—Te lo merecías —respondió, apretando mi mano—. Pero ahora vuelve a luchar, guerrera.
Entré silenciosamente, como una intrusa en mi propia casa. Sin hacer ruido. Con cuidado de no despertar a nadie.
Pero no fui lo suficientemente rápida.
Ángel estaba ahí. De pie en medio de la sala. Vestido con pantalón de pijama y una camiseta arrugada. Descalzo. Con los brazos cruzados y una expresión que me heló la sangre.
Sus ojos eran idénticos a los de Miguel. Y me miraban con el mismo desprecio que su padre solía reservar para cuando lo decepcionaba.
—¿Dónde demonios estuviste? —preguntó con voz glacial.
Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones.
—Estuve con Ana... era mi cumpleaños.
La risa que soltó fue cruel, vacía, dolorosa.
—¿Tu cumpleaños? —repitió con sarcasmo—. Mientras los trillizos lloraban sin saber dónde estabas, mamá. Mientras Marcela los cuidaba como si fuera su madre porque tú decidiste largarte a saber dónde a hacer quién sabe qué.
Cada palabra era un puñal directo al corazón.
—Ángel, yo...
—¿Sabes qué hora es? —me interrumpió, señalando el reloj—. Las siete de la mañana. Pasaste toda la noche fuera. Toda la puta noche mientras esta familia se cae a pedazos.
—No fue así...
—¿Ah, no? —se acercó, y pude ver la rabia en sus ojos—. Papá lleva un mes muerto. Un mes, mamá. Y tú ya estás por ahí haciendo Dios sabe qué. ¿Con quién estuviste? ¿Con algún hombre?
El silencio que siguió fue ensordecedor.
—Ángel, no tienes derecho...
—¡Tengo todo el derecho! —explotó—. Porque mientras tú te diviertes, yo estoy aquí intentando mantener esta familia unida. Yo soy el que contesta las llamadas de los acreedores. Yo soy el que le explica a Santiago por qué no puede seguir en el equipo de fútbol. Yo soy el que consuela a Sofía cuando llora porque los niños en el colegio la llaman "hija del ladrón".
Cada palabra me desgarraba por dentro.
—Lo siento...
—¿Lo sientes? —su voz era puro veneno—. Mamá, la señora Amanda llamó anoche. Dijo que en una semana será la junta de accionistas. Una semana para que nos quiten lo poco que queda. Y tú... tú estabas por ahí revolcándote con quién sabe quién.
—¡No sabes nada! —grité, y mi voz se quebró—. No sabes lo que he pasado. Lo que he tenido que soportar.
—¿Lo que tú has pasado? —se rio con amargura—. Tú no eres la única que perdió algo, mamá. Yo perdí a mi padre. Los trillizos perdieron a su padre. Todos perdimos nuestra vida. Pero al parecer, tú ya encontraste cómo consolarte.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas sin control.
—Ángel, por favor...
—¿Sabes qué me da más rabia? —continuó sin piedad—. Que papá tenía razón sobre ti. Decía que eras débil. Que sin él no eras nada. Y mírate. Le está dando la razón incluso desde la tumba.
Esas palabras me destrozaron.
Me quedé ahí, de pie en medio de mi propia casa, sintiéndome más pequeña que nunca. Mi hijo, mi primer hijo, el bebé que cargué durante nueve meses, me miraba con desprecio absoluto.
—Los niños están bien, por si te importa —dijo finalmente, dándose la vuelta—. Están dormidos. Marcela se quedó con ellos toda la noche porque su madre decidió que era más importante irse de fiesta.
Subí las escaleras sintiendo que cada paso me pesaba como plomo. Abrí la puerta del cuarto de los trillizos con cuidado.
Ahí estaban. Santiago, Salomón y Sofía. Acurrucados juntos en la cama de Sofía, como solían hacer cuando tenían pesadillas. Marcela, mi hija de dieciséis años, dormía en una silla junto a ellos.
La culpa me atravesó como una lanza.
Me acerqué y besé la frente de cada uno de mis pequeños. Olían a champú de bebé y a inocencia. A todo lo que yo ya no era.
Fui al baño y me miré al espejo.
El maquillaje corrido. El cabello despeinado. El cuello lleno de marcas rojizas que Julián había dejado con sus dientes y su boca. La prueba física de mi pecado grabada en mi piel.
Me odié. Y al mismo tiempo... envidiá a esa mujer del espejo. Porque por una noche, solo una noche, no fui la esposa traicionada. Fui una mujer deseada. Vista. Tocada. Saboreada. Amada, aunque fuera solo físicamente.
Y eso, aunque ahora doliera como el infierno, había sido hermoso.
Me quité el vestido y me metí a la ducha. Dejé que el agua caliente lavara el olor a sexo, a pecado, a Julián Harrington. Pero no podía lavar la culpa. Esa se había instalado en mi pecho como un parásito.
Cuando salí, los trillizos ya estaban despiertos. Corrieron hacia mí con sonrisas que me partieron el alma.
—¡Mamá! —gritó Sofía, abrazándome con fuerza—. ¿Dónde estabas?
—Perdón, mi amor. Mamá tuvo que salir.
—¿Nos vas a hacer esos postres que tanto nos gustan? —preguntó Santiago con ojos suplicantes.
—¡Sí, mamá! ¡Por favor! —rogaron Salomón y Sofía al unísono.
—Bien —dije, besando sus frentes—. Vayan a la cocina. Estaré con ustedes en un momento.
Los tres salieron corriendo, y sus risas llenaron la casa de una calidez que hacía semanas no sentía.
Me vestí con ropa cómoda y estaba por bajar cuando mi teléfono vibró.
Un correo electrónico.
Del banco.
Abrí el mensaje con manos temblorosas.
"NOTIFICACIÓN DE EMBARGO INMINENTE
Estimada Sra. Vivez:
Por la presente le informamos que, debido al incumplimiento de pagos correspondientes a los últimos tres meses, se procederá con el embargo de la propiedad ubicada en...
Tiene un plazo de QUINCE (15) días calendario para regularizar su situación o la propiedad será rematada en subasta pública."
El teléfono se me cayó de las manos.
Quince días.
Quince días para perder mi casa. El único lugar donde mis hijos aún tenían recuerdos felices.
Me dejé caer en la cama, con las manos temblando y las lágrimas rodando sin control.
¿Qué iba a hacer ahora?
Dios mío, ayúdame.