Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
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CAPÍTULO 1
Alina
Desde pequeña supe que mi deber era obedecer.
No era solo una cuestión de modales o disciplina. No. En mi mundo, obedecer no era una opción… era supervivencia.
Crecí bajo las reglas de los Vassari, una dinastía donde la sangre lo definía todo. Y aunque mi apellido era Rinaldi, sabía perfectamente cuál era mi lugar dentro de esa jerarquía.
Uno bajo.
Vivíamos en una ciudad pequeña, lo suficientemente cerca de la capital como para beneficiarnos de su influencia, pero lo bastante lejos como para controlar cada rincón sin interferencias.
Mi familia dominaba ese lugar al cien por ciento.
No había oposición.
No había competencia.
No había escape.
Y eso… generaba miedo.
Nadie se acercaba a mí. Ni hombres, ni mujeres. No por respeto, sino por temor. Yo no era una persona para ellos… era un símbolo.
Una advertencia.
Una jaula de oro.
Ese martes, como todos los martes, estaba en el campo de equitación que pertenecía a mi familia. Montar era lo único que me hacía sentir libre, aunque fuera por unas horas.
El viento golpeaba mi rostro mientras galopaba, y por un momento… solo por un momento, olvidaba quién era.
O quién se suponía que debía ser.
Cuando terminé la práctica, un guardia ya me esperaba.
—Señorita Alina, su padre la necesita con urgencia.
Asentí sin decir nada. Bajé del caballo, me quité el casco y solté mi cabello, aún agitado por la velocidad.
No me duché. No cambié mi ropa. No pregunté.
Solo obedecí.
Como siempre.
Durante el trayecto, algo no se sentía bien. O tal vez sí… demasiado bien. Había una energía extraña en el ambiente.
Cuando llegué a casa, lo entendí.
Mi padre estaba… feliz.
Demasiado feliz.
—Papá —dije, frunciendo ligeramente el ceño—, ¿qué te tiene tan contento?
No respondió de inmediato. En lugar de eso, se acercó y me abrazó con una calidez poco común en él.
—Tener una hija tan hermosa como tú.
Sonreí con suavidad, aunque algo dentro de mí se tensó.
—No seas exagerado.
Tomé una botella de agua y empecé a beber, sintiendo su mirada fija sobre mí.
Entonces lo dijo.
—Alina… nos han hecho una oferta imposible de ignorar.
Bajé la botella lentamente.
—No entiendo.
—¿Recuerdas a Enzo Vassari?
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
—Sí… el que va a heredar todo. ¿O su hijo?
—Su hijo —respondió—. Adriano Vassari.
Sentí cómo algo se endurecía dentro de mí.
—¿Qué pasa con él?
Mi padre respiró hondo, como si saboreara las palabras antes de soltarlas.
—Me llamó hoy. Quiere que te cases con su hijo mayor.
El mundo se detuvo.
—Le dijiste que no —afirmé, más que preguntar.
El silencio fue suficiente respuesta.
Lo miré fijamente.
—Le dijiste que sí.
Su expresión cambió apenas, pero lo suficiente.
—Alina, nuestra organización no puede expandirse más sin provocar una guerra. Con esta alianza ganamos prestigio, poder… respeto. Sabes cómo funciona esto. La pureza de la sangre lo es todo.
Mi mandíbula se tensó.
—¿Y desde cuándo yo soy una moneda de cambio?
—No lo eres —replicó—. Eres la clave.
Solté una risa sin humor.
—Claro. Qué honor.
—La sangre de los Vassari es la más pura. Alessandro Vassari no tiene descendencia, y la línea de Enzo es la más fuerte que queda.
Algo en su tono me hizo sentir… incómoda. Como si hubiera más detrás de sus palabras.
Pero no me detuve a analizarlo.
—No me voy a casar con alguien que no conozco.
—Adriano es un caballero —insistió—. Educado, respetuoso, atractivo…
—Entonces cásate tú con él —lo interrumpí, fría—. Parece que estás enamorado.
No esperé respuesta.
Tomé mis cosas y salí de la casa sin mirar atrás.
Porque si me quedaba un segundo más… iba a romper algo.
O a alguien.
Conduje sin rumbo fijo hasta llegar a una ciudad donde sabía que ni mi padre ni sus hombres podían entrar.
Un territorio neutral.
Un pequeño respiro dentro del caos.
Seguía vestida con ropa de equitación. No me importaba.
Entré a una tienda, compré ropa y pagué en efectivo. No iba a permitir que me rastrearan.
Dejé el auto lejos y tomé transporte público.
Por primera vez en mucho tiempo… estaba sola.
Compré un café y caminé hasta un parque. Encontré un rincón apartado y me dejé caer sobre el césped.
Y entonces… golpeé el suelo.
Una vez.
Y otra.
Y otra.
Hasta que una voz masculina, profunda y calmada, rompió el silencio:
—Debes estar muy molesta.
Me sobresalté. Giré la cabeza.
Entre los arbustos, un hombre apareció caminando con tranquilidad.
Alto. Cabello oscuro. Barba sutil. Ojos claros… grises.
Y peligrosamente atractivo.
Se detuvo a una distancia prudente.
—Disculpa —dije, incorporándome un poco—. No sabía que había alguien más.
—Es un parque —respondió con naturalidad—. Nadie es dueño del silencio.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Qué hacía en esos arbustos?
Sonrió apenas.
—Hay una fuente detrás. Es más tranquilo para pensar.
Bajé la mirada un segundo.
—No quería interrumpir.
—Hay cosas que no se pueden evitar.
Lo miré de nuevo.
—¿También estás molesto?
Su sonrisa se amplió, pero no llegó a sus ojos.
—Por muchas cosas.
Señaló el espacio a mi lado.
—¿Puedo?
Dudé un segundo.
—Claro.
Se sentó a mi lado, manteniendo una distancia respetuosa. Sostenía un vaso de café.
Y así, sin saber su nombre… ni él el mío, empezamos a hablar.
De lo que nos molestaba.
De lo que no podíamos controlar.
De lo que odiábamos admitir.
Reímos.
Caminamos por la ciudad.
Tomamos más café.
Incluso cenamos.
Y por unas horas… dejé de ser Alina Rinaldi.
Solo fui… yo.
Cuando nos despedimos, el aire se volvió distinto. Más pesado.
Más real.
Él se acercó despacio.
Y me besó.
Suave. Breve. Inesperado.
Pero suficiente para dejar una marca.
Se quitó la chaqueta y la dejó sobre mis hombros.
—Para que no olvides este día.
No pregunté su nombre.
Él tampoco el mío.
Pero mientras lo veía alejarse… supe algo con una certeza aterradora:
Quería volver a verlo.
Y por primera vez en mi vida…
no quería obedecer.
Alina Rinaldi