Lucas siempre ha hecho lo correcto.
Una carrera impecable. Una vida estable. Una boda en camino.
Hasta que Ethan regresa.
Doce años después, su antiguo mejor amigo vuelve convertido en su mayor rival… y en alguien completamente distinto. Más frío. Más seguro. Más peligroso.
Ethan no ha vuelto por negocios.
Ha vuelto por él.
Lo que comienza como una competencia entre empresas pronto se transforma en algo mucho más personal. Más intenso. Más difícil de ignorar.
Porque Ethan no juega limpio.
Y Lucas ya no puede seguir fingiendo que nada le afecta.
Entre decisiones correctas y deseos que no debería tener…
Lucas tendrá que elegir:
¿La vida que construyó…
o a quien nunca logró olvidar?
NovelToon tiene autorización de Lyn SD para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4
Ethan
Una montaña de documentos se acumula sobre el escritorio.
He estado gran parte del día en esto, solo deteniéndome para comer, estirarme y poco más y aún así no tienen fin.
Tomo el siguiente, pero el teléfono vibra antes de que pueda avanzar.
Es Theo.
—¿Qué sucede? —respondo.
—Vaya… eso suena mejor que el “¿qué?” seco de siempre. ¿Te estás suavizando?
No levanto la vista del documento.
—¿Qué quieres?- pregunto, obviando su comentario.
—¿Alguien está irritado?
—Estoy trabajando y no terminaré en ningún momento pronto —explico mientras reviso la siguiente página.
—Podrías pedir ayuda.
—Prefiero hacerlo yo. Debe quedar perfecto.
—Claro, como si cualquier otro no pudiera dejarlo perfecto tambien… —hace una pausa y me preparo para lo que viene—. Adivina a quién vi hoy.
No necesito pensarlo.
—Lucas.
Su nombre se desliza apenas más bajo de lo habitual. Imperceptible para cualquiera, pero no para mí.
Él resopla por lo rápido que logro leerlo.
—¿Seguro que no quieres verlo?
Paso una página más, con calma, aunque desde que conteste la llamada dejé de prestar verdadera atención a lo que estoy leyendo.
—Lo veré.
—¿Ah, sí?
—Pronto.
Se hace un breve silencio al otro lado de la línea.
—¿Sabes que quiere saber de ti? —continúa Theo—. Creo que ya está al tanto de que volviste.
—¿Dijiste algo? —pregunto.
—No quiero morir.
—Bien.
Theo resopla.
—Sabes que conozco la razón por la que te fuiste, ¿cierto?
—Lo sé.
—Debiste volver hace años.
Mis dedos se detienen sobre el borde del documento.
No respondo a eso porque probablemente tenga razón.
—Tuviste que esperar… —pausa—. A esto.
Cierro el documento. Totalmente desconectado del trabajo, poniendo toda mi atención en la conversación.
—Estoy aquí ahora —respondo, aunque sé que no es lo suficientemente bueno.
El silencio se alarga.
—Entonces asegúrate de quedarte —dice finalmente, no como una orden, sino como una petición—. Estoy de tu lado.
Me inclino hacia atrás en el sillón y dejo escapar lentamente el aire que no había notado que estaba conteniendo.
—Lo haré —le prometo.
—Pobre Lucas, no sabe lo que le espera... —murmura, un poco divertido.
La llamada se corta, sin que se despida y luego reclama por mi forma de saludar.
Regreso al trabajo y no me detengo hasta bien entrada la noche.
Las horas pasan sin que realmente las note. Documento tras documento. Firma tras firma. Correcciones mínimas. Ajustes innecesarios que vuelvo a revisar de todos modos.
Cuando termino, cierro los ojos un momento.
Y sé lo que viene. Intento detenerlo, pero la imagen aparece igual.
Lucas.
No como recuerdo. No como foto. Real.
Está demasiado cerca.
Exhalo despacio y abro los ojos.
El cansancio debería sentirse peor después de tantas horas trabajando, pero mi mente sigue demasiado alerta para apagarse.
Entre los documentos hay un par de archivos que no debería estar ahí porque no tiene nada que ver con el trabajo. Tomo uno sin prisa.
No es la primera vez que lo reviso. Tampoco es necesario hacerlo otra vez.
Aun así, lo abro.
Paso las páginas con calma. Datos, rutinas, detalles irrelevantes… confirmaciones.
Mi mirada se detiene apenas un segundo más en una de las hojas antes de continuar.
Lo cierro.
No es tan importante. No en lo que respecta a él.
Tomo otro archivo.
Este sí lo es.
Lo abro, pero no avanzo de inmediato. Me detengo un segundo antes de continuar.
Información clara. Ordenada. Suficiente.
Más de lo necesario.
Paso una página más antes de cerrar el archivo definitivamente y dejarlo exactamente donde estaba.
No voy a usarlo. No a menos que tenga que hacerlo.
No vine a arruinar la vida de nadie. Vine por lo que quiero.
Me levanto y camino hasta la ventana.
La ciudad sigue despierta, iluminada y distante.
Apoyo una mano en el frío vidrio.
La presión constante en mi pecho, la que estuvo ahí durante años, ya no está.
Desapareció en el momento en que volví.
El aburrimiento y adormecimiento también lo hicieron.
Permanezco en silencio, observando.
Pensando.
No.
Calculando.
Un paso a la vez.
Sin errores.
Sin apresurar nada.
Cierro los ojos un instante. Solo uno.
Y cuando los abro, sonrío.
No hay duda.
No hay prisa.
Pero tampoco hay vuelta atrás.