Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.
Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.
Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.
Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.
Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.
Porque hay amores que regresan.
Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.
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Capítulo 9: La reunión que no debía ser
El edificio D'Angello estaba en una calle que Monserrat conocía de memoria, pero en la que nunca había reparado.
Vidrio y acero, líneas limpias, una fachada que hablaba de dinero nuevo sin decirlo en voz alta. Nada que ver con la piedra envejecida de los Bellini, con los frescos, los mármoles y la historia pesando en cada esquina. Esto era otro mundo. Más joven. Más rápido. Más silencioso.
Atravesó la puerta giratoria y el silencio se volvió más denso.
El vestíbulo era un espacio blanco e inmaculado, con una recepción de mármol negro y una sola recepcionista que levantó la vista cuando ella entró. No sonrió. No frunció el ceño. Hizo exactamente lo que debía: confirmar su identidad, anunciar su llegada, indicarle el camino.
—Sexta planta. El señor D'Angello la espera.
El ascensor era igual que el resto: acero, espejos, botones que respondían con un clic preciso. Monserrat se miró en el espejo durante los segundos que duró el trayecto. La misma ropa de siempre. El mismo recogido. La misma cara de cada mañana.
Pero algo en su mandíbula estaba más tenso.
Las puertas se abrieron.
Otra recepción. Otro pasillo. La condujeron hasta el fondo, donde una puerta de vidrio esmerilado dejaba entrever la silueta de alguien moviéndose dentro. La recepcionista tocó dos veces. Una voz respondió.
—Adelante.
La puerta se abrió.
Y él estaba ahí.
De pie junto a la ventana, con la luz de la mañana entrando a su espalda, de modo que su rostro quedaba en sombra mientras el resto de la oficina ardía en contraluz. No se movió cuando ella entró. Solo la miró con esa expresión que aún no sabía clasificar.
—Señorita Bellini.
—Señor D'Angello.
—Gracias por venir.
—El proyecto lo requiere.
Él asintió despacio. Un gesto mínimo, como si aquella respuesta confirmara algo que ya sabía.
—Siéntese.
Monserrat ocupó una de las sillas frente a la mesa. El cuero era suave, demasiado cómodo para una reunión. La mesa, de madera clara, tenía solo una pantalla incrustada y un bloc de notas que parecía no haber sido usado nunca.
Dorian se sentó al otro lado. No en la cabecera, no en el lugar de poder. Frente a ella, como si fueran dos personas hablando en igualdad de condiciones.
—¿Café?
—No, gracias.
—¿Agua?
—Tampoco.
Él asintió otra vez. Abrió una carpeta, hojeó unos papeles y, cuando levantó la vista, su expresión era puramente profesional.
—Bien. Vamos al grano. El presupuesto adicional que solicitó está aprobado. Los plazos, los acordados. La selección de artistas, la suya. Solo debemos definir los detalles de la inauguración y la cobertura de prensa.
Monserrat tardó un segundo en reaccionar. Había esperado algo más. No sabía qué, pero algo más.
—Bien —dijo—. Tengo las propuestas aquí.
Sacó su carpeta, la abrió y deslizó los documentos sobre la mesa. Dorian los tomó y los leyó en silencio. El único sonido era el roce del papel y, muy lejos, el rumor de la ciudad al otro lado del cristal.
—La fecha de la inauguración —dijo él sin levantar la vista—. ¿Puede ser el jueves?
—El jueves tenemos montaje de otra exposición.
—¿El viernes?
—La galería está cerrada por mantenimiento.
Él levantó la vista, apenas una ceja arqueada.
—¿Mantenimiento un viernes?
—Limpieza profunda de climatización. No se puede tener público.
—Entonces el sábado.
—El sábado es posible.
Él anotó algo al margen del documento con un bolígrafo que parecía haber aparecido de ninguna parte.
—Bien. Sábado. ¿Hora?
—Las siete. Es lo habitual.
—Las siete está bien.
Otra anotación. Otro silencio.
Monserrat lo observaba escribir, la precisión de sus trazos, la calma de su mano. No había nada especial en ello. Y, aun así, lo estaba observando.
—La lista de prensa —dijo él—. ¿Alguna preferencia?
—Tenemos nuestros contactos habituales, pero si ustedes quieren añadir…
—No. Confío en su criterio.
Ella no respondió. Esperó algo más, pero él siguió leyendo, pasando páginas, tomando notas mínimas.
Esto era una reunión. Una reunión normal. Profesional. Eficiente.
Exactamente lo que debería haberla aliviado.
Pasaron veinte minutos. Quizá más. El tiempo en esa oficina tenía una textura distinta, más lenta y más rápida a la vez.
Habían repasado todo: presupuesto, plazos, artistas, inauguración, prensa, logística, seguridad. Todo cerrado. Todo claro.
—Creo que eso es todo —dijo Dorian, cerrando la carpeta.
—Sí. Parece que sí.
Él la miró un instante. Luego se levantó y fue hacia una pequeña máquina de café en una esquina.
—¿Seguro que no quiere café? Es bueno. Lo traigo de Milán.
Monserrat dudó. La reunión había terminado. No había motivo para quedarse.
—Vale. Uno.
Él preparó dos tazas. Movimientos precisos, sin prisa. Cuando volvió, dejó una frente a ella y se sentó con la suya entre las manos.
—¿Le gusta el edificio? —preguntó.
—Es… diferente a lo que estoy acostumbrada.
—¿En qué sentido?
—Menos historia. Más… futuro.
Él sonrió apenas.
—Eso es lo que busca la gente que viene aquí. Futuro.
—¿Y usted? ¿Busca futuro?
—Busco no repetir el pasado.
Monserrat bebió un sorbo. Era bueno: fuerte, profundo, el tipo de café que alguien toma cuando necesita mantenerse despierto mucho tiempo.
—¿Y lo consigue? —preguntó.
—No. Pero lo intento.
Ella dejó la taza sobre la mesa. El gesto era neutro, aunque sus dedos se demoraron un segundo en el borde.
—Hay algo en esta exposición —dijo él— que no termino de entender.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
—Dígame.
Él la miró directamente. Esa intensidad que ella ya conocía, la misma del balcón, de la galería, de la cena.
—Por qué aceptó venir hoy. Podría haber enviado a alguien de su equipo. Habría sido más fácil.
—No sabía que usted iba a estar.
—Lo sabía.
—No.
—Sí. Lo sabía.
Monserrat sostuvo la mirada. El café humeaba entre ellos, un velo que se deshacía lentamente en el aire.
—Aunque lo hubiera sabido —dijo—, habría venido igual. El proyecto lo requiere.
—El proyecto no requiere que estemos los dos en la misma habitación. Lo sabe tan bien como yo.
Ella no respondió.
El silencio se instaló entre ellos. No era incómodo. Era otra cosa. Una pausa donde cabían conversaciones que ninguno estaba dispuesto a tener.
—Esta galería —dijo él al fin—. La suya. ¿Por qué arte contemporáneo? Podría haber elegido algo clásico. Lo que su familia prefiere.
—Mi familia prefiere lo que da dinero.
—¿Y usted?
—Yo prefiero lo que me hace preguntas.
—¿Y se las responde?
—No. Por eso sigo.
Él asintió despacio, como si esa respuesta confirmara algo que ya sospechaba.
—Yo también —dijo.
—¿Usted también qué?
—Tengo cosas que no me respondo.
Monserrat esperó. Él no añadió nada más.
El silencio volvió, más denso esta vez. Más lleno.
Sus ojos se encontraron sobre la mesa.
No había nada más. Solo ellos dos, el café enfriándose, la luz entrando a raudales por los ventanales.
Monserrat pensó, por un instante, que él iba a decir algo. Vio un cambio mínimo en su mirada, una decisión formándose en algún lugar que ella no podía ver.
Pero él no dijo nada.
Solo la miró.
Y ella sostuvo la mirada.
El silencio duró cinco segundos. Tal vez diez. Lo suficiente para que notara que estaba conteniendo la respiración.
—Bueno —dijo él, apartando la mirada primero—. Supongo que eso es todo.
—Sí. Eso es todo.
Se levantaron al mismo tiempo. Él rodeó la mesa para acompañarla a la puerta. Un gesto de cortesía, nada más. Pero cuando ella pasó cerca, sintió el calor de su cuerpo, el espacio mínimo entre ambos, la conciencia clara de que bastaba un movimiento para rozarse.
No lo hizo.
La puerta se abrió. El pasillo, la recepcionista, el ascensor al fondo.
—Hasta la próxima, Monserrat —dijo él desde el marco.
Ella se volvió.
—El proyecto no requiere una próxima reunión.
—No. No la requiere.
Se miraron un segundo más.
Luego ella giró y caminó hacia el ascensor.
Las puertas se cerraron.
Monserrat apoyó la espalda en la pared metálica y cerró los ojos.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuando los abrió, el ascensor ya estaba en la planta baja. Las puertas se abrieron. El vestíbulo blanco. La recepcionista impasible. La calle al otro lado del vidrio.
Nada había cambiado.
Y ese era exactamente el problema.
Salió a la calle. El sol de Florencia la golpeó con una calidez que apenas sintió. Caminó sin dirección, sin prisa, llevando todavía en la piel el eco de ese silencio, de esa mirada, de esa pausa donde todo pudo pasar y no pasó nada.
O pasó todo.
No supo cuál de las dos cosas era cierta.
Siguió caminando.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴