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MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Amor eterno / Romance
Popularitas:131
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5: La Zona de Confort

En psicología del desarrollo hay un concepto que explica por qué los niños pequeños se esconden detrás de las piernas de sus madres cuando un desconocido les saluda, por qué los adultos pedimos siempre el mismo plato en el restaurante de confianza y por qué, en general, los seres humanos preferimos lo conocido a lo incierto aunque lo conocido nos haga infelices.

Se llama Zona de Confort.

Es ese espacio mental donde todo es predecible. Donde no hay sobresaltos. Donde el corazón late a un ritmo estable y el cortisol no dispara alarmas innecesarias. Un lugar cálido, seguro y profundamente aburrido.

Yo, Valeria Núñez, doctora en Psicología Social, especialista en conducta humana y autora secreta de novelas románticas, llevaba exactamente veintitrés días fuera de mi zona de confort.

Y estaba a punto de descubrir que el universo, ese sádico con sentido del humor, siempre guarda una factura pendiente.

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Día 23 de la Relación (Oficialmente No Etiquetada Pero Evidentemente Una Relación)

Todo empezó con un correo electrónico del Departamento de Psicología de la Universidad Central.

"Estimada doctora Núñez: Le recordamos que el próximo viernes 24 se celebra el Simposio Anual de Psicología Aplicada. Su ponencia 'Microexpresiones y Engaño en Contextos de Cortejo' está programada para las 11:30 en el Aula Magna. Adjuntamos programa completo. P.D.: El doctor Marcos Valls ha confirmado su asistencia como ponente invitado. Tema: 'Angustia Existencial y Vínculos Afectivos: Una Aproximación Heideggeriana al Desamor'."

Marcos Valls.

Mi exnovio. El Filósofo Existencialista. El hombre que me había aplicado Refuerzo Intermitente durante tres años sin saber que existía un término psicológico para describir su comportamiento. El que me había dejado llorando en el baño de un congreso mientras comía galletas de la máquina expendedora.

El que ahora iba a sentarse en primera fila mientras yo explicaba exactamente cómo detectar a manipuladores emocionales como él.

La ironía era tan densa que podía masticarse.

—¿Qué pone en ese correo que te ha dejado cara de haber visto un fantasma? —preguntó Andrés desde el otro lado de la mesa de El Psicoanálisis.

Era jueves. Nuestro café número diecisiete desde que empezáramos esta cosa sin nombre. Ya ni llevábamos la cuenta. El barista nos servía "lo de siempre" sin preguntar. Éramos una institución.

—Nada —mentí, guardando el móvil—. Cosas del trabajo.

—Valeria.

—Andrés.

—Soy publicista. Detecto mentiras para ganarme la vida.

—Soy psicóloga. Detecto publicistas que detectan mentiras.

—Entonces sabes que no vas a salirte con la tuya. ¿Qué pasa?

Suspiré. Conté hasta tres. Bebí un sorbo de mi Ello, Yo y Súper Café.

—El viernes tengo un simposio en la universidad. Doy una ponencia sobre microexpresiones y engaño en el cortejo.

—Suena fascinante. ¿Puedo ir?

—No.

—¿Por qué?

—Porque va a asistir mi exnovio. Marcos. El Filósofo Existencialista. El del capítulo siete.

Andrés dejó su Complejo de Edipo sobre la mesa. Sus ojos color avellana se oscurecieron ligeramente. No era celos. Era algo más complejo. Algo que no supe clasificar.

—¿El que te aplicó Refuerzo Intermitente sin saberlo?

—El mismo.

—¿El que te hizo llorar en el baño de un congreso comiendo galletas de máquina expendedora?

—Veo que has leído mis notas al pie del capítulo siete.

—Las leí todas. Dos veces. Y quiero ir a ese simposio.

—Andrés, no es buena idea.

—¿Por qué? ¿Porque tu exnovio filósofo va a estar allí? ¿Porque tu departamento no sabe que escribes novelas románticas? ¿Porque tienes miedo de que el mundo real y el mundo de V. Núñez colisionen?

—Por todo eso. Y porque el simposio es el mismo día que Noveltoom anuncia los finalistas del Premio Anual de Novela Romántica. Y "Veinte Maneras de Olvidarte (Y Otras Mentiras que Nos Contamos)" está nominada.

Silencio.

Andrés me miró como si acabara de decirle que Schrödinger hablaba francés.

—¿Tu novela está nominada a un premio?

—Sí.

—¿Y no me lo habías dicho?

—Acabo de enterarme esta mañana. El correo llegó a la bandeja de V. Núñez, no a la de Valeria.

—Valeria. Eso es enorme. Eso es...

—Un problema. Porque si gano, tendré que dar entrevistas. Fotos. Eventos. Y mi departamento, que me contrató para investigar la percepción interpersonal, no para escribir frases como "sus ojos eran dos océanos donde naufragar voluntariamente", descubrirá mi doble vida.

Andrés se inclinó hacia delante. Tomó mi mano entre las suyas. Su piel estaba caliente. Su pulso, estable. El mío, no.

—Vamos por partes —dijo—. Primero: vamos juntos a ese simposio. Yo me siento en la última fila. Discreto. Anónimo. Solo para verte brillar.

—Andrés...

—Segundo: si el Filósofo Existencialista se acerca a ti con intenciones de aplicar más Refuerzo Intermitente, le explico yo mismo, con diapositivas si hace falta, por qué perdió a la mejor persona que le ha pasado por la vida.

—No tienes diapositivas.

—Las prepararé. Soy publicista. Tercero: si ganas el premio, lo celebraremos. Y si tu departamento descubre lo de V. Núñez, pues... que la cierren. Eres brillante en las dos cosas. No tienes que elegir.

—Eso es muy bonito. Y muy irreal.

—Es muy real. Y muy nuestro. ¿Trato hecho?

Suspiré. Otra vez. Últimamente suspiraba mucho. Pero eran suspiros distintos. Suspiros que sabían a café y a posibilidades.

—Trato hecho. Pero con una condición.

—Usted dirá.

—Si Marcos intenta hablar conmigo, no montes una escena. No le hagas diapositivas. No le corrijas sus referencias a Heidegger.

—¿Puedo al menos mirarle mal?

—Eso puedes hacerlo.

—Trato hecho.

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Viernes 24. Aula Magna de la Universidad Central. 11:15 de la mañana.

El Aula Magna olía a madera vieja, a café de termo y a ambición académica mal disimulada. Las butacas de terciopelo rojo estaban ocupadas por unos sesenta profesores, investigadores y estudiantes de posgrado que fingían atender mientras revisaban el móvil por debajo del pupitre.

Yo estaba en el atril. Vestido verde (el mismo de la primera cita, por razones supersticiosas que ningún psicólogo admitiría). Gafas ajustadas. Diapositivas listas.

En la primera fila, con su eterna camisa negra de filósofo atormentado y su barba de tres días meticulosamente descuidada, estaba Marcos Valls. El hombre que me había enseñado, sin quererlo, todo lo que sé sobre el desamor. Me saludó con un gesto de cabeza. Le devolví un gesto idéntico. Profesional. Frío. Perfecto.

En la última fila, casi invisible entre las sombras del fondo, estaba Andrés. Camisa blanca. Sin jersey de cachemir. Sin pluma estilográfica. Solo él. Me dedicó una sonrisa minúscula. Un pulgar hacia arriba apenas perceptible. Mi sistema simpático se activó. Mi corazón se aceleró. Mi cerebro, por una vez, se calló.

—Buenos días —comencé—. Hoy vamos a hablar de cómo el rostro humano delata lo que las palabras esconden. De cómo una microexpresión de apenas un cuarto de segundo puede revelar una mentira, un deseo oculto o... una verdad incómoda.

La ponencia fue bien. Muy bien. Las diapositivas funcionaron. Las preguntas del público fueron pertinentes. Incluso Marcos asintió un par de veces con esa expresión de "interesante" que tanto me irritaba cuando estábamos juntos.

Al terminar, mientras recogía mis notas, él se acercó.

—Valeria.

—Marcos.

—Excelente ponencia. Has mejorado mucho desde el congreso de Valencia.

—Gracias. Tú también tienes una pinta estupenda. Muy... heideggeriana.

—¿Es un cumplido o un diagnóstico?

—Es una observación.

Marcos sonrió. Esa sonrisa torcida que tanto me había gustado en el pasado y que ahora solo me producía una vaga sensación de alivio por haber escapado a tiempo.

—Me alegro de verte bien —dijo—. De verdad. Sé que no terminamos de la mejor manera.

—No. No lo hicimos.

—He leído algunas cosas tuyas últimamente. Interesantes.

Mi sangre se heló.

—¿Cosas mías?

—Artículos. Publicaciones. Lo que encuentro por internet.

—Ah. Artículos. Sí. Muy académicos. Llenos de ANOVA.

—Llenos de ANOVA —repitió él, sin convicción—. Bueno, me alegro. De verdad. ¿Tomamos un café algún día? Para ponernos al día. Sin segundas intenciones.

Antes de que pudiera responder, una presencia cálida apareció a mi lado. Andrés. Con su camisa blanca. Con su sonrisa de espécimen con modales. Con su mano que encontró la mía de forma natural, como si llevara años haciéndolo.

—Valeria —dijo—. La ponencia ha sido brillante. Lo de la Unidad de Acción Facial 17 combinada con la 23... magistral.

Marcos nos miró. A mí. A Andrés. A nuestras manos entrelazadas.

—Marcos —dije—, te presento a Andrés. Mi... —dudé un segundo—. Mi Andrés.

—Su Andrés —repitió Andrés, y había un orgullo tranquilo en su voz que me desarmó—. Encantado.

—Encantado —dijo Marcos, aunque su tono indicaba lo contrario—. Valeria, ya nos veremos. Disfruta del resto del simposio.

Se fue. Con su camisa negra. Con su barba de tres días. Con su existencia heideggeriana.

—¿Estás bien? —preguntó Andrés.

—Sí. Sorprendentemente bien. Creo que... creo que he cerrado una puerta que llevaba años entreabierta.

—Me alegro. ¿Y ahora?

—Ahora —dije, mirando el móvil que acababa de vibrar en mi bolsillo—, ahora viene lo difícil.

Era una notificación de Noveltoom.

"Estimada V. Núñez: Nos complace informarle que su novela 'Veinte Maneras de Olvidarte (Y Otras Mentiras que Nos Contamos)' ha resultado GANADORA del Premio Anual de Novela Romántica. Solicitamos su presencia en la gala de entrega el próximo sábado 2. Se requerirá entrevista con medios y sesión de fotos para portada."

Ganadora.

Entrevista.

Fotos.

Portada.

Mi doble vida, oficialmente, tenía fecha de caducidad.

—Andrés —dije, con la voz temblorosa—. He ganado.

—Lo sé —dijo él, y me abrazó allí mismo, en medio del Aula Magna, con sesenta académicos mirándonos y el fantasma de mi exnovio alejándose por el pasillo—. Lo sé. Y vamos a celebrarlo. Y vamos a enfrentar lo que venga. Juntos.

—¿Sin ANOVA?

—Sin ANOVA. Por ahora.

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Aquella noche, en mi apartamento, con Schrödinger roncando sobre el manuscrito impreso de mi novela ganadora y Andrés preparando pasta con atún en mi cocina (porque sí, era el único plato que sabía hacer), recibí un correo del director de mi departamento.

"Estimada doctora Núñez: La he visto esta mañana en el simposio. Excelente ponencia. Por cierto, he leído por casualidad una novela romántica que está causando sensación en internet. La firma una tal V. Núñez. Curiosa coincidencia de iniciales. ¿Tomamos un café el lunes? Me encantaría hablar de su... producción literaria."

El corazón me dio un vuelco. Miré a Andrés, que removía la pasta con una cuchara de madera canturreando una canción de los Beatles.

El lunes. Tenía hasta el lunes.

Schrödinger abrió un ojo. Me miró. Cerró el ojo. Esta vez, definitivamente, no era desprecio.

Era "te lo dije".

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