Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?
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De nuevo en el presente.
Esteban tambaleándose comenzó a caminar por los pasillos del hospital.
El olor lo guiaba. Tenue al principio, como un eco lejano. Pero más caminaba, más se intensificaba. Ese aroma dulce, ácido, inconfundible.
Maracuyá.
—Carlos —susurró, con una sonrisa torcida—. Estás aquí.
Siguió el rastro como un perro de caza. Pasó junto a enfermeras que lo miraban con extrañeza. Pasó junto a pacientes en sillas de ruedas que desviaban la mirada. Pasó junto a la habitación donde su nueva pareja lo esperaba, indiferente.
Nada más importaba.
Carlos estaba cerca.
Dio con la habitación. La puerta estaba entreabierta. El olor salía de allí, denso, envolvente.
Entró dando tumbos. El yeso en su pierna le impedía caminar con normalidad. Tropezó con el marco de la puerta. Cayó al suelo con un golpe sordo, justo al lado de Gabriel.
Gabriel pegó un salto. El corazón le dio un vuelco.
—¿Quién...? —comenzó a decir, pero las palabras se le atoraron en la garganta, por qué lo reconoció.
Esteban levantó la vista. Sus ojos, azules como el hielo, se fijaron en la cama. En Carlos. Inconsciente. Vulnerable. Emanando feromonas como una flor que se abre después de la tormenta.
—Carlos —susurró Esteban, y su voz era una mezcla de felicidad y locura—. De verdad te creí muerto.
Su rostro se iluminó. Una sonrisa amplia, como la de aquellos días en la preparatoria, cuando todo era una cacería y Carlos era su presa favorita.
Pero había algo más en esa sonrisa. Algo oscuro. Algo que planeaba atrocidades. La mente de Esteban ya viajaba a la casa diminuta. A la cadena en el tobillo. A los barrotes en la ventana.
Ya verás, pensó. Esta vez no te escapas.
—Señor —dijo Gabriel, poniéndose de pie. Su voz era firme, pero sus manos temblaban—. Tiene que salir de aquí. Ahora.
Esteban no lo miró. Sus ojos no se apartaban de Carlos.
—Señor —insistió Gabriel, dando un paso al frente—. ¿Me escucha? Tiene que irse.
Esteban parpadeó. Como si recién notara que había alguien más en la habitación.
—¿Quién eres tú? —preguntó, con un desprecio que helaba la sangre.
—Soy su ayudante. Y le estoy pidiendo que salga.
Gabriel se dio cuenta entonces. Lo vio en la forma en que Esteban respiraba. En la forma en que sus pupilas se dilataban. En la forma en que sus manos se crispaban.
Es un Alfa, pensó. Un Alfa en celo inducido por las feromonas de Carlos.
Y eso era pésimo. Pésimo. Porque un Alfa en esas condiciones no razonaba. Solo actuaba por instinto.
—Por favor —dijo Gabriel, intentando mantener la calma—. Mi jefe está mal. Necesita tranquilidad. Usted no debería estar aquí.
Esteban se puso de pie con dificultad. El yeso le pesaba, pero no le importó.
—No me voy a ir —dijo—. Carlos me necesita.
—No lo necesita. Usted no es bienvenido aquí.
—¿Y tú quién eres para decidir?
Gabriel apretó la mandíbula. Recordó las palabras de su padre. "Cuídalo, Gabriel. No dejes que nadie le haga daño."
—Soy su hermano —dijo, aunque no lo fuera de sangre—. Y no voy a dejar que te le acerques.
Esteban rió. Una risa seca, sin humor.
—¿Hermano? Él no tiene hermanos. No tiene a nadie. Siempre ha estado solo.
—Estaba equivocado.
Gabriel lo tomó del brazo. Intentó ayudarlo a salir. El yeso dificultaba el movimiento, pero Esteban podía caminar. Podía irse. Solo tenía que querer.
Pero Esteban no quería.
—No me toques —gruñó, apartando el brazo de Gabriel.
—Señor...
—¡Te dije que no me toques!
Esteban lo empujó. Gabriel retrocedió un paso, pero se mantuvo firme.
—Salga de aquí —repitió Gabriel, con la voz más dura—. No se lo voy a pedir otra vez.
Esteban lo miró. Había algo en sus ojos. Algo que Gabriel no había visto antes. Furia. Desesperación. Locura.
—No —dijo Esteban—. No me voy. Y tú no vas a detenerme.
Empujó a Gabriel con más fuerza. Gabriel se sujetó de la cama para no caer. Pero Esteban no paró. Volvió a empujarlo. Otra vez. Otra vez.
Hasta que en un forcejeo violento, Esteban lo empujó con tal fuerza que Gabriel salió volando hacia el otro lado de la habitación.
Su espalda chocó contra una mesa metálica. Los instrumentos que estaban sobre ella cayeron al suelo con un estrépido ensordecedor. Luego, su cabeza. Un golpe seco contra la pared.
Gabriel se desplomó.
La visión se le nubló por un segundo. Sintió un calor húmedo en la nuca. Sangre.
—No... —susurró, intentando levantarse—. No te acerques...
Pero sus piernas no respondían.
Esteban ni siquiera lo miró. Sus ojos ya estaban puestos en Carlos. En la cama. En la presa.
Comenzó a subirse a la camilla, con dificultad por el yeso, pero con una determinación que daba miedo.
—Carlos —dijo, extendiendo las manos hacia él—. Ya voy. Ya voy a cuidarte.
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En ese momento, la puerta se abrió de golpe.
Darío entró como un huracán.
Detrás de él, doctores y enfermeras que habían escuchado el bullicio y acudían a la habitación. La gente se agolpaba en el pasillo.
Pero Darío no vio nada de eso.
Solo vio a Esteban. Sobre la cama. Las manos extendidas hacia Carlos. La pierna enyesada apoyada en el colchón. La sonrisa de locura en el rostro.
Solo vio a Gabriel. En el suelo. La cabeza sangrando. Los ojos abiertos pero desenfocados.
Solo vio a Carlos. Inconsciente. Indefenso.
Y algo dentro de Darío se activó.
El modo protector. El que no razona. El que actúa.
En menos de un segundo, cruzó la habitación. Sus manos encontraron el cuerpo de Esteban. Lo agarraron por la camisa. Lo levantaron en vilo. Lo arrojaron fuera de la cama como si pesara nada.
Esteban cayó al suelo con un golpe seco. El yeso se resquebrajó. El dolor lo hizo gritar.
—¡No te atrevas a tocarlo! —rugió Darío, con una voz que no parecía humana.
Los doctores y enfermeras entraron en tropel. Lo rodearon. Lo sujetaron.
—Señor, cálmese...
—¡Ese hombre es un peligro! —gritó Darío, señalando a Esteban—. ¡Estaba atacando a mi...
Se detuvo.
No podía decir "destinado". No todavía. No así.
—...a mi amigo —terminó, con los puños apretados—. Estaba atacando a mi amigo.
Los de seguridad del hospital entraron. Tomaron a Esteban por los brazos. Lo levantaron del suelo.
—¡Suéltame! —gritó Esteban, forcejeando—. ¡No saben quién soy! ¡Ese Omega es mío! ¡Es mío!
—Saque a este hombre del hospital —ordenó una doctora, con voz firme—. Y asegúrense de que no vuelva a entrar.
Esteban fue arrastrado fuera de la habitación. Sus gritos se perdieron en el pasillo.
—¡Carlos! ¡Te voy a encontrar! ¡Donde quiera que vayas, te voy a encontrar! ¡Eres mío! ¡Siempre vas a ser mío!
La puerta se cerró.
El silencio volvió a la habitación.
Darío se quedó inmóvil. El pecho subiendo y bajando. Las manos aún temblorosas.
Se giró hacia Gabriel. Estaba en el suelo, con una enfermera inclinada sobre él, revisándole la herida en la cabeza.
—¿Estás bien? —preguntó Darío, arrodillándose a su lado.
—Estoy bien —respondió Gabriel, aunque su voz sonaba débil—. Cuida a Carlos. Por favor. Cuídalo.
Darío asintió. Se puso de pie. Caminó hacia la cama.
Carlos seguía inconsciente. Sus mejillas estaban sonrosadas por la fiebre. Su respiración era agitada. Las feromonas llenaban el aire, dulces y ácidas, envolviéndolo todo.
—Carlos —susurró Darío, tomándole la mano—. Ya estoy aquí. No voy a dejar que nadie te haga daño.
Carlos no respondió.
Pero sus dedos, apenas perceptiblemente, apretaron los de Darío.
Y eso fue suficiente.
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UNA HORA ANTES
Mientras esperaba en la habitación junto a Carlos —antes de que Esteban apareciera tambaleándose por el pasillo— Gabriel había tomado una decisión.
No podía quedarse de brazos cruzados. No podía esperar a que algo pasara.
Así que sacó su teléfono y llamó a su hermana.
—Valentina —dijo, con la voz más calmada de la que se sentía—. Necesito que vengas al hospital. Es sobre Carlos.
—¿Qué pasó? —preguntó Valentina, alerta al instante. Ella conocía a Carlos. Lo había tratado durante años. Sabía de su marca, de su rechazo, de todo.
—Está entrando en celo. No tenía supresores. Lo traje al hospital público por urgencia. Pero hay algo más... —Gabriel dudó un segundo—. Esteban está aquí. Lo vi. Está en el hospital.
El silencio al otro lado de la línea fue denso.
—¿Esteban? —la voz de Valentina se endureció—. ¿El mismo...
—El mismo. No sé cómo se porqué estaba aquí. Pero lo vi caminando por el pasillo. Tiene una pierna enyesada. No puede moverse bien, pero...
—Pero puede intentar acercarse —completó Valentina—. Lo conozco. Ese hombre es un acosador. Un enfermo.
—Por eso te llamé. Necesito que contactes al abogado. Al de la abuela de Carlos. Necesito que vengan. Que saquen a Carlos de aquí. Que lo pongan en un lugar seguro.
—Voy a llamarlo ahora mismo —dijo Valentina—. No te muevas de ahí. Y Gabriel...
—¿Sí?
—Cuídalo. No dejes que ese desgraciado se acerque.
—No lo haré.
Colgaron.
Gabriel guardó el teléfono. Miró a Carlos, que seguía inconsciente, con las mejillas sonrosadas y la respiración agitada.
—No te preocupes —susurró—. Vamos a sacarte de aquí.