A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.
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Capítulo 20: Julian No Acepta el No
Pov Julian.
El lunes por la mañana llegué a la oficina de Raquel sin avisar. Sin cita. Sin importarme un carajo si era apropiado o no. Había pasado el domingo entero enviándole mensajes que no respondía. Llamándola a un teléfono que mandaba directo al buzón de voz. Conduciendo hasta su casa solo para dar vueltas a la manzana como un acosador porque sabía que, si tocaba su puerta, sus hijos harían preguntas.
Y ahora estaba harto de esperar.
La recepcionista de su empresa me miró con ojos enormes cuando entré.
—Señor Harrington, buenos días. ¿Tiene cita con la señora Vivez?
—No necesito cita —respondí, dirigiéndome directamente hacia las escaleras que llevaban a su oficina.
—Señor, espere, no puede...
Pero ya estaba subiendo. Cuando llegué a su piso, su asistente se puso de pie inmediatamente.
—Señor Harrington, la señora Vivez está en una reunión y...
—Cancélela.
—No puedo hacer eso. Además, ella dejó instrucciones específicas de que si usted venía, le dijera que no está disponible.
Me detuve, mirando a la asistente directamente.
—¿Ella dijo eso?
—Sí, señor.
La rabia comenzó a hervir en mi pecho. Raquel estaba evitándome. Activamente. Deliberadamente.
—Está bien —dije, dándome la vuelta—. Dile que pasé por aquí. Y dile que esto no ha terminado.
Salí del edificio sintiendo cómo la frustración me apretaba el pecho.
Subí a mi auto y saqué mi teléfono. Le escribí.
"Sé que estás evitándome. No va a funcionar."
No hubo respuesta.
"Raquel, necesitamos hablar."
Nada.
"Eres mía. El parentesco político no cambia eso."
Silencio.
Me quedé ahí sentado, mirando la pantalla de mi teléfono, esperando esos tres puntos que indicarían que estaba escribiendo.
Nunca aparecieron.
Los siguientes tres días fueron un infierno.
Raquel no respondía mis mensajes. No tomaba mis llamadas. Había dado instrucciones a todo su personal de que no estaba disponible para mí. Y yo me estaba volviendo loco.
No podía concentrarme en el trabajo. Las reuniones eran una tortura. Los contratos que normalmente revisaba en minutos me tomaban horas porque mi mente estaba en otra parte.
En ella.
Sebastián lo notó el miércoles cuando casi firmé un contrato sin leerlo completamente.
—¿Qué te pasa? —preguntó, quitándome el contrato de las manos—. Casi acabas de regalar tres millones por no leer la cláusula de penalización.
—Estoy distraído.
—No. Estás obsesionado —corrigió—. Es por ella, ¿verdad? La señora Vivez.
No respondí, pero mi silencio fue respuesta suficiente.
—Julian, tal vez deberías dejarla ir. Si no quiere estar contigo...
—No es que no quiera —lo interrumpí—. Tiene miedo.
—Entonces dale espacio.
—No.
Sebastián suspiró.
—Vas a terminar lastimándola. Y lastimándote a ti mismo.
—Ya me estoy lastimando —admití—. Pero no puedo dejarla ir.
El jueves por la tarde, me planté afuera de su oficina. Estacioné mi auto donde pudiera ver la salida del edificio y esperé.
A las seis, los empleados comenzaron a salir. A las seis y media, la mayoría ya se había ido.
A las siete, Raquel salió.
Se veía cansada. Había ojeras bajo sus ojos que el maquillaje no podía ocultar completamente. Caminaba con los hombros caídos, como si el peso del mundo estuviera sobre ellos.
Y verla así me partió el corazón.
Salí del auto y caminé directamente hacia ella. Cuando me vio, se detuvo en seco, sus ojos agrandándose.
—Julian, no...
—Necesitamos hablar —dije, acercándome.
—No hay nada de qué hablar —respondió, retrocediendo—. Te dije que se acabó.
—Y yo te dije que no acepto eso.
—No es tu decisión.
—Tampoco es solo la tuya —dije, y podía escuchar la desesperación en mi propia voz—. Raquel, por favor. Solo escúchame.
—Ya te escuché —dijo, y había lágrimas en sus ojos—. Y mi respuesta sigue siendo no. Ahora déjame ir, Julian. Por favor.
Se dio la vuelta para irse, pero la tomé del brazo, girándola hacia mí.
—No —dije—. No voy a dejarte ir.
Y entonces la besé.
Ahí mismo. En el estacionamiento de su oficina. Donde cualquiera podría vernos.
No me importó.
La besé con toda la desesperación, toda la frustración, todo el anhelo que había estado acumulando durante cuatro días sin ella.
Ella se resistió por un segundo. Luego dos.
Y entonces se rindió.
Sus labios se abrieron bajo los míos, su cuerpo se derritió contra el mío, y por un momento glorioso, fue como si nada hubiera cambiado.
Cuando me separé, ambos estábamos sin aliento.
—Esto no ha terminado —dije contra sus labios—. No para mí. Y no para ti tampoco. Puedes mentirte todo lo que quieras, Raquel, pero sé que me extrañas tanto como yo a ti.
No esperé su respuesta. Me di la vuelta y caminé de regreso a mi auto, dejándola ahí parada, tocándose los labios, con lágrimas rodando por sus mejillas.
Pero había visto la verdad en sus ojos.
Me extrañaba.
Me necesitaba.
Y eventualmente, volvería a mí.
Esa noche esperé hasta las dos de la mañana. Luego conduje hasta su casa, estacioné a una cuadra de distancia, y caminé por las sombras hasta su jardín trasero.
Había hecho esto antes. Sabía cómo trepar al árbol que daba a su ventana. Sabía que ella nunca la cerraba completamente.
Cuando entré a su habitación, ella estaba dormida. O al menos pretendía estarlo. Pero podía ver la tensión en sus hombros, la forma en que su respiración no era del todo constante.
Sabía que estaba despierta.
Me acerqué a la cama y me senté en el borde. Ella abrió los ojos lentamente.
—Julian... —susurró—. No puedes estar aquí.
—Lo sé.
—Mis hijos...
—Están dormidos. Lo verifiqué.
—Esto está mal.
—Lo sé —repetí, pasando un dedo por su mejilla—. Pero no puedo mantenerme alejado de ti.
—Julian, por favor... —pero su voz se quebró.
—Dime que no me quieres aquí —dije, inclinándome sobre ella—. Mírame a los ojos y dime que no me deseas. Que no me extrañas. Y me iré. Te lo prometo.
Ella abrió la boca, pero las palabras no salieron.
Porque no podía mentir.
La besé. Lento al principio, luego más profundo, más desesperado.
Y ella me devolvió el beso con la misma desesperación.
Nos desnudamos en silencio, conscientes de los niños estaban durmiendo en otras habitaciones. Conscientes del riesgo. Pero incapaces de detenernos.
El sexo fue diferente esta vez. No fue juguetón o experimental como otras noches. Fue desesperado. Casi violento en su intensidad.
Como si ambos supiéramos que podría ser la última vez.
Me moví dentro de ella con embestidas profundas que la hicieron morder la almohada para no gritar. Mis dedos se clavaron en sus caderas con fuerza suficiente para dejar marcas.
—Mía —gruñí contra su oído—. Solo mía.
—Julian... —gimió, y escuchar mi nombre en sus labios casi me hizo perder el control.
Cuando terminamos, ambos estábamos cubiertos de sudor, respirando agitadamente, temblando.
Me quedé dentro de ella por un momento más, saboreando la conexión, sabiendo que no quería que terminara.
Pero cuando finalmente me separé y me recosté a su lado, ella se dio la vuelta, dándome la espalda.
Y entonces escuché el sonido que me partió el corazón.
Sollozos.
Raquel estaba llorando.
—Raquel... —dije, tocando su hombro.
—Vete —susurró entre lágrimas—. Por favor, Julian. Solo vete.
—No...
—¡Vete! —se giró, con lágrimas rodando por sus mejillas, sus ojos rojos e hinchados—. No puedes seguir haciendo esto. No puedes seguir apareciendo en mi vida, haciéndome sentir cosas que no debería sentir, poniéndome en riesgo de perder a mis hijos.
—Raquel...
—Por favor —sollozó—. Si realmente te importo, si realmente me quieres como dices, déjame ir. Déjame intentar arreglar mi vida sin ti.
Sus palabras me golpearon como puñetazos físicos.
Verla llorar así. Verla rota. Sabiendo que yo era la causa de ese dolor.
Tal vez Sebastián tenía razón.
Tal vez mi obsesión la estaba lastimando más de lo que la estaba ayudando.
Me vestí en silencio mientras ella lloraba, vuelta de espaldas a mí.
Cuando terminé, me acerqué a la cama una última vez.
—Te quiero —dije en voz baja—. Y sé que tú también me quieres. Pero si esto es lo que realmente quieres... si quieres que me vaya... lo haré.
No esperé su respuesta.
Salí por la ventana como había entrado, bajé del árbol, y caminé de regreso a mi auto.
Conduje a casa en piloto automático, mi mente reproduciendo una y otra vez la imagen de Raquel llorando.
Tal vez tenía razón.
Tal vez lo mejor para ella era que me alejara.
Tal vez mi amor por ella era tan egoísta, tan obsesivo, que la estaba destruyendo.
Y eso... eso era algo que no podía soportar.
Porque la amaba.
Verdaderamente la amaba.
Y cuando amas a alguien, a veces lo mejor que puedes hacer es dejarlos ir.
Aunque te mate por dentro.
Aunque sepas que nunca volverás a ser el mismo.
Llegué a mi apartamento, me serví un whisky doble, y me quedé mirando la ciudad desde mis ventanales del piso al techo.
Y me pregunté si realmente podría dejarla ir.
Si realmente podría vivir sin ella.
La respuesta me aterraba.
Porque no estaba seguro de poder hacerlo.
Pero por ella...
Por Raquel...
Tal vez tendría que intentarlo.