El rey Adrien tiene cinco esposas por obligación, sin amor en su corazón. Todo cambia cuando conoce a Elara, la última esposa, quien no busca agradarle y despierta en él sentimientos desconocidos. Mientras el amor crece lentamente, los celos, las traiciones y la guerra amenazan con destruirlo todo. Adrien deberá decidir entre el poder… o el amor.
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La trampa perfecta
Las puertas cedieron con un crujido lento.
Las sombras se deslizaron dentro del castillo como si ya conocieran el camino. Hombres encapuchados avanzaban en silencio, seguros… confiados.
Demasiado.
Desde lo alto de la torre, Elara observaba cada movimiento.
—Ya están dentro —susurró.
Adrien no apartó la vista.
—Aún no.
Los rebeldes cruzaron el primer patio.
Ningún guardia.
Ninguna resistencia.
El silencio era inquietante.
—Es ahora —dijo Elara.
Adrien alzó la mano.
—¡Cierren!
Las puertas internas se cerraron de golpe, atrapando a los invasores.
—¡Ahora! —ordenó el rey.
De las sombras, los soldados del castillo emergieron.
El combate estalló.
Esta vez… estaban listos.
Elara bajó rápidamente junto a Adrien, entrando en el caos. Las espadas chocaban, los gritos llenaban el aire.
Pero algo no estaba bien.
—Son menos de los esperados —murmuró Elara.
Adrien lo notó también.
—Demasiado fácil…
Un escalofrío recorrió su espalda.
—No vinieron a ganar.
Elara giró de inmediato.
—Vinieron a distraernos.
Antes de que pudiera terminar la frase, un estruendo sacudió el castillo.
Desde la torre.
—No… —susurró ella.
Adrien reaccionó al instante.
—¡La torre!
Ambos corrieron.
Subieron los escalones con rapidez, dejando atrás el combate.
Elara sintió el miedo crecer.
—Esto fue planeado…
—Desde el inicio —añadió Adrien.
Al llegar arriba…
Se detuvieron.
La puerta estaba abierta.
El viento entraba con fuerza.
Y dentro…
Alguien estaba allí.
Isolda.
De pie, tranquila.
Como si los estuviera esperando.
—Tardaron —dijo con una leve sonrisa.
Elara apretó los puños.
—¿Qué hiciste?
Isolda inclinó la cabeza.
—Lo necesario.
Adrien avanzó.
—Se acabó.
Isolda soltó una risa baja.
—No, Adrien… ahora empieza.
Elara sintió algo… diferente.
No era solo Isolda.
Había alguien más.
—No estás sola —dijo.
Isolda sonrió más.
—Por fin lo entiendes.
Un paso resonó detrás de ellas.
Pesado.
Seguro.
Elara y Adrien se giraron.
Y lo vieron.
Un hombre.
Alto.
Cubierto con capa oscura.
Su presencia llenaba el espacio.
—Así que tú eres el rey —dijo con voz grave.
Adrien tensó el cuerpo.
—¿Quién eres?
El hombre dio un paso al frente.
—El que ha estado moviendo las piezas.
El silencio se volvió absoluto.
Elara sintió el peligro como nunca antes.
—El verdadero enemigo… —murmuró.
Isolda sonrió.
—Exacto.
Adrien levantó la espada.
—Esto termina ahora.
El hombre no se inmutó.
—No tienes idea de lo que has comenzado.
Un segundo de tensión.
—Ni de lo que ella es —añadió, mirando a Elara.
Elara sintió su corazón detenerse.
—¿Qué…?
Pero no hubo tiempo.
El hombre levantó la mano.
Y en un instante…
Todo cambió.
Porque la trampa no era para ellos.
Era para el rey.
Y Elara…
Era la clave de todo.
Elara retrocedió un paso, confundida por las palabras del desconocido. Su mente buscaba respuestas, pero todo era oscuridad. Adrien, firme, se colocó frente a ella, protegiéndola. No importaba qué significara aquello, no permitiría que la tocaran. Sin embargo, en el fondo, el miedo crecía: si Elara era la clave, entonces el enemigo no se detendría hasta tenerla.
El destino acababa de cambiar.
Nada volvería a ser igual