El agua no solo está subiendo… está “vivo” de alguna forma.
A veces no ataca directamente, pero se comporta de manera antinatural, como si siguiera a las personas, como si eligiera y empezará a crear consciencia.
Nadie sabe si es un fenómeno natural… o algo más, algo que se esconde en lo más profundo.
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No volveremos por nadie
El grupo siguió avanzando sin volver a hablar del hombre que había desaparecido.
Nadie mencionó su nombre, si es que alguien lo sabía. Nadie preguntó si podrían haber hecho algo distinto. El silencio se volvió una especie de acuerdo implícito, una forma de protegerse de lo que acababan de presenciar.
Valeria caminaba con la mirada al frente, pero su mente no dejaba de repetir el momento. El grito. La mano extendida. La decisión de no moverse, el peso de eso no desaparecía, pero algo más crecía en su lugar.
Algo más frío.
Tomás seguía a su lado, en silencio también, observando todo con una atención que ya no parecía propia de un niño. A ratos miraba el agua, a ratos a las personas, como si intentara entender algo más profundo.
Mateo iba adelante, marcando el paso, evitando zonas que solo él parecía reconocer como peligrosas. De vez en cuando miraba hacia atrás, asegurándose de que nadie se quedara rezagado.
El grupo había disminuido. No todos los que salieron del edificio seguían ahí. Algunos se habían detenido en el camino, alegando ya no poder continuar y se metían dentro de algunos edificios. Otros simplemente… no estaban, nadie se atrevía a preguntar, quizá nadie quería saber la respuesta.
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Después de casi una hora avanzando, el cansancio comenzó a hacerse evidente. El agua no bajaba, pero tampoco subía tan rápido como antes. Aun así, cada paso era un esfuerzo.
—Tenemos que detenernos un momento —dijo una mujer, apoyándose contra un auto medio sumergido—. No puedo más.
—No es buena idea —respondió Mateo sin detenerse—. No aquí.
—Entonces ¿dónde? —replicó ella, con frustración—. ¿Cuándo vamos a parar?
—Cuando estemos en un lugar donde no nos alcance el agua tan rápido.
—¡Eso no es una respuesta!
El tono de las voces comenzó a subir, el desgaste estaba haciendo lo suyo.
—Necesitamos descansar —insistió otro—. No todos podemos seguir a ese ritmo.
Mateo se giró finalmente.
—Si se quedan atrás, no vamos a volver por ustedes.
La frase fue dura, directa, real y cruda.
Valeria lo entendió, pero no todos lo hicieron.
—Qué fácil decirlo —murmuró uno de los hombres que antes había revisado mochilas—. Tú sabes por dónde ir. Nosotros no.
Mateo lo miró fijamente.
—Por eso estoy adelante.
Y era verdad, era el que más adelantado estaba, marcando el ritmo. El hombre soltó una risa seca.
—¿Y por qué deberíamos confiar en ti?
El ambiente cambió de inmediato. Valeria sintió cómo el grupo volvía a tensarse.
—Porque es el único que nos ha mantenido vivos hasta ahora —dijo ella antes de pensarlo demasiado.
El hombre la miró con desagrado.
—O porque nos está llevando a donde quiere.
Un murmullo recorrió al grupo, la duda es peligrosa, más que el miedo.
—¿Qué estás insinuando? —preguntó Mateo, con calma, pero con una tensión evidente en la voz.
El hombre dio un paso al frente.
—Que nadie sabe quién eres. Apareciste de la nada, dices que sabes cómo se mueve el agua, decides por dónde vamos… y todos te siguen como si fueras la única opción.
Nadie habló, pero varios comenzaron a mirarse entre sí. Valeria sintió cómo algo se rompía en el grupo, de una manera lenta e invisible. Esto era peor que el agua. Esto era lo que quedaba de las personas cuando todo lo demás desaparecía.
—Si tienes una mejor idea, dime —respondió Mateo.
El hombre sonrió apenas.
—Tal vez la tengo.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, se movió rápido, demasiado rápido. Se lanzó hacia Valeria, todo lo demás ocurrió en segundos. Su mano se cerró sobre la mochila, tiró con fuerza. Valeria perdió el equilibrio y cayó parcialmente al agua, soltando un grito ahogado. Mateo intento apresurarse para llegar a su lado, mientras que Tomás gritó.
—¡Mamá!
El hombre retrocedió con la mochila en sus manos.
—Lo siento —dijo, pero no sonaba arrepentido—. Pero yo también tengo que sobrevivir.
El tiempo pareció detenerse, Valeria intentó levantarse, pero el peso del agua y el impacto la ralentizaron.
—¡Devuélvela! —gritó Mateo.
Pero nadie avanzó hacia él, nadie lo detuvo. Ese fue el verdadero quiebre, el hombre dio un paso atrás, luego otro, Mateo lo observaba con furia contenida.
—No me sigan —advirtió—. No voy a compartir.
Y entonces corrió o al menos eso intento, el agua le impedía correr como hubiera querido. Se alejó del grupo, chapoteando con torpeza, pero con desesperación suficiente para impulsarlo.
—¡Espera! —gritó la mujer que antes quería descansar—. ¡No vayas solo!
Pero él no se detuvo. Valeria logró ponerse de pie con la ayuda de Mateo. El pecho le ardía, la rabia le subía como fuego, pero no por la mochila, no solo por eso. Sino por lo que acababa de pasar, nadie había hecho nada. Bueno, Mateo había al menos elevado la voz y la había ayudado a levantarse, pero nadie más, pareciera que las personas a su alrededor no existieran.
Tomás se aferró a ella.
—Mamá…
Valeria no respondió, miró al hombre alejarse y entonces… El agua cambió. Fue sutil al principio, un movimiento distinto. Un patrón, Mateo lo vio también.
—No… —murmuró.
El hombre seguía avanzando, mirando hacia atrás de vez en cuando, como si esperara que alguien lo siguiera.
No vio lo que venía. El agua a su alrededor comenzó a cerrarse. Como si se elevara apenas, como si lo marcara igual que un cazador a una presa.
—¡Detente! —gritó Mateo.
Pero ya era tarde, el hombre dio un paso más y el agua lo atrapó.
No como antes, no como un tirón, esta vez fue más lento, más claro, más… intencional.
Algo se movió bajo la superficie, una forma, grande y oscura. Demasiado cerca de él. El hombre gritó.
—¡No! ¡NO!
La mochila cayó al agua, flotó un segundo. Luego desapareció junto con él. El grito se cortó de golpe y el silencio volvió, más pesado que nunca, nadie se movió, nadie habló. Valeria miró el lugar donde había estado. Sintió algo romperse dentro de ella, pero esta vez no fue miedo, fue otra cosa, algo más duro, más frío, más claro.
—No volvemos por nadie —dijo.
Su voz fue firme, distinta. Todos la miraron, incluso Mateo. Valeria apretó la mano de Tomás.
—El que se quede atrás… se queda.
El grupo entendió, porque ahora sabían que era real. Ya no era solo sobrevivir al agua, era sobrevivir a todo. Mateo asintió lentamente.
—Entonces seguimos.
Nadie volvió a discutir...
Mientras avanzaban, el agua volvió a moverse a su alrededor, más cerca, más presente, como si aprobara, como si aprendiera.
Tomás caminó en silencio unos pasos y luego susurró
—Ahora sí nos está cazando.
Y bajo la superficie… Algo cambió su forma, adaptándose... Esperando.