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LA HEREDERA DE LA NIEBLA

LA HEREDERA DE LA NIEBLA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Vampiro / Hombre lobo
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 14: LO QUE DURMIÓ BAJO LA TIERRA

SEGUNDO ARCO: EL DESPERTAR DE LOS ANTIGUOS

Pasó un mes.

Un mes de calma tensa, de niebla gris arrastrándose sin prisa, de lunas llenas que ya no traían aullidos de guerra. Luna se había acostumbrado a la rutina: Viktor al atardecer con sus pergaminos, Alec al amanecer con su manzana a medio comer, Dante al mediodía con su cesta de comida. Margaret recuperaba fuerzas lentamente, sentada junto al fuego, tejiendo algo que podría ser una bufanda o podría ser una red para pescar ilusiones.

Pero la noche del trigésimo día, todo cambió.

Luna despertó con la certidumbre de que algo la miraba.

No era el zumbido familiar de la niebla. Era otra cosa. Más profunda. Más antigua. Un rumor subterráneo que vibraba en los huesos de la cabaña, en las raíces de los abetos, en el cauce seco del río Negro.

Se levantó. Fue a la ventana ovalada.

El valle estaba en calma. La niebla brillaba plateada bajo la luna menguante. Los árboles, inmóviles. Pero en el borde del bosque, donde el sendero se perdía entre las sombras, algo brillaba.

Ojos.

Muchos ojos.

No rojos como los de los vampiros. No dorados como los de los lobos. Eran verdes. Verdes como el musgo de las piedras milenarias. Verdes como el cobre oxidado. Y parpadeaban en sincronía perfecta.

Luna contuvo el aliento.

Los ojos desaparecieron.

Bajó las escaleras sin hacer ruido. Margaret dormía en el colchón junto a la chimenea, su pecho subiendo y bajando con una lentitud frágil. Luna no la despertó. Salió al porche.

La noche olía a tierra mojada y a algo más. Algo dulce. Casi nauseabundo. Como flores podridas.

—Lo sabías —dijo una voz a sus espaldas.

Luna se giró.

Viktor estaba apoyado contra el marco de la puerta. No había oído llegarle. Sus ojos de bourbon brillaban en la oscuridad, pero no con su habitual calma. Había algo nuevo en ellos.

Miedo.

—¿Sabía el qué? —preguntó Luna.

—Que la paz no iba a durar. Que la muerte de la Bruja Original iba a despertar algo peor.

—¿Algo peor? —Luna sintió cómo el nudo violeta en su pecho se tensaba—. ¿Qué podría ser peor que una bruja de mil años?

Viktor no respondió. Miró hacia el bosque, hacia el lugar donde los ojos verdes habían brillado.

—Los Antiguos —dijo al fin—. Lo que existía antes de que la Bruja Original abriera la puerta. Lo que ella mantuvo dormido con su presencia. Ahora que ella se ha ido...

—Están despertando.

—Están despertando —confirmó Viktor.

El viento sopló. La niebla se arremolinó, pero esta vez no era violeta. Era gris. Gris enfermo. Como si algo la estuviera contaminando desde dentro.

Luna apretó los puños.

—¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque no estaba seguro. Los pergaminos que te traje... los estuve traduciendo estas semanas. Hablaban de la Bruja Original como una llave. Pero también como un tapón. Ella no solo custodiaba la puerta. Custodiaba algo que estaba detrás de la puerta.

—¿Los Antiguos?

—Los Antiguos. Los Primeros no me hablaron a mí. Me hablaron a través de los pergaminos. Dijeron que la paz tendría un precio. Yo creí que ese precio era la vigilancia colectiva. Pero me equivoqué.

—¿Cuál es el precio entonces?

Viktor la miró. Y en sus ojos, Luna vio algo que nunca había visto en un vampiro.

Derrota.

—Que alguien ocupe el lugar de la Bruja Original. No para siempre. Solo hasta que los Antiguos vuelvan a dormirse. Pero ese alguien... —su voz se quebró— ese alguien no volverá a ser el mismo.

Luna sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies.

—¿Estás diciendo que tengo que...?

—No. No tú. —Viktor negó con la cabeza—. Los Primeros fueron claros. La Heredera ya ha dado suficiente. El sacrificio debe venir de otro.

—¿De quién?

Viktor no respondió. Pero su mirada se desvió hacia la puerta de la cabaña, donde Margaret dormía.

Y Luna entendió.

—No —dijo—. Ni lo pienses.

—Luna...

—¡He dicho que no! —Su voz resonó en el claro. La niebla violeta brotó a su alrededor como un escudo, empujando a Viktor hacia atrás—. Mi abuela no vuelve a ser sacrificada por nada. Ni por los Antiguos. Ni por los Primeros. Ni por ti.

—No es tu decisión —dijo una voz débil desde la puerta.

Luna se giró.

Margaret estaba en el umbral, envuelta en una manta de lana, con sus ojos violetas brillando en la penumbra.

—Abuela, vuelve a dentro.

—No. —Margaret dio un paso hacia el porche. Otro. Sus piernas temblaban, pero su voz era firme—. He oído todo. Llevo semanas oyendo susurros en el sótano de la cabaña. Sabía que algo venía.

—No voy a dejarte hacer esto.

—No es tu decisión —repitió Margaret—. Es la mía. He vivido setenta años escondida en este bosque, Luna. Setenta años viendo cómo la Bruja Original consumía a las Herederas. Setenta años sabiendo que, al final, yo sería la que tendría que pagar el precio.

—No hay ningún precio —dijo Luna, y su voz era un ruego—. Podemos luchar. Podemos encontrar otra manera.

—¿Como encontraste otra manera con la Bruja Original? —Margaret sonrió, triste—. No, mi niña. Algunas puertas solo se cierran con sacrificio. Ya lo sabes. Ya lo aprendiste.

—Pero tú no...

—Soy vieja, Luna. Y estoy cansada. He visto morir a tu madre. He visto crecer a mi nieta. He visto el final de la Bruja Original. No me queda nada más que hacer en este mundo. Pero si puedo usar lo que me queda para protegerte... para protegeros a todos...

—No —susurró Luna, y las lágrimas le quemaban los ojos—. No te vayas. Acabo de encontrarte.

Margaret la abrazó. Sus brazos eran frágiles, pero su abrazo era fuerte.

—No me voy, Luna. Solo voy a hacer lo que siempre he hecho: protegerte. Incluso si tú no quieres que lo haga.

Detrás de ellas, Viktor bajó la mirada.

Y en el bosque, los ojos verdes volvieron a brillar.

Más cerca esta vez.

---

Alec llegó antes del amanecer. No con su manzana. Con sangre en los nudillos y un corte en el pecho.

—Han atacado la manada —dijo, entrando en la cabaña sin llamar—. Los Antiguos. Salieron de la tierra. No son lobos. No son vampiros. No son nada que haya visto antes.

—¿Cuántos heridos? —preguntó Luna, ayudándole a sentarse.

—Tres muertos. Siete heridos. Ellos... —Alec cerró los ojos— ellos no sangran. Cuando los golpeas, sale tierra. Tierra negra. Y huelen a podrido.

Dante llegó una hora después. Traía el traje manchado de barro y algo más oscuro.

—El pueblo está en caos —dijo, sin preámbulos—. Los Antiguos han salido del subsuelo en el centro. Han derribado la iglesia. Han matado a cuatro personas. La policía no puede hacer nada. Las balas los atraviesan.

—¿Cómo se detienen? —preguntó Luna.

Los tres reyes intercambiaron miradas.

—No se detienen —dijo Viktor—. Solo se duermen. Y para que se duerman, alguien tiene que ocupar el lugar de la Bruja Original.

—¿Mi abuela? —Alec frunció el ceño.

—Margaret se ha ofrecido —respondió Viktor en voz baja.

—No —gruñó Alec—. No después de todo lo que ha pasado. No después de que la rescatamos.

—No es tu decisión —dijo Margaret desde el sillón—. Es la mía.

—Con el debido respeto, señora —Alec se puso en pie, a pesar de sus heridas—, usted ya ha dado suficiente. Si alguien tiene que ocupar ese lugar, que sea yo.

—O yo —dijo Dante.

—O yo —añadió Viktor.

Los tres se miraron. Por un instante, la vieja rivalidad brilló en sus ojos. Pero esta vez no era odio. Era otra cosa.

Competencia por el sacrificio.

—No —cortó Luna—. Ninguno de vosotros. Voy yo.

—No eres bienvenida —dijo una voz que no pertenecía a ninguno de los presentes.

El aire se enfrió. Las velas parpadearon. Y en el centro de la mesa de pino, la niebla se condensó en una forma.

No era la Bruja Original. Era más pequeña. Más... terrenal.

Una mujer joven, de pelo verde musgo y ojos del color de la tierra mojada. Vestía harapos que parecían hechos de raíces y hojas secas. Y en su frente, brillaba una marca.

La misma marca que Luna había visto en las runas de la cueva.

—Soy la Voz de los Antiguos —dijo la mujer—. He venido a negociar.

Luna se plantó frente a ella, con la niebla violeta arremolinándose a sus pies.

—No negocio con cosas que matan a mi gente.

—No matamos —respondió la Voz, y su tono era casi ofendido—. Absorbemos. Es nuestra naturaleza. Dormimos bajo la tierra durante mil años, alimentándonos de los residuos de la magia de la Bruja Original. Ahora ella se ha ido. Tenemos hambre.

—Pues aguanta el hambre.

—No podemos. Si no nos alimentamos, morimos. Y si morimos, el valle se queda sin cimientos. Literalmente. Nuestros cuerpos sostienen las montañas. Nuestras raíces sujetan los ríos. Si desaparecemos, Cresta Negra se hundirá.

El silencio fue absoluto.

Luna miró a Margaret. A los tres reyes. A la Voz.

—¿Qué propones?

La Voz sonrió. Era una sonrisa triste.

—Lo mismo que la Bruja Original. Alguien que ocupe su lugar. Alguien que nos alimente con su presencia. No con sangre. Con tiempo. Con vida. Mientras ese alguien esté aquí, nosotros dormiremos.

—¿Y cuánto tiempo? —preguntó Dante.

—El tiempo que dure su vida. Cuando muera, despertaremos de nuevo. Y buscaremos a otro.

—Es una condena perpetua —dijo Alec.

—Es la naturaleza —respondió la Voz—. No es buena ni mala. Es.

Margaret se levantó del sillón.

—Yo seré esa persona.

—No —dijo Luna.

—Luna...

—¡No! —La niebla violeta explotó a su alrededor, llenando la cabaña de luz violácea—. Ya hemos perdido demasiado. No voy a perderte a ti también.

—Entonces pierde el valle —dijo la Voz, con calma—. Es tu decisión, Heredera. Tu abuela o Cresta Negra.

Luna cerró los ojos.

El nudo violeta en su pecho ardía. La niebla susurraba en sus oídos. Y en medio del caos, una idea comenzó a formarse.

No era un conjuro. No era un pacto.

Era una tercera opción.

Abrió los ojos.

—No voy a elegir —dijo—. Ni a mi abuela ni al valle. Voy a ofreceros algo mejor.

La Voz arqueó una ceja.

—¿El qué?

Luna se llevó la mano al pecho. Y con un movimiento rápido, arrancó el nudo violeta.

No metafóricamente. Literalmente.

De su pecho brotó una luz violeta, densa, palpitante. La niebla que la había elegido. El pacto que había hecho con los Primeros. El poder que la Bruja Original le había heredado sin querer.

Lo sostuvo en sus manos como una brasa.

—Esto —dijo, jadeando por el dolor—. La esencia de la Heredera. La conexión con la Niebla. Tómalo. Alimentaos de esto durante cien años. Y cuando se acabe, volveré a crear otro.

La Voz la miró con asombro.

—Eso... eso no es posible. La esencia de la Heredera está ligada a su sangre. No se puede arrancar.

—Acabo de hacerlo.

—Te morirás.

—No —dijo Margaret, dando un paso al frente—. No si alguien la devuelve. La esencia de la Heredera puede transferirse. Como un préstamo. No como un sacrificio.

La Voz guardó silencio. Sus ojos verdes brillaron.

—Es una propuesta... interesante. Los Antiguos nunca han considerado un préstamo.

—Pues consideradlo ahora —dijo Luna, y la luz violeta temblaba en sus manos—. Cien años. Ni uno más. Después, volveré a alimentaros. Y mientras tanto, yo seguiré viva. Mi abuela también. Y el valle, en pie.

—¿Y si mueres antes de los cien años?

—Entonces la esencia se queda con vosotros. Para siempre. Es una apuesta.

La Voz sonrió. Esta vez, su sonrisa tenía filo.

—Me gustas, Heredera. Eres más astuta que la Bruja Original. —Extendió la mano—. Trato hecho.

Luna le entregó la luz violeta.

El momento en que la Voz la tocó, la cabaña entera tembló. Los árboles agitaron sus ramas. El río Negro creció un palmo. Y bajo tierra, los Antiguos suspiraron al unísono.

Un suspiro de sueño.

La Voz se deshizo en niebla gris.

Y la luz violeta desapareció con ella.

Luna cayó de rodillas. Estaba pálida. Vacía. Como si le hubieran arrancado un órgano.

—Luna —Margaret la abrazó—. ¿Qué has hecho?

—Lo que tenía que hacer —susurró Luna—. Encontrar una tercera opción.

—¿Y ahora? —preguntó Alec.

Luna levantó la mirada. Sus ojos violetas seguían siendo violetas, pero algo en ellos había cambiado. Ya no brillaban con luz propia.

Ahora brillaban con determinación.

—Ahora —dijo—, vivimos. Los cien años que nos han dado. Y cuando se acaben... encontramos otra tercera opción.

Los tres reyes la miraron en silencio.

Y por primera vez desde que la conocían, no vieron a una Heredera.

Vieron a una reina.

---

Afuera, el sol empezaba a salir.

La niebla gris se retiraba lentamente. Y en lo más profundo del bosque, donde los Antiguos dormían de nuevo, algo muy pequeño comenzó a crecer.

Una flor violeta.

La primera de muchas.

El valle, por ahora, estaba a salvo.

Pero Luna sabía que la calma no duraría.

Nunca duraba.

Pero esa era una historia para otro día.

Hoy, solo quería desayunar con su abuela.

1
Gloria
Buenas noches autor una pregunta esta es una historia poliamorosa , o ella solo tiene en destinado por así decirlo , lo digo por que no me gustan las historias poliamorosas , yo soy más de la pajarera y ya 🤔🤔🤔🤔
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