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CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Amor prohibido / Romance
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?

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capitulo 10

La mañana siguiente al beso fue como despertar tras un naufragio. Me dolían los labios, me dolía el pecho y, sobre todo, me dolía el orgullo. Me quedé bajo las sábanas de seda, que ahora sentía como una red de pescador, escuchando el silencio absoluto de la mansión. Dante no había subido a pedir disculpas, ni yo esperaba que lo hiciera. Un hombre como él no pide perdón; simplemente finge que el mundo no se ha movido de su eje.

Me levanté y caminé hacia el baño. Al lavarme la cara, el reflejo en el espejo me devolvió a una Zoe con los ojos ligeramente hinchados y la mirada perdida. ¿En qué momento esta farsa se había vuelto tan real? El contrato era claro: cien días. Pero nadie me advirtió que los días en esta casa no se medían en horas, sino en la profundidad de las heridas que nos infligíamos mutuamente.

Bajé a desayunar con la armadura puesta. Me puse un vestido de lino color crema, sencillo pero impecable, y recogí mi cabello en una coleta tirante. Necesitaba orden, necesitaba control. En el comedor, Dante ya estaba sentado. El periódico estaba desplegado frente a él, pero noté que su taza de café estaba intacta y el vapor ya no subía de ella.

Al notar mi presencia, no levantó la vista. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía tallada en granito.

—Arthur me informó que anoche hubo un altercado en la entrada —dijo él, su voz era una lija fría. Ni rastro del hombre que ayer me había besado con la desesperación de un condenado.

—Tu amigo Julian Miller no sabe cuándo retirarse. Y tú no sabes cuándo dejar de beber, Dante —respondí, sentándome en el extremo opuesto de la mesa. El largo de la madera se sentía como un abismo entre nosotros.

Él bajó el periódico lentamente. Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero su mirada seguía siendo ese láser que intentaba diseccionarme.

—Lo que pasó anoche fue un error táctico. Estaba... cansado. Nueva York es una fosa de lobos.

—Fue más que eso. Me llamaste por el nombre de ella. Me llamaste Vanessa —solté las palabras como si fueran piedras.

El silencio que siguió fue tan denso que casi podía escucharse el latido de mi propio corazón. Dante apretó los puños sobre la mesa, sus nudillos volviéndose blancos.

—No vuelvas a pronunciar ese nombre en esta casa —siseó.

—¿Por qué? ¿Porque te recuerda que eres humano? ¿Porque te recuerda que una vez fuiste capaz de amar a alguien lo suficiente como para dejar que te destruyera? —me levanté, la silla chirriando contra el mármol—. Me besaste, Dante. Y no fue a Elena a quien besaste, y tampoco fue a Vanessa. Sabías exactamente quién estaba frente a ti. Me llamaste Zoe antes de perderme el respeto de esa manera.

Él se levantó de un salto, rodeando la mesa con una velocidad felina. Me atrapó contra el aparador de caoba, sus manos apoyadas a ambos lados de mi cuerpo. Su olor, esa mezcla de sándalo y ahora un deje amargo de café, me envolvió de nuevo.

—¿Quieres saber qué eres para mí, Zoe? —su voz bajó a un susurro que me hizo vibrar hasta los huesos—. Eres una complicación. Eres el recordatorio constante de que tu padre es un estafador y de que yo fui lo suficientemente arrogante como para creer que podía tener a una de la Vega bajo mi bota sin que me salpicara su veneno.

—Yo no soy mi padre. Y ciertamente no soy Elena.

—Lo sé. Ese es el problema —acercó su rostro al mío, y por un segundo, vi la grieta en el hielo. No era odio lo que brillaba en sus pupilas, era un hambre voraz, una necesidad de conexión que lo aterraba—. Elena es fácil de ignorar. Pero tú... tú llenas la casa de pintura, tratas a los sirvientes como si fueran tus iguales y me miras como si pudieras ver a través de mis huesos. Me estás desarmando, y no te lo permito.

—Entonces termínalo —lo desafié, sintiendo el calor de su cuerpo irradiar hacia el mío—. Rompe el contrato. Devuélveme a mi vida de pobreza y anonimato. Si tanto te molesto, ¿por qué me retienes?

Dante guardó silencio. Sus ojos bajaron a mis labios y sentí una oleada de electricidad estática recorrer el aire. Su mano subió, rozando mi mejilla con el dorso de sus dedos. Fue un gesto casi tierno, lo que lo hacía mil veces más peligroso que cualquier grito.

—Porque todavía no he terminado contigo —murmuró.

Se apartó de golpe, recuperando su máscara de CEO en un parpadeo. Se ajustó los gemelos de la camisa y se dio la vuelta.

—Hoy tenemos una cena privada. No es con embajadores ni con socios. Es con la junta directiva de la Fundación Volkov. Quieren conocer a la mujer que ha logrado que el "Glaciar" se case de la noche a la mañana. Comportate. Y por el amor de Dios, Zoe, no pintes nada hoy. El olor a trementina se te queda pegado a la piel y no es apropiado para una señora de mi posición.

—Me gusta el olor a trementina. Huele a creación, no a estancamiento —respondí, pero él ya había salido del comedor.

Pasé la mañana en el estudio, ignorando su advertencia. Necesitaba pintar. Necesitaba sacar de mi sistema el sabor de su beso y la amargura de su rechazo. Pero no pinté a Dante. Pinté una jaula de oro con la puerta abierta, y fuera, un pájaro que no se atrevía a volar porque había olvidado cómo se sentía el viento.

A media tarde, Rosa entró con un vestido nuevo. No era rojo, ni ostentoso. Era un vestido de terciopelo verde bosque, profundo y elegante, con mangas largas y un cuello modesto.

—El señor lo envió —dijo Rosa con una sonrisa cómplice—. Dijo que este color resaltaba el "fuego extraño" de sus ojos, señora.

Sentí un vuelco en el estómago. "Fuego extraño". Así que él también prestaba atención a los detalles.

Cuando llegó la hora de la cena, bajé las escaleras sintiéndome como una extraña en mi propio cuerpo. Dante me esperaba al pie de la escalera. Al verme, sus ojos se oscurecieron. No dijo nada, pero la forma en que me ofreció el brazo tenía una rigidez que delataba su esfuerzo por mantener la distancia profesional.

La cena fue en un restaurante privado, un lugar donde solo se podía entrar con una invitación grabada en oro. Los miembros de la junta eran hombres y mujeres mayores, de miradas astutas que buscaban cualquier debilidad en la nueva esposa de Dante Volkov.

—Díganos, Elena —preguntó una mujer de cabello cano perfectamente peinado—, ¿qué es lo que más le atrajo de nuestro Dante? Siempre ha sido un hombre... difícil de leer.

Miré a Dante. Él me observaba, esperando que soltara alguna de las vacuidades de mi hermana. Pero yo ya estaba cansada de ser Elena.

—Su honestidad —respondí, y la mesa se quedó en silencio—. En un mundo donde todos fingen ser lo que no son para obtener una ventaja, Dante es... brutalmente real. No adorna sus intenciones. Es un hombre de una integridad gélida, y hay algo profundamente reconfortante en saber exactamente dónde estás parada con alguien, incluso si ese lugar es un campo de batalla.

Dante bebió un sorbo de vino, pero sus ojos no se apartaron de los míos. Por primera vez en la noche, vi una chispa de algo parecido al respeto en su mirada.

—Vaya —rio un hombre al otro lado de la mesa—. Parece que ha encontrado a alguien que no le teme a su temperamento, Volkov.

—Ella no le teme a nada —dijo Dante, su voz baja y cargada de una intención oculta—. Ese es su mayor talento. Y su mayor peligro.

La cena transcurrió entre conversaciones de fondos de inversión y obras benéficas. Yo me manejé con una elegancia que sorprendió incluso a Dante. No era la elegancia de Elena, basada en marcas y logotipos; era la elegancia de Zoe, basada en la inteligencia y la observación.

De regreso en el coche, el silencio ya no era tenso. Era pesado, lleno de palabras no dichas. Dante miraba por la ventana, pero su mano estaba peligrosamente cerca de la mía en el asiento de cuero.

—Lo que dijiste en la cena... —comenzó, sin mirarme.

—Era la verdad, Dante.

—Nadie me había llamado íntegro antes. Normalmente usan palabras como "implacable" o "cruel".

—Se puede ser implacable y tener integridad. Eres fiel a tu propia oscuridad, y eso es más de lo que la mayoría puede decir.

Él giró la cabeza y me miró. La luz de las farolas pasaba sobre su rostro rítmicamente, creando un juego de sombras que lo hacía parecer una estatua viviente.

—¿Y tú, Zoe? ¿A qué eres fiel tú?

—A los que amo. Por eso estoy aquí. Por eso aguanto tus humores y tus besos borrachos.

Él se inclinó hacia adelante, rompiendo de nuevo la barrera que tanto se había esforzado por construir. Tomó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos. Su piel estaba fría, pero su toque quemaba.

—Mañana es el día diez de los cien —susurró—. Nueve días han sido suficientes para que me hagas dudar de todo lo que creía saber sobre las mujeres.

—No todas somos Vanessa, Dante.

—Lo sé. Ella nunca habría tenido el valor de decirme la verdad a la cara.

Llegamos a la mansión y, esta vez, él no se fue a su despacho. Me acompañó hasta la puerta de mi habitación. Se quedó allí, de pie, bajo la luz tenue del pasillo. Parecía querer decir algo, pero las palabras se le quedaban atrapadas en esa garganta que solo sabía dar órdenes.

—Buenas noches, Zoe —dijo finalmente.

—Buenas noches, Dante.

Entré en mi cuarto y cerré la puerta. Me apoyé contra ella, escuchando sus pasos alejarse hacia su propio cuarto. Me toqué los labios, todavía sintiendo el fantasma de su toque. Estaba jugando con fuego, lo sabía. Estaba enamorándome del hombre que me veía como una transacción, y el contrato de cien días se sentía cada vez más como una cuenta atrás hacia mi propia destrucción emocional.

Pero mientras me quitaba el vestido verde, no podía evitar pensar en el dibujo de su cuaderno. Me había capturado en el jardín, con el alma expuesta. Si él podía verme así, quizás, solo quizás, el Glaciar no era tan eterno como todos creían. Y esa esperanza era la mentira más peligrosa de todas las que había contado hasta ahora.

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Rozalia Dragos
Entretenido Muy bueno
ana vasquez
un tira y encoje entretenido, eso sí 🤭
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