Se supone que mi corazón no debe detenerse cada vez que entras en una habitación...
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Capítulo IX
La oficina no le pertenecía, al menos no todavía. Era un espacio usurpado, una habitación prestada por la conveniencia del momento, un escenario donde debía representar un papel que no le correspondía.
Kennedy Douglas permanecía de pie, con el abrigo colgado del respaldo de una silla que jamás había elegido, observando un entorno que desprendía un aroma rancio a madera vieja, a papel guardado durante años y a decisiones tomadas por otros hombres. Era una oficina heredada por la urgencia de las circunstancias, cedida temporalmente para facilitar una transacción comercial. Un territorio ajeno que, sin embargo, esa noche lo contenía como una confesión tardía, revelando verdades incómodas que preferiría ignorar.
La única luz encendida era la de la lámpara del escritorio, proyectando un resplandor dorado, tenue e íntimo que contrastaba con la frialdad del resto de la habitación. La luz creaba un círculo cálido alrededor de una carpeta abierta frente a él, destacando su importancia como un faro en la oscuridad.
El nombre de ella estaba impreso en la portada con una tipografía sobria y elegante, casi clínica en su precisión. No había adornos florales, ni promesas románticas, ni sentimentalismo barato. Solo datos fríos y duros, fechas relevantes, fotografías reveladoras.
Kennedy pasó los dedos por el borde del papel antes de abrir la carpeta por completo, como si el simple acto de leerla fuera ya una traición a sí mismo, una invasión de la privacidad que no podía justificar.
—Tres días… —murmuró, con una voz apenas audible, sin saber si se lo decía al reloj que marcaba implacable el paso del tiempo, o a su propio reflejo oscuro que se proyectaba en el cristal de la ventana.
En el interior de la carpeta, la vida de ella estaba ordenada con una pulcritud casi ofensiva, como si cada detalle hubiera sido meticulosamente colocado en su sitio para facilitar su análisis.
Edad actual.
Perfectamente aceptable para la prensa, un número que encajaba con los estándares de la sociedad. Perfectamente funcional para el negocio, sin generar controversias ni levantar sospechas.
Edad en la que perdió a su madre.
Kennedy se detuvo en ese dato durante más tiempo del necesario, sintiendo una punzada de empatía que lo tomó por sorpresa. Había algo profundamente cruel en la forma en que una sola línea podía explicar silencios enteros, revelando la fragilidad que se ocultaba tras la fachada de fortaleza. Entendió, sin querer, cierta dureza en su mirada, una frialdad que luego encontraría reflejada en otras notas: disciplina temprana, madurez forzada, una belleza que no pedía permiso ni disculpas.
Primer novio.
Una fecha temprana, demasiado temprana para su gusto. No por celos, no todavía, sino por la conciencia incómoda de que alguien más había estado ahí antes de que el mundo comenzara a observarla con deseo, antes de que él irrumpiera en su vida como un intruso.
Cerró la carpeta por un segundo, interrumpiendo su lectura. Exhaló lentamente, tratando de controlar las emociones que comenzaban a aflorar. La volvió a abrir, sintiendo una extraña compulsión por seguir descubriendo los secretos de esa mujer enigmática.
Ingreso a la empresa familiar.
Joven, demasiado joven para asumir semejante responsabilidad. No porque careciera de capacidad, sino por el enorme peso que debió cargar sobre sus hombros. Trabajó para complacer a su padre antes de aprender a vivir para sí misma, sacrificando sus propios sueños y aspiraciones en aras del bienestar familiar. Kennedy reconoció ese patrón con una mueca amarga, sintiendo una conexión inesperada con esa mujer que parecía tan diferente a él. Algunos imperios se heredan como jaulas doradas, aprisionando a sus herederos en un ciclo de obligaciones y expectativas.
Las fotografías estaban al final de la carpeta, guardadas como un tesoro prohibido.
No eran fotografías oficiales, destinadas a la prensa o a la promoción pública.
No eran imágenes edulcoradas, diseñadas para crear una imagen falsa de perfección.
Eran… otra cosa. Eran fragmentos de su alma, destellos de su verdadera personalidad, capturados en momentos de vulnerabilidad y autenticidad.
Ella aparecía con atuendos que no pretendían ocultar su sensualidad, sino celebrarla. Telas suaves que se adherían a sus curvas como una segunda piel, cortes atrevidos que dejaban la piel expuesta sin disculpas, invitando a la tentación. Miradas penetrantes que no pedían aprobación, sino que exigían respeto. En una de las fotografías, su cabello caía como una cascada clara sobre sus hombros desnudos, revelando la delicada curva de su espalda. En otra, la luz acariciaba su clavícula con una delicadeza casi cruel, resaltando su fragilidad y su fortaleza al mismo tiempo.
No era vulgar, ni provocadora en el sentido tradicional.
Era etérea, como una criatura de otro mundo.
Había algo en su expresión que incomodó a Kennedy más de lo que esperaba, removiendo emociones que creía haber enterrado para siempre. No era una simple invitación a la lujuria, sino una demostración de control absoluto. Como si supiera exactamente el efecto que causaba en los demás y hubiese decidido permitirlo… solo un poco, reservando siempre una parte de sí misma que nadie podía alcanzar.
Kennedy apoyó ambas manos sobre el escritorio, inclinándose hacia adelante como si quisiera acercarse más a ella, como si pudiera romper la barrera del papel y tocar su piel. Sintió el peso de la alianza invisible que pronto llevaría sobre sus hombros, una carga que amenazaba con aplastarlo bajo su peso.
—Un matrimonio feliz —dijo en voz baja, casi con ironía—. Eso es lo que venderemos al mundo. Una mentira cuidadosamente construida para ocultar la verdad que se esconde tras la fachada.
Acuerdos financieros multimillonarios. Expansión de mercados internacionales. Accesos privilegiados a círculos de poder inalcanzables. Una fusión de imperios que no podía fracasar, un pacto sellado con sangre y ambición. Todo perfectamente calculado y orquestado, disfrazado bajo sonrisas falsas, portadas de revista edulcoradas y una ceremonia nupcial que parecería un cuento de hadas cuidadosamente editado para el consumo público.
Pero ahí, en la soledad de esa oficina que apenas conocía, rodeado de sombras y secretos, Kennedy entendió la verdad incómoda que se había estado negando a reconocer:
No se estaba preparando para firmar un contrato comercial.
Se estaba preparando para conocer a Madison Beckham, para descifrar el enigma que representaba su existencia.
Y eso lo inquietaba más que cualquier cláusula legal, más que cualquier riesgo financiero, más que cualquier amenaza a su poder.
Miró el reloj de pulsera que llevaba en la muñeca. Tarde. El tiempo se escurría entre sus dedos como arena, acercándolo inexorablemente al momento de la verdad.
Hoy era el día. El día en que debía enfrentarse a ella.
Recordó las palabras de Jeremy Beckham, frías y prácticas: "Es mejor que se vean antes de la boda, Kennedy. La sorpresa nunca juega a favor del mercado."
Kennedy sonrió sin humor, sintiendo el cinismo corrosivo apoderándose de su alma.
Cerró la carpeta con cuidado, como si en su interior latiera algo vivo y frágil que debía proteger. Se puso el abrigo, respiró hondo para calmar los nervios y, antes de apagar la luz, miró una última vez la fotografía superior, sintiendo su mirada clavada en su interior.
Tres días para casarse con una mujer a la que no conocía.
Tres días para fingir una perfección que no existía.
Tres días para descubrir si aquel matrimonio forzado terminaría siendo su mayor error, la ruina de su imperio…
o la única verdad que jamás planeó enfrentar, la llave que abriría las puertas de su corazón.
La luz se apagó, sumiendo la oficina en la oscuridad.
Y la noche de Nueva York pareció inclinarse hacia él, expectante, aguardando el desenlace de la historia que estaba a punto de comenzar.