historia de Alfas, omegas y betas
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Capítulo 16 — Foz do Iguaçu
El Puente de la Amistad a las siete de la mañana es motos, camiones con placa paraguaya, vendedores de chipa y olor a río. Lo cruzamos caminando, con las cédulas falsas que nos dio el Turco y los brazaletes sin número en los bolsillos. No nos pararon. Un guardia miró a Elián medio segundo de más —todavía tenía las marcas rojas en el cuello— pero Valenti se puso adelante sin decir nada y el tipo siguió revisando bolsos.
Del lado brasileño el calor era el mismo pero el aire cambiaba: más ruido, más colores, carteles en portugués. Lía nos esperaba sentada en un banco frente a la aduana, con un termo y tres vasos de plástico. Beta, pelo canoso recogido, la misma pollera gris del Centro pero sin el sello bordado.
Cuando me vio se paró. No abrazó. Los betas del Centro no abrazan. Me miró la cara largo y dijo:
—Tardaste.
—Ocho años —contesté.
—Mejor que nunca.
Valenti se quedó un paso atrás. Elián, todavía medio flojo por el clase A, se sentó en el banco sin que nadie se lo dijera. Olía bajito, limón gastado, pero ya no quemaba.
Lía sirvió mate aunque era tereré lo que tomaban todos alrededor.
—Tengo pieza en Vila Portes —dijo—. Una noche. Mañana los pasan a São Paulo. No pregunten quién. Mejor no saber.
Caminamos las diez cuadras hasta su departamento: dos ambientes, ventilador, pila de libros en portugués y español, y en la mesa de la cocina, el libro. El mismo. Los deshabitados. Tapa rota, subrayados en lápiz.
—Lo guardé —dijo, y me lo puso delante—. Página 74.
Lo abrí. Lo conocía de memoria: “Y entonces el que no huele supo que olía, y el que no elige supo que había elegido desde siempre.”
—No es novela —dijo Lía—. Es registro. Lo escribió una beta de archivo en 2037. Lo quemaron casi todo. Quedaron tres.
Elián se recostó contra la pared, cerrando los ojos.
—Lía —dijo Valenti de golpe—. ¿Por qué te fuiste del Centro?
—Porque me hicieron archivar el legajo de una omega de diecisiete que murió en Supresión Permanente. Y porque cuando le pregunté al supervisor por qué, me dijo: “Los betas no preguntan, Lía. Sellan.” Y yo esa noche soñé que olía. Y olía a tinta. Como vos —me señaló.
No supe qué decir. Beta no sabe qué decir cuando lo nombran.
Esa tarde Lía salió a comprar comida. Nos dejó solos. El departamento tenía una sola cama y un sillón. Elián se tiró en la cama sin pedir permiso y se quedó dormido en dos minutos. El clase A todavía lo tenía blando.
Valenti y yo nos quedamos en la cocina. No hablábamos mucho nosotros. No hacía falta.
—¿Vos… —empezó, y paró—. En el Centro, cuando te veía en el pasillo de Archivo…
—Te miraba —terminé yo.
—Sí.
—Yo también.
Se quedó callado. Después estiró la mano por arriba de la mesa y me tocó la muñeca donde tendría que estar el gris. No había nada. Solo piel. Me dio vuelta la mano y me apoyó el pulgar en la palma, despacio, como quien revisa si algo sigue ahí.
—Olés a tinta —dijo—. Siempre. Aunque estés transpirado, aunque estés en un camión de basura. Tinta.
—No sé a qué olés vos —contesté—. En el Centro no podía.
—A hierro caliente —dijo—. Pero no cuando estás cerca.
Se acercó un poco más por arriba de la mesa. No era beso. Era quedarse a dos centímetros y no correrse. Beta no se corre. Alfa tampoco. Y nos quedamos así, respirando el mismo aire, hasta que escuchamos que Elián se movía en la cama.
Valenti sacó la mano. Yo la dejé sobre la mesa un segundo más, caliente donde me tocó.
A la noche comimos arroz con poroto que hizo Lía. Elián comió poco, pero habló más: contó de Rinaldi, de Lazzari, de cómo lo encerraban con supresores dobles cuando “se ponía difícil”.
—La última vez me dejaron tres días sin agua —dijo, sin dramatizar—. Valenti me sacó.
Lía no dijo nada. Le sirvió más.
Después apagamos la luz. No había dónde más que la cama y el sillón. Lía dijo “arreglense” y se fue a dormir al sillón con una frazada.
Quedamos los tres en la cama. Elián en el medio, todavía flojo. Valenti del lado de la pared, yo del lado de la puerta.
A las dos de la mañana me desperté porque Elián se había girado y me tenía la frente apoyada en el hombro. Olía a limón muy bajito y a sueño. No me moví. Del otro lado sentí que Valenti también estaba despierto. Su mano rozó la mía por arriba de la sábana, sin buscarla, y se quedó ahí. No la agarró. Solo peso. Calor. Hierro sin filo.
Me di vuelta apenas y lo miré en la oscuridad. Él me miraba también.
—¿Esto es qué? —susurré, tan bajo que casi no salió.
—No sé —contestó—. Pero no es error de calibración.
Me acerqué medio centímetro. Él también. No nos besamos. Beta no se apura. Alfa no pide. Pero me apoyó la frente contra la mía un segundo, justo encima de Elián que respiraba entre los dos, y ahí entendí que no era de a dos la cosa. Era de a tres, aunque no supiéramos cómo se llamaba.
Elián murmuró algo dormido y se acomodó, pasando un brazo por encima de mi cintura sin despertarse. Valenti no lo sacó. Yo tampoco.
Nos quedamos así. Sin folleto. Sin brazaletes. Sin nombre para eso.
A las cinco Lía golpeó la puerta.
—Auto abajo. São Paulo.
Nos levantamos. Elián seguía pálido pero caminaba solo. Valenti agarró la mochila. Yo el libro.
Antes de salir, Lía me abrazó. Rápido. Beta.
—Si publican la lista —dijo—, poné mi nombre. Lía Montiel. Archivo Central. 0391-B.
—Lo pongo —dije.
Bajamos. El auto olía a cuero viejo. Brasil del otro lado de la ventanilla.
Elián me buscó la mano abajo del asiento y la apretó. Valenti, del otro lado, me rozó la rodilla con la suya y no la corrió.
No era Ceremonia. No era asignación. Era elegir sin que nadie te diera el formulario.
Y por primera vez en veintisiete años, no me tembló la mano cuando la devolví.