Sebastián lo tenía todo: un reino próspero, un cabello pelirrojo que era la envidia de la nobleza y una lengua tan afilada que podía humillar a un mago en tres segundos. Pero el exceso de sarcasmo tiene un precio. Tras insultar al hechicero equivocado, Sebastián despierta convertido en un cangrejo y es arrojado a las profundidades del océano.
Su suerte no mejora cuando es capturado por Rubí, la princesa del Reino Marino. Llamada así por sus hipnotizantes ojos rojos, Rubí es una sirena de una belleza letal y una personalidad... impredecible. Un momento es un ángel dulce que acaricia tus pinzas, y al siguiente está picando perejil mientras decide si te prefiere hervido o a la plancha.
Atrapado en una jaula de cristal y bajo la vigilancia de una "loca" con cambios de humor extremos, Sebastián deberá encontrar la forma de romper su hechizo antes de convertirse en el almuerzo real.
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capítulo 12
El mundo de Sebastián se redujo a una presión asfixiante y un olor a saliva felina. Tras el desvanecimiento del hechizo humano, no hubo tiempo para lamentos; los reflejos de Sombra fueron más rápidos que cualquier súplica. Ahora, el Príncipe de Helios se balanceaba peligrosamente mientras la gata lo transportaba por los pasillos, sosteniéndolo con una firmeza que hacía crujir las uniones de su caparazón.
—Suéltame, bestia ingrata —intentó bramar Sebastián, pero sus palabras eran solo burbujeos ahogados contra el paladar de la gata—. He compartido mi mejor salmón contigo durante años y así es como pagas mi generosidad. ¡Soy tu soberano, no un juguete de mascar!
Sombra, sin embargo, no escuchaba razones. Para ella, el aroma que emanaba de Sebastián tras la breve transformación humana se había vuelto aún más embriagador, una mezcla de magia fresca y marisco de alta alcurnia. La gata se escabulló por las sombras, esquivando las pesadas botas de los guardias, hasta alcanzar su destino: la cocina real.
Mientras tanto, en los pasillos superiores, Aurelia recorría el palacio en un estado de histeria absoluta. Su cabello morado, usualmente impecable, comenzaba a soltarse en mechones rebeldes mientras se secaba las lágrimas con un pañuelo bordado.
—¡Es el colmo de la ordinariez! —sollozaba Aurelia, su voz resonando en las bóvedas de mármol—. ¡Mi prometido es un marisco y ahora ha sido secuestrado por una mascota! ¡Si mi padre se entera de que Sebastián va a terminar en el estómago de una gata callejera, la guerra será lo mínimo que deban temer! ¡Buaaaaaa! ¡Nadie piensa en mi reputación!
Rubí, que la seguía de cerca con una sonrisa que oscilaba entre la diversión malvada y la preocupación genuina (por su cena, claro), no perdía oportunidad para pincharla.
—¡Oh, Aurelia, no seas tan dramática! —dijo Rubí, fingiendo un hipo de tristeza—. Piensa en el lado positivo: si Sombra se lo come, al menos morirá siendo amado... por alguien con mucho apetito. ¡Buaaaaaa! ¡Es tan romántico y trágico a la vez! ¡Es como un banquete de bodas, pero tú eres la única que no está invitada!
—¡Cállate, sirena demente! —gritó Aurelia, deteniéndose en seco frente a la puerta de las cocinas—. Huele a... ¿ajo? ¡Oh, cielos! ¡Si esa gata tiene sentido del gusto, lo va a sazonar antes de morderlo!
Dentro de la cocina, Sombra depositó a Sebastián sobre la gran mesa de madera de encino. El príncipe-cangrejo rodó sobre su espalda, agitando las patas desesperadamente hasta lograr enderezarse. Estaba rodeado de cuchillos de carnicero, ristras de ajos y pesadas ollas de cobre que brillaban bajo la luz de las brasas del fogón.
Sombra se agachó, moviendo la cadera de un lado a otro, preparándose para el salto final. Sus ojos amarillos eran dos lunas de pura ambición gastronómica.
—Tranquilo, Sebastián —se dijo a sí mismo el príncipe, recuperando su compostura dominante—. Eres un estratega. Una gata es solo un depredador sin imaginación. Domina el terreno.
Justo cuando Sombra se lanzó, Sebastián usó su pinza derecha para engancharse a un paño de cocina que colgaba del borde de la mesa. Con un tirón calculado, se deslizó hacia abajo mientras la gata aterrizaba en el lugar vacío, chocando contra un frasco de pimienta negra que estalló al caer.
—¡Atchis! —Sombra soltó un estornudo violento que la dejó desorientada por unos segundos.
Sebastián no perdió tiempo. Corrió por el suelo de piedra, dirigiéndose hacia el espacio debajo de los grandes calderos. Sin embargo, su huida fue interrumpida por la entrada estrepitosa de Aurelia y Rubí.
—¡Ahí está! ¡Sobre el saco de harina! —chilló Aurelia, señalando al cangrejo que intentaba escalar una montaña de granos.
Rubí, al ver a Sombra recuperándose del estornudo y preparándose para atacar de nuevo, se interpuso entre la gata y el saco.
—¡Ni se te ocurra, pequeña bola de pelos! —advirtió Rubí, su voz tornándose gélida—. Ese bocado tiene un contrato exclusivo con mis papilas gustativas.
Sebastián, aprovechando la distracción de las mujeres y la gata, logró subir a lo alto del saco de harina. Desde allí, cubierto de polvo blanco como si fuera un postre empanizado, miró hacia abajo con una arrogancia renovada.
—¿Es esto lo mejor que pueden hacer? —chirrió Sebastián, su voz resonando con una autoridad que obligó a las tres a detenerse—. Una sirena que no sabe sujetar a su presa, una prometida que solo sabe regar el suelo con sus lágrimas y una gata que estornuda ante el primer desafío. Soy el Príncipe Sebastián. Si quieren mi caparazón, tendrán que ganárselo con algo más que lloriqueos y torpeza.
Aurelia se tapó la boca, horrorizada por ver a su "prometido" cubierto de harina.
—¡Parece... parece un frito de taberna! ¡Qué humillación! ¡Sebastián, baja de ahí ahora mismo y deja que te limpie con mi pañuelo!
—¡No lo toques! —rugió Rubí, apartando a Aurelia—. ¡La harina es el primer paso para una buena fritura! ¡Sebastián, quédate ahí, te ves delicioso y muy... profesional!
La escena era un caos absoluto: Sombra bufando desde un rincón, Aurelia lloriqueando por el protocolo perdido y Rubí relamiéndose mientras observaba al príncipe-cangrejo "enharinado". Sebastián, por su parte, se mantenía firme en la cima de su montaña de harina, calculando su siguiente movimiento. Sabía que mientras ellas pelearan, él seguía siendo el dueño del juego, incluso si ese juego ahora olía a panadería y peligro inminente.