El Refugio de las Ciudades Muertas,
El apocalipsis zombi no fue el fin del mundo, sino su reorganización.
Décadas después del brote, la civilización humana ha resurgido, no en la superficie infestada, sino bajo tierra.
Los sobrevivientes han adaptado las redes de metro, túneles de servicio y viejas minas para crear vastas ciudades subterráneas, a salvo de los zombis que merodean en la superficie.
La superficie, conocida como "Las Tierras Vivas", está repleta de los no-muertos, mientras que el subsuelo es un laberinto de civilización.
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Capítulo 15: Ecos del Exterior
La paz en el refugio subterráneo tenía la consistencia del cristal fino: hermosa a la vista, pero propensa a estallar al menor roce. Tras la derrota de Kael, el aire se sentía más ligero, pero era una ilusión alimentada por el alivio. Las Tierras Vivas, ese mundo exterior que Kael tanto veneraba, seguían allí arriba, mutando en un silencio hostil que rodeaba al refugio como un océano de esporas.
Alexia pasaba la mayor parte de sus días en el centro de mando, supervisando la expansión de la red de comunicaciones. No era solo una cuestión de seguridad; necesitaba saber qué había más allá del alcance de sus sensores. Serena trabajaba a su lado, sus dedos volando sobre los teclados mientras intentaba fortalecer el "acorde magnético" para que cubriera los nuevos perímetros.
— ¿Crees que Kael tenía razón sobre algo, Alexia?
—preguntó Serena sin apartar la vista de los monitores
—¿Sobre que este lugar es una jaula?
— Una jaula nos mantiene vivos, Serena
—respondió Alexia, aunque su mirada se perdía en las sombras de los túneles que aún no habían sido mapeados
—El problema es que las jaulas también nos ciegan.
La conversación fue interrumpida por un estallido de estática que surgió de la vieja consola de radiofrecuencias, una reliquia que nadie había tocado en décadas. Era una frecuencia de emergencia antigua, de las que se usaban antes de que el mundo se viniera abajo. El operador de radio, un hombre joven llamado Hugo, se ajustó los cascos con una expresión de puro asombro.
— Doctora... estoy captando algo
—susurró Hugo, y su voz temblaba tanto que apenas se le entendía
—Es una señal de banda ancha. Viene del oeste.
Alexia se inclinó sobre la consola, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del refugio. A través del ruido blanco, una voz emergió. Era una voz humana, pero cargada de un terror tan crudo que parecía físico.
— ...no cierren... todavía hay... si alguien...
—la voz se quebraba, ahogada por la interferencia
— Estamos siendo invadidos... la colonia Ocaso ha caído... repetimos, Ocaso ha caído...
La sala de mando se sumió en un silencio sepulcral. El Gran Consejero, que acababa de entrar para el informe diario, se quedó petrificado junto a la puerta.
— ¿Ocaso?
—murmuró el Consejero
—Eso está a cientos de kilómetros.
No sabíamos que quedara nada en pie hacia el oeste.
— ...la nueva variante... es demasiado rápida...
—continuó la voz, ahora más nítida, rompiendo en un sollozo seco
— No se arrastran, corren... saltan los muros de hormigón... si alguien escucha esto... por favor... no cometan nuestro error... no confíen en el silen...
La señal se cortó con un chirrido metálico que hizo que Serena se tapara los oídos. El vacío que dejó la transmisión fue asfixiante.
— Ha evolucionado
—dijo Alexia, y su voz sonó extrañamente calmada, la calma de quien ve confirmada su peor pesadilla
—Tal como decían los diarios de mi madre y como Kael intentó advertirnos a su manera retorcida.
El virus ya no espera a que salgamos; está aprendiendo a entrar.
El Consejo se reunió de urgencia esa misma hora. La luz de las lámparas de musgo parecía más tenue de lo habitual, como si la oscuridad del exterior estuviera filtrándose por las paredes.
— No podemos hacer nada por ellos
—sentenció uno de los líderes, golpeando la mesa con la palma de la mano
—Si esa colonia Ocaso ha caído, enviar a alguien sería un suicidio. Debemos sellar la esclusa oeste de forma permanente.
— Sellarla es admitir que estamos esperando nuestro turno para morir
—replicó Alexia, cruzándose de brazos
—Si hay otros asentamientos, significa que hay información. Si esa variante ha superado defensas que creíamos infalibles, necesitamos saber por qué antes de que lleguen aquí. Porque llegarán.
— ¿Y qué sugieres, Alexia?
—preguntó el Gran Consejero, mirándola con una mezcla de respeto y miedo
—. ¿Enviar a los Corredores a ciegas hacia un matadero?
— Sugiero hablar con el único hombre que ha sobrevivido semanas en las Tierras Vivas sin un traje de contención completo
—dijo Alexia, y el nombre quedó suspendido en el aire como una sentencia
—Necesitamos a Kael.
El murmullo de desaprobación fue inmediato, pero Alexia no retrocedió. Sabía que la información de la colonia Ocaso acababa de cambiar las reglas del juego. No estaban solos en el mundo, pero los vecinos que les quedaban estaban siendo devorados por una evolución que ellos apenas empezaban a comprender.
— Kael no es un aliado, es un monstruo
—rugió un consejero.
— Es un monstruo que conoce el terreno
—respondió Alexia
—Y si la colonia Ocaso ha caído, significa que el equilibrio de poder en la superficie ha cambiado. Kael no querrá que el hongo lo consuma a él también si no puede controlarlo.
Es pragmático, como yo.
Alexia bajó sola a las celdas esa noche. Al llegar frente a la reja de Kael, lo encontró sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el hormigón frío. No parecía un prisionero derrotado; parecía alguien que estaba esperando una visita que sabía que llegaría.
— Has oído el eco, ¿verdad, Alexia?
—dijo Kael, sin abrir los ojos
—El grito de los que creyeron que el hormigón los haría eternos.
— La colonia Ocaso ha caído, Kael. Hablan de una variante nueva. ¿Qué sabes de ella?
Kael abrió los ojos y una pequeña sonrisa, gélida y cargada de una sabiduría amarga, curvó sus labios.
— No es una variante, Alexia. Es la respuesta. El mundo se está cansando de vuestra resistencia. Ocaso fue solo el aperitivo. Ahora que el hongo sabe dónde están los núcleos de calor, irá por ellos uno a uno.
— Ayúdanos a entender cómo detenerlos y quizá el Consejo sea clemente
—dijo ella, aunque sabía que era una mentira piadosa.
— Yo no quiero clemencia, Alexia. Quiero ver cómo decides. ¿Te quedarás aquí a esperar que el aire se vuelva veneno, o saldrás a ver cómo luce el final del mundo? Porque Ocaso no ha muerto... simplemente se ha integrado. Y nosotros somos los siguientes.
Alexia se alejó de la celda sintiendo que el mensaje de radio seguía resonando en su cabeza. La realidad era ahora una carrera contrarreloj: al oeste, el horror había evolucionado; en el refugio, la hambruna acechaba; y en su propia mente, la duda de si el sacrificio de Marco solo había servido para comprarles un poco más de tiempo en una tumba más limpia.