Cuando Isabel muere debido a una enfermedad, su alma se transporta al mundo de la última novela que leyó: "La Duquesa Libertina". Ahora, con una segunda oportunidad, Isabel decide tomar control de su destino y cambiar el curso de la historia. Pero lo que no esperaba era que sus padres la obligaran a casarse con un duque sanguinario, misterioso y posesivo. Sin embargo, ella tratará de hacer la suya y no molestarlo, pero él desea otra cosa...
¿Podrá Isabel equilibrar su deseo de libertad con la pasión que la consume?
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Capítulo 5 maratón (1/4)
El sol estaba comenzando a salir, ya se podían distinguir mejor los caminos y sus rostros.
A lo lejos se escucharon varios gritos masculinos.
—¡Isabel! – gritaban todos.
A ella se le comenzaron a erizar los vellos del cuerpo, estaba totalmente aterrada, si la encontraban la iban a casar con ese hombre y le darían un nuevo castigo por huir.
—Creo que te buscan – comentó con ironía y una sonrisa ladeada.
—Por favor, retírese – pidió ella suplicante, no deseaba también verse envuelta en un escándalo y darles motivo para más castigos.
Él notó el terror de ella, pero lo atribuía a la huida de la casa simplemente, no imaginaba todo lo que con eso acarreaba.
—No quiero – respondió él sonriendo – quiero presentarme.
—Por favor, se lo suplico – repitió ella entre dientes, se estaba conteniendo para no echarlo a patadas.
—¿Por qué? – preguntó bromeando él – ¿Acaso no quiere que su prometido la vea conmigo?.
A ella se le subió la sangre a la cabeza de tanta ira, no lo podía creer, ese chico era insoportable.
—¡No, mi maldito prometido no está ahí! – exclamó ella furiosa ya sin contenerse en absoluto – ¡mi maldito prometido, el conde Chatham está en su maldito hogar, con sus malditas concubinas! – ya no se contenía y hasta levantaba la voz – ¡Así que, ya váyase que no quiero más problemas!.
Y así comenzó a empujarlo para que se fuera, ya estaba cansada.
Él estaba impactado, sabía quién era el hombre, todos sabían quién era y las cosas desagradables que hacía, no podía creer que sus padres la fueran a casar con alguien así, que encima triplicaba su edad.
Sin decir una palabra más y totalmente serio se fue de allí.
Isabel se escondió detrás de un gran árbol, ya estaban cerca.
—Isabel, sé que estás cerca – exclamo el marques fuertemente mirando alrededor – sal de donde quiera que estés…
Ella estaba aterrada, trataba de contener el aliento para no ser escuchada.
—¿Acaso piensas abandonar a tu querida Eliza y a su pequeño bebe? – dijo de pronto el marqués con voz insinuante, alertando a la azabache – sería terrible si algo malo les sucediera, ¿no? – rio de forma cínica, erizando el vello de todos los allí presentes.
A Isabel se le detuvo el mundo, él no sería capaz, ¿o sí?, eran su mujer e hijo después de todo.
-¡¿Crees que no me atreveré?! – grito, como si le estuviera leyendo los pensamientos – oh Isabel, solo ponme a prueba, y tu castigo tendrán que pagarlo ellos dos.
—Eso no será necesario – dijo de pronto Isabel con voz firme, saliendo de su escondite.
Una enorme sonrisa apareció en los labios del marqués, había logrado su cometido.
—Volvamos al marquesado maldita mocosa – exclamo el marqués zarandeándola del brazo con fuerza.
Isabel volvió con la cabeza en alto, pese a que sabía lo que le pasaría al llegar.
Los guardias custodiaban a la azabache a cada minuto, Isabel logro distinguir unas abrasiones en la mejilla del capitán.
Cuando salieron del bosque se llevaron rápidamente a Isabel al interior del marquesado, pues debían prepararla para la boda con el conde.
Sin embargo, ninguno se percató de otra presencia en el bosque, la cual había escuchado y visto absolutamente todo. Cedric observo la escena oculto entre los matorrales, ahora entendía la necesidad de huir de la joven y porque lo había enfrentado de ese modo.
Al llegar, bañaron a Isabel con agua helada. No podían golpearla o dejar marcas en lugares visibles, ya que pronto sería la boda. Así que en su lugar, la castigaron de otras maneras.
—¡Observa! – gritaba la concubina Clara sujetando su mandíbula con fuerza, obligándola a presenciar una horrenda escena.
Habían llegado a la conclusión de que Isabel no podría haber huido a menos de que alguien la hubiera ayudado. Haciendo que esas personas recibieran el castigo, mientras ella observaba todo.
—Ya basta, por favor – sollozaba Isabel viendo como el capitán recibía un par de latigazos por parte del marqués.
Ella trató de ir y detener todo eso, ella misma lo recibiría, pero la tenían bien sujeta.
—No se preocupe señorita Isabel – hablo con voz serena el capitán, pese a lo que le estaban por hacer – cierre los ojos, o mire las nubes en el cielo, dígame que formas encuentra en ellas.
-No… - murmuro ella, tragándose las lágrimas – al menos lo acompañaré en esto – declaro ella firme, sacándole una sonrisa al capitán.
—Se lo agradezco señorita – agradecio el.
Justo cuando estaban por darle los primeros latigazos, llego corriendo un guardia.
—Nos atacan – informo pálido.
—Suelten al capitán, luego continuaremos esto – aseguro de forma despectiva.
Isabel suspiró aliviada, pero solo se había salvado de momento.
El ataque no duro prácticamente nada, no hubo ningún herido ni bajas, solo una persona estaba desaparecida, el capitán.
—Marqués, yo vi como un grupo de cinco hombres aprensaban al capitán – informo un guardia nervioso.
—Informen a su familia, ya debe estar muerto – declaro totalmente indiferente el marqués.
—¿Y si piden rescate? – pregunto Vincent saliendo de su escondite.
—Yo no pienso pagar un solo chelín por un simple guardia – afirmo riendo el marqués, dando el asunto por terminado.
Isabel lloró por el querido capitán, realmente esperaba que estuviera bien.
Más tarde le informan que la boda se daría en unas pocas horas, llevándose a cabo en el condado de Chatham.
—Tranquila mi niña, ya veré como hago para sacarte de esta – la trataba de tranquilizar la concubina Eliza.
-No te preocupes por mí – respondió sonriendo Isabel – ahora tienes un bebe que cuidar y que necesitara de ti, Theodore es muy pequeño aún, y no sabe que debe cuidarse de aquellas personas que se supone que lo deben proteger, por favor solo cuida de nuestro Theo – pidió ella conteniendo sus lágrimas, Theo había sido una fuente de luz para ellas dos, y ahora con sus seis añitos estaba tremendo, muy curioso por la vida y todo aquello que lo rodeaba, siempre tratando de proteger a su mamita o hermanita, o de consolarlas cuando las veía tristes.
Sería muy duro todo sin el pequeño Theo.
Ambas mujeres se abrazaron fuertemente en señal de despedida cuando una sirvienta entro nerviosa al cuarto, interrumpiéndolas.
-¿Qué sucede? – pregunto Eliza preocupada.