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REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

Status: Terminada
Genre:Venganza de la protagonista / Reencarnación / Grandes Curvas / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:52.9k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Morir traicionado fue lo de menos.

Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.

Pero la muerte no fue el final.

Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.

Error.

Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.

Y Vincent no sabe ser víctima.

Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.

Pero ellos no entienden algo.

La chica que compraron ya no existe.

Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.

Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.

Va a

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 9: El novio que no debería existir.

El salón era exactamente lo que Vincent esperaba de una boda organizada por un mafioso: discreto, caro y con la cantidad justa de gente para que pareciera un evento social y no una transacción comercial. Un hotel privado en el centro de Manhattan, una sala con techos altos y ventanales que daban a un jardín interior, sillas de terciopelo gris dispuestas en filas cortas, flores blancas por todas partes y un notario detrás de una mesa con los documentos listos como un cajero esperando al siguiente cliente.

Los invitados eran pocos. Del lado de los Mendoza estaba el padre con su mejor traje y su mejor cara de hombre respetable, Patricia a su lado con un vestido verde que gritaba "mírenme más que a la novia" y Valentina en la segunda fila, rubia, perfecta, con un vestido ajustado que dejaba claro que ella era la hija bonita de la familia y que la gorda del vestido blanco era un error de la genética que estaban vendiendo al mejor postor. Del lado del novio había media docena de hombres de traje oscuro con la postura rígida de gente que trabaja para alguien a quien no conviene decepcionar, y ni una sola persona que pareciera familia o amigo.

Vincent entró al salón caminando despacio, no por elegancia sino porque los tacones seguían siendo un territorio hostil y lo último que necesitaba era caerse de bruces frente a la gente que la había tratado como basura toda su vida. Pero caminó derecha, con la barbilla arriba y los hombros atrás, y cuando cruzó la puerta algo cambió en la sala.

Patricia la vio primero. La sonrisa se le congeló a medio camino entre la cortesía falsa y la sorpresa genuina, quedándose en una mueca extraña que no era ni una cosa ni la otra. Valentina, que estaba mirando su teléfono con el aburrimiento de quien asiste a un funeral ajeno, levantó la vista y la mueca que le cruzó la cara fue mucho menos sutil que la de su madre: los ojos se le abrieron, la mandíbula se le aflojó medio centímetro y algo oscuro y retorcido le cruzó la mirada, algo que se parecía a la envidia pero que era más profundo y más sucio que eso.

Sorpresa, arpías. La gorda limpia bien.

Vincent llegó al frente del salón y se paró junto a la mesa del notario, en el lugar que le indicaron con un gesto. El espacio a su izquierda estaba vacío. El novio no había llegado.

Pasaron diez minutos. Veinte. Media hora.

El padre de Emilia empezó a ajustarse la corbata cada treinta segundos, que era su tic nervioso favorito. Patricia cruzó y descruzó las piernas cuatro veces. Los hombres de traje del lado del novio no se movieron ni un milímetro, como si estuvieran acostumbrados a esperar y como si la espera fuera parte del protocolo.

A los cuarenta minutos, Valentina se inclinó hacia su madre y le susurró algo que Vincent, con el oído afinado de alguien que llevaba décadas escuchando conversaciones que no debía escuchar, alcanzó a captar: "¿Y si no viene? ¿Y si se arrepintió?"

Patricia le clavó las uñas en el brazo y le respondió con un siseo que cortaba como vidrio: "Cállate."

A los cincuenta minutos el murmullo era general. Los hombres de traje intercambiaban miradas. El notario revisaba su reloj. El padre de Emilia tenía la cara de un hombre que ve cómo su negocio perfecto se desmorona en tiempo real y no puede hacer nada para evitarlo.

Vincent, curiosamente, era la persona más tranquila del salón. Había esperado horas en almacenes oscuros para interceptar cargamentos, había esperado noches enteras en callejones para cobrar deudas. Esperar era una habilidad, y él la dominaba.

Si no viene, me devuelven al sótano. Si viene, me caso con un desconocido. Las dos opciones son una mierda, así que da igual cuánto tarde.

Una hora y tres minutos después de la hora pactada, la puerta del salón se abrió.

El silencio fue instantáneo. No gradual, no progresivo. Instantáneo. Como si alguien hubiera apretado un botón que desconectara todas las bocas de la sala al mismo tiempo. Los hombres de traje se pusieron de pie con una sincronización que habría impresionado a un pelotón militar. El padre de Emilia dejó de tocarse la corbata. Patricia dejó de respirar. Valentina dejó caer el teléfono en su regazo.

Vincent se giró para mirar.

Y el mundo dejó de tener sentido.

El hombre que cruzó la puerta era alto, de hombros anchos, con un traje negro que le sentaba como si hubiera nacido con él puesto. Pelo oscuro peinado hacia atrás, mandíbula cuadrada, nariz recta, ojos de un color que Vincent no pudo identificar desde lejos pero que eran claros, penetrantes, del tipo de ojos que te miran y te dan la sensación de que están leyendo algo que tú no sabías que estaba escrito.

No tenía ni una sola cicatriz.

Ni una. La cara era limpia, angular, con la simetría fría de alguien a quien la genética trató con una generosidad obscena. No era guapo de la manera amable en que algunos hombres son guapos, sino de la manera peligrosa, de la manera que te hacía entender por qué la gente le tenía miedo incluso antes de saber quién era, porque había algo en la forma en que se movía, en la forma en que ocupaba el espacio, que decía sin palabras que este hombre estaba acostumbrado a que el mundo se apartara cuando él caminaba.

Pero nada de eso fue lo que dejó a Vincent mudo.

Lo que lo dejó mudo, lo que le heló la sangre y le paró el corazón durante tres latidos que se sintieron como tres años, fue la cara. Esa cara. Esa mandíbula. Esa nariz. Esa forma de caminar con los hombros ligeramente adelante y las manos a los costados como si estuviera listo para pelear o para dar una orden, daba igual cuál.

Era él.

Era Vincent Moretti a los treinta años, como si alguien le hubiera sacado una fotografía en 1924 y la hubiera usado para fabricar a este hombre en un laboratorio del siglo XXI.

La misma estructura ósea. La misma mandíbula que Vincent se tocaba cada mañana cuando se afeitaba en su departamento del Lower East Side. La misma forma de entrecerrar los ojos al entrar en una habitación nueva, escaneando las esquinas, contando las salidas, midiendo a cada persona. Hasta la cicatriz que no estaba era un eco: donde Vincent tenía la marca en la ceja izquierda, este hombre tenía una línea casi imperceptible, como si la vida le hubiera pasado cerca pero no lo suficiente para marcarlo.

Qué demonios.

Qué demonios.

El hombre caminó por el pasillo central del salón sin mirar a nadie, con la indiferencia de alguien que entra en una habitación que ya le pertenece. Llegó al frente, se paró al lado de Vincent, y por primera vez lo miró.

Fue un vistazo rápido, de menos de dos segundos, de arriba abajo y de vuelta. No hubo interés, no hubo desprecio, no hubo nada que se pareciera a una emoción reconocible. Fue el vistazo de un hombre que verifica que el paquete llegó y pasa al siguiente punto de la agenda.

—Acabemos con esto —dijo.

Y la voz. La maldita voz. Grave, seca, con esa cadencia cortante de alguien que no pierde el tiempo en palabras que no necesita. La misma voz que Vincent escuchó durante treinta y cuatro años saliendo de su propia garganta, ahora saliendo de la garganta de un desconocido que estaba parado a su lado en un salón de bodas en el siglo XXI.

Esto es una broma. El infierno me está jugando una broma. Morí, reencarné en una mujer gorda, y ahora me voy a casar con mi propio clon. ¿Qué sigue? ¿Tommy Gallagher trabajando de barista en la esquina?

El notario, que claramente tenía instrucciones de ser breve, no perdió el tiempo con discursos sobre el amor ni sobre la unión sagrada. Leyó los artículos legales con la velocidad de un subastador, presentó los documentos, señaló dónde firmar. Antonov firmó sin leer, con una letra agresiva que atravesaba el papel como si la pluma fuera un arma. Vincent firmó después, con la letra redonda de Emilia, y mientras lo hacía sintió la ironía aplastante de estar firmando su segundo matrimonio en menos de un mes, esta vez con un hombre que era su reflejo en un espejo distorsionado.

Legalmente, Emilia Mendoza era ahora la esposa del hombre más rico y más temido del país.

Vincent seguía esperando despertar.

La ceremonia terminó en menos de quince minutos. No hubo beso. No hubo brindis. No hubo música ni aplausos ni nada que se pareciera a una celebración. Antonov firmó, se levantó, le dijo algo al oído a uno de sus hombres y caminó hacia la puerta con la misma indiferencia con la que había entrado. En la puerta se detuvo medio segundo, giró la cabeza hacia Vincent, y dijo:

—El auto te espera afuera. No tardes.

Y se fue.

Vincent se quedó de pie junto a la mesa del notario con el acta firmada y la cabeza llena de preguntas que no tenían respuesta, mientras a sus espaldas la familia Mendoza procesaba lo que acababa de pasar.

El padre sonreía. No la sonrisa nerviosa de la última semana, sino la sonrisa amplia y satisfecha de un hombre que acaba de cerrar el mejor negocio de su vida. Se acercó a Patricia, le puso la mano en la cintura y le dijo algo al oído que la hizo sonreír también, con esa complicidad de los socios que cuentan las ganancias después de una estafa exitosa.

Valentina no sonreía.

Valentina estaba clavada en su silla con los ojos fijos en la puerta por donde había salido Antonov y una expresión que Vincent reconoció porque la había visto en las caras de cientos de personas a lo largo de su vida: codicia. Codicia pura, sin filtro, sin disimulo, del tipo que te nubla el juicio y te hace cometer errores fatales.

—Mamá —siseó Valentina, inclinándose hacia Patricia con la voz temblorosa de rabia contenida—. Ese hombre no tiene ninguna cicatriz. Es guapo. Es joven. Es millonario. Y se lo dieron a ella. A la gorda. Debería haber sido yo. Yo debería ser la esposa.

Patricia le agarró la mano con fuerza y le clavó las uñas hasta que Valentina hizo una mueca de dolor.

—Cierra la boca —dijo Patricia con una sonrisa congelada que no llegaba a los ojos porque los ojos estaban ocupados escaneando la sala para asegurarse de que nadie las escuchaba—. ¿Sabes quién es la familia Antonov? ¿Tienes idea de lo que le hacen a la gente que se mete en sus asuntos? La familia entera lleva años en guerra por la herencia, y el abuelo no le suelta las empresas al nieto hasta que se case. Por eso nos compró a Emilia, no por amor sino por un requisito legal. ¿Y tú quieres meterte en medio de eso? ¿Quieres morir joven, Valentina?

Valentina se calló. Pero no porque entendiera, sino porque estaba pensando, y cuando Valentina pensaba el resultado nunca era bueno para nadie.

—Además —continuó Patricia bajando la voz hasta convertirla en un susurro que cortaba como una navaja—, la gorda no va a durar. Un mes, dos como mucho. Ese mundo la va a masticar y escupir, y cuando eso pase nosotras vamos a estar ahí para recoger los pedazos. Incluyendo la herencia que le dejó su madre y que la idiota todavía no sabe que existe.

Valentina miró a su madre con ojos calculadores que eran una copia exacta de los de Patricia, la misma frialdad, la misma ambición, el mismo desprecio envuelto en una cara bonita.

—Está bien —dijo—. Pero si la gorda no dura, yo quiero al marido.

—Valentina...

—Lo voy a tener, mamá. Mírala a ella y mírame a mí. No hay competencia. Solo necesito tiempo.

Patricia la miró con una mezcla de orgullo y preocupación que solo una madre como ella podía sentir: orgullosa de la ambición de su hija y preocupada de que esa ambición la llevara a un lugar del que no pudiera salir.

—Tiempo —repitió Patricia—. Está bien. Pero con cuidado. Esa familia es de temer.

Valentina sonrió con la sonrisa que heredó de su madre, la que parecía dulce hasta que mirabas bien y veías los dientes.

—Yo también, mamá. Yo también.

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MarlingJCF
Oh si estaba vivo /Gosh//Gosh//Gosh/
MarlingJCF
Joda!!!! ya lo dijo! ☺️
MarlingJCF
Ja!, 🤣🤣🤣
MarlingJCF
Viejo buitre desgraciado /Smug/
MarlingJCF
Esta es la mejor opcion!, usa esa inteligencia tuya
Sabri Nahir Zapata Zini
Súper súper recomendable historia!! La ame
Sabri Nahir Zapata Zini
Aplausos 👏🏽 autora !!! Estuvo fascinante la historia!!! Gracias 😍
MarlingJCF
Tengo dos teorias:

Alguien se esta haciendo pasar por el muerto.

El viejo Reencarno!
MarlingJCF
Hasta yo estaria en shock🤭🤭🤭
MarlingJCF
Mielga esto se puso de locos! osea que te casaste con tu bisnieto! ay Vicent no te enamores😂😂😂
pequeña sole
Fascinante, esta historia, me ha encantado de principio a fin... Me he enamorado de su protagonista y el "no te amo"... gracias por escribir esta bella historia...
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
Miel ga! osea que te vas a casar con tu Doppelgänger!🤭
MarlingJCF
Para que respete! 😂
MarlingJCF
clm! 🤣🤣🤣🤣
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
La pesadilla de toda mujer! La menstruacion🤭🤭
MarlingJCF
Sal de ese Cuerpo Cassidy!🤭🤭
MarlingJCF
"Confiar es bueno, pero No confiar es mejor".
MarlingJCF
Me encanta este tipo de Reencarnação sirmpre son muy interesantes y divertidas.
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