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Mi Amor Verdadero

Mi Amor Verdadero

Status: En proceso
Genre:Amor eterno
Popularitas:846
Nilai: 5
nombre de autor: Estefany Zárraga

A sus 23 años, Alejandro Rodríguez es la personificación del poder sin límites. Frío, implacable y dotado de una mente calculadora que convierte la ambición en destino, no hay negocio ni objetivo personal que se le resista. Él lo tiene todo, excepto lo único que el dinero no puede comprar: el sentimiento. desde la muerte de su hermano por culpa de una mujer lo ha convencido de que el amor es debilidad, condenándolo a vivir en una opulenta soledad, un rey en un trono sin corazón.
Con 21 años, Azul Estrella Luna García ha vivido toda su vida con doloroso pasado el maltrato que vivió con su madre y el abandono de su padre y abandonada en una un orfanato a los cuatro años a forzado su vida con impulso graduándose de diseño gráfico y administración de empresas
¿Podrá Alejandro derribar su muro del cinismo y volver a creer en el amor Azul dejara sus miedos para darle una oportunidad a la felicidad

NovelToon tiene autorización de Estefany Zárraga para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8: El Espejo de la Sangre

La gala anual era el evento más exclusivo de la ciudad. El salón principal del hotel Grand Diamond estaba decorado con orquídeas blancas y cristales que refractaban la luz de mil velas. Alejandro, vestido con un esmoquin negro que resaltaba su figura imponente y su aire de autoridad absoluta, se movía entre los invitados como un depredador en su territorio. Sin embargo, su mirada no buscaba inversores; buscaba a Azul.

Cuando ella apareció, el murmullo de la sala se detuvo por un segundo. Azul llevaba un vestido de seda azul profundo que contrastaba con su piel pálida. Sus ojos, esa mezcla de melancolía y fuego, brillaban bajo las lámparas de araña. A pesar de su elegancia, se sentía como una extraña en un mundo de máscaras.

El hombre de los ojos tristes

En el otro extremo del salón, Ricardo García sostenía una copa de cristal con manos que apenas podía mantener firmes. A sus 50 años, Ricardo era un hombre apuesto, pero marcado por una tristeza que el éxito en los negocios no había podido borrar. A su lado, su esposa Elena lo observaba con preocupación.

—Ricardo, disfruta de la noche. Hemos venido a apoyar la causa —le susurró Elena.

—Lo intento, Elena. Pero cada vez que veo a una joven de su edad, me pregunto si estará pasando frío, si habrá comido... si me odia —respondió Ricardo, con la voz rota.

Él nunca había dejado de buscarla. Recordaba con una claridad dolorosa el día que la madre de Azul, en un acto de venganza ciega, se la llevó mientras él trabajaba, desapareciendo sin dejar rastro tras una red de mentiras y documentos falsos que lo señalaban como un hombre peligroso. Le tomó una década limpiar su nombre y otra encontrar una pista real.

Una familia que anhela

Cerca de él, sus cuatro hijos conversaban en voz baja. Jaen, el mayor de 25 años, vigilaba a sus hermanos con instinto protector. Steven, de 23, compartía la misma edad de Alejandro pero con una calidez humana que el magnate desconocía. Sofía, de 20, y Alex, de 21 —quien sentía una conexión casi mística con esa hermana que nunca conoció—, observaban la gala con curiosidad.

Lo más impactante de los cuatro era el rasgo que compartían con su padre y con la niña perdida: todos tenían unos ojos de un azul intenso y cristalino, el sello genético de los García.

—Papá no va a estar tranquilo hasta encontrar a Azul —dijo Alex—. Siento que está cerca. Lo presiento.

El encuentro inevitable

Alejandro se acercó a Azul, quien parecía abrumada por la opulencia.

—Estás captando toda la atención, García. Eso es peligroso en este nido de víboras —dijo Alejandro, tratando de ocultar lo mucho que le afectaba verla tan hermosa.

—No me interesa la atención, señor Rodríguez. Solo quiero que esta noche termine —respondió ella, desviando la mirada hacia la multitud.

Fue entonces cuando sus ojos se cruzaron con los de un hombre mayor al otro lado de la pista de baile. Azul sintió un vuelco en el corazón. Era una sensación física, un tirón en el pecho que la dejó sin aliento. Ricardo, al ver a la joven junto a Alejandro, soltó su copa. El cristal se hizo añicos contra el suelo, pero nadie pareció notarlo ante el drama silencioso que se gestaba.

Ricardo caminó hacia ella, ignorando los protocolos, ignorando la mirada gélida de Alejandro que se interponía en su camino.

—¿Azul? —la voz de Ricardo fue un susurro que atravesó el ruido de la orquesta.

Azul retrocedió un paso, chocando contra el pecho de Alejandro.

—¿Quién es usted? —preguntó ella, aunque una parte de su alma ya sabía la respuesta.

—Soy tu padre, Estrellita —dijo Ricardo, y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas—. Te he buscado por diecisiete años. Nunca te abandoné. Tu madre... ella creó una mentira perfecta para separarnos. Me quitó todo rastro de ti. Pasé años en juzgados, contratando investigadores, recorriendo orfanatos...

Ricardo sacó de su bolsillo interior una pequeña fotografía amarillenta. Era Azul a los tres años, dibujando estrellas en la arena con él.

El muro del perdón

Azul miró la foto y luego miró a los cuatro jóvenes que se acercaban detrás de Ricardo. Todos tenían sus mismos ojos. Todos la miraban con una mezcla de amor y esperanza que ella no sabía cómo procesar.

—Ella me dijo que te fuiste porque no me querías —dijo Azul, con la voz cargada de un veneno que se había fermentado durante años de maltrato y soledad—. Me dejó en un orfanato a los cuatro años. Pasé hambre, pasé frío, pasé miedo. ¿Dónde estaba usted mientras yo era golpeada y humillada?

—No sabía dónde estabas, mi vida. Ella cambió tu nombre, te escondió... —suplicó Ricardo, tratando de acercarse.

—¡No me toque! —gritó Azul, causando que toda la gala se sumergiera en un silencio sepulcral—. Un padre mueve el cielo y la tierra si realmente ama a su hija. Usted tiene una familia perfecta, una esposa, cuatro hijos... —señaló a los hermanos que la miraban con dolor—. Usted rehízo su vida mientras yo me convertía en nada. No importa la razón. El resultado es el mismo: me dejó sola en el infierno.

Alejandro, por primera vez, no supo qué hacer. Su mente calculadora no podía resolver este conflicto. Veía en Ricardo a un hombre que realmente parecía haber sufrido, pero veía en Azul a la mujer que él empezaba a amar, destrozada por una verdad que llegó demasiado tarde.

—Azul, por favor... —dijo Alex, su hermano de 21 años, dando un paso adelante—. Solo queremos conocerte. Te hemos amado siempre, aunque solo fueras un nombre en las historias de papá.

—Ustedes no son nada mío —sentenció Azul, con los ojos secos y el corazón endurecido—. El perdón es para los que creen en los finales felices. Yo solo creo en los resultados. Y el resultado es que yo no tengo padre.

Azul se dio la vuelta y salió corriendo del salón, dejando atrás una gala en ruinas y a una familia con el corazón roto. Alejandro la siguió, dejando a Ricardo García desplomado en los brazos de sus hijos, llorando por la hija que finalmente había encontrado, solo para descubrir que la había perdido para siempre en el abismo de su propio dolor.

El silencio en el salón era sepulcral. Cientos de personas de la alta sociedad observaban el colapso de una de las familias más respetadas, pero para Azul, el mundo se había reducido a ese hombre que lloraba frente a ella.

Ricardo intentó dar un paso, estirando una mano temblorosa hacia el rostro de su hija.

—Míralos, Azul... —sollozó Ricardo, señalando a sus cuatro hijos que se agrupaban tras él—. Jaen, Steven, Sofía y Alex. Todos tienen tus rasgos. Todos te han esperado. Mírales los ojos, hija... son el sello de nuestra familia. Son azules, como el cielo, como tu nombre.

Azul soltó una carcajada seca, un sonido carente de toda alegría que hizo que incluso Alejandro retrocediera un milímetro. Se limpió una lágrima de rabia y se plantó frente a su padre, con la mirada encendida en un odio purificador.

La maldición de la diferencia

—¿Ojos azules? —espetó ella, con la voz quebrada por el dolor acumulado de diecisiete años—. Mírelos bien, "papá". Mírelos de cerca bajo estas luces tan caras. Sus hijos perfectos tienen los ojos azules. Su esposa tiene una mirada llena de luz. Pero yo...

Azul se acercó tanto a Ricardo que él pudo ver el reflejo de su propia culpa en las pupilas de ella.

—Yo los tengo verdes. Verdes como la bilis, verdes como el veneno que mi madre me obligó a tragar cada día mientras me decía que tú me habías desechado. Esta es mi maldición por haber nacido así, distinta a tu "familia de catálogo". Quizás por eso fue tan fácil para ti olvidarme. Porque no encajaba en tu cuadro de cristal.

Ricardo negó con la cabeza, el alma rota.

—No, Azul... el color no importa, tú eres mi sangre...

—¡Mentira! —gritó ella, y el eco retumbó en las paredes de mármol—. Me abandonaste porque nací con un corazón que no sirve, un corazón que solo sabe romperse. A ellos sí los amas. A ellos los cuidaste, los alimentaste, les diste un apellido y un hogar. A mí me dejaste en manos de una mujer que me odiaba porque le recordaba a ti. ¿Sabes lo que es dormir en un suelo de cemento mientras escuchas a otros niños ser adoptados?

La sentencia final

Azul miró a sus hermanos: Jaen, Steven, Sofía y el joven Alex de 21 años. Los cuatro la observaban con una compasión que ella despreciaba. Eran el vivo retrato de lo que su vida pudo ser y no fue.

—A mí nunca me amaste —sentenció Azul, clavando cada palabra como un clavo en un ataúd—. Si me hubieras amado, habrías quemado el mundo hasta encontrarme. Pero preferiste fabricar otra familia para llenar el hueco. Quédate con tus hijos de ojos azules. Quédate con tu vida perfecta. Para mí, tú estás más muerto que el hermano de Alejandro.

Ricardo se desplomó de rodillas, cubriéndose la cara con las manos, emitiendo un gemido de animal herido. Sus hijos lo rodearon de inmediato, formando un escudo de amor que Azul nunca conoció.

—Nunca te voy a perdonar —susurró Azul, tan cerca de su oído que el frío de sus palabras pareció helarle la sangre—. Ni en esta vida, ni en la que sigue.

Azul se giró bruscamente. Alejandro, que había permanecido en las sombras observando cómo la mujer que creía conocer se transformaba en un huracán de dolor, extendió la mano para detenerla, pero ella lo esquivó.

—No me toques tú tampoco, Alejandro —le dijo, con los ojos verdes empañados en una frialdad absoluta—. Tú y él son iguales. Reyes que solo saben reinar sobre ruinas.

Azul salió corriendo de la gala, dejando tras de sí el rastro de un vestido de seda y una familia destrozada. En el centro del salón, Alejandro Rodríguez se quedó de pie, mirando a Ricardo García llorar en el suelo. Por primera vez en su vida, el magnate implacable sintió un miedo genuino: el miedo de que el odio de Azul fuera tan grande que ni siquiera el amor más puro pudiera volver a encender la luz en esos ojos verdes.

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𝐄𝐜𝐥𝐢𝐩𝐬𝐞 𝐋𝐮𝐧𝐚𝐫
que les parece la novela les gusta poco a poco voy a ir subiendo los capítulos
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