Ella es una esclava del Reino, obligada a entregarle su cuerpo a los guardias reales y Samuráis Buscará ascender En la alta sociedad sin importarle nada
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Capitulo 23
En la mañana siguiente, la luz entraba suave por la ventana de la habitación de Ren.
Él despertó lentamente, sintiendo un peso cálido sobre su pecho. Bajó la vista.
Ai.
Dormía profundamente, acurrucada contra él, con el rostro relajado y el fénix dorado brillando en su cabello. Por primera vez desde que la conocía, no tenía esa tensión en la mandíbula, esa alerta permanente en los ojos.
Parecía en paz.
Ren sonrió. Levantó la mano con cuidado y acarició su mejilla. La piel suave, el calor de su cuerpo, la respiración tranquila.
Se inclinó y la besó en la frente.
Ella se movió ligeramente, pero no despertó.
Ren se quedó un momento más, disfrutando ese instante de silencio. Luego, con cuidado para no despertarla, se levantó.
Una sierva llamó a la puerta.
—Señor —dijo en voz baja—. Una carta urgente. De parte de la concubina Tomie.
Ren frunció el ceño. Tomó el papel y lo leyó.
"Es urgente. Necesito verte. El lugar de siempre."
Leyó una vez. Dos veces. Tres.
Pensó en Ai, durmiendo en su futón. Pensó en Tomie, con sus promesas vacías. Pensó en todo lo que había cambiado.
Suspiró. Vistió rápido y salió.
Llegó al lugar de encuentro. Un jardín apartado, escondido entre muros, donde solían verse a escondidas.
Ella estaba ahí. Tan hermosa como siempre. Tan falsa como siempre.
—¡Mi amor! —exclamó al verlo, y se lanzó a sus brazos—. Te amo tanto.
Lo besó con pasión. Ren se dejó besar, pero no respondió.
—Ayúdame, mi amor —dijo ella, apoyando la cabeza en su pecho—. Esa puta de quinta me quiere robar al emperador. Todo esto es un caos. Ayer él hizo un escándalo porque ella se fue. ¡Un escándalo, Ren! Por una sirvienta.
Ren la miró.
—Pero... —dijo lentamente—. Dijiste que nosotros nos iríamos. Que seríamos una familia. Si el emperador se enamora de ella, ¿no es lo mejor que nos puede pasar? Así podemos huir.
Tomie parpadeó.
—¿Qué demonios dices? —su voz se elevó, alterada. Luego se controló. Se obligó a sonreír—. Claro, cariño. Pero aún no. Necesito tiempo para organizar nuestra fuga.
Se acercó más.
—Mientras tanto —susurró—, necesito que te deshagas de ella. Por favor. ¿Podrías? Si ella lo abraza, si, ella lo besa... ¿puedes, mi amor?
Ren la miró fijamente.
—No.
—¿Cómo que no? —Tomie dio un paso atrás—. Amor, por favor. Ella me perjudica.
—Lo sé —dijo Ren, con una calma que helaba—. Pero la dama me cae muy bien.
El silencio cayó como un hachazo.
—¡Imbécil! —Tomie estaba pálida—. Eres un maldito inútil.
Le dio una bofetada. La mano le ardió, pero él ni se inmutó.
—¿Acaso te follaste a esa puta? —gritó ella, fuera de sí.
Ren sonrió.
—Sí —dijo, con una tranquilidad insultante—. Una vez me la follé. Y debo admitir que folla mucho mejor que tú, Tomie. Y eso que ese es tu trabajo: follar.
La cara de Tomie se desencajó.
—¿Cómo te atreves? —susurró, temblando de rabia.
Ren se encogió de hombros.
—Te lo dije. Me cae bien. Y a diferencia de ti, ella no miente. No promete fugas que nunca van a pasar. No dice "te amo" a todos sus amantes para hacer crecer su ego,
Tomie abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
—Búscate a otro para matar a Ai —dijo Ren, dándose la vuelta—. Yo paso.
Y se fue.
Dejándola sola, temblando, con el odio ardiéndole en las venas.
Cuando Ren volvió a sus aposentos, la habitación estaba vacía.
El futón aún conservaba la marca de su cuerpo. El olor de ella aún flotaba en el aire. Pero Ai no estaba.
Revisó rápidamente. Sus cosas habían desaparecido. Las pocas que tenía.
No, pensó. No. No otra vez.
Salió corriendo.
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Ai caminaba rápido por los pasillos del palacio, con el hatillo de sus pertenencias apretado contra el pecho. El fénix dorado brillaba en su cabello, testigo de su huida.
Iba a salir. Iba a llegar al yuukaku. Iba a esconderse donde todo empezó, donde quizás el emperador no la buscara.
—¡Ai!
La voz la heló.
Akino.
Estaba ahí, apareciendo de entre las sombras, con los ojos desorbitados y esa obsesión enfermiza que siempre lo caracterizó.
—Déjame —dijo Ai, sin detenerse—. No tengo tiempo.
—¡Detente, mi amor! —Akino la alcanzó, agarrándole el brazo—. Hablemos, por favor. Te lo ruego.
—¡Que me sueltes! —gritó ella, forcejeando.
—¡Ai!
Otra voz.
Más poderosa. Más aterradora.
El emperador.
Estaba al final del pasillo, mirándola fijamente. Solo él. Sin séquito. Sin guardias. Solo su presencia imponente.
Akino se arrojó al suelo al instante, haciendo una reverencia profunda, temblando.
Pero Ai no se detuvo.
Se soltó. Miró al frente. Vio la puerta. Vio a Soka, el guardia joven, en su puesto.
—¡Soka, abre la puerta! —gritó.
Y comenzó a correr.
—¡Detente! —la voz del emperador retumbó en el pasillo—. ¡Te lo ordeno!
Ella no obedeció.
Siguió corriendo. Sus pies golpeaban el suelo. Su corazón latía con furia. El hatillo saltaba contra su pecho.
Soka la vio. Dudó un instante. Luego, con una rapidez que sorprendió incluso a Ai, giró la llave y abrió la puerta.
Ella pasó como una exhalación.
—¡Traigan mi caballo! —ordenó el emperador, furioso—. ¡Ahora!
Salió detrás de ella. Montó. Galopó. Buscó entre la multitud del mercado, entre las calles estrechas, entre la gente que se apartaba a su paso.
Pero no la encontró.
Ai se había escondido entre la gente. Se había mezclado con las campesinas, con las vendedoras, con las mujeres anónimas que poblaban las calles.
Desapareció.
—¡Maldita sea! —gritó el emperador, golpeando el aire con el puño.
Y ella, desde algún lugar entre la multitud, lo vio. Furioso. Impotente. Buscándola.
Sonrió.
Y siguió caminando.
De vuelta al yuukaku. De vuelta al infierno que conocía. De vuelta a donde todo empezó.
Pero esta vez, no volvía como víctima.
Volvía para esperar. Para planear. Para regresar más fuerte.
El fénix dorado brilló bajo el sol.
Y Ai desapareció entre la gente.
Y ella se llena la boca ... Mi esposo.