"Ella no tiene nada; él lo tiene todo. Pero un secreto de nueve meses cambiará las reglas del juego."
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Capítulo 21: El Sacrificio de la Verdad
POV: ELVIRA MONTECLARO
Mis dedos temblaban de una forma que nunca permití en público. El sobre amarillo pesaba más que toda mi fortuna. Frente a mí, Beatriz Alarcón me observaba con esa sonrisa de hiena, esperando un quiebre, una lágrima, una confesión de derrota.
—¿Investigaciones, Beatriz? —respondí, manteniendo mi voz tan fría como el mármol de la chimenea—. Solo estoy auditando las propiedades que Arturo dejó en el sur. No permitiré que los acreedores toquen lo que le pertenece a mi linaje.
—Me alegra oírlo, Elvira. Por un momento pensé que seguías alimentando falsas esperanzas —Beatriz se levantó, ajustándose sus guantes de piel—. La aceptación es el primer paso para la paz. Buenas noches.
En cuanto la puerta se cerró y escuché sus tacones alejarse por el pasillo de la mansión, me desplomé en mi silla. Con un cortapapeles de plata, rasgué el sobre.
Mis ojos se nublaron. Allí estaban.
La foto mostraba a una mujer de cabello largo y descuidado, vestida con ropas humildes, cargando a un bebé frente a una choza de madera. Sus ojos estaban perdidos en el mar, pero su perfil era inconfundible. Era Elena. Y a su lado, un hombre con la piel curtida por el sol y los hombros caídos, pero con la misma mandíbula de hierro de Arturo, reparaba una red de pesca.
Respiré profundo, llenando mis pulmones de un aire que por primera vez en meses no sabía a muerte. Estaban vivos. Mi hija era madre. Mi esposo estaba a su lado.
—Están vivos... —susurré, y una sola lágrima de victoria rodó por mi mejilla.
Pero entonces, el terror me golpeó. Si yo los había encontrado, Beatriz y Victoria estaban a solo un paso de distancia. El "Nido del Águila" no fue suficiente; estos monstruos los seguirían hasta el fin del mundo si sospechaban que respiraban.
Tomé las fotografías y, con un movimiento firme, las acerqué a la llama de la vela que iluminaba mi escritorio. Vi cómo el rostro de mi hija se consumía por el fuego, convirtiéndose en cenizas negras.
—Perdónenme por esto —dije al vacío—. Pero nadie más puede verlos.
Llamé a mi jefe de seguridad por la línea privada.
—Escúchame bien. Cancela todas las búsquedas en el sector norte. Retira a los hombres de Puerto Silencio inmediatamente. Borra todos los registros de los gastos de este mes.
—Pero señora, acabamos de localizarlos...
—¡Es una orden! —rugí—. Los villanos están demasiado cerca. Si yo sé dónde están, ellas lo sabrán pronto. A partir de ahora, vas a filtrar información falsa. Quiero informes "confidenciales" que digan que se avistó a una mujer con las características de Elena en la frontera con Brasil. Envía hombres allá, que hagan ruido, que se dejen ver. Creen un rastro de migajas que lleve a Beatriz al lugar equivocado.
Colgué el teléfono y miré las cenizas en el cenicero de cristal.
—Cuando esa gente esté detrás de las rejas, te buscaré, hija mía. Te buscaré, amor de mi vida. Pero por ahora, el mundo debe seguir creyendo que están muertos. Su seguridad es mi único norte.
POV: SEBASTIÁN
Entré en la oficina de mi madre, Beatriz, sin llamar. La encontré revisando unos informes de inteligencia.
—¿Alguna novedad de las búsquedas de Elvira? —pregunté, fingiendo desinterés mientras dejaba unos papeles sobre su escritorio.
—Parece que finalmente se ha rendido, Sebastián —Beatriz sonrió con suficiencia—. Ha movido a sus investigadores hacia la frontera sur. Cree que Elena cruzó a Brasil. Es patético ver cómo se aferra a fantasmas.
Sentí una punzada de duda. Conocía a Elvira; ella no era mujer de rendirse tan fácilmente. ¿Por qué desviar la búsqueda ahora? ¿O era que realmente había encontrado algo y estaba protegiéndolo?
—Brasil es un lugar grande —dije, manteniendo mi máscara de hielo—. Si están allí, nunca los encontrarán. Es mejor así. Podemos concentrarnos en la firma de los contratos de la fusión mañana.
—Exactamente, hijo. Mañana seremos dueños de todo.
Salí de la habitación y me encerré en mi auto. Saqué mi propio teléfono.
—Marcos, Elvira está moviendo sus piezas hacia el sur. Pero mi instinto me dice que es una cortina de humo. Quiero que vigiles a los hombres de Elvira, pero no a los que van a Brasil... vigila a los que ella "retiró" discretamente.
POV: ELENA (Rosa)
En Puerto Silencio, el viento sopló con fuerza, apagando la pequeña lámpara de aceite de nuestra choza. El pequeño Sebastián empezó a llorar en su cuna. Lo tomé en mis brazos y caminé hacia la ventana.
—¿Pasa algo, Rosa? —preguntó Gabriel (Arturo) desde la penumbra.
—Siento que alguien nos miraba, Gabriel. Pero ahora... ahora siento como si una manta pesada nos hubiera cubierto. Como si estuviéramos más solos que nunca.
—Es mejor así —dijo él, volviendo a su labor—. El olvido es el único lugar donde nadie puede hacernos daño.
No sabían que a kilómetros de distancia, una madre estaba sacrificando su propia paz para regalarles ese olvido. Elvira Monteclaro se sentó sola en su enorme comedor, mirando el sobre vacío.
—Tomen fotos —le había dicho a su contacto más fiel antes de que se marchara—. Cada mes, envíenme un sobre con fotos de sus vidas. No me digan dónde están, no me den coordenadas. Solo quiero verlos crecer desde las sombras mientras yo termino con esta guerra.
SUSPENSO
Beatriz Alarcón recibe un informe de sus propios espías: "Elvira Monteclaro ha quemado documentos importantes esta noche. Parece que ha encontrado una pista sólida en Brasil".
Beatriz sonríe y ordena a sus sicarios: "Vayan a la frontera. Si Elena Monteclaro respira en Brasil, asegúrense de que deje de hacerlo".
La trampa de Elvira ha funcionado, pero ahora Sebastián empieza a sospechar que el juego es mucho más profundo. Mientras tanto, en un sobre guardado en el doble fondo de un cajón, Elvira guarda la primera foto de su nieto, el niño de los ojos grises, jurando que algún día, ese niño caminará por los pasillos de la mansión Monteclaro como su legítimo heredero.