Siempre ha sentido que tiene mala suerte, y ahora renace con muchas posibilidades, intentando cambiar su destino.
* Esta novela pertenece a un mundo mágico*
* Todas las novelas son independientes**
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Ese té 2
Eveline salió de la mansión Rathborne con una determinación digna de una heroína… o de alguien que estaba muy preocupada por la posibilidad de convertirse en madre antes de tiempo.
Apenas cruzó la puerta principal, llamó a un sirviente.
—Preparen el carruaje.
—¿A dónde desea ir, señorita?
Eveline respondió sin dudar.
—Al pueblo. Directamente al mercado.
Minutos después, el carruaje avanzaba por el camino hacia el pueblo más cercano. Eveline iba sentada dentro, con los brazos cruzados y la mirada fija en la ventana.
Su mente trabajaba a toda velocidad.
—Pequeños Rathborne…
Se imaginó bebés con el cabello oscuro como el de Cassian, riendo y corriendo por los pasillos de la mansión.
Por un segundo la imagen le pareció… tierna.
Pero inmediatamente sacudió la cabeza.
—¡No!
Aún no.
Primero quería disfrutar su segunda vida.
Coquetear con Cassian.
Viajar.
Reír.
Quizás incluso meterlo en problemas un par de veces más.
Cuando el carruaje llegó al pueblo, Eveline bajó con paso decidido.
El mercado estaba lleno de gente, vendedores y pequeños puestos con frutas, telas y especias.
Pero ella tenía una misión.
—Herbolaria… herbolaria…
Preguntó a un par de comerciantes.
Finalmente una mujer señaló una pequeña tienda al final de la calle.
—El viejo Tomas vende hierbas desde hace treinta años.
Eveline caminó hacia allí.
La tienda era pequeña, con frascos de vidrio, bolsitas de hierbas secas y un fuerte aroma vegetal en el aire.
Detrás del mostrador estaba un hombre anciano, de barba blanca y ojos amables.
—Buenos días, señorita —dijo con una sonrisa.
—Buenos días.
Eveline se acercó con cierta timidez.
—Estoy buscando… un té especial.
El anciano levantó una ceja divertida.
—Vendo muchos tés especiales.
Eveline bajó la voz.
—Uno… que evita embarazos.
El anciano no pareció sorprendido en absoluto.
Solo asintió con calma.
—Ah.
Caminó hacia un estante y sacó una pequeña bolsa de hierbas.
—Este.
La dejó sobre el mostrador.
Eveline la miró como si fuera un tesoro.
—¿Ese es?
—Sí.
—¿Funciona?
El anciano sonrió con tranquilidad.
—Sí.
Eveline suspiró aliviada.
—Gracias al cielo…
Pero el anciano levantó un dedo.
—Aunque tiene algunas condiciones.
Eveline frunció el ceño.
—¿Condiciones?
—Debe beberse durante tres días seguidos.
—Eso es fácil.
—Preferiblemente por la mañana.
—Perfecto.
—Y funciona mejor si la persona tiene buena salud.
Eveline asintió rápidamente.
—Eso también está bien.
Luego hizo la pregunta que realmente le preocupaba.
—Pero… ¿de verdad funciona?
El anciano la miró con una sonrisa tranquila.
—En la mayoría de los casos.
Eveline parpadeó.
—¿La mayoría?
—Sí.
—¿Qué significa eso?
El anciano apoyó los codos en el mostrador.
—Funciona menos en personas que poseen magia.
Eveline se quedó inmóvil.
—¿Magia?
—Sí.
En Bernicia, la magia existía… aunque no era común.
Algunas familias nobles la tenían en la sangre.
Eveline tragó saliva.
—¿Y si… la persona tiene magia?
—Entonces el efecto puede ser más débil.
Eveline apretó la bolsa de hierbas con nerviosismo.
—¿Algo más que deba saber?
El anciano la observó un momento.
Luego dijo con calma..
—También tendría que tener muy mala suerte para que no funcionara.
El silencio cayó en la pequeña tienda.
Eveline lo miró.
El anciano la miró.
Y lentamente…
La expresión de Eveline cambió.
Primero sorpresa.
Luego preocupación.
Luego una resignación casi trágica.
Porque ella sabía algo que el anciano no sabía.
Eveline tenía mala suerte.
Mala suerte extraordinaria.
Cosas que solo le pasaban a ella.
Macetas que caían del cielo.
Aves que elegían solo su vestido.
Pasteles que se caían exactamente cuando eran sus favoritos.
Eveline suspiró profundamente.
—Estoy condenada…
El anciano parpadeó.
—¿Perdón?
Ella sacudió la cabeza, intentando recuperar el ánimo.
—Nada.
Pagó el té y tomó la bolsa con cuidado.
Cuando salió de la tienda, miró el pequeño paquete en sus manos.
—Por favor funciona… —murmuró.
Luego levantó la vista al cielo con expresión dramática.
—Por una vez… déjame tener suerte.
Esa noche, el carruaje del duque Cassian Rathborne llegó frente a la mansión Alderwick.
Había decidido pasar a ver a Eveline.
Desde que ella salió esa mañana con su “misión urgente”, no había dejado de pensar en su expresión de pánico.
Y, para ser completamente honesto…
Le había parecido adorable.
Cuando el carruaje se detuvo, Cassian bajó con tranquilidad. Pero apenas caminó hacia la entrada principal, algo le llamó la atención.
Las ventanas estaban iluminadas de una forma… extraña.
Demasiadas luces.
Frunció el ceño.
Cuando el mayordomo abrió la puerta, Cassian entró… y se detuvo inmediatamente.
La mansión estaba llena de flores.
Flores sobre las mesas.
Flores en los jarrones.
Flores incluso en las escaleras.
Y además…
Velas.
Muchas velas.
Demasiadas velas.
Cassian miró alrededor con desconcierto.
—¿Qué está pasando…?
Siguió caminando hacia el salón principal.
Allí encontró a Eveline Alderwick sentada tranquilamente en un sillón, bebiendo una taza de té.
El mismo té.
El famoso té.
Cassian levantó una ceja.
—Eveline.
Ella levantó la vista con calma.
—Cassian.
Él señaló la habitación.
—¿Qué está pasando aquí?
Eveline miró alrededor como si recién notara la decoración.
—Ah.
Tomó otro sorbo de té con serenidad.
—Estoy rezando.
Cassian parpadeó.
—¿Rezando?
—Sí.
Señaló las flores.
—A todos los dioses posibles.
Cassian miró otra vez las velas.
—¿A todos?
—Todos.
Luego levantó la taza.
—Para que este té funcione.
Cassian no pudo evitar reír suavemente.
—Eso es… bastante dramático.
Eveline suspiró.
—Tú no entiendes.
—Explícame.
Ella dejó la taza en la mesa.
—El herbolario dijo que funciona menos si la persona tiene magia.
Cassian asintió.
—Eso es cierto.
—Y que tendría que tener muy mala suerte para que no funcione.
Cassian ya sabía hacia dónde iba esto.
Eveline lo miró con expresión seria.
—Cassian.
—Sí.
—Tú sabes que tengo mala suerte.
El duque cruzó los brazos, divertido.
—Eso también es cierto.
Ella suspiró dramáticamente.
—Así que estoy invocando ayuda divina.
Cassian soltó una risa baja.
—Eres increíble.
Luego caminó hasta el sillón frente a ella.
Se sentó.
La miró con calma.
—¿Sabes?
Eveline levantó la mirada.
—¿Qué?
Cassian sonrió ligeramente.
—Yo quiero tener muchos hijos.
Ella lo miró horrorizada.
—¡Cassian!
Él se encogió de hombros.
—Es verdad.
Luego apoyó un brazo en el respaldo del sillón.
—Una casa grande… llena de pequeños Rathborne corriendo por los pasillos.
Eveline se cruzó de brazos.
—Eso suena agotador.
—A mí me suena perfecto.
Ella suspiró.
—Tal vez en unos años.
Cassian la observó con una sonrisa suave.
Eveline tomó otro sorbo del té.
—Además.. si este té funciona…
Cassian inclinó la cabeza.
—¿Sí?
Ella lo miró con una pequeña sonrisa traviesa.
—Podremos practicar mucho cómo hacer hijos.
Cassian se quedó en silencio un segundo.
Luego soltó una risa baja.
—Eso suena como un buen plan.
—Pero una cosa es practicar.
Ella levantó un dedo.
—Y otra muy distinta es quedar embarazada ya.
Cassian asintió lentamente.
—Entiendo.
Pero aun así, una sonrisa apareció en su rostro.
Eveline lo miró con sospecha.
—¿Por qué sonríes?
—Por nada.
—Cassian.
—Solo estoy pensando.
—¿En qué?
El duque apoyó la barbilla en su mano.
—En que…
Miró la taza de té.
Luego a Eveline.
—Quizás ya sea demasiado tarde.
Eveline se quedó pálida otra vez.
—¡Cassian!
Pero el duque no pudo evitar reír.
Porque, en el fondo…
Mientras Eveline rezaba a todos los dioses para que el té funcionara…
Cassian Rathborne tenía un pensamiento completamente distinto.
Secretamente…
Con una pequeña sonrisa llena de esperanza…
El duque pensaba..
[Ojalá ese té no funcione.]
me encanta súper bien narrada
nunca perdió el hilo narrativo
ella con su suerte y el siempre ahí al lado