En un mundo de depredadores, el hambre es más fuerte que el miedo."
En una sociedad regida por las Jerarquías de Oro, donde el aroma de un Alpha puede doblegar voluntades y los Omegas son meros accesorios de estatus, Fabiana Lagos ha decidido romper las reglas. Criada en la miseria asfixiante de "El Cinturón", Fabiana no busca amor ni redención; busca el poder que solo el dinero puede otorgar. Ella es una Omega recesiva: invisible para el radar de muchos, pero con una voluntad de hierro que compensa su biología "débil".
Su objetivo es Alessandra Volkov, conocida como la "Viuda de Hierro". Una Alpha Pura cuya sola presencia colapsa el sistema nervioso de quienes la rodean y cuyas finanzas mueven los hilos del mundo.
En este duelo de voluntades, la línea entre la ambición y la supervivencia se desdibuja.
¿Podrá Fabiana cobrar su cheque antes de que el sistema nervioso, su corazón se calcine bajo el toque de la Viuda de Hierro?
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Capítulo 22
Mientras el imperio Volkov se enfriaba bajo la disciplina de hierro de Alessandra, en las costas escondidas de la Riviera, el mundo de Fabiana se encendía con un fuego prohibido. Morgana Sterling no era solo una rival de negocios; era el diablo vestido de sastre italiano, y tenía una misión: desmantelar la lealtad de la Omega, pieza por pieza.
Se escapaban a mediodía, bajo las narices de los guardaespaldas rusos que Alessandra creía infalibles. En un restaurante privado suspendido sobre un acantilado, Morgana alimentaba a Fabiana con ostras y champán. El aire vibraba con una frecuencia distinta; allí el pecado se servía en bandejas de plata.
—Mírate, Fabiana —susurró Morgana, su voz una caricia de terciopelo—. Tienes el brillo de la libertad en los ojos, pero el miedo de los Volkov en las manos. Suéltalo. Ella no está aquí. Aquí solo estamos tú, yo y el sonido de las olas que quieren lamerte los pies.
—Tú juegas con fuego, Morgana —respondió Fabiana, dejando que la mano de la Alpha subiera por su muslo bajo la mesa de lino blanco—. Si ella se entera de que mi "jefa" me está llevando a playas vírgenes mientras ella cree que estoy en conferencias de marketing, nos va a picar en trocitos y nos va a echar a los perros.
—Que lo intente —gruñó Morgana con una sonrisa depredadora—. Yo tengo más colmillos que su jauría entera.
Tras el almuerzo de ostras y champán que dejó un rastro de salitre en sus labios, Morgana decidió que la seducción necesitaba un escenario más dinámico. Se llevaron a los guardaespaldas —esos rusos de cara de piedra— a una zona comercial de lujo, pero Morgana, con la astucia de quien conoce cada callejón de la Costa Azul, los perdió en una maniobra de distracción coordinada por sus propios hombres.
—Vamos a comprarte algo que le duela a la cuenta de los Volkov y le encante a mis ojos —sentenció Morgana.
Entraron en una boutique exclusiva donde las puertas se cerraron solo para ellas. Morgana la hizo desfilar. Cada vestido era una excusa para tocarla, para ajustar la tela sobre sus curvas de infarto.
—Este rojo te queda... criminal —dijo Morgana, atrapándola en el probador de espejos infinitos. Se pegó a su espalda, sus manos enguantadas en cuero fino apretando la cintura de Fabiana—. Pero me gusta más cómo se ve cuando cae al suelo.
La tensión en la boutique era casi insoportable. Morgana le compró joyas que valían más que la libertad de muchos, pero para Fabiana, el verdadero lujo era el poder que sentía emanar de la Alpha. Morgana no la dominaba con miedo, sino con una devoción oscura que la hacía sentir reina y esclava al mismo tiempo.
Al regresar a la suite privada, el olor a jazmín y salitre las recibió como un cómplice silencioso. No hubo palabras suaves. En cuanto la puerta cerró, Morgana la empujó contra el ventanal que daba al océano, obligándola a mirar el horizonte mientras la despojaba de su ropa con una urgencia animal.
—Dime que mis caricias te hace olvidar su nombre —ordenó Morgana, su aliento caliente contra la oreja de Fabiana.
Le arrancó la blusa de seda y sus besos húmedos bajaban por su espalda, dejando un rastro de fuego líquido. Fabiana arqueó la espalda, sus manos aferrándose al cristal frío mientras su cuerpo ardía.
—¡Ay, Morgana! ¡Tú me tienes mal de verdad, coñazo! —exclamó Fabiana, su acento ruso estallando con una fuerza pasional—. ¡Quítame este recuerdo de encima, borra a esa mujer de mi piel!
Morgana la giró con brusquedad y la tomó del mentón, obligándola a mirarla mientras le mordía el labio inferior hasta que Fabiana soltó un jadeo. La Alpha la desnudó por completo, admirando la piel blanca de la Omega bajo la luz de la tarde. El acto fue una danza de dominancia pura. Morgana la arrojó sobre las sábanas de seda negra y comenzó un castigo sensorial. Hubo nalgadas que dejaron marcas rosadas sobre sus nalgas firmes, seguidas de besos húmedos que buscaban calmar el ardor. Las estocadas de Morgana eran profundas, rítmicas, marcando un territorio que Alessandra creía poseer.
—Eres mía, Fabiana. En este cuarto, no eres una Volkov. Eres mi mujer, mi joya, mi perdición —le susurraba Morgana entre gemidos guturales.
Fabiana se entregaba con una desesperación casi violenta. Sus uñas se hundían en los hombros de Morgana, sus piernas se enredaban en la cintura de la Alpha buscando más. El orgasmo las alcanzó como una ola rompiendo contra el acantilado, dejándolas sin aliento.
Tras el clímax, en el silencio sepulcral que sigue a la tormenta, Fabiana buscó su bolso con manos temblorosas. Sacó un blíster de pastillas y se tragó una con un gesto mecánico.
—¿Y por qué tú te metes eso, mi joya? —preguntó Morgana, acariciándole el cabello negro—. ¿Qué te parece si dejamos que la naturaleza haga su trabajo? Imagínate... una niña. Sería una visión con tus ojos verdes y esa sonrisa que detiene mi corazón.
Fabiana se tensó como una cuerda de violín a punto de romperse. Miró a Morgana con una seriedad cortante.
—¿Tú estás loca o qué, Morgana? —respondió Fabiana—. Si Alessandra se entera de que le estoy pegando los cuernos, va a usar eso como un arma de destrucción masiva. Me va a quitar la custodia completa de Daniela, me va a acusar de infidelidad y me va a dejar en la calle sin un maldito centavo. Y yo, escucha bien lo que te digo: yo ser pobre ni muerta. Prefiero vivir en este engaño de lujo que volver a oler el hambre del Cinturón. Lo que hacemos es un placer divino pero también es un suicidio asistido, no me pidas que firme la sentencia con un embarazo.
Se levantó de la cama, cubriéndose con una bata de seda, pero su voz no temblaba. Morgana solo sonrió, guardando ese miedo en su arsenal de secretos. Sabía que el hambre de Fabiana por el poder era su mayor debilidad.
Mientras tanto, en el silencio místico de un lujo hotel ,el aire olía a incienso y a una tensión que estaba a punto de romperse. Heidi, la Omega alemana que siempre parecía hecha de azúcar y luz, caminaba por el jardín del hotel. Akira, la Alpha de hielo, la observaba desde la sombra.
Esa noche, bajo una luna de sangre, Akira rompió el protocolo. Llevó a Heidi a su habitación privada, un santuario de madera y minimalismo.
—Heidi... nunca he tenido a nadie así —confesó Akira, su voz temblando por primera vez—. Mi familia espera que yo sea una máquina, pero tú... tú me haces sentir humana.
Heidi, con la valentía de los inocentes, le desató el cinturón del kimono. Era virgen, un tesoro que había guardado hasta encontrar los ojos tormentosos de la japonesa. El encuentro fue una danza de contrastes. La piel blanca de Heidi contra la firmeza de Akira. Fue romance puro mezclado con un descubrimiento sensorial asombroso. Akira la trató como si fuera de cristal, pero con una dominancia sensual que hacía que Heidi descubriera músculos que no sabía que tenía.
—Confía en mí —susurró Akira, besándole las lágrimas de anticipación—. No te voy a lastimar.
Las estocadas fueron lentas al principio, llenas de una reverencia sagrada. Heidi soltó gemidos dulces, una melodía que Akira bebía como si fuera agua en el desierto. Fue un un amor pasional pero tierno, una unión de almas que selló el destino de Heidi en el Sol Naciente. Por primera vez, una Omega extranjera había derretido el corazón de la heredera más dura de Japón.
El regreso al nido de los Volkov fue como pasar del fuego al hielo. Alessandra la esperaba en el gran salón, rodeada de informes y con una copa de vodka que parecía hecha de su propio corazón. La pelea no tardó en estallar.
—Llegas tarde, Fabiana. Y hueles a algo que no es tu perfume habitual —dijo Alessandra sin levantar la vista de su iPad.
—¡Ay, ya vas a empezar con tu paranoia! —gritó Fabiana, lanzando su bolso de diseñador sobre el sofá—. Estaba en las reuniones, el tráfico en Niza es un infierno. ¡Me tienes harta con tu vigilancia, parece que vivo en una cárcel de diamantes!
—Es una cárcel que tú elegiste —replicó Alessandra con una calma aterradora—. No olvides de dónde te saqué.
—¡Pues devuélveme si quieres! Pero no me pidas que te sonría mientras me asfixias —sentenció Fabiana antes de subir las escaleras, dejando a la rusa en un silencio gélido.
Fabiana entró en la habitación de su hija, Daniela, que a sus tres años era la única pureza que quedaba en su vida. La niña estaba en la cama con su muñeca. Fabiana se sentó a su lado y la abrazó, buscando protegerla de las sombras que ella misma creaba.
—Mi amor, escucha a mami —le susurró en español, besándole la frente—. Muy pronto nos vamos a ir de viaje. ¿Te acuerdas de la torre que parece una tijera? La Torre Eiffel. Nos vamos a ir a París pero después de ese viaje viviremos en Italia por un tiempo.
—¿Con mi madre Ale también? —preguntó la niña.
—No, mi vida. Nos vamos a ir solitas. O quizás con una amiga nueva que tiene muchos castillos y te va a comprar todos los vestidos del mundo. Vamos a vivir donde siempre sea primavera. Pero tienes que ser una niña muy valiente y no decirle nada a nadie, ¿vale? Es nuestro secreto de princesas.
Daniela asintió, sin comprender que su madre acababa de declarar una guerra silenciosa que cambiaría el mapa de dos imperios..
Continuará....🔥
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