Traicionada por la sangre que la vio nacer y despojada de todo lo que amaba en una sola noche de infamia, Cataleya Mendoza pensó que había tocado fondo al perder su hogar, su hijo y su dignidad bajo los golpes de un amor ciego. Creyó que el exilio y el silencio serían su único destino. Pero el destino, caprichoso y sediento de justicia, la colocó frente al imperio intocable de los Moretti y frente al hombre más temido del país: un titán arrogante al que nadie se atreve a retar. Lo que no sabían ni su exprometido, ni su familia, ni el implacable Gael Moretti, es que una reina destruida no regresa a pedir clemencia... regresa a reclamar su trono.
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Capítulo 6: La Sombra de la Muerte y la Farsa del Compromiso
El aire en el almacén abandonado a las afueras de la ciudad era frío y pesado, impregnado de humedad y óxido. Cataleya comenzó a recuperar la conciencia lentamente, con un dolor punzante en la nuca y el cuerpo entumecido por el sedante. Intentó moverse, pero descubrió que tenía las manos atadas firmemente a una silla de metal con gruesas bridas de plástico, y sus tobillos estaban inmovilizados.
Frente a ella, iluminada por la luz tenue de una bombilla colgante, se encontraba Carol Mendoza. Ya no llevaba la máscara de niña dulce y asustada; su rostro mostraba una mueca de fría crueldad, con los ojos brillando de una ambición desquiciada.
—Vaya, qué bueno que despiertas, hermanita —dijo Carol con una sonrisa cínica, cruzándose de brazos y dando vueltas alrededor de la silla—. Me daba lástima que te perdieras el gran final de tu propia obra.
Cataleya, a pesar de la debilidad y el mareo, levantó la barbilla con altivez, clavando sus penetrantes ojos ámbar en los de su hermana. Su voz salió ronca, pero firme e implacable.
—Eres una basura, Carol... Una miserable envidiosa que nunca tendrá mi talento, ni mi elegancia, ni la decencia que a mí me sobra —escupió Cataleya con puro desprecio—. ¿Crees que con esto vas a ganar algo? Dennis se dará cuenta tarde o temprano de la clase de monstruo que eres.
El rostro de Carol se contrajo de rabia pura ante las palabras de su hermana. Perdió los estribos y le dio una fuerte bofetada que dejó la mejilla de Cataleya encendida y con un hilillo de sangre en el labio.
—¡Cierra la maldita boca! ¡Ya me cansé de tus aires de superioridad! —gritó Carol fuera de sí, respirando agitadamente antes de girarse hacia los cuatro hombres armados que custodiaban el lugar—. Escúchenme bien. No quiero que la dejen encerrada ni que corramos riesgos de que escape o hable. Llévenla a una calle solitaria a las afueras, mátenla y desháganse del cuerpo. Quiero que desaparezca para siempre de este mundo.
Los hombres asintieron con frialdad, sin mostrar la menor pizca de humanidad. Dos de ellos se acercaron, desataron la silla y la levantaron a la fuerza, arrastrando a Cataleya hacia la parte trasera de una camioneta oscura. Ella forcejeó con lo poco que le quedaba de aliento, pero era inútil.
Minutos más tarde, la camioneta se detuvo abruptamente en un callejón oscuro y desolado, rodeado de maleza y basura. Bajaron a Cataleya a empujones y la tiraron contra el frío pavimento de asfalto. Uno de los hombres sacó un arma con silenciador, apuntando directamente hacia su abdomen.
—Lo siento, doctora. Órdenes son órdenes —murmuró el sujeto sin piedad.
¡Bang! ¡Bang!
Dos disparos secos perforaron la quietud de la noche. Cataleya sintió un dolor ardiente y desgarrador en el estómago, como si fuego líquido le recorriera las entrañas. Sus ojos se abrieron con sorpresa y dolor mientras el calor de su propia sangre comenzaba a teñir la tela de su ropa. Los hombres, creyéndola muerta, subieron de inmediato al vehículo y aceleraron a fondo, abandonándola a su suerte en medio de la oscuridad.
Mientras tanto, en uno de los salones más exclusivos y ostentosos de la alta sociedad, la élite de la ciudad se había dado cita para lo que prometía ser el evento del año. Las lámparas de cristal de Murano iluminaban una fiesta de compromiso extravagante, organizada con prisa pero con un lujo desbordante.
En el centro pista, vestidos de rigurosa etiqueta, se encontraban Dennis Álvarez y Carol Mendoza. Carol lucía un deslumbrante vestido blanco de diseñador, sonriendo a las cámaras con una falsa timidez, mientras Dennis, con una copa de champaña en la mano, aceptaba las felicitaciones de los invitados, incluidos sus propios padres y los de Cataleya.
En las pantallas gigantes del salón y en las portadas de las revistas de farándula que ya circulaban digitalmente, se proyectaban titulares crueles y lapidarios: "¡Escándalo en la alta sociedad! Cataleya Mendoza abandona a su prometido en el altar y huye con un amante secreto", "La eminencia oncológica resulta ser una mujer frívola y desleal".
Carlos y Santa de Mendoza tomaban la palabra frente a los micrófonos de la prensa, alimentando el escarnio público.
—Como padres, estamos profundamente avergonzados —declaró Santa con lágrimas falsas ante los reporteros—. Criamos a Cataleya con valores, pero su ambición desmedida y su naturaleza fría la llevaron a traicionar a un hombre maravilloso como Dennis y a huir cobardemente la misma semana de su boda. Para nosotros, Cataleya ya no es nuestra hija; nuestra única y verdadera hija es Carol, quien ha demostrado ser una mujer noble y leal.
Dennis, abrazando posesivamente la cintura de Carol, asintió con una expresión de desprecio fingido, bebiendo de su copa y disfrutando del aplauso cómplice de los asistentes, convencido de que había enterrado el pasado para siempre.
A kilómetros de allí, en una carretera oscura y apartada que conducía a una de las fincas familiares, Don Gabriel Moretti —el patriarca de setenta años de la poderosa dinastía Moretti— viajaba en la parte trasera de su lujoso sedán negro, acompañado por tres de sus guardaespaldas de absoluta confianza. El anciano llevaba las manos apoyadas en su bastón, con el rostro pálido y la mente ensombrecida por la reciente y devastadora noticia que le había dado su médico personal horas antes: un tumor inoperable en la cabeza que amenazaba con apagar su vida en poco tiempo.
—Señor, creo que vi algo extraño a la orilla del camino, cerca del callejón industrial —advirtió el jefe de seguridad desde el asiento delantero, reduciendo la velocidad del vehículo de manera prudente.
—Detengan el auto. Revisen qué es —ordenó Don Gabriel con su voz grave y autoritaria.
Los tres guardaespaldas descendieron rápidamente, linternas en mano. A pocos metros de la cuneta, entre charcos de agua y maleza, descubrieron el cuerpo inmóvil de Cataleya, con la ropa empapada en sangre oscura que brotaba de sus heridas en el abdomen y un hilo de pulso casi imperceptible.
—¡Patriarca, aquí hay una mujer herida de bala! ¡Está perdiendo mucha sangre! —gritó uno de los hombres con urgencia.
Don Gabriel abrió la puerta del auto y se acercó con paso vacilante, mirando el rostro pálido, hermoso y agonizante de la joven. A pesar del desastre, reconoció al instante el porte distinguido y la fuerza que aún emanaba de sus facciones.
—¡No la dejen morir! ¡Súbanla al auto inmediatamente y llévenla a toda velocidad a nuestro hospital privado! ¡Que avisen al equipo de trauma de emergencia! ¡Muévanse, carajo! —ordenó Don Gabriel con una energía que desafiaba su propia enfermedad.
El vehículo rugió en la noche, devurando los kilómetros hacia el hospital de la familia Moretti, sin saber que aquel rescate fortuito no solo le salvaría la vida a la brillante cirujana, sino que pondría en marcha el engranaje de la venganza más implacable que el país jamás había presenciado.