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Cartas para un alfa que nunca existió

Cartas para un alfa que nunca existió

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / Comedia / ABO
Popularitas:162
Nilai: 5
nombre de autor: felina black

Ethan Ashford tiene veinte años, un tío empeñado en casarlo cuanto antes y una lista interminable de pretendientes ricos, educados… e insoportables.

Para librarse de la presión, se le ocurre una broma: inventar a un prometido imposible de investigar. Un alfa extranjero. Un capitán de la Fuerza Aérea de Corea del Sur. Un tal Kang Min-Jae que jamás podría presentarse en Ravenshire.

Una noche, sin pensarlo, Ethan le escribe una carta. Cuatro páginas de confesiones, quejas y sueños que nunca le ha contado a nadie. Y, por capricho, la envía.

Lo que Ethan no sabe es que, en una base aérea de Seúl, existe un hombre llamado Kang Min-Jae. Que la carta llegó a sus manos. Y que no puede dejar de leerla.

Carta tras carta, entre el humor, la soledad y una sinceridad que no se atreve a mostrar de frente, Ethan se enamora de alguien que cree que no existe. Y Min-Jae, que lleva meses guardando cada sobre en un cajón, se enamora de un desconocido al que no sabe cómo responder.

Hasta que una misión militar lo trae a la ciudad de las cartas, a pocas calles de una florería.

¿Qué pasa cuando el destinatario imaginario resulta ser real? ¿Y cuando la verdad hiere más que cualquier mentira?

NovelToon tiene autorización de felina black para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23 — El hombre del otro lado de la calle

El sol de la mañana iluminaba las calles de Ravenshire cuando Kang Min-Jae terminó de prepararse para otro día de actividades militares.

Se puso el uniforme, se ajustó las mangas y revisó los documentos que llevaría a la base temporal de la misión.

Todo estaba en orden.

O casi todo.

Su pensamiento seguía atrapado en una pequeña florería y en el omega que trabajaba ahí.

Ethan Ashford.

Durante meses, ese nombre había existido solo en las cartas que llegaban a Corea del Sur. Ahora, Min-Jae estaba en la misma ciudad que él, respirando el mismo aire y caminando por las mismas calles.

Era una sensación difícil de explicar.

—Capitán, si sigues mirando esa fotografía, va a terminar pidiéndote que pares —comentó Ji-Ho al entrar al cuarto.

Min-Jae guardó de inmediato la fotografía de Ethan en el bolsillo interior del abrigo.

—¿No tienes trabajo?

—Sí. Pero seguir tu drama personal se volvió una actividad mucho más interesante.

—No hay ningún drama.

—Claro. Cruzaste medio mundo, llegaste a una ciudad desconocida y, por pura coincidencia, te interesa una florería en particular.

—Estamos aquí por una misión oficial.

—Naturalmente.

Min-Jae tomó los documentos.

—Vámonos.

Ji-Ho sonrió, satisfecho.

—Como quieras, capitán enamorado.

—¡Ji-Ho!

La carcajada del beta retumbó por el pasillo.

Esa mañana, Ethan estaba ocupado con un encargo especial.

Un cliente había pedido varios arreglos para decorar un salón donde se celebraría una recepción en honor de los militares extranjeros que participaban en el programa internacional.

El pedido era lo bastante grande como para ocuparlo casi toda la mañana.

—Clara, necesito que separes las rosas blancas y los tulipanes amarillos.

—¡Ya lo estoy haciendo!

—Y fíjate si tenemos suficientes listones azules.

—¡También lo estoy viendo!

Ethan sonrió.

Trabajar con Clara era así: se quejaban el uno del otro, discutían por motivos insignificantes y, al final, lograban terminar todo.

Le gustaba esa rutina.

Le gustaban las flores, el olor a tierra húmeda y el sonido de la campanita sobre la puerta.

Era uno de los pocos lugares donde podía olvidar las exigencias de su tío.

Y, últimamente, también era el lugar donde más pensaba en el capitán Kang Min-Jae.

Lo cual era absolutamente inconveniente.

Sobre todo porque le había escrito una confesión de amor a un hombre que creía imaginario.

A Ethan todavía le daba vergüenza recordar esas palabras.

Creo que me enamoré de ti.

¿Cómo había tenido el valor de escribir eso?

Y, peor aún, ¿cómo seguía escribiendo?

—¿Ethan?

Parpadeó.

Clara estaba frente a él, con un ramo de lirios en la mano.

—Estás sonriendo solo.

—Estoy pensando.

—¿En el capitán imaginario?

La sonrisa desapareció.

—No existe ningún capitán imaginario.

Clara arqueó una ceja.

—Entonces, ¿por qué te pusiste rojo?

—Hace calor.

Ella miró la ventana abierta.

El viento frío movía las cortinas.

—Claro. Un calor terrible.

—¡Clara!

Se echó a reír, y Ethan volvió al trabajo, decidido a no darle más motivos para burlarse de él.

Poco antes del mediodía, Min-Jae recibió autorización para acompañar a dos oficiales hasta el centro de Ravenshire.

La actividad formaba parte de los preparativos de una recepción oficial que se celebraría unos días después.

Caminaba junto a sus colegas cuando notó un pequeño alboroto en la calle.

Un carruaje de reparto estaba detenido frente a una florería.

Y, junto a la entrada, un joven trataba de sostener en equilibrio una caja grande mientras conversaba con una empleada.

Min-Jae redujo el paso.

El corazón se le aceleró sin aviso.

El joven tenía el cabello castaño, la tez morena clara y unos ojos de un tono azulado que brillaban cuando sonreía.

Min-Jae se detuvo por completo.

No necesitaba preguntar su nombre.

No necesitaba una fotografía para confirmarlo.

Era él.

Ethan Ashford.

El hombre que había escrito tantas cartas.

El omega que había confesado estar enamorado de alguien que creía inexistente.

El hombre al que Min-Jae deseaba conocer desde hacía meses.

Estaba ahí.

A pocos metros de distancia.

Real.

Min-Jae sintió una emoción tan intensa que, por unos segundos, olvidó que estaba en la calle, acompañado de sus colegas y con el uniforme de la Fuerza Aérea surcoreana.

Ethan dijo algo que hizo reír a la empleada.

Luego acomodó la caja entre los brazos y entró a la florería.

La puerta se cerró tras él.

Y Min-Jae se quedó parado.

—¿Capitán?

Uno de los oficiales llamó su atención.

—¿Está todo bien?

—Sí.

La respuesta le salió más baja de lo que pretendía.

—¿Seguro?

Min-Jae miró una última vez el vitrina.

—Absolutamente.

Pero no estaba absolutamente seguro de nada.

Solo sabía que acababa de ver la sonrisa que tantas veces había imaginado.

Y que, de algún modo, esa sonrisa era aún más hermosa en persona.

En la florería, Ethan dejó la caja sobre el mostrador y soltó un suspiro de alivio.

—Nunca más acepto un encargo tan grande yo solo.

—Eso dijiste la semana pasada —le recordó Clara.

—Y sigo hablando en serio.

Empezó a sacar los materiales de la caja.

Entonces notó que se le había caído un listón en la acera.

—Ya vuelvo.

Ethan abrió la puerta y salió de nuevo.

Miró hacia ambos lados de la calle.

Los transeúntes caminaban deprisa, algunas personas conversaban frente a las tiendas y un vehículo militar se alejaba en la esquina.

Nada parecía fuera de lo común.

Aun así, tuvo una extraña impresión de familiaridad.

Como si alguien acabara de observarlo.

Como si, por un instante, una mirada desconocida lo hubiera estado buscando.

Ethan frunció el ceño.

—Qué cosa más rara...

Encontró el listón cerca de la entrada y volvió a entrar.

No vio a Min-Jae.

No sabía que había estado ahí.

Y, sobre todo, no imaginaba que el hombre al que buscaba en sus propias cartas acababa de verlo por primera vez.

Esa tarde, a Min-Jae le costó concentrarse en las actividades de la misión.

Durante una reunión tuvieron que repetirle una pregunta porque tardó en responder.

Más tarde olvidó un documento sobre la mesa.

Y, cuando Ji-Ho le preguntó si había almorzado, el capitán se dio cuenta de que ni siquiera recordaba qué había comido.

—Viste a Ethan —concluyó Ji-Ho.

Min-Jae guardó silencio.

El amigo abrió los ojos como platos.

—¡Lo viste de verdad!

—Habla más bajo.

—¿Dónde?

—En la florería.

—¿Y hablaste con él?

—No.

Ji-Ho pareció decepcionado.

—¿Cómo que no?

—Estaba ocupado. Yo iba acompañado. No era el momento adecuado.

—¿Tuviste la oportunidad de conocer al hombre del que estás enamorado y volviste sin decir una sola palabra?

Min-Jae le lanzó una mirada seria.

—No quería abordarlo de cualquier manera.

La expresión de Ji-Ho cambió un poco.

—¿Tienes miedo de asustarlo?

Min-Jae miró la fotografía guardada en su cartera.

—Él cree que yo no existo. Imagina lo que va a sentir cuando descubra que recibí todas sus cartas.

Ji-Ho se quedó pensativo.

Por primera vez en todo el día, no hizo ningún chiste.

—Entonces cuéntale la verdad. Pero dale tiempo para entenderla.

Min-Jae asintió despacio.

Era exactamente lo que pensaba hacer.

Solo necesitaba encontrar la manera correcta.

Esa noche, Ethan se sentó frente al escritorio después de terminar sus tareas.

El sobre estaba preparado.

La hoja, en blanco.

Hizo girar la pluma entre los dedos, pensando qué le escribiría a su capitán imaginario.

En los últimos días le había hablado de Oliver, de la familia y de sus sentimientos.

Quizá debería escribir sobre algo más simple.

Algo cotidiano.

Algo que no le diera ganas de esconder el rostro de vergüenza después.

Por fin empezó.

Querido capitán Kang Min-Jae,

Hoy tuvimos un encargo enorme en la florería. Me pasé la mañana entera cargando cajas y oyendo a Clara quejarse de que trabajaba despacio.

Ethan sonreía mientras escribía.

Habló de las flores, de la recepción y de la cantidad de militares extranjeros que circulaban por la ciudad.

Entonces dudó.

Los dedos se le apretaron en torno a la pluma.

Es raro, pero hoy tuve la sensación de que alguien me estaba observando.

Soltó una risita.

—Me estoy volviendo paranoico.

Aun así, continuó.

Quizá sea solo porque hay tanta gente nueva en Ravenshire.

La última frase apareció después de una larga pausa.

A veces imagino que podrías estar aquí. Que podríamos cruzarnos en la calle sin siquiera saber quiénes somos.

Ethan se quedó mirando esas palabras.

Después cerró los ojos, avergonzado.

—Esto es ridículo.

Pero no las tachó.

Dobló la carta con cuidado y la metió en el sobre.

A la mañana siguiente iría rumbo a Corea del Sur, sin que Ethan supiera que su destinatario estaba a pocos kilómetros de distancia.

En su cuarto de la posada, Min-Jae observaba las luces de Ravenshire a través de la ventana.

Esa noche no abrió las cartas antiguas.

No las necesitaba para imaginar a Ethan.

Ahora tenía un recuerdo real.

La sonrisa.

La voz que no había alcanzado a oír bien.

El cabello castaño.

Los ojos claros.

La manera en que sostenía la caja de flores.

Min-Jae se llevó la mano al bolsillo donde guardaba la fotografía.

—Te encontré, Ethan —murmuró.

Pero la sonrisa se le borró pronto, reemplazada por una expresión seria.

Encontrarlo había sido fácil.

Ganarse su confianza sería distinto.

Y había algo que Min-Jae tenía que hacer antes de que aquella historia pudiera avanzar.

Tenía que contar la verdad.

Aunque eso significara arriesgarlo todo.

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