Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece
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Capítulo 20: Noche de Fuego y Seda
Melany permaneció en el centro de la alfombra de piel, con el corazón martilleándole salvajemente contra las costillas. La tiara imperial y el velo ya no estaban; su cabello oscuro caía en ondas libres sobre sus hombros.
Antonio caminó despacio hacia ella. Se quitó la capa imperial y la cadena de oro, dejándolas caer al suelo sin prestarles atención. Sus ojos dorados, oscurecidos por una marea irresistible de pasión descontrolada, no se despegaron ni un segundo de la figura de su esposa.
—Melany... —articuló él en un susurro ronco, alcanzando su posición.
—Antonio —respondió ella en un aliento entrecortado.
El gigante extendió sus grandes manos y rodeó la cintura de Melany, atrayéndola de golpe contra la firmeza de su pecho. El impacto de sus cuerpos provocó un gemido suave en la garganta de la princesa, un sonido que quebró el último vestigio de contención en el emperador.
Antonio inclinó la cabeza y devoró sus labios en un beso hambriento, salvaje y profundo. Fue una colisión de deseos reprimidos durante años, la culminación de la angustia de la guerra y la promesa del amor eterno. Melany correspondió al beso con igual ferocidad, enredando las manos en la cabellera oscura del gigante, pegando su vientre al suyo y entregándose por completo al fuego de sus labios.
Los besos descendieron con ardor por la línea de su mandíbula hasta llegar a su cuello sensible. Antonio usaba sus labios y dientes con una posesividad dulce y desesperada, sacándole a Melany suspiros ahogados que retumbaban en la estancia.
Con manos expertas pero temblorosas por la agitación, Antonio buscó los broches de plata en la espalda del vestido de gala de su esposa. Uno a uno, los cierres cedieron, y la pesada seda blanca se deslizó suavemente por los hombros y la cadera de Melany, cayendo en un círculo a sus pies.
La princesa quedó vestida únicamente con una fina enagua de encaje transparente que apenas ocultaba la delicada arquitectura de su cuerpo, la blancura de su piel y las curvas firmes de sus caderas.
Antonio contuvo el aliento. Sus ojos dorados recorrieron cada centímetro de su silueta con un deleite reverencial.
—Eres perfecta... un milagro en medio de este mundo de hierro —susurró él con la voz quebrada por la excitación.
Melany, con las mejillas encendidas y los ojos brillando de deseo purísimo, dio un paso al frente. Sus manos temblorosas desabrocharon los botones de la túnica de gala de Antonio, abriendo la tela fina hasta dejar al descubierto el pecho ancho, esculpido y velludo del emperador, cruzado por las viejas cicatrices de combate. La joven deslizó sus palmas por la musculatura tensa de su torso, sintiendo el latido desbocado y acelerado del corazón del coloso debajo de su piel.
—Tuyo... soy toda tuya, Antonio —confesó ella en un murmullo apasionado.
Antonio la alzó en sus brazos como si fuera tan ligera como una pluma. Melany rodeó la cintura del coloso con sus piernas instintivamente, pegando su piel a la suya mientras el emperador caminaba a pasos firmes hacia la gran cama de dosel cubierta con sábanas de seda borgoña.
La depositó en el centro del lecho con una delicadeza infinita antes de posicionarse sobre ella. La diferencia de tamaños entre la esbelta princesa y el gigantesco emperador acentuaba la sensación de un dominio dulce y absoluto. Antonio se deshizo del resto de su ropa, quedando completamente desnudo sobre ella, un coloso de músculos de bronce iluminado por el resplandor anaranjado del fuego.
El contacto de piel con piel fue una descarga eléctrica que hizo jadear a ambos. Antonio comenzó a trazar con sus manos grandes y cálidas un camino de caricias abrasadoras por los muslos suaves de Melany, subiendo por la cadera y acariciando la delicada firmeza de sus senos a través del encaje, antes de retirar la última prenda que los separaba.
Melany se arqueó hacia arriba al sentir los labios ardientes del emperador capturar sus pezones, succionándolos con una devoción hambrienta que le hizo clavar las uñas en las espaldas anchas y contraídas del gigante. Un gemido de placer puro se escapó de la garganta de la reina, resonando en el silencio de la alcoba.
—Mírame, Melany —pidió Antonio con voz grave y entrecortada, apoyando sus antebrazos a los lados de la cabeza de la joven para sostenerse.
Melany abrió los ojos, borrachos de pasión. Sus miradas se entrelazaron en una promesa silenciosa de entrega absoluta.
Sin romper el contacto visual, Antonio se posicionó entre los muslos entreabiertos de su esposa. Deslizó la cadera hacia adelante con una lentitud calculada y una firmeza contenida, penetrándola con suavidad en un movimiento profundo y lleno de devoción.
Melany mordió su labio inferior, dejando escapar un suspiro entrecortado cuando sintió la plenitud del coloso invadir su cuerpo por completo. La sensación de estiramiento y el calor abrasador de la unión borró cualquier rastro de duda. Se abrazó con fuerza al cuello de Antonio, pegando sus pechos desnudos y dejando que sus respiraciones se fundieran en una sola.
—¿Te lastimo...? —susurró Antonio, conteniendo el impulso de su cuerpo mientras acariciaba el rostro de la princesa con ternura infinita.
—No... no pare, mi emperador —suplicó Melany, elevando las caderas para buscar más de él—. Hazme tuya por completo.
Antonio soltó un gruñido ahogado de deseo y comenzó un ritmo lento, profundo y devastadoramente sensible. Cada embestida del gigante llenaba a Melany de una ola de calor y éxtasis que recorría cada fibra de su ser. El crujido de las sábanas de seda, el sonido de sus cuerpos chocando con pasión y los jadeos continuos llenaron la atmósfera de la estancia.
El ritmo se volvió cada vez más rápido, más descontrolado y hambriento. Antonio la poseía con la fuerza imperiosa de un conquistador y la ternura de un hombre enamorado hasta la locura. Sus manos grandes moldeaban la cintura y las nalgas de la princesa, elevándola para profundizar cada penetración hasta los límites de su vientre.
Melany se entregó al torbellino de placer desenfrenado. Sus piernas se enredaron con fuerza alrededor de la espalda del coloso, acompañando los embates con movimientos convulsos de su cadera. Los gemidos de la reina se volvieron más agudos, más desesperados, mientras sentía una marea de electricidad acumulándose en lo más profundo de su vientre.
—¡Antonio! —gritó el nombre de su esposo en un jadeo final cuando la ola del orgasmo la alcanzó con una violencia maravillosa, contrayendo los músculos internos de su feminidad alrededor del miembro del emperador en una serie de espasmos deliciosos.
Sentir la rendición y el clímax de su reina destruyó el último vestigio de control en Antonio. Con un rugido grave y profundo que brotó desde lo más hondo de su pecho, el emperador dio tres embestidas finales, rápidas y devastadoras, antes de derramarse dentro de ella en un torrente cálido e inagotable de pasión.
Antonio se dejó caer sobre ella, cuidando de mantener el peso de sus antebrazos para no aplastarla, y escondió el rostro en la curva del cuello de Melany, respirando con agitación mientras los últimos temblores del placer recorrían los cuerpos de ambos.
Melany rodeó los hombros del coloso con sus brazos, besando la mejilla sudorosa de su esposo y escuchando el latido desbocado de su corazón.
Durante un largo tiempo, permanecieron unidos en medio del silencio cálido de la alcoba. La chimenea proyectaba sombras doradas sobre sus cuerpos entrelazados sobre la seda borgoña.
Antonio alzó levemente la cabeza, mirando a la mujer que descansaba en sus brazos. Con la yema del pulgar, limpió con delicadeza una gota de sudor de la frente de la reina y besó sus labios con un amor profundo, sereno y definitivo.
—Ahora sí, Melany —susurró Antonio con voz dulce y cansada—. Tu alma y la mía están selladas para siempre.
Melany sonrió con devoción, acurrucándose contra el pecho ancho del emperador y cerrando los ojos al fin en perfecta paz, protegida en los brazos del coloso que un día había ido a matar, y que hoy era el dueño absoluto de su corazón y de su destino.