el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.
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en el vientre de la bestia
Algunos días después, nos pusimos finalmente en marcha. Sabíamos que esta no era una misión ordinaria: el Dragón Necronso era una criatura de leyenda, una abominación milenaria infinitamente más peligrosa que el Dragón de Roca.
Nos tomó dos jornadas completas de caminata atravesar los pasos helados hasta alcanzar el umbral del lugar. El Valle del Dios Enano estaba sumido en una desolación absoluta. El aire no solo era frío, sino que apestaba a descomposición, óxido y muerte. A lo largo del risco se alzaban imponentes estatuas de piedra que representaban a los antiguos reyes enanos, rodeadas por enormes pilas de oro y tesoros abandonados; era un antiguo santuario de tributo erigido para honrar a su padre creador, ahora profanado por la presencia del monstruo.
—Recuerden, par de torpes: no se lancen a lo idiota —nos advirtió Armia, ajustando las correas de su nuevo arco mágico mientras la nieve caía suavemente sobre sus hombros—. Usaré mi magia de refuerzo avanzada para otorgarles mayor resistencia física y mágica, pero desconozco la magnitud real del poder de esa cosa.
—Sí, sí, elfa. Te escuché perfectamente las primeras diez veces —le espeté, manteniendo la mano fija en la empuñadura de la Espada de las Cinco Voluntades—. Cállate ya y guarda energía.
Ania, a mi lado, estiró los brazos y flexionó sus garras de lince con una sonrisa salvaje.
—Esto es sumamente emocionante, nya.
Sin embargo, la calma del valle duró poco. Un sonido viscoso, repugnante y enfermizo retumbó desde las profundidades del santuario. El suelo de mármol tembló cuando la criatura emergió de entre una colosal pila de huesos antiguos. Su aspecto era pavoroso: escamas de un negro putrefacto que goteaban pus y ácido, alas desgarradas y una mirada vacía cargada de odio ancestral. Su rugido no era un bramido común, sino un alarido de agonía que hizo vibrar el aire mismo de la montaña.
—¡Listos! ¡Vayan ahora! —gritó Armia, alzando su báculo hacia el cielo—. ¡Roboratio Corporis Provectior!
Una barrera de luz dorada nos envolvió a Ania y a mí, infundiendo un calor reconstituyente en nuestros músculos y blindando nuestra piel contra el ambiente tóxico.
—¡Bien! ¡Ahora, Ania! —ordené, lanzándome al frente.
Arremetimos en coordinación perfecta. Cortamos y rasgamos la piel de la bestia con ferocidad. Afortunadamente, el acero sagrado de mi espada permanecía inmune a la corrosión de su sangre ácida; por su parte, la felina había impregnado sus dos dagas con un aceite denso extraído del árbol sauska, un ungüento especial que otorgaba al metal una durabilidad y un filo absurdos.
Sin embargo, el monstruo parecía no sentir dolor. A pesar de que nuestras hojas abrían profundas grietas en sus costados, el Dragón Necronso continuaba embatiendo con una furia ciega; la necrosis de su carne anulaba cualquier sentido de preservación.
—¡Retrocedan los dos! —vociferó Armia desde la retaguardia, con las venas del cuello marcadas por el esfuerzo desgastante.
La maga extendió los brazos, canalizando una cantidad colosal de maná que hizo temblar la cordillera entera.
—¡Magnum Divinum Caelum, Lux Aeternitatis!
Un pilar gigantesco de luz divina descendió directo desde las nubes, pulverizando parte de una cumbre cercana e impactando de lleno sobre el lomo del dragón. La explosión pirotécnica destrozó la mitad de la criatura y abrasó la cueva en un destello cegador. No obstante, el esfuerzo titánico fue excesivo: la barrera de protección que nos cubría se desvaneció al instante y Armia colapsó de rodillas sobre la nieve, perdiendo el conocimiento por la sobrecarga de maná.
La criatura, aún viva y arrastrando la mitad de su cuerpo mutilado, abrió sus fauces para lanzar una marea de líquido ácido directamente hacia la elfa inconsciente.
—¡Ania, ve por Armia! ¡Aléjala de aquí ahora mismo! —ordené sin vacilar.
—¡Sí, esposo! —acató la felina, corriendo a toda velocidad para poner a salvo a la maga.
Usando el reverso de mi capa reforzada para cubrirme el rostro, me abrí paso a través de la humareda y me abalancé sobre el cuello de la abominación, asestando una estocada profunda con la Espada de las Cinco Voluntades. La sangre ácida del monstruo brotó como un géiser, derritiendo parte de mi túnica de viaje y abrasándome la piel del brazo con un ardor insufrible.
Soportando el dolor, apoyé los pies sobre el pedestal de una estatua real cercana, tomé impulso y dejé caer todo el peso del bloque de piedra tallada directamente sobre la cabeza del dragón. Un crujido seco resonó en el valle. El cráneo de la bestia colapsó, y el Dragón Necronso cayó finalmente inerte sobre la nieve teñida de negro.
Había terminado.
Ania regresó corriendo a mi lado, con Armia cargada sobre la espalda, observando la escena con los ojos abiertos de par en par.
—¡Jajaja! ¡Increíble! ¡Qué pelea tan maravillosa, amado mío!
—Sí... pero perdimos bastantes recursos y parte del equipo quedó destruido —respondí, respirando con dificultad y ajustando los jirones de mi capa sobre la quemadura—. Sin embargo, con esta prueba en nuestras manos, la burocracia del gremio no tendrá más opción que ascendernos directamente al Rango Diamante.
Me agaché junto a la cabeza del monstruo para extraer una de sus escamas primordiales como evidencia irrefutable del encargo.
—Recogeré las pruebas y nos iremos a casa. Carga a la elfa, Ania. Volvemos victoriosos a Scutdepiatră... como los auténticos conquistadores del valle.