Isolde de Valenne nunca quiso una corona. Pero cuando una tragedia destruye a su familia, se convierte en la única heredera de un reino que se niega a ser gobernado por una mujer. Su única oportunidad de conservar el trono es casarse con Kael de Draven, un rey temido por sus enemigos, conocido por su carácter implacable y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes. El matrimonio será un acuerdo político. Sin amor, sin promesas y sin expectativas. Ella no piensa someterse a un hombre que cree poder gobernarlo todo. Él no está dispuesto a permitir que su esposa desafíe su autoridad. Entre discusiones, miradas desafiantes y celos que ninguno querrá reconocer, ambos descubrirán que compartir una corona es mucho más sencillo que aprender a compartir el corazón. Pero mientras sus sentimientos amenazan con destruir las barreras que los separan, una conspiración comienza a revelar secretos capaces de enfrentar a sus reinos y convertir su matrimonio en el principio de una guerra. Porque Isolde puede aceptar una corona junto a su enemigo. Lo que jamás aceptará es convertirse en su posesión.
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El hombre de confianza
—No puede ser Cedric —dijo Rowan.
Kael dejó el anillo sobre la mesa.
—¿Tienes alguna razón para defenderlo?
—Ha servido a tu familia durante veinte años.
—Eso no responde a mi pregunta.
Rowan guardó silencio.
Isolde observó a ambos. Comprendía aquella reacción. Era difícil aceptar que alguien cercano pudiera traicionarte, especialmente cuando habías confiado en esa persona durante años.
—No lo acusaremos todavía —decidió ella—. Necesitamos pruebas.
Kael la miró.
—¿Ahora eres tú quien me pide prudencia?
—Alguien tiene que hacerlo.
—Empiezo a arrepentirme de haberte enseñado mis métodos.
—No recuerdo haber aprendido nada de ti.
—Qué desagradecida.
Por un instante, Rowan creyó que ambos olvidarían la gravedad del asunto. Pero Kael volvió a ponerse serio.
—Rowan, regresa a Draven. Averigua dónde está Cedric y no le reveles nuestras sospechas.
—¿Y usted?
—Me quedaré en Valenne.
Isolde alzó una ceja.
—¿Por mí?
—Por la investigación, princesa. No se haga ilusiones.
Ella sonrió de lado.
—Tranquilo, majestad. No corría ese peligro.
Esa tarde, Isolde recibió una visita inesperada.
Lord Beaumont había regresado al castillo.
Entró en la sala de audiencias acompañado por dos guardias y con una expresión de indignación cuidadosamente ensayada.
—Alteza, exijo una explicación por haber cerrado las puertas del castillo y registrado las habitaciones de mis sirvientes.
Isolde permaneció sentada.
—Uno de sus asistentes desapareció después de enviar una carta sospechosa. Además, encontramos pruebas de que alguien está ocultando información sobre la muerte de mi padre.
—¡No puede acusarme basándose en rumores!
—Todavía no lo he acusado.
Beaumont apretó la mandíbula.
—Entonces espero que deje de tratarme como a un criminal.
—Con mucho gusto, cuando deje de comportarse como uno.
Kael, situado junto a la ventana, disimuló una sonrisa.
Beaumont lo advirtió.
—¿Le parece divertido, majestad? Quizá debería recordar que este es Valenne, no Draven.
Kael se apartó de la ventana.
—Lo recuerdo perfectamente. También recuerdo que mi futura esposa tiene autoridad suficiente para hacerle preguntas.
—Su futura esposa está poniendo en peligro la estabilidad de ambos reinos.
Isolde se levantó.
—No. Estoy intentando descubrir quién asesinó a mi familia. Si eso pone nervioso a alguien, debería preguntarse por qué.
El noble palideció ligeramente.
—Está cometiendo un error, alteza.
—Entonces será fácil demostrarlo.
Beaumont hizo una reverencia rígida y abandonó la sala.
Cuando las puertas se cerraron, Kael se acercó a Isolde.
—¿Siempre disfrutas tanto destruyendo la paciencia de tus invitados?
—Solo cuando se lo merecen.
—Empiezo a comprender por qué tu consejo te teme.
—Y yo empiezo a comprender por qué necesitas que alguien te contradiga.
Kael soltó una carcajada.
Isolde se sorprendió al descubrir cuánto le gustaba escucharlo reír.
Apartó la mirada antes de que él lo notara.
Demasiado tarde.
Al anochecer, un guardia entregó a Isolde una nota sin remitente.
La abrió en presencia de Kael.
Si quiere encontrar a la criada, acuda mañana a la capilla abandonada. Venga sola y no confíe en el rey de Draven.
Isolde leyó el mensaje en silencio.
—Es una trampa —dijo Kael.
—Probablemente.
—No vas a ir sola.
Ella levantó la mirada.
—La nota dice que no confíe en ti.
—Una observación muy poco original. Mis enemigos llevan años diciéndole eso a la gente.
Isolde casi sonrió, pero volvió a mirar el papel.
—¿Y si Elin está allí?
Kael comprendió que no podría convencerla de ignorar el mensaje.
—Entonces iremos preparados. Tú decidirás cómo proceder, pero no permitiré que te acerques a un peligro sin saber qué te espera.
—Eso suena sospechosamente parecido a una orden.
—Considéralo una petición desesperada de un hombre que empieza a encariñarse demasiado con una princesa insoportable.
Isolde se quedó inmóvil.
Kael también pareció darse cuenta de lo que acababa de decir.
—¿Demasiado? —preguntó ella suavemente.
Él sostuvo su mirada.
—No te acostumbres a escucharme decirlo.
Isolde sonrió, esta vez sin esconderlo.
Pero la nota seguía entre sus dedos.
Y, al otro lado del castillo, Lucien observaba desde una ventana cómo un jinete abandonaba el patio llevando una segunda carta.
Una carta dirigida a lord Cedric.
Su expresión se ensombreció.
—Llegamos demasiado tarde —susurró.
Porque el mensaje que acababa de recibir confirmaba su peor sospecha: alguien había descubierto que él conservaba los documentos.
Y ahora no solo Isolde estaba en peligro.
También lo estaba el secreto que había jurado proteger.