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MALA DESDE LA CUNA Esta Señorita Te Sorprenderá

MALA DESDE LA CUNA Esta Señorita Te Sorprenderá

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Lyanne Vesper siempre fue considerada la hija dócil de la poderosa Casa Vesper. Dulce, obediente y sin ambición. Una señorita incapaz de hacer daño. Pero todos estaban equivocados.

Lyanne no se volvió mala por culpa del mundo. Nació así. Desde niña aprendió a esconder sus colmillos detrás de una sonrisa inocente y a convertir las debilidades ajenas en armas.

Cuando el heredero Kaelen la toma como esposa mientras continúa obsesionado con Wynne, Lyanne comprende que el amor nunca será su moneda de cambio. Si no puede tener su corazón, tendrá algo mucho más valioso: el poder.

Entre intrigas, traiciones, venenos, guerras entre clanes y una lucha por el Trono de la Luna, Lyanne moverá cada pieza sin que nadie descubra quién está detrás.

Porque cuando todos creen estar jugando contra ella…

ya han perdido.

Y Lyanne solo sonríe.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL VENENO OCULTO

Tres días después de aquella humillación, me desperté antes del amanecer con una inquietud que no me dejaba descansar. Algo no encajaba. Wynne, tan segura, tan arrogante, tan imprudente… pero alguien más peligrosa se movía en las sombras. Alguien que no soportaba verla en el lugar que no le correspondía.

—La anciana Alfa Mara te requiere —me dijo Elara, entrando sigilosamente con una lámpara—. Ahora. En sus aposentos privados. Sin testigos.

Me puse de pie de inmediato, sintiendo cómo el aire se volvía más denso.

—¿Dijo para qué?

—No, señorita. Solo que vayáis sola. Y que no os detengáis ante nadie.

Caminé por los pasillos más altos de la Ciudadela, donde el aire era más frío y las sombras más largas. La puerta de la Alfa estaba entreabierta. Entré sin llamar. La habitación olía a salvia, hierbas antiguas y tiempo detenido.

Mara estaba sentada junto a la ventana, mirando el valle que se perdía entre la niebla. No se giró al oírme entrar. Su figura, erguida y fría, irradiaba una autoridad que no necesitaba gritos ni coronas. Vestía de negro y plata, el cabello canoso recogido en una trenza pesada como una cadena de hierro.

—Lyanne —dijo, su voz rasposa pero firme—. Cierra la puerta. Y asegúrate de que nadie nos escuche.

Hice lo que me ordenó. Cuando me giré, ella ya estaba de pie, caminando hacia mí con paso lento pero seguro. Sus ojos, del mismo dorado que los de Kaelen, eran más duros, más viejos, más conscientes de lo que cuesta gobernar.

—Me han dicho que ayer fuisteis a los aposentos de Wynne —empezó, sin rodeos—. Que llevasteis una infusión de hierbas para el mareo del embarazo. Que la bebió hasta la última gota.

El corazón me dio un vuelco, pero no dejé que se notara.

—Así es, Alteza. Una mezcla suave de manzanilla y flor de luna. La misma que uso yo. No le hará daño.

Mara se detuvo a un paso de mí, tan cerca que pude sentir su respiración.

—No hablo de tu infusión, niña. Hablo de lo que alguien más añadió en ella. —Sacó de entre sus mangas un pequeño frasco de cristal oscuro, lo sostuvo entre dos dedos, y la luz tenue reveló un líquido pálido, casi invisible—. Polvo de hoja marchita. Inodoro. Incoloro. No mata de inmediato. Solo debilita. Se filtra en el vientre. Y hace que lo que crece ahí… se detenga.

Sentí un frío repentino en los huesos.

—¿Quién…? —empecé, pero ella me cortó con un gesto seco.

—No preguntes lo que ya sabes. —Dejó el frasco sobre la mesa, con un golpe seco—. No fuiste tú. Lo sé. Porque si tú quisieras matarla, usarías algo más rápido. Más limpio. Y no dejarías huellas tan fáciles de encontrar. —Me miró fijamente, como si estuviera leyendo cada pensamiento oculto en mi mente—. Pero alguien lo hizo. Alguien que entra en su habitación sin levantar sospechas. Alguien que sirve su té, que prepara sus comidas, que está siempre cerca.

—¿Una de sus sirvientas? —susurré.

—Tal vez. O tal vez alguien que tiene mucho que perder si ese cachorro nace —dijo Mara, y su voz bajó, cargada de un peso terrible—. Los ancianos cederían. El pueblo la amaría. Kaelen la pondría por encima de las leyes. Y entonces… la sangre humilde corrompería el linaje de la Luna. Eso no puede pasar.

Me quedé inmóvil, comprendiendo de golpe. Las piezas encajaron con una claridad aterradora. Ella no me estaba avisando. Me estaba diciendo que sabía. Que lo aprobaba. Que quizás… lo había ordenado ella misma.

—¿Vos…? —no terminé la pregunta. No hacía falta.

Mara se giró hacia la ventana, mirando cómo la niebla empezaba a disiparse bajo los primeros rayos del sol.

—Yo no enveneno, Lyanne. Yo decido. Y lo que decido es que un hijo de Wynne no puede sentarse en el trono. No por maldad, sino por el bien del clan. La debilidad se hereda. Y ella es toda debilidad y capricho. —Se giró hacia mí de nuevo—. Pero no seré yo quien lo haga. No con mis manos. No con mi nombre. Si eso ocurre… será obra del destino. O de alguien que ama a este clan más de lo que ama a esa mujer.

—¿Me estáis diciendo que lo permita? —pregunté, con voz baja pero firme—. ¿Que mire hacia otro lado mientras destruye lo que ella lleva dentro?

—Te estoy diciendo que abras los ojos —corrigió ella, acercándose de nuevo—. Que no creas que eres la única que juega. Que hay fuerzas más grandes que tu rencor y su ambición. Y que si ese niño muere… no será tu culpa ni la mía. Será porque la luna no lo quiso. —Hizo una pausa, y su mirada se volvió afilada—. Pero te advierto: si descubro que eres tú quien lo hace… no te perdonaré. No por ella. Sino porque la mentira debe ser grande para sostener un reino. Y un asesinato tan evidente… es una mentira demasiado débil.

Salí de sus aposentos con el corazón golpeándome las costillas como un pájaro enjaulado. Elara me esperaba en el pasillo, inquieta.

—¿Qué os dijo, Alteza? ¿Estáis bien?

Me detuve, apoyándome contra la pared de piedra, sintiendo el frío calarme.

—Alguien está intentando matar al bebé de Wynne —susurré—. Y la Alfa lo sabe. Y lo permite.

La sirvienta se llevó una mano a la boca.

—¿Será ella misma…?

—No importa quién sea —la interrumpí, enderezándome—. Lo que importa es que la guerra no es solo entre Wynne y yo. Hay un tercer ejército en esta sala. Y lleva el nombre de la ley y la tradición. —Miré hacia el ala oeste, donde ella dormía tranquila, sin saber que la muerte ya estaba sentada a su mesa—. Ella cree que su mayor enemiga soy yo. Que si me elimina, todo será suyo. Pero no tiene ni idea de que la verdadera amenaza duerme en la torre más alta. Y esa… no se detendrá ante nada.

—¿Qué haréis entonces? —preguntó Elara, asustada—. ¿Se lo decís? ¿La avisáis?

Me quedé callada un instante, pensando. Si la avisaba, me arriesgaba a la ira de Mara. Si no lo hacía… la muerte de un inocente pesaría sobre mí para siempre. Y entonces, la respuesta llegó, clara y fría como el hielo:

—No haré nada. No aún. Si muere… Mara habrá hecho el trabajo sucio por mí. Si vive… yo tendré tiempo de preparar mi propio juego. Pero lo que sí haré… es vigilar. Observar quién entra y sale. Qué le dan de comer. Qué bebe. Porque si voy a luchar en esta guerra… necesito saber dónde están todas las espadas. Y cuál de ellas se clavará primero.

Caminé de regreso a mis habitaciones, con la mente en llamas. El tablero se había complicado. Ya no era solo ella y yo. Ahora estaba la Alfa, con su frialdad calculadora. Y Kaelen, ciego y perdido en su obsesión. Y un niño que aún no había nacido y ya tenía sentencia de muerte.

—Elara —dije al llegar a la puerta—, manda a dos de mis sirvientas más leales a los aposentos de Wynne. Diles que se ofrezcan a ayudar. Que digan que yo se las envié por preocupación. Que vean todo. Que escuchen todo. Y que me informen de cada gota de agua, cada hierba, cada objeto que entre en esa habitación.

—¿Y si descubren quién lo hace? —preguntó ella.

—Entonces decidiré qué hacer con la verdad —respondí, entrando y cerrando la puerta—. Pero la verdad es un arma peligrosa, Elara. A veces mata a quien la sostiene. Y yo… no pienso morir todavía. Ni por un niño. Ni por una mujer. Ni por este trono.

Me acerqué al ventanal y vi cómo el sol terminaba de salir, bañando la Ciudadela de luz dorada. Parecía un lugar hermoso, pacífico. Pero yo ya sabía lo que había bajo la luz: veneno en las tazas, cuchillos en las sombras, y una reina anciana que decidía quién vivía y quién desaparecía sin que nadie preguntara por qué.

—El juego se vuelve interesante —susurré a mi reflejo en el cristal—. Pero cuantas más fichas hay en el tablero… más fácil es que una caiga. Y cuando caiga… yo estaré allí para recoger lo que quede.

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Cecilia Rodriguez
bonita novela, gracias por escribirla y compartirla 🌷🌷🌷
EspirituCreativo: Gracias lectora me encanta que te guste...
total 1 replies
Vanessa Ibáñez Fernández
perdieron el primer que??
Vanessa Ibáñez Fernández
no entinedo porque hace un diario, eso no sería como dejar una evidente evidencia??
EspirituCreativo: Jeje lectora
total 3 replies
Ingrid Perez
Felicidades una historia muy bonita de enseñanza gracias te deseo muchísimas bendiciones 🤗😘
EspirituCreativo: Gracias lectora
total 1 replies
🥰Paty💕 💖
tengo una duda,si en la noche de bodas el no fue a verla como quedó embarazada porque claramente ella dijo que fue en su noche de bodas pero en el capítulo de la noche de bodas se dijo que el fue directo con la amante y no fue con ella ,podría ser tan amable de sacarme la duda ☺️
🥰Paty💕 💖: muchas gracias 🥰por aclarar mis dudas 🥰eres muy buena escritora 👏
total 2 replies
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