SINOPSIS ~
Amaris ha aprendido que sobrevivir significa no llamar la atención, no confiar demasiado y sobre todo ocultar aquello que te hace diferente
Pero al acercarse a sus 18 años su vida comienza a cambiar secretos que nunca pidió conocer salen a la luz
Personas desconocidas entran en su camino y alguien que parece saber más de ella de lo que debería
Entré magia peligros y sentimientos que jamás esperaba encontrar Amaris tendría que descubrir en quien confiar
Por qué hay verdades capaces de cambiar una vida y hay destinos que fueron escritos mucho antes de que pudiéramos elegirlos
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UNA ALIANZA INCÓMODA
El bosque parecía no tener fin.
Kael avanzaba delante de ellos, apartando las ramas que bloqueaban el camino. Arnold caminaba unos pasos detrás, sin apartar la atención del joven de cabello rojo.
Amaris permanecía a su lado.
Sus manos estaban cerca de sus dagas.
No confiaba en Kael.
Y estaba casi segura de que él lo sabía.
El cabello rojo del desconocido destacaba incluso entre las sombras de los árboles. Sus ojos verdes, visibles cada vez que giraba el rostro, eran todavía más difíciles de ignorar.
Amaris había conocido personas de aspecto llamativo.
Pero Kael tenía algo diferente.
No parecía alguien que intentara pasar desapercibido.
Y, sin embargo, se movía por el bosque como si conociera cada árbol.
—¿Siempre ayudas a desconocidos? —preguntó Arnold.
Kael no se detuvo.
—Solo cuando los desconocidos son perseguidos por soldados.
—Eso no responde mi pregunta.
—Entonces supongo que no.
Arnold frunció el ceño.
Amaris guardó silencio.
Kael giró ligeramente el rostro.
—¿Y tú? ¿También vas a interrogarme?
—No necesito hacerlo.
Kael levantó una ceja.
—¿No?
—Ya sé que no confiaré en tus respuestas.
Arnold soltó una pequeña risa.
Kael volvió la mirada hacia el frente.
—Eso duele.
—Sobrevivirás.
Durante varios minutos continuaron avanzando.
El silencio no era incómodo para Amaris.
Prefería el silencio.
Le permitía escuchar.
El viento.
Las hojas.
Los animales.
Y cualquier cosa que no perteneciera al bosque.
De repente, Kael redujo el paso.
Arnold inmediatamente llevó una mano hacia su arma.
Amaris hizo lo mismo.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
Kael levantó una mano.
Silencio.
Durante unos segundos, no ocurrió nada.
Después escucharon un caballo.
Kael maldijo en voz baja.
—Nos encontraron.
—¿Cuántos? —preguntó Arnold.
Kael se acercó a uno de los árboles y observó a través de las ramas.
—No lo sé.
—Eso es muy útil —murmuró Arnold.
—Al menos seis.
Amaris inclinó ligeramente la cabeza.
Escuchó con atención.
Más pasos.
Más caballos.
—Hay más —dijo.
Kael la miró.
—¿Puedes saberlo?
—Puedo escuchar.
Antes de que Kael pudiera responder, una voz atravesó el bosque.
—¡Ahí!
Arnold sacó inmediatamente su arma.
Un soldado apareció entre los árboles.
Amaris no esperó.
Sacó una de sus dagas.
El hombre levantó su espada.
Amaris lanzó la primera arma.
La daga se clavó en el árbol junto al soldado, obligándolo a retroceder.
Kael observó el movimiento.
Amaris ya había sacado la segunda.
El soldado intentó acercarse.
Ella se movió hacia un lado.
La espada pasó cerca de ella.
Amaris giró.
Su daga quedó apoyada contra el cuello del hombre.
El soldado se quedó inmóvil.
—Haz ruido —dijo Amaris con frialdad— y no tendrás tiempo de arrepentirte.
El hombre apretó los dientes.
Amaris lo observó durante unos segundos.
Finalmente, apartó la daga.
El soldado intentó atacarla.
Arnold apareció antes de que pudiera hacerlo.
Golpeó al hombre con fuerza y este cayó inconsciente sobre la tierra.
Durante unos segundos, Arnold observó al soldado.
Luego miró a Amaris.
—¿Por qué no lo mataste?
Amaris recuperó su primera daga del árbol y comenzó a limpiarla con un trozo de tela.
—No quería ensuciarme de sangre. No tengo más ropa.
Arnold la miró en silencio.
—¿Esa es tu razón?
Amaris guardó la daga.
—¿Te parece una mala razón?
Arnold negó lentamente con la cabeza.
—A veces me pregunto cómo puedes preocuparte por cosas así en momentos como este.
—Y yo me pregunto por qué todavía te sorprende.
—Porque sigo esperando que algún día seas normal.
Amaris lo miró.
—Entonces vas a seguir esperando.
Arnold soltó un suspiro.
Kael los observaba.
Por primera vez, notó un cambio en Amaris.
Con él había sido fría.
Casi distante.
Pero con Arnold hablaba con una naturalidad que no había mostrado antes.
Aquello despertó aún más su curiosidad.
—¿Van a terminar? —preguntó Kael.
Amaris volvió inmediatamente a ponerse seria.
—¿Por qué?
Kael señaló hacia el bosque.
Más voces.
Más soldados.
—Porque vienen.
Arnold guardó su arma.
—Entonces muévete.
Kael sonrió.
—Con gusto.
Los tres comenzaron a correr.
Amaris recuperó ambas dagas y las guardó mientras avanzaba.
El bosque se volvió más denso.
Las ramas golpeaban sus brazos y la vegetación dificultaba el paso.
Kael no dudaba.
Conocía el camino.
Amaris lo notó.
Y aquello no hizo que confiara más en él.
Después de varios minutos, el sonido de los soldados comenzó a quedar atrás.
Kael redujo el paso.
Frente a ellos, parcialmente oculta por los árboles, se encontraba una construcción.
Amaris frunció el ceño.
No.
Era más grande.
Mucho más.
Una antigua mansión se alzaba entre la vegetación.
No era tan grande como un palacio, pero debía haber pertenecido a una familia importante.
Las paredes de piedra seguían en pie.
Enredaderas cubrían parte de la fachada.
Las ventanas estaban rotas.
El jardín había sido devorado por la maleza.
Y una enorme puerta de madera permanecía frente a ellos.
Arnold observó el lugar.
—¿Qué es esto?
—Un refugio —respondió Kael.
Amaris miró la mansión.
—¿Tuyo?
—No.
—Entonces, ¿de quién?
Kael permaneció en silencio durante un instante.
—De nadie.
Amaris no pareció convencida.
—Las casas no se abandonan solas.
Kael la miró.
—Esta sí.
Arnold soltó una pequeña risa.
—Eso no explica nada.
—No tienen que entenderlo.
Amaris llevó una mano hacia sus dagas.
—Sí tenemos.
Kael sostuvo su mirada.
Sus ojos verdes eran intensos.
—Podemos discutir afuera hasta que los soldados nos encuentren.
Amaris no respondió.
Odiaba que tuviera razón.
Finalmente avanzó hacia la mansión.
Arnold la siguió.
—No significa que confíe en ti —advirtió.
Kael caminó detrás de ellos.
—Empiezo a acostumbrarme a escuchar eso.
La puerta estaba entreabierta.
Kael la empujó lentamente.
Un sonido grave recorrió el lugar.
El interior estaba cubierto de polvo.
Pero, a diferencia de lo que Amaris esperaba, todavía podía distinguirse la grandeza que alguna vez había tenido.
Una escalera conducía al segundo piso.
Había cuadros cubiertos por telas.
Muebles antiguos.
Un enorme salón.
Y largos pasillos que desaparecían en la oscuridad.
Amaris observó todo.
—Esto no parece abandonado.
Kael levantó una ceja.
—¿Qué quieres decir?
—Hay menos polvo en algunas zonas.
Arnold miró el suelo.
Kael guardó silencio.
Amaris se dio cuenta.
—Alguien viene aquí.
—Tal vez.
—¿Quién?
Kael sonrió ligeramente.
—Otra pregunta.
—Y todavía no respondes ninguna.
Arnold caminó hasta una ventana rota.
Miró hacia el bosque.
—Podemos discutir después. Necesitamos saber si los soldados siguen cerca.
Kael asintió.
—Por una vez estoy de acuerdo contigo.
Arnold lo miró con desconfianza.
—No te acostumbres.
Kael comenzó a recorrer el lugar.
Amaris permaneció cerca de la entrada.
No quería quedar atrapada.
Si algo ocurría, quería tener una salida.
Kael se detuvo.
—Pueden quedarse aquí esta noche.
Arnold giró hacia él.
—¿Y tú?
—También.
—Eso no me tranquiliza.
—Ya lo sé.
Amaris cruzó los brazos.
—Todavía no sabemos quién eres.
Kael permaneció en silencio.
Por primera vez desde que lo habían encontrado, su expresión perdió parte de aquella tranquilidad.
Después de unos segundos, habló.
—Kael.
Amaris lo observó.
—¿Kael qué?
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro del joven.
—Eso es suficiente por ahora.
Amaris no insistió.
Sabía cuándo una persona no pensaba responder.
—Amaris.
Kael repitió su nombre en voz baja.
—Amaris.
Arnold habló después.
—Arnold.
Kael giró la mirada hacia él.
—Ya me di cuenta de que eres difícil de ignorar.
Arnold frunció el ceño.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Nada importante.
—No me gusta tu cara.
Kael sonrió.
—Eso sí que duele.
Amaris apartó la mirada.
Por un momento, casi sonrió.
Pero volvió a ponerse seria antes de que Kael pudiera notarlo.
Afuera, el viento movió las ramas.
La mansión crujió.
Los tres guardaron silencio.
Estaban juntos bajo el mismo techo.
Pero aquello no significaba que fueran aliados.
Todavía no.
Kael seguía siendo un desconocido.
Arnold no confiaba en él.
Y Amaris tampoco.
Sin embargo, los caminos que habían seguido por separado ahora los habían llevado al mismo lugar.
A una mansión abandonada.
A un refugio lleno de preguntas.
Y, sin saberlo, aquel encuentro sería solo el comienzo.
Porque mientras la noche comenzaba a caer sobre el bosque, alguien observaba la antigua mansión desde la distancia.