Morí por trabajar demasiado y desperté como la villana de una novela. Mi esposo está en coma, mi hijo me odia y estamos a punto de quedarnos sin dinero. Conociendo el trágico futuro que nos espera, decidí cambiarlo todo. Esta vez cuidaré de mi familia, protegeré a mi esposo y le daré a mi hijo el amor que nunca recibió. Aunque... parece que ambos creen que me volví completamente loca. ✨💕📖
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Mateo paga todo
La ciudad estaba tan concurrida como siempre.
Valeria caminaba empujando la silla de ruedas de Sebastián mientras Lucas avanzaba a su lado, mirando los escaparates con curiosidad.
—¡Qué grande es todo! —dijo Lucas.
—Sí... pero no te distraigas.
Después de recorrer varias tiendas, Valeria encontró una de ropa infantil.
Sus ojos brillaron.
—¡Aquí!
Una hora después...
Había elegido pantalones, camisetas, zapatillas, ropa interior, un abrigo grueso y hasta un pijama con dinosaurios.
Lucas sostenía las bolsas con una mezcla de emoción y culpa.
—Mamá... ¿no es demasiado?
—Claro que no.
Le sonrió.
—Mi hijo merece lo mejor.
Cuando llegaron a la caja, la empleada pasó todas las prendas.
Bip.
Bip.
Bip.
Hasta que levantó la vista.
—El total es de dieciocho millones.
La sonrisa de Valeria desapareció.
—¿Cuánto dijo?
—Dieciocho millones, señora.
Valeria abrió lentamente su billetera.
Solo había unos pocos billetes.
Su corazón se detuvo.
—...
"Se me fue casi todo el dinero en el pasaje..."
Tragó saliva.
—E-está bien... entonces devolveré algunas cosas...
Las empleadas comenzaron a mirarla de arriba abajo.
Una de ellas soltó una risa.
—Normal...
—¿Eh?
—Con esa ropa vieja era obvio que no podía pagar.
Otra observó a Lucas.
—Pobre niño.
—Y encima viene con un hombre en coma...
Las dos soltaron una risita burlona.
Lucas bajó la cabeza y abrazó con fuerza las bolsas.
Valeria apretó los puños.
Justo entonces...
Una mano apareció frente al mostrador.
Sostenía una tarjeta negra.
—Cárguelo a mi cuenta.
Todas las empleadas levantaron la vista.
El hombre sonrió con elegancia.
—A nombre de Mateo Montenegro.
El ambiente quedó en silencio.
Las dos empleadas palidecieron.
—¡S-señor Mateo!
Mateo ni siquiera las miró.
Sus ojos estaban puestos únicamente en Valeria.
—Hace tiempo que no nos vemos.
Valeria lo observó unos segundos.
Y entonces...
Sonrió.
Una sonrisa tan dulce que hizo que Sebastián sintiera un escalofrío.
"No..."
"Esa sonrisa..."
"Es la misma que ponía cuando perseguía a Mateo..."
Una extraña desesperación comenzó a crecer dentro de él.
"Valeria..."
"No."
"No vuelvas con él."
"Lucas te necesita..."
"Yo..."
Sus dedos temblaron apenas.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Quería abrir los ojos.
Quería levantarse.
Quería apartarla de Mateo.
Pero su cuerpo seguía sin responder.
Valeria dio un paso hacia Mateo.
—¿De verdad pagarás?
Mateo sonrió con seguridad.
—Por supuesto.
—Qué amable.
Sin pensarlo dos veces, Valeria volvió a mirar a la cajera.
—Entonces...
Señaló otra estantería.
—También agregaré esos zapatos.
Mateo parpadeó.
—¿Qué?
—Y esa mochila.
La cajera obedeció.
—También ese abrigo.
—¿Valeria...?
—Ah... y ese juguete.
Lucas abrió mucho los ojos.
—¿Mamá?
—Si alguien insiste tanto en pagar...
Sonrió inocentemente.
—Sería grosero rechazarlo.
Sebastián sintió que quería desmayarse...
Aunque ya estaba en coma.
"¿Qué está haciendo?"
Mateo mantenía la sonrisa...
Pero por dentro empezaba a arrepentirse.
Y Valeria...
Disfrutaba cada segundo de su pequeña venganza.
"La antigua Valeria desperdició tanto dinero por este hombre..."
"Pues ahora le toca devolver un poquito."
Después de salir del centro comercial...
Valeria señaló un local de comida rápida.
—¡Tengo hambre!
Sin esperar respuesta, entró empujando la silla de ruedas de Sebastián.
Lucas la siguió feliz, abrazando su nuevo peluche.
Mateo también terminó entrando.
Minutos después...
La mesa estaba completamente llena.
Hamburguesas.
Papas fritas.
Pollo.
Refrescos.
Helados.
Y todavía Valeria seguía comiendo.
Mateo la observaba incrédulo.
—¿Siempre comes así?
Valeria levantó la vista.
—¿Así cómo?
—Llevas cuatro hamburguesas.
—Cinco.
Corrigió Lucas muy serio.
—La primera se la comió mientras esperábamos.
Valeria sonrió orgullosa.
—Mi hijo presta mucha atención.
Mateo no podía creerlo.
La antigua Valeria apenas probaba la comida por miedo a engordar.
Ahora parecía disfrutar cada bocado.
Mientras tanto, Sebastián seguía sentado a su lado.
Valeria, de vez en cuando, le acomodaba la manta o le limpiaba con una servilleta una pequeña gota de refresco que había caído sobre su camisa.
Mateo terminó preguntando:
—¿Por qué lo llevas a todas partes?
Valeria dejó la hamburguesa sobre la bandeja.
Lo miró como si la respuesta fuera obvia.
—Porque no le gusta estar solo.
Mateo frunció el ceño.
—Está en coma.
—¿Y?
Valeria tomó con cuidado la mano de Sebastián.
—Sigue siendo mi esposo.
Le sonrió con dulzura.
—Además... yo tampoco puedo estar mucho tiempo sin él.
En ese mismo instante...
¡Crack!
La cuchara de plástico que sostenía Mateo se partió en dos.
El restaurante quedó en silencio por un segundo.
Mateo soltó una risa incómoda.
—Je... parece que era de mala calidad.
Lucas lo miró con curiosidad.
—Señor...
Le mostró los pedazos.
—Se le rompió la cuchara.
Mateo forzó otra sonrisa.
—Sí... parece que sí.
Valeria miró a Lucas y negó con la cabeza.
—Lucas.
—¿Sí, mamá?
—No le digas "señor".
El niño parpadeó.
—¿Entonces?
—Es tu tío.
Señaló a Mateo.
—Es el hermano de tu papá.
Lucas abrió mucho los ojos.
Luego sonrió con mucha educación.
—Hola, tío.
Aquella palabra golpeó el pecho de Mateo.
"Tío..."
Miró al pequeño.
Los mismos ojos de Sebastián.
La misma sonrisa.
Por un instante recordó el pasado.
Si las cosas hubieran sido diferentes...
Si Valeria nunca hubiera quedado embarazada de Sebastián...
Quizás...
Ese niño habría podido llamarlo papá.
Apretó los puños debajo de la mesa.
Una amarga sensación llenó su pecho.
Mientras tanto, Valeria seguía comiendo tranquilamente.
—Lucas, ¿quieres otra hamburguesa?
—¡Sí!
—Entonces pidamos dos.
Sebastián, incapaz de mover un solo músculo, solo podía escuchar todo y estaba feliz por qué Valeria era distinta.
Lucas seguía comiendo sus papas fritas muy feliz.
De vez en cuando miraba a Mateo con curiosidad.
—Tío...
Mateo levantó la vista.
—¿Sí?
—¿Mi papá era igual de serio cuando era joven?
Mateo soltó una pequeña risa.
—No.
Lucas inclinó la cabeza.
—¿No?
—Era incluso más serio.
—¡No puede ser!
Valeria se rió por lo bajo.
—Eso explica muchas cosas.
"Oye." —protestó Sebastián en su mente.
"No soy tan aburrido."
Valeria fingió toser para ocultar la risa.
Luego se inclinó despacio hacia la silla de ruedas.
Como si fuera a acomodarle la manta.
Pero, en realidad, acercó sus labios a su oído.
Y susurró muy bajito...
—¿Sabes qué?
"¿Ahora qué quieres?"
—Ya no aguanto las ganas de que despiertes.
Sebastián sintió que el corazón le dio un vuelco.
—Porque quiero otro beso.
Por un instante...
Sintió que podía mover la mano.
"¿Qué...?"
Valeria sonrió satisfecha al no recibir respuesta.
—Aunque esta vez no te dejaré escapar tan rápido.
"¡¿Quién quiere escapar?!"
Lucas los observó unos segundos.
—Mamá...
Valeria levantó la cabeza.
—¿Sí, mi amor?
—¿Por qué siempre le hablas al oído a papá?
Ella sonrió con total naturalidad.
—Porque así sabe que no está solo.
Lucas bajó la mirada hacia Sebastián.
Después tomó con cuidado una de las manos de su padre.
—Entonces...
La apretó con sus dos manitos.
—Papá... despierta pronto.
Su voz era pequeña.
Pero estaba llena de ilusión.
—Mamá sonríe mucho cuando está contigo.
Valeria sintió que el corazón se le apretaba.
Lucas continuó, muy inocente.
—Y... yo también quiero que los tres podamos comer juntos algún día.
Dentro de su propio cuerpo...
Sebastián permaneció en silencio.
Pero, por primera vez desde que cayó en coma...
Ya no quería despertar solo para volver a caminar.
Quería despertar...
Para volver a sentarse a esa mesa con su hijo.
Y descubrir por qué aquella mujer, que antes solo le causaba dolor...
Ahora lograba acelerar su corazón con un simple susurro al oído.