Cinco años de luto familiar y silencio absoluto fue el precio que Leonor pagó por quedarse atrás mientras Héctor, su amigo de la infancia, triunfaba en el extranjero. Fiel a una promesa implícita, guardó su pureza en un santuario vacío... hasta que llegó el sobre dorado: la invitación de boda de Héctor con otra mujer. Atrapada por el orgullo y el pánico a dar lástima, Leonor miente asegurando que tiene una pareja estable. El destino mueve sus hilos cuando Adrián Valero, el imponente y frío CEO de su multinacional, se queda sin asistente para un viaje de negocios a la misma ciudad del enlace. Lo que empieza como un pacto de urgencia para salvar la dignidad de Leonor se convierte en una farsa de noche y oficina de día dentro de una suite compartida con una sola cama. Entre los celos viscerales del pasado y la protección feroz de un hombre inalcanzable, las amarras se rompen. ¿Podrá Leonor proteger su corazón cuando la farsa se convierta en la verdad más peligrosa de su vida?
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CAPITULO 8. UN RUEGO EN EL ASIENTO TRASERO
El silencio que se instaló en el vestíbulo de la terminal del aeropuerto era tan espeso que juraría que podía escuchar el eco de mis propios latidos. Héctor miraba a Adrián con una mezcla de respeto intimidado y un recelo que no lograba camuflar bajo su sonrisa forzada. Yo, por mi parte, sentía que las piernas me flaqueaban tanto que en cualquier momento terminaría de rodillas sobre las baldosas brillantes del aeropuerto. Miré a Adrián con los ojos desorbitados, suplicándole con la mirada que no me destruyera en ese mismo instante, que no soltara el protocolario "Disculpe, caballero, soy su jefe corporativo".
Adrián sostuvo la mirada de Héctor durante un segundo que se sintió como una eternidad. Sus ojos oscuros, habituados a leer los faroles de los competidores en las mesas de negociación, captaron mi pánico absoluto y el orgullo herido que palpitaba en la mandíbula de Héctor. Entonces, para mi absoluto desconcierto, la seriedad de mi jefe se disolvió en una sonrisa perfecta, segura y asombrosamente cálida. Dio un paso al frente y extendió la mano hacia Héctor con una caballerosidad impecable.
—Un placer. Adrián Valero —dijo, y su voz profunda sonó con una naturalidad tan pasmosa que casi me convence a mí también—. Leo me ha hablado muchísimo de usted, Héctor. Tenía muchas ganas de ponerle cara al famoso amigo de la infancia.
Héctor parpadeó, un tanto descolocado por la imponente presencia de Adrián, y le estrechó la mano con firmeza.
—El placer es mío, Adrián. No me esperaba que vinierais en un vuelo privado, la verdad. Vaya nivel, Leo —comentó Héctor, dirigiéndome una mirada cargada de preguntas que no se atrevía a formular en voz alta—. Bueno, el coche está justo en el parking VIP de la salida. Priscila os está esperando allí dentro, que hacía un poco de frío. Dejadme que os ayude con el equipaje.
Adrián, manteniendo el papel con una elegancia innata, declinó la oferta con un gesto suave.
—No se preocupe, Héctor, yo me encargo de las maletas de mi chica. Guíenos.
El uso de ese posesivo, "mi chica", hizo que un escalofrío eléctrico me recorriera la espina dorsal. Caminé hacia la salida del aeropuerto como si estuviera flotando en un sueño de terror del que no podía despertar. Nos dirigimos hacia un todoterreno negro de alta gama que esperaba con el motor en marcha. En el asiento del copiloto se adivinaba la silueta de una mujer perfectamente peinada. Al vernos llegar, la puerta se abrió y Priscila bajó del coche, barriéndonos con una mirada analítica que se detuvo especialmente en mí y, después, con evidente sorpresa, en la imponente figura de Adrián.
Tras las presentaciones de rigor en el exterior —donde Priscila se mostró artificialmente encantadora al descubrir el estatus de Adrián—, Héctor nos invitó a subir.
—Subid atrás, chicos, estaréis más cómodos. El trayecto hasta la zona residencial es de unos cuarenta minutos —indicó Héctor mientras rodeaba el capó para ponerse al volante.
Nos deslizamos en el amplio asiento trasero de cuero negro. En cuanto las puertas se cerraron con un chasquido hermético y el coche inició la marcha hacia la autopista, la burbuja de aire pareció agotarse. Héctor y Priscila hablaban entre ellos en la parte delantera sobre el tráfico y los arreglos de la finca, dándonos una tregua de intimidad en la penumbra de los asientos de atrás.
Aprovechando que la música del coche sonaba a un volumen moderado, me giré hacia Adrián. El pánico me devoraba por dentro. Me acerqué tanto como me lo permitieron los límites del asiento, invadiendo su espacio personal hasta el punto de poder oler las notas de madera y ámbar de su colonia. Lo miré con los ojos empañados por la angustia, juntando las manos en un gesto de súplica silenciosa.
—Señor Valero... —le susurré, apenas un hilo de voz que moría entre el rugido del motor—, por favor... Le ruego que me perdone. Le juro por lo que más quiera que yo no planeé esto. No sabía que Héctor vendría al aeropuerto. Estoy completamente avergonzada. Sé que es una falta de respeto intolerable hacia usted y hacia la empresa, pero... se lo suplico, no me descubra delante de ellos. Si les dice la verdad ahora, me moriré de la humillación. Por favor, sígame la corriente solo durante este trayecto. En cuanto lleguemos a la ciudad, buscaré un pretexto y desapareceré.
Adrián no se movió. Se mantuvo reclinado contra el respaldo de cuero, con un brazo apoyado en el reposabrazos central, muy cerca del mío. Me miró de reojo. Lejos de encontrar la expresión severa de un director ejecutivo ofendido, descubrí en sus ojos oscuros una chispa de absoluta diversión. Sus labios dibujaron una media sonrisa irónica, disfrutando del evidente aprieto en el que me encontraba. La timidez y la desesperación con la que le rogaba parecían haber despertado en él un sentido del entretenimiento que rara vez se permitía en su cuadriculada vida de negocios.
Se inclinó ligeramente hacia mí, reduciendo la distancia entre nuestras cabezas. El calor que desprendía su cuerpo me envolvió por completo, haciéndome tragar saliva con dificultad.
—Es usted una caja de sorpresas, Leonor —me devolvió el susurro, con un tono pausado, grave y sugerente que me erizó la piel—. Quién diría que mi asistente más eficiente y reservada era capaz de orquestar una farsa de este calibre
—Señor Valero, de verdad... —insistí, sintiendo que el rostro me ardía de la vergüenza.
—Tranquila —interrumpió él con suavidad, extendiendo una mano para dar un sutil toque de complicidad sobre mis dedos helados, un contacto físico que hizo que mi corazón se saltara un latido—. No voy a dejarla caer frente a su amigo. Sería un pésimo jefe si lo hiciera. Además... admito que la situación me resulta sumamente intrigante. Disfrutemos del viaje en coche, "mi amor". Pero recuerde que mañana a primera hora volvemos a ser el Director Ejecutivo y su asistente. Tenemos un contrato multimillonario que cerrar.
Respiré por primera vez en media hora, sintiendo una oleada de alivio tan grande que estuve a punto de apoyar la cabeza en su hombro del puro cansancio emocional. Adrián se enderezó, recuperando su postura impecable, y dirigió la vista hacia el frente, observando por el retrovisor central cómo la mirada de Héctor regresaba una y otra vez hacia nosotros, cargada de una extraña e incómoda fijeza. El pacto estaba sellado en el asiento trasero. La farsa acababa de comenzar oficialmente, y el imponente CEO de mi empresa se había convertido, por arte de magia y un ruego desesperado, en el dueño de mi mentira.
Muchas felicidades autora!!!!!