Elizabeth solo quería terminar de leer el libro que su amiga le recomendó.
Una historia oscura sobre un poderoso señor del Norte, un hombre que pasó años en el campo de batalla y que, en su obsesión por la guerra, terminó abandonando a sus propios hijos. Niños que crecieron sin el amor de su padre, sin una madre que los protegiera y bajo el cuidado de una madrastra cruel que solo sabía repetir el mismo dolor que alguna vez recibió.
Todo porque, cuando más lo necesitaban, nadie estuvo allí para ellos.
Elizabeth conocía perfectamente aquella historia.
Sabía quiénes serían los villanos.
Sabía cómo terminaría cada personaje.
Y, sobre todo, sabía que la madrastra tendría un final terrible.
Y lo peor para ella es que la verdadera madrastra Elizabeth ha cambiado de lugar con ella, y ahora ella ha reencarnado como la madrastra.
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El precio de la negligencia
El silencio permaneció en el despacho después de las palabras de Elizabeth.
Ninguno de los sirvientes se atrevía a levantar la cabeza. Todos permanecían de rodillas bajo la presión de la magia que llenaba la habitación, pero, a pesar de la orden de Elizabeth, nadie parecía dispuesto a ser el primero en hablar.
Ella los observó durante unos segundos.Los veía temblar.
Habían escuchado sus preguntas y sabían que la situación era grave, pero aun así seguían guardando silencio.
Elizabeth comprendió que esperar no serviría de nada.
—Ya les he dicho que hablen.
Nadie respondió.
Elizabeth levantó lentamente una mano.
—Entonces no esperaré más.
La magia comenzó a concentrarse frente a ella y, poco después, un gran círculo mágico apareció sobre el suelo del despacho. Los símbolos comenzaron a brillar mientras una nueva oleada de energía recorría la habitación.
Los sirvientes sintieron que algo cambiaba.
Elizabeth los observó con expresión fría.
—A partir de ahora, responderán con la verdad. No podrán ocultar aquello que saben ni mentir deliberadamente.
El círculo mágico brilló con mayor intensidad.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Entonces uno de los sirvientes habló.
—El joven amo solía aparecer en diferentes partes de la mansión, señora.
Elizabeth dirigió la mirada hacia él.
—¿Dónde?
—En los pasillos, principalmente. Algunas veces lo encontré caminando solo durante la mañana y otras veces por la tarde. Parecía estar explorando.
—¿Qué hacía cuando lo encontraba?
—Nada en particular. A veces miraba por las ventanas o se quedaba observando los cuadros. Otras veces simplemente caminaba hasta que dejaba de verlo.
Otro sirviente intervino.
—Yo lo vi varias veces cerca de las escaleras que conducen al segundo piso.
Elizabeth frunció ligeramente el ceño.
—¿Solo?
—Sí, señora. Una vez lo encontré sentado en uno de los escalones. No parecía estar haciendo nada. Cuando me vio, se levantó y se marchó.
Un tercero habló con cierta dificultad.
—También solía aparecer cerca de los almacenes.
Elizabeth volvió la mirada hacia él.
—¿Por qué?
—No lo sé, señora. Algunas veces abría las puertas o miraba hacia el interior. En una ocasión lo encontré buscando entre unas cajas.
—¿Buscando qué?
—Comida, señora.
El silencio volvió a caer sobre la habitación.
El sirviente continuó.
—Encontró unas frutas que habían sido almacenadas allí. Tomó una y se marchó.
Elizabeth apretó ligeramente los dedos.
Otro de los sirvientes habló.
—También lo vi algunas veces cerca de la cocina, pero no entraba siempre. En ocasiones permanecía en el pasillo y esperaba hasta que alguien saliera.
Elizabeth lo observó.
—¿Por qué esperaba?
—Creo que esperaba a que alguien le diera comida.
Nadie habló durante unos segundos.
Aquello era diferente de lo que Carmen había contado.
Carmen había hablado de las ocasiones en que Bastian llegaba hasta la cocina para tomar algo. Los demás estaban revelando ahora que el niño recorría otras partes de la mansión buscando lugares donde pudiera encontrar comida por sí mismo.
Otro sirviente bajó la mirada.
—También lo vi escondido detrás de unas cortinas una vez.
Elizabeth arqueó ligeramente una ceja.
—¿Escondido?
—Sí, señora. Pensé que estaba jugando, pero cuando me acerqué, se alejó rápidamente.
—¿Dijo algo?
—No.
—¿Y usted lo siguió?
El hombre negó con la cabeza.
—No, señora.
Elizabeth lo miró fijamente.
—¿Por qué?
El sirviente tragó saliva.
—Porque pensé que la niñera sabía dónde estaba.
Elizabeth miró a Sebastián.
El mayordomo permanecía serio.
—¿Usted sabía que el joven amo hacía esto?
Sebastián respondió con sinceridad.
—Sabía que en algunas ocasiones salía de su habitación, señora. Sin embargo, no sabía hasta qué punto recorría la mansión ni que buscaba comida por su cuenta.
Elizabeth asintió lentamente.
No parecía estar culpándolo.
Sebastián había dejado claro que revisaba al niño cuando sus responsabilidades se lo permitían, pero no podía estar en todas partes al mismo tiempo.
Elizabeth volvió la mirada hacia los sirvientes.
—¿Y la niñera?
El círculo mágico permanecía activo.
Esta vez fue uno de los sirvientes más jóvenes quien respondió.
—Casi nunca la veíamos fuera de sus aposentos, señora.
—¿Qué hacía allí?
—Recibía comida y pedía que los sirvientes llevaran distintas cosas a su habitación.
Carmen agregó con cautela:
—Decía que después de tantos años en la mansión merecía ciertas consideraciones.
Elizabeth frunció el ceño.
—¿Qué clase de consideraciones?
—Que no debía realizar determinadas labores porque su posición era diferente a la del resto de los sirvientes. Decía que había cuidado primero al joven Damián y que ahora estaba a cargo del joven Bastian, por lo que el Señor del Norte le había concedido un lugar especial dentro de la mansión.
Otro sirviente asintió.
—Nos hacía atenderla constantemente.
—¿Y mientras ustedes la atendían?
El hombre bajó la cabeza.
—El joven amo permanecía solo.
Elizabeth cerró los ojos durante un instante.
La situación era todavía peor de lo que había imaginado.
La niñera había utilizado su posición para vivir cómodamente mientras prácticamente abandonaba la responsabilidad que se le había confiado.
Había convertido a los pocos sirvientes disponibles en personas dedicadas a atender sus necesidades, mientras un niño de tres años recorría la mansión buscando comida y compañía.
Elizabeth volvió lentamente la mirada hacia la niñera.
—¿Es cierto?
La mujer permaneció en silencio.
El círculo mágico hizo imposible que pudiera ocultar deliberadamente la verdad.
—Sí.
Su voz salió finalmente entre dientes.
—Pero el niño estaba bien.
Elizabeth la observó con incredulidad.
—¿Eso es lo que considera estar bien?
La niñera levantó la cabeza.
—Siempre ha sido un niño tranquilo. No necesita que alguien esté detrás de él todo el tiempo.
Elizabeth sintió que la rabia volvía a crecer.
—Tiene tres años.
—Es hijo del Señor del Norte.
La niñera habló con una seguridad que hizo que varios sirvientes bajaran todavía más la cabeza.
—No es un bebé.
Elizabeth dio un paso hacia ella.
—¿Y eso le parece una justificación?
La mujer apretó los labios.
—He permanecido en esta mansión durante muchos años. Fui la niñera del joven Damián y ahora soy la del joven Bastian. El Señor del Norte confió en mí.
—Y usted utilizó esa confianza para hacer lo que le convenía.
La expresión de la mujer cambió.
—Usted no tiene derecho a juzgarme.
Elizabeth la miró fijamente.
—Tengo todo el derecho.
—Acaba de llegar a esta mansión. No conoce este territorio ni sabe cómo han funcionado las cosas durante todos estos años.
Elizabeth permaneció en silencio.
La niñera, al sentirse respaldada por sus años de servicio, continuó:
—Yo he estado aquí cuando usted no estaba. El Señor del Norte me permitió permanecer en esta mansión durante todos estos años.
Elizabeth entrecerró los ojos.
—¿Y eso significa que puede disponer de los sirvientes como si fueran suyos?
La mujer no respondió.
—¿Puede dejar solo a un niño de tres años?
Silencio.
—¿Puede permitir que se alimente por su cuenta mientras usted vive cómodamente en sus aposentos?
La niñera apretó los dientes.
—Yo no hice nada malo.
Elizabeth la observó durante unos segundos.
—Entonces tampoco tiene nada que temer.
La mujer levantó la mirada.
Elizabeth retiró lentamente la mano.
El círculo mágico desapareció.
La presión sobre los sirvientes permaneció.
—Ya he escuchado suficiente.
La niñera frunció el ceño.
—Señora...
—No vuelva a llamarme así como si esperara que su título le otorgara alguna protección.
La expresión de Elizabeth se volvió fría.
—Usted recibió la responsabilidad de cuidar a los hijos del Señor del Norte y decidió aprovecharse de ella.
La niñera finalmente perdió la compostura.
—¡Usted no es nadie para hablarme de responsabilidades!
Elizabeth se quedó inmóvil.
—¿Qué ha dicho?
—Usted no es más que una mujer abandonada por su esposo. El Señor del Norte ni siquiera está aquí. ¿Qué autoridad cree tener sobre mí?
El despacho quedó en silencio.
Elizabeth la observó.
Y entonces sonrió.
No era una sonrisa amable.
Era una sonrisa fría.
—Entiendo.
La expresión de Elizabeth se volvió fría.
Levantó lentamente una mano.
Un nuevo círculo mágico apareció bajo la niñera. A diferencia del anterior, aquel círculo desprendía una energía mucho más profunda y antigua. Los símbolos que lo componían comenzaron a girar lentamente, mientras una poderosa presencia empezó a extenderse por el despacho.
Sebastián levantó ligeramente la mirada.
Su expresión cambió por primera vez desde que había comenzado aquella situación.Reconocía aquella clase de magia.
No era una invocación común.La energía que emanaba del círculo pertenecía a una existencia que muy pocos magos podían llamar , una demonio superior.
Lilith.
Un nombre que incluso entre los demonios era conocido y que rara vez aparecía en los rituales de invocación. No era una criatura que pudiera ser llamada con facilidad, y mucho menos por alguien que no poseyera un poder extraordinario.
Sebastián sintió una profunda sorpresa.
Sin embargo, no dijo una sola palabra.
No era el momento de hacer preguntas.
La señora estaba furiosa.
Y por la forma en que la magia llenaba el despacho, Sebastián comprendió que intervenir sería una imprudencia.
La luz del círculo aumentó.
Una figura comenzó a emerger lentamente desde su interior.
Una mujer de apariencia imponente apareció frente a ellos. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros y sus ojos rojizos brillaban con una intensidad sobrenatural. La presión de su presencia hizo que incluso los sirvientes sintieran un escalofrío.
Lilith había llegado.
La demonio levantó la mirada y observó tranquilamente a Elizabeth.
—¿Me ha llamado, señora?
Elizabeth no apartó los ojos de la niñera.
—Sí.
Señaló a la mujer que permanecía de rodillas.
—Llévatela.
Lilith dirigió la mirada hacia la niñera.
La mujer comenzó a temblar.
—¡No! ¡Espere, señora!
Elizabeth permaneció completamente fría.
—Al infierno.
Los ojos de Lilith brillaron con una ligera diversión.
—Como ordene.
La niñera comenzó a forcejear mientras la oscuridad se extendía a su alrededor.
—¡Señora, por favor! ¡Yo he servido a esta familia durante años!
Elizabeth no respondió.
—Hazle pagar por todo lo que hizo sufrir al joven amo.
Lilith sonrió.
—Será un placer.
La oscuridad envolvió por completo a la niñera.
En cuestión de segundos, ambas desaparecieron.
El círculo mágico se desvaneció.
El silencio regresó al despacho.
Sebastián permaneció inmóvil.
No hizo ninguna pregunta.
No comentó lo que acababa de presenciar.
Solo bajó ligeramente la mirada.
Había comprendido algo importante.
La mujer que había llegado a la mansión como nueva señora del Norte era mucho más poderosa de lo que cualquiera había imaginado.