Elizabeth solo quería terminar de leer el libro que su amiga le recomendó.
Una historia oscura sobre un poderoso señor del Norte, un hombre que pasó años en el campo de batalla y que, en su obsesión por la guerra, terminó abandonando a sus propios hijos. Niños que crecieron sin el amor de su padre, sin una madre que los protegiera y bajo el cuidado de una madrastra cruel que solo sabía repetir el mismo dolor que alguna vez recibió.
Todo porque, cuando más lo necesitaban, nadie estuvo allí para ellos.
Elizabeth conocía perfectamente aquella historia.
Sabía quiénes serían los villanos.
Sabía cómo terminaría cada personaje.
Y, sobre todo, sabía que la madrastra tendría un final terrible.
Y lo peor para ella es que la verdadera madrastra Elizabeth ha cambiado de lugar con ella, y ahora ella ha reencarnado como la madrastra.
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Capítulo 8: Las marcas de la crueldad
El silencio en el despacho se prolongó de forma sofocante. La niñera permanecía frente al escritorio sosteniendo una mentira insostenible, mientras los demás sirvientes evitaban a toda costa la mirada de la duquesa.
Elizabeth los observó en frío, esperando paciente. Finalmente, una joven sirvienta dio un paso al frente con las manos temblorosas unidas sobre el delantal.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Elizabeth con suavidad pero con firmeza.
La joven hizo una reverencia profunda.
—Carmen, señora.
—Carmen. Habla —ordenó Elizabeth.
—Yo... yo trabajo principalmente en la cocina, señora —comenzó a explicar la joven, tragando saliva con dificultad—. Pero en varias ocasiones vi al joven amo Bastian aparecer por allí. Al principio pensé que buscaba a alguien, pero luego noté que tomaba un trozo de pan o alguna fruta antes de marcharse.
Elizabeth sintió una amarga opresión en el pecho.
—¿Ocurría con frecuencia?
—No todos los días, señora, pero sí varias veces al mes —admitió Carmen, bajando la mirada—. También solía verlo caminar solo hacia los jardines o cerca del bosque que rodea la propiedad. En cuanto notaba que alguien lo observaba, salía huyendo.
La niñera intervino de inmediato con tono indignado:
—¡Eso es una falacia, señora! El joven amo recibe sus alimentos adecuadamente. No tiene ninguna necesidad de deambular como un mendigo. Y jamás sale sin mi compañía.
Elizabeth no se molestó en discutir. En su lugar, dirigió una mirada helada a Sebastián, quien comprendió la orden sin necesidad de palabras y salió del despacho. Unos minutos después, el mayordomo regresó acompañado por un hombre mayor de manos callosas y ropa desgastada por el trabajo de la tierra.
—Señora, este es el jardinero principal —presentó Sebastián.
—¿Has visto al joven amo Bastian fuera de la mansión? —inquirió Elizabeth sin rodeos.
El anciano dudó por un instante, pero al sentir la imponente presencia de la duquesa, inclinó la cabeza.
—Sí, señora. Muchas veces. Lo he visto solo en los rosales, cerca del límite del bosque e incluso rondando la zona de entrenamiento de los caballeros. Pensé que tenía permiso, así que no me atreví a intervenir.
La niñera palideció ante las evidencias cruzadas. Antes de que Elizabeth pudiera emitir su juicio, unos golpes apresurados resonaron en la puerta.
—¡Señora! —llamó María desde el exterior.
—Entra —ordenó Elizabeth.
La joven sirvienta abrió la puerta con respiración agitada.
—Señora, el médico ha terminado de examinar al joven amo. Me pidió que la buscara de inmediato; necesita hablar con usted en privado.
Elizabeth se puso de pie al instante.
—Sebastián, quédate aquí y asegúrate de que nadie abandone este despacho.
Caminó a paso firme de regreso a sus aposentos. Al cruzar el umbral, encontró al médico real recogiendo sus instrumentos al lado de la cama donde Bastian dormía plácidamente bajo el influjo de su magia.
—¿Cuál es su diagnóstico? —preguntó Elizabeth, acercándose al lecho.
El médico hizo una reverencia cargada de pesar.
—La fiebre cederá pronto con el tónico adecuado, señora. Sin embargo, hay cosas más graves. El joven amo padece un cuadro de desnutrición leve pero preocupante para su edad. Su desarrollo se ha visto afectado por una dieta deficiente e irregular.
Elizabeth apretó los puños, sintiendo cómo las uñas se clavaban en sus palmas.
—¿Qué más? —exigió saber.
—Presenta raspones antiguos en las rodillas y múltiples hematomas en los brazos y el torso —reveló el médico con cautela—. Algunos parecen provocados por caídas al deambular sin supervisión, pero otros... son marcas de sujeciones brutales.
«Lo maltrataban...», pensó Elizabeth mientras una rabia volcánica amenazaba con devorar su cordura. «Un niño de tres años, abandonado, hambriento y golpeado en las sombras».
—Cuide de él. Si su estado altera en lo más mínimo, hágamelo saber —ordenó Elizabeth con una helada compostura que infundía pavor.
Dejó a María a cargo de la custodia del niño y regresó al despacho a pasos agigantados. Al abrir la puerta de golpe, no contuvo más su poder.
Una ráfaga de aura esmeralda y una presión aplastante inundaron la estancia. Los sirvientes cayeron de rodillas sofocados sobre la alfombra. Incluso la niñera terminó hincada, temblando descontroladamente mientras el aire se volvía pesado como el plomo.
Elizabeth avanzó lentamente hasta apoyarse tras el escritorio, observándolos desde las alturas como una auténtica soberana del Norte.
—El médico acaba de confirmarme que el heredero de esta casa sufre de desnutrición y presenta marcas de maltrato físico en su cuerpo —declaró con una voz que resonó como un trueno distante—. Y ustedes se atrevieron a decirme que estaba bien cuidado.
La niñera intentó balbucear una excusa entre jadeos:
—S-Señora... yo no...
—¡Silencio! —sentenció Elizabeth, haciendo que la magia vibrara a su alrededor—. Se acabaron las mentiras. Me van a contar absolutamente todo sobre lo que ha ocurrido en esta mansión a espaldas de mi esposo. Y si alguno intenta ocultarme la verdad, se asegurará de conocer el verdadero significado del castigo de una Archiduquesa.