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El Asistente Del Valle Del Fuego

El Asistente Del Valle Del Fuego

Status: Terminada
Genre:Viaje En El Tiempo / Doctor / Aventura / Completas
Popularitas:207
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.

En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.

Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent

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CAPÍTULO 7: SEXTA LUNA — LA VOTACIÓN

El día treinta y seis amaneció tranquilo, con el sol saliendo suave por detrás de las montañas y el olor a pino mojado llenando todo el claro, pero nadie en la cueva estaba realmente tranquilo. Desde la noche anterior, cuando Kael nos había mostrado la flecha negra clavada en el roble del bosque norte —afilada, con plumas de águila que ninguno de nosotros usaba, hecha por manos que no conocíamos— una tensión silenciosa caminaba con nosotros a todas partes. No se hablaba de ello en voz alta, no delante de Nia al menos, pero todos lo sentíamos: alguien más andaba por nuestro valle. Alguien que no venía a saludar.

Sin embargo, por primera vez desde que caí del cielo, yo no contaba los días. Antes, cada mañana me despertaba y sumaba uno en la cabeza, con miedo de equivocarme, de pasarte del plazo de las siete lunas que Kael me había dado sin haberme ganado el derecho a quedarme. Ahora, casi sin darme cuenta, ya llevaba treinta y seis días allí. Habían pasado cinco lunas completas. Quedaban dos, catorce días, para cumplir el plazo exacto, y se me habían olvidado casi por completo. Ya no tenía que demostrar nada a nadie. Ya no tenía que aguantar miradas de desprecio ni bromas hirientes ni susurros que se callaban cuando yo pasaba.

Los siete días que siguieron, del treinta y seis al cuarenta y dos, fueron los más tranquilos que pasé en todo ese tiempo. No hubo lobos que atacaran, no hubo fiebres graves, no hubo ciervos que desgarraran pechos. Solo la rutina suave de la familia, en la que yo ya tenía mi propio lugar sin tener que pedir permiso. Por las mañanas ayudaba a Rian a revisar las trampas —él ya me llamaba hermano sin ruborizarse, delante de todos— y le enseñaba a hacer nudos más resistentes que no se soltaban ni con el tirón de un animal grande. Por las tardes me sentaba con Lira al lado del río, clasificando hierbas, y ella me contaba historias antiguas del clan que Gorn le había enseñado, de cuando el hielo cubría todo el valle y solo los más fuertes sobrevivieron. Le enseñé a Nia a contar hasta diez con los dedos, como lo hacían los niños en mi mundo, y ella pasaba horas repitiendo los números en voz alta mientras jugaba con su lagarto de madera. Incluso Mara y yo hablábamos ya sin tensión, sin que ella me llamara extraño nunca más: me pedía consejo para las cortes pequeñas de los niños, me dejaba probar nuevas formas de secar la carne al humo para que durara más tiempo sin pudrirse, y a veces, muy de tarde en tarde, hasta se reía de alguna broma tonta que yo decía.

Kael y yo salimos dos veces más al bosque norte, buscando huellas de quien había lanzado la flecha. No encontramos nada más. Ninguna pisada, ningún rastro de fogata, ninguna señal de que hubiera más gente cerca. Pero no nos engañábamos. Estaban ahí. Esperando. Por las noches, cuando todos dormían, hablábamos bajito cerca del fuego, planeando pequeñas defensas: afilar más lanzas, colocar estacas puntiagudas escondidas en los senderos que llevaban a la cueva, preparar cuerdas con las que poder cerrar la entrada de golpe si hacía falta. Él no me lo dijo nunca en voz alta, pero yo lo sabía: ya me consideraba su segundo al mando. El chico débil que había caído del río se había convertido en su mano derecha.

El día cuarenta y dos, último de la sexta luna, amaneció con un cielo rojo intenso como la sangre, de esos que Gorn decían que traían noticias importantes, buenas o malas. Todo el día hubo una especie de expectativa en el aire, como si todos supieran que esa noche pasaría algo que cambiaría las cosas para siempre, aunque nadie sabía muy bien qué. Nia estaba más inquieta de lo normal, corriendo de un lado para otro sin parar. Rian afilaba su lanza una y otra vez, sin prisa, como si estuviera esperando una señal. Mara cocinó más carne de lo habitual, como si fuera una fiesta. Lira me miraba de reojo cada rato, sonriendo, sin decirme por qué.

Cuando el sol se ocultó del todo y las primeras estrellas salieron, Kael golpeó tres veces el suelo con su bastón —la señal de reunión importante— y nos sentamos todos alrededor del fuego, en círculo, como hacíamos muy pocas veces. Nia se sentó en mis rodillas, como hacía ya todas las noches, Rian a mi derecha, Lira a mi izquierda, Mara enfrente, Gorn en su piedra de siempre, y Kael de pie en el centro, con la luz roja del fuego iluminándole la cara dura.

—Treinta y seis días atrás —empezó, con su voz baja y grave que hacía callar hasta a los grillos del bosque—, encontré a este chico medio muerto en el río, vestido con ropa rara, hablando una lengua que nadie entendía del todo. Le di siete lunas. Cuarenta y nueve días. Si en ese tiempo demostraba que servía para algo, se quedaba. Si no, lo devolvíamos al agua para que los espíritus decidieran qué hacer con él.

Hizo una pausa, miró a cada uno de nosotros en silencio, y luego clavó la mirada en mí.

—Faltan siete días para cumplir ese plazo. Una luna más. Pero no hace falta esperar. Ya sabemos lo que vale. Ya sabemos quién es. Salvó a Nia de la fiebre que se llevaba a los niños. Nos dio trampas que nos dan el doble de comida. Curó el brazo de Mara para que no quedara lisiada para siempre. Salvó a Rian de la muerte cuando la cornamenta del ciervo le abrió el pecho. Nos enseñó cosas que ninguno de nuestros antepasados supo nunca. Y ahora, cuando alguien extraño se acerca a nuestro valle con malas intenciones, está aquí, listo para pelear por nuestra casa como si hubiera nacido en ella.

Se giró hacia todos los demás, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Vamos a votar. Cada uno dice en voz alta: ¿se queda Ha-jun con nosotros para siempre, o se va? No hay términos medios.

Nia fue la primera, antes de que nadie más pudiera abrir la boca. Se puso de pie de un salto en mis rodillas, levantó el puño pequeño en el aire y gritó con todas sus fuerzas, tan fuerte que los pájaros salieron volando de los árboles cercanos:

—¡SE QUEDA! ¡ES MI HERMANO! ¡SI SE VA ME VOY CON ÉL!

Todos reímos un poco, incluso Kael, que rara vez sonreía. Luego habló Turi, el chico callado que casi nunca decía tres palabras seguidas. Se aclaró la garganta, miró a sus pies un segundo, luego levantó la vista y dijo claro, sin dudar:

—Se queda. Hizo el colgante que me protege. Nos ayuda sin pedir nada. Se queda.

Siguió Lira. Me miró fijamente a los ojos, sin apartar la vista ni un segundo, con esas manos suyas entrelazadas en el regazo temblando un poco de emoción.

—Se queda —dijo, y su voz sonó firme, aunque suave—. Sin él, Nia estaría muerta. Rian también. Mara no podría usar el brazo. Nos habríamos quedado sin comida muchas noches. Él no vino a quitarnos nada. Vino a darnos más de lo que teníamos. Quiero que se quede. Siempre.

Rian no se levantó. Solo apretó su puño contra el pecho, justo donde tenía la cicatriz todavía roja de la herida del ciervo, y habló con esa voz ronca suya, sin adornos, sin frases bonitas, pero con un peso que nadie más tenía:

—Es mi hermano de sangre. Le debo la vida. Si se va, me voy con él. Si alguien quiere echarlo, tendrá que pasar primero por encima de mí. Se queda.

Mara fue la siguiente. Todos nos callamos más, porque todos sabíamos lo que ella había pensado de mí al principio, que había sido la primera en pedir que me echaran al río sin darme una oportunidad. Se quedó quieta unos segundos, mirando las llamas del fuego, luego levantó la vista hacia mí, y vi que tenía los ojos un poco brillantes, aunque no dejaba que se le cayera ninguna lágrima delante de nadie.

—Al principio lo odié —dijo, sencilla, sin mentir, sin dar vueltas—. Pensé que eras una carga. Un inútil que comía lo nuestro y no servía para nada. Que el río se había equivocado al traerte. Me equivoqué yo. Salvaste a mi hija. Salvaste a mi hijo. Arreglaste mi brazo para que pudiera seguir cuidando de ellos. Me enseñaste que la fuerza no es lo único que sirve para sobrevivir. Eres uno de los nuestros. Se queda.

Gorn habló penúltimo. Ni siquiera tuvo que levantarse de su piedra. Solo sonrió, esa sonrisa suya de quien lo sabe todo antes que nadie, y movió la cabeza despacio.

—El agua lo trajo —dijo, como si estuviera diciendo que el sol sale por la mañana—. El agua siempre trae lo que el valle necesita. Yo lo supe desde el primer día que lo vi mojado y temblando en la entrada de la cueva. No hay que votar. Ya estaba decidido desde antes que él naciera. Se queda.

Por último habló Kael. Dio un paso hacia mí, extendió la mano grande y callosa, y me la ofreció para que me levantara. Me puse de pie, con Nia todavía agarrada a mi cuello, y apreté su mano con fuerza.

—Yo también vine del agua —dijo, bajo, para que solo yo lo oyera bien, aunque todos ya lo sabían desde que Gorn me llevó a ver la piedra—. Sé lo que es estar perdido en un mundo que no es el tuyo, sin saber si vas a sobrevivir ni un día más. Sé lo difícil que es elegir entre lo que dejaste atrás y lo que encuentras delante. Tú ya elegiste, con cada cosa que hiciste por nosotros. Ahora nosotros te elegimos a ti. Eres parte de esta familia. Para siempre. Se queda.

Votación unánime. Siete síes. Ningún no. Ninguna duda.

Todos se levantaron entonces, uno por uno, y me abrazaron. Nia me apretó el cuello con sus bracitos pequeños. Turi me dio un pequeño colgante nuevo que había tallado, esta vez con forma de ciervo, por lo del día que habíamos cazado el gigante del bosque. Rian me dio un golpe amistoso en el hombro, tan fuerte que casi me hace caer, y sonrió de oreja a oreja. Mara me apretó el brazo con fuerza, sin decir nada, pero su mirada ya no tenía nada de la desconfianza del principio. Gorn me dio una palmada en la espalda. Lira se acercó la última, me tocó la cara suavemente con la punta de los dedos, y me besó despacio, delante de todos, sin importarle que nos miraran. El beso sabía a hierbas mentoladas y a carne asada y a todo lo bueno que había encontrado en ese valle.

Más tarde, cuando todos se habían dormido ya profundamente, cansados por la emoción de la noche, yo no podía pegar ojo. Salí fuera de la cueva despacio, para no despertar a nadie, y me quedé mirando las estrellas, el cuchillo de Mara en el cinturón, los dos colgantes de Turi contra el pecho, el sabor del beso de Lira todavía en los labios. Y entonces lo sentí.

El zumbido leve en los oídos. El mismo de la fuente de Seúl. El mismo de la cueva de la montaña.

Miré hacia la ladera oeste, hacia donde estaba la piedra azul, y vi un resplandor azul pálido que se filtraba por entre los árboles, iluminando las copas de los pinos. Estaba llamándome. Era la hora. La primera oportunidad real y segura de volver.

Subí corriendo sin pensarlo, guiado por esa luz que me llamaba desde dentro del pecho, llegué jadeando a la pequeña cueva del charco, y me detuve en la entrada, sin aliento. La piedra brillaba entera como una estrella caída del cielo, encendiendo toda la roca de azul eléctrico, el agua del charco vibrando a su alrededor con ondas pequeñas y rápidas. El zumbido era tan fuerte que me dolían los oídos. Sabía lo que tenía que hacer. Sabía que si tocaba el agua y luego la piedra en ese instante exacto, estaría de vuelta en Seúl en menos de un segundo. De vuelta con mi madre. De vuelta a la clínica. De vuelta a mi vida de antes.

Me arrodillé al borde del charco. Metí la mano en el agua fría, y de inmediato vi las imágenes claras, nítidas, como si estuviera ahí: mi madre parada al lado de la fuente del centro comercial, llamando mi nombre una y otra vez, la cara hinchada de tanto llorar, la policía hablándole al oído diciéndole que tal vez yo ya no aparecería. Mi habitación exactamente igual a como la dejé, el uniforme de la clínica tirado sobre la silla, el libro de anatomía abierto por la página del corazón que estaba estudiando la noche que me empujaron. Mi mejor amigo dejando un vaso de ramyeon frío en la puerta de mi piso, por si volvía.

Estuve a punto de tocar la piedra. Tuve la mano a menos de un centímetro de su superficie lisa y fría, la luz azul iluminándome toda la cara. Podía volver. Podía abrazar a mi madre otra vez. Podía decirle que estaba vivo, que no había muerto en la caída. Podía volver a ser el Ha-jun de antes, el asistente médico que pagaba el arriendo y se preocupaba por los exámenes.

Y entonces, detrás de las imágenes de Seúl, vi otras. Vi a Nia esperándome por la mañana para que le contara más historias. Vi a Rian enseñándome a lanzar la lanza, riéndose cuando yo fallaba por enésima vez. Vi a Mara dándome su cuchillo, la mano temblando un poco de emoción. Vi a Gorn sonriendo desde su piedra. Vi a Kael asintiéndome con la cabeza, confiándome la defensa del clan. Vi a Lira besándome delante del fuego, diciéndome que quería que me quedara siempre.

Y vi la flecha negra. Vi el peligro que se acercaba al valle. Vi que si me iba en ese momento, si los abandonaba justo cuando alguien quería hacerles daño, no habría nadie que pudiera curar sus heridas, nadie que pensara defensas inteligentes, nadie que usara la cabeza además de la fuerza. Podían morir todos. Todos los que me habían dado una familia cuando no tenía nada.

Aparté la mano de la piedra de golpe, como si me hubiera quemado.

La luz se fue apagando poco a poco, hasta volver a ser solo las vetas brillantes de siempre, y el zumbido desapareció hasta quedar en un murmullo casi imperceptible. La oportunidad se había ido. Volvería a haber otra, dentro de una luna, Gorn me había dicho, pero esa noche yo había tomado mi decisión.

No me iba. No todavía. No cuando me necesitaban. No cuando por fin había encontrado algo que valía más la pena que volver a mi vida anterior.

Bajé de la montaña caminando despacio, con el corazón ligero, como si me hubiera quitado un peso enorme de encima que llevaba desde el primer día. Cuando entré en la cueva, todos seguían durmiendo tranquilos. Lira se movió un poco en su cama de ramas, abrió los ojos medio dormidos, me vio de pie ahí, y me sonrió, extendiendo la mano para que me sentara a su lado. Me acosté a su lado, ella apoyó la cabeza en mi pecho, y se volvió a dormir al instante, respirando suave contra mi piel.

Miré la oscuridad del techo de la cueva, escuchando la respiración de todos ellos: Nia que roncaba un poco, Rian que se movía de vez en cuando, Mara que susurraba el nombre de sus hijos dormida, Gorn que respiraba lento y profundo, Kael que vigilaba desde su lugar cerca de la entrada.

Faltaban siete días para cumplir las siete lunas que Kael me había dado al principio. Siete días para cerrar oficialmente el plazo. Pero ya no importaba. Esa noche, alrededor del fuego, cuando los siete habían dicho que me querían con ellos para siempre, el plazo se había acabado para mí. Ya no era el extraño que venía del río. Ya no era el chico de Seúl que estaba de paso en la Edad de Piedra.

Era uno de ellos. Era familia. Era hogar.

Cerré los ojos, sonriendo en la oscuridad, y por primera vez desde que caí por esa azotea, no tuve ni un solo pensamiento de volver.

Mañana empezaría la última luna. Mañana seguiríamos preparándonos para lo que viniera del bosque. Mañana enseñaría a todos a hacer más trampas, mejores lanzas, defensas que nadie de ese mundo hubiera visto nunca.

Porque el valle era mío ahora. Y ellos eran míos. Y nadie, absolutamente nadie, vendría a quitárnoslo.

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