Sinopsis:
Un matrimonio por conveniencia de dos años. Dos mentes calculadoras dispuestas a todo.
Emma creía que Dilan era el títere perfecto para lograr su venganza familiar y luego desaparecer con su herencia. Dilan sabía que Emma era un lobo con piel de cordero desde el día en que la conoció, y la eligió por eso.
Cuando las mentiras salen a la luz y el imperio de piezas se derrumba, ella exige la libertad que estipulaba el contrato. Pero él tiene una nueva condición: "Úsame, destruye a quien quieras, pero te quedas conmigo". Una historia de amor obsesivo, secretos y poder donde el peligro más grande no son los enemigos externos, sino la atracción entre los dos. Una pregunta que Emma no sabe cómo responder: ¿Se puede ganar una guerra cuando tu mayor enemigo está dispuesto a entregarte todo con tal de que lo ames?
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Capítulo 8
Miraba con desconfianza al hombre que dormía tan tranquilamente a mi lado. ¿Desde cuándo planeó acostarse conmigo? No, la verdadera pregunta era otra: ¿Desde cuándo Dilan fingía ser una persona distinta a la que realmente era?
Mientras mi mente divagaba, no pude evitar imaginarme cuántas mujeres habrían ocupado este lugar antes que yo, dejando un sabor amargo en mi boca. Se veía tan apacible, tan absurdamente guapo mientras dormía...
Aparté la mirada, sintiéndome vulnerable. Traté de levantarme, pero apenas hice el amago, un brazo fuerte me devolvió al colchón.
—Sigue durmiendo —ordenó, abrazándome con una posesividad que me dejó sin aliento.
Intenté zafarme; el calor que desprendía su cuerpo era una invitación peligrosa. Si seguíamos así, la llama que apenas empezaba a arder nos consumiría.
—Déjame salir —dije, tratando de morder su hombro para que me soltara.
En lugar de ceder, me acorraló, subiéndose sobre mí. Mis manos quedaron atrapadas sobre mi cabeza, indefensas. Sus ojos, cargados de una intensidad que me nublaba el juicio, me escrutaban.
—Me gusta mucho tu cama —susurró cerca de mis labios—. Contigo aquí, así, tal como ahora.
Una de sus manos comenzó a recorrer mi piel desnuda. Traté de apartarlo, pero mi cuerpo me traicionó; cada caricia era una descarga eléctrica que me hacía estremecer. Cuando sus labios descendieron hasta mi cuello y sentí el roce de su lengua, un gemido se escapó de mi garganta.
—Duele... —logré decir cuando sus dientes se clavaron en mi piel, enviando una sacudida de placer puro por toda mi columna.
Él no se detuvo, sellando mi boca con un beso que reclamaba cada rincón de mi ser. Mis manos, antes prisioneras, terminaron enredándose en su cabello, rendida.
Cuando desperté, el sol de las seis de la mañana se filtraba por las ventanas. Dilan ya no estaba. Solo quedaba una nota breve en la mesa de noche: Vendré a cenar.
Esa simple frase se sintió como una orden. Me duché, intentando lavar los restos de la noche anterior, y me preparé para la oficina. Al llegar, el lugar estaba vacío, lo cual agradecí. Necesitaba ese café cargado para recuperar la cordura.
Pero al llegar a mi escritorio, me topé con una figura imponente: mi jefe estaba allí, de pie, observándome como un depredador.
—No contestas el teléfono —dijo con voz grave. Sus ojos bajaron por mi cuerpo, un escaneo lento y cargado de significado, antes de volver a mis pupilas.
—Dejé el teléfono. Fui por café —respondí, adoptando mi postura de secretaria—. ¿Necesita algo?
—Sí. Te necesito en mi oficina. Ahora.
Me tomó de la mano y me arrastró casi literalmente hasta su despacho. Apenas se cerró la puerta, me levantó sobre el escritorio y me besó con una desesperación que me dejó atónita.
—Estamos en el trabajo... ¡estás loco! —logré articular, enfadada y excitada a la vez.
—No me importa —gruñó, volviendo a reclamar mi cintura.
La oficina se convirtió en nuestro campo de batalla. Fue un acto impulsivo, sucio y frenético que nunca, en mis tres años aquí, hubiera imaginado.
Más tarde, mientras el silencio reinaba en el despacho, estábamos recostados en el sofá de cuero. Sus dedos acariciaban mi hombro con una delicadeza que contrastaba con lo que acababa de ocurrir.
—Pensé en vivir juntos —soltó de la nada.
Sentí que el corazón se me detenía. Me incorporé de golpe, mirándolo a los ojos.
—¿Vivir juntos? ¿Para qué? ¿Por qué?
—Somos esposos —respondió él, como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Me gusta la idea de tenerte cerca a cualquier hora.
Me puse de pie, sintiendo que perdía el control de la situación.
—No. No quiero vivir contigo.
—¿Por qué no?
—Porque no somos un matrimonio feliz. Esto es un acuerdo comercial. Nunca será un matrimonio real.
Él se acercó, rompiendo mi discurso con un beso que intentó silenciar mis dudas.
—Estamos hablando, Dilan. Esto es serio. Compórtate.
—Solo es vivir bajo el mismo techo. No veo el problema.
—¿Estás pidiendo que vivamos juntos pero que sigamos como si nada? —pregunté, incrédula.
—Es más fácil: quiero dormir contigo todos los días. No un día a la semana, sino todos los benditos días.
Me quedé helada. Dilan no estaba bromeando. Ya no era solo el jefe que me daba órdenes; ahora era un hombre que, con una obsesión recién descubierta, estaba decidida a invadir cada rincón de mi vida, sin importarle que el contrato original dijera todo lo contrario.
Y yo... Yo solo necesito que todo siga como estaba previsto, no me creo capaz de formar un hogar feliz.